10 años

Llevo 10 años manteniendo esta página. La primera letra del primer artículo publicado fue una L, desde entonces, algunos cientos de miles han ido filtrándose por Internet. Del total anonimato fui pasando por etapas de cierta popularidad, hasta ahora, un periodo de claro declive y vuelta al anonimato.

En varias ocasiones he explicado ese empeoramiento: con el paso del tiempo, cada vez cuesta más dedicar tiempo a tareas improductivas. Al mismo tiempo, la emoción de que muchos lean lo escrito es cada vez menor. Miro el contador de visitas una vez al mes, o incluso menos. He tenido la página caída dos o tres días seguidos, sin saberlo.

También noto una evolución personal, antes me fascinaba más lo sorprendente, lo único. Ahora es casi rutinario el descubrir cada día docenas de novedades. Lo científico casi me aburre, no hay nada como la compleja irracionalidad de las relaciones humanas. Pero al mismo tiempo es mucho más difícil escribir sobre ello. Y del mismo modo, resulta menos interesante de leer, y más cuestionable.

Nadie recordará especialmente ese artículo, pero creo que Couchsurfing en España es uno de los mejores artículos del blog. Es totalmente contenido original, desde experiencias personales y conversaciones con docenas de personas. Es personal, y trata de ser honesto. Puede compararse con «La compra de Alaska«, un artículo del 2008, bastante bien escrito, que llegó a estar enlazado desde la Wikipedia. Ni una sola opinión negativa al mismo, nadie llamándome mezquino o rancio.

En diez años, han cambiado muchas cosas en Internet y en mi. Cada uno hemos seguido un camino diferente. Es por tanto inevitable que lo que yo escriba cada vez interese menos. El último año, con intención de no dejar de intervenir, empecé a usar Twitter. Ha sido una experiencia favorable, pero el resultado me parece totalmente descorazonador. Tener nada más que 100 seguidores es una marca patética, pero una buena medida de que lo que digo no tiene ya tanto interés para otros.

Twitter ha acabado con las referencias, con las citas, con los enlaces. Ya sólo queda el titular. Por supuesto, se pueden seguir escribiendo artículos extensos, pero la mayoría ya no está interesada en ese contenido.

No obstante, sé que tengo la razón, que lo que he escrito es valioso e interesante. Y como prueba, este twit, que todo el mundo ignoró, porque no era divertido ni sorprendente. La única recomendación de compra en bolsa que he publicado en mi vida, porque recomendar cien cosas y que diez salgan bien, es fácil. Ese fue mi guiño y la forma de deciros: hay mucho ruido, ignoráis casi todo y mucho de lo bueno. Quien hubiera seguido ese consejo, hubiera sabido valorarlo, hoy tendría el doble de dinero. Vuelve a tu historial de Twitter, mira lo que hiciste el 24 de junio, la de tonterías que retuiteaste. Si sigues a 100 personas, haces bien en ignorar lo que pongo, o no dedicarle más de un segundo al día.

Lo peor de mi evolución personal es que poco a poco he ido interesándome por cuestiones más contradictorias y polémicas. En muchos casos tengo ideas para artículos que ni me planteo escribir, porque aunque fueran material muy original, sería demasiado controvertido. Y la libertad de expresión no existe, no voy a publicar algo que no me traiga nada positivo y sólo pueda recibir opiniones negativas, amenazas o denuncias.

Con el paso de los años, los blogs vuelven a su verdadera esencia: el contenido personal, la batallita, lo que te sucedió a ti interesa a otros. Al margen de eso, sigue existiendo mucho profesional del blog, que ahora se gana la vida dignamente. Aunque he tratado de ser lo más aséptico posible, todo el contenido de la página ha sido un velado desgranar de mi propio día a día. Los ocho muebles que no quieres ver en un piso de alquiler: me estaba mudando por enésima vez. The year of the car, tras vender mi coche y contar mil andanzas con él. Jubilación anticipadísima, el libro que leía cuando iba al trabajo y tomaba fuerzas para despedirme, a pesar de la crisis y de tener un sueldo de locura. Tener un blog anónimo y no anunciar despidos, separaciones, cambios de residencia, mudanzas, ha sido complicado. En algunas de las épocas más complicadas de mi vida he publicado artículos totalmente frívolos y hasta hilarantes.

Empiezas un blog, tienes una lista de ideas que te gustaría plasmar. Y luego surgen otras. De la lista inicial, que tenía en la cabeza antes de escribir la primera L, aún hay dos que no he conseguido publicar. El compañero de estantería, y Vodka Rachmaninov. El primero, porque dije que sería aquel con el que cerraría el blog. Pero las promesas están para no cumplirlas.

El compañero de estantería parte del hecho de que todo el que escribe dos palabras juntas tiene el sueño de que, tal vez en un futuro, podría escribir un libro. En la inmensa mayoría de los casos, ese libro será una pésima idea y peor lectura. Ahora bien, imagina que ese libro estuviera publicado y hubiera sido un éxito. Pasado el subidón de encontrarlo destacado en las librerías, llegaría el reposado momento de verlo campar en bibliotecas públicas, junto a tantos grandes.

Ve a una biblioteca pública. Busca ese libro. Obviamente no está porque no existe. Pero ve a esa estantería. Y, simplemente, toma el libro que haya al lado. El que apoyaría su contraportada en la portada del tuyo. Ese, es el compañero de estantería.

Lo que sigue no es una extraordinaria narrativa, pero es una historia realmente chocante para mi. Que otro día terminaré.

Ahora bien, la verdadera historia definitiva es la de vodka Rachmaninov. Grandezas y miserias a partes iguales, como en esa bebida: vodka barato con el nombre de un glorioso compositor.

Aunque me cueste mucho más escribir, el blog sigue vivo. Me falta esa energía que tenía de joven para perder el sueño escribiendo sobre algo que me llamó la atención. Ahora me llevo esos pensamientos a la cama y por la mañana, han muerto para siempre.

El casero

Cuando se busca el piso perfecto que alquilar(o comprar), hay cuatro factores fundamentales:

  • Localización
  • El piso
  • Precio
  • Casero (o vendedor)

Si ignoras alguno de los cuatro, o te obcecas en un único punto, el riesgo de que vivas una historia de terror es elevado.

Lo más frecuente es ignorar al casero, no darle la importancia que se merece, total, no vamos a vivir con él. Muchos, además, han tenido buenos caseros, y no son conscientes de lo mal que pueden ir las cosas cuando se tiene uno malo.

Los malos caseros no son excepcionales. La buena noticia es que se les reconoce a la milla. Ignora esas señales a la hora de firmar el contrato, tarde o temprano reaparecerán.

Un mal casero suele ser una persona que apura mucho el precio de su vivienda. No se preocupa tanto de tener buenos inquilinos – para malo ya está él – sino de que paguen lo estipulado. Gustosamente cambiaría un médico por un chatarrero si el segundo se compromete a pagar 10 euros más.

Los malos caseros suelen apurar los días de ocupación del anterior inquilino: publican anuncios antes de que éste se marche e incluso enseñan el piso mientras ves las cajas de mudanza. Como se realiza prácticamente un traspaso de llaves de un inquilino al siguiente, ni se plantea limpiar la vivienda, pintar paredes o realizar básicas reparaciones.

Esas pequeñas miserias se magnificarán cuando entres a vivir. Si se rompe algo, peleará hasta el último momento con tal de no pagar nada. Cuando digas de marcharte, serás tú el que tenga que convivir con visitantes anónimos. Y al final, si el nuevo inquilino se queja, quizás te toque pagar la pintura o la limpieza a ti.

He visto tantos pisos de alquiler a lo largo de mi existencia, que siento que de alguna forma he tenido que fracasar en mi modo de vida. Para mi una vivienda es como una película de las 15:30, sólo necesito ver dos o tres minutos para saber todo y entender el tipo de final que me espera. Algunas banderas rojas de alerta ante las que debes asustarte:

Acumulación de muebles viejos. No podrás tirarlos. Una conversación en que se discute el destino de un sofá con más de 20 años acorta tu vida en más de dos meses.

Acumulación de suciedad. Un piso sucio es un piso descuidado; seguramente haya infinidad de pequeñas cosas rotas o a punto de hacerlo: tuberías, azulejos, juntas, electrodomésticos, picaportes, ventanas.

Caseros con problemas de dinero. Si tu casero anda de dinero peor que tú, mala señal. A mi me preocupa que una persona necesite mi dinero para llegar a final de mes.

Caseros que no dan concesiones. Entrar un par de días antes de lo fijado, que calculan la fianza apurando al céntimo, que no te dejan ni una escoba en el piso. Todo eso habla de personas inflexibles.

Caseros difíciles de contactar. Si tuviste problemas para ver el piso, o para telefonear preguntando una duda sobre el contrato, si el casero sólo está localizable a determinadas horas del día, cuando necesites de él para algo que le va a costar dinero a él, lo más normal es que serás ignorado.

Mediadores. Cuando aparece una inmobiliaria de por medio, o el piso lo enseña el cuñado pero no el propietario, estamos ante un caso extremo de casero difícil de contactar. Problemas a la vista.

Voy a mi caso particular para que veáis qué actitudes tan diferentes puede tener un casero ante un problema casi idéntico.

Se rompe el calentador del agua. Llamo al casero y me dice que no es problema suyo. Se lo digo a mi compañero de piso y me dice que sí, pero él no vuelve a llamar al casero. Llevamos una semana sin agua, llamamos de nuevo, se vuelve a negar. Pedimos un presupuesto que resulta bastante caro. Nos plantamos pero el casero no hace nada. Los que no tenemos agua somos los inquilinos que entramos en una patética lucha: nos negamos a arreglarlo pero el casero ni se entera y los que no tienen agua caliente somos nosotros. Durante semanas me afeito en las duchas del gimnasio, como un mendigo. Hemos estado casi seis meses, se concierta una reunión. Negociamos durante más de una hora. En un gesto de enorme generosidad, el casero decide pagar una tercera parte de la reparación. Al final, aceptamos (mi compañero de piso tampoco era muy colaborador). El casero llama a un técnico amigo suyo y nos sale la reparación más barata que el presupuesto inicial. Conseguimos tener agua caliente, la resistencia pacífica ha demostrado su eficacia.

Otro casero, otro calentador, otra avería. Mejor casero, que decide pasarse por casa para ver si él puede arreglarlo. Ve que no puede, llama al técnico. Avería solucionada en tres días.

Mejor casero, nuevo calentador. Este casero pagaba un seguro de mantenimiento del calentador. Si algo le pasaba, estaba cubierto por ese seguro. Se rompe la lavadora. Le llamo. Llega al día siguiente con una lavadora que había comprado en el Corte Inglés (la más barata). Me dice que «sin lavadora no se puede estar».

En realidad en todos los casos fueron gastos de pacotilla. Pero el primer casero ocasionó un desgaste psicológico innecesario. Debates sobre la justicia de las reparaciones, amenazas de denuncia, horas perdidas navegando en páginas de afectados por caseros. Todo eso se debía haber evitado antes de empezar. Elegir mejor el casero.

Gracias a internet, la zona, el precio y la calidad de la vivienda se saben por adelantado. Cuando voy a ver un piso, lo único que realmente me interesa es conocer al casero. Haz lo mismo y te irá bien en la vida.

Couchsurfing en España

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(Artículo largo) Estuve en Estados Unidos casi un mes, me encantó el país y me quedé con ganas de más. Pero en todo ese tiempo no conocí más que a otros turistas que viajaban conmigo. No hice nada que se pareciera a un amigo (ni amigo bajo la definición de Facebook) que fuera estadounidense.

La constante se repite en muchos de mis viajes. Salvo esporádicas conversaciones con gente del país, principalmente guías de viajes, no se llega a conocer a nadie de allí.

Si me pides que elija entre ver el Golden Gate o conocer a un pardillo que vive en San Francisco y trabaja para Google, me quedo con el Golden Gate. Siempre preferiría ver el país a la gente del país, porque al final, las personas son todas diferentes pero bastante iguales. Pero tomar un café con ese empleado de Google, hubiera resultado interesante.

España, potencia mundial del turismo, se convierte en un destino muy visitado por extranjeros con intenciones más allá del turismo. Su buena fama, experiencias positivas de vacaciones, lleva a que la gente decida jubilarse y quedarse a vivir, o que sea uno de los destinos más deseados por los estudiantes de Erasmus.

La mayoría de esas personas volverán a sus países con una gran alegría y un montón de experiencias que recordar. Algunos sin embargo se quedarán con la sensación de que algo se les ha escapado entre los dedos, y ha sido la dificultad para conseguir conectar con la gente del país. Una belga que estudie Erasmus en España posiblemente se vuelva con una nueva mejor amiga austríaca, o un par de amigos especiales, también belgas. Las circunstancias personales alejan a esos extranjeros de conocer a personas del país, en la mayoría de los casos porque los locales pasan de ellos.

Con esta aburrida pero necesaria presentación, se puede ahora mencionar qué es el Couchsurfing sin que quede tan de manifiesto que es algo para imbéciles. Se trata de una red de personas que ofrecen un lugar en su casa a otras, a priori totalmente desconocidas, de forma desinteresada. La idea es un intercambio: un ruso se aloja en casa de una española que se alojará en casa de un griego que se alojará en casa de un chino que se alojará en casa de un ruso.

En lugar de cerrar inverosímiles intercambios (cambio apartamento en primera linea de playa en Barcelona en pleno agosto por antro en un pueblo de interior de Rumanía, donde no hay ni autobuses) se deja abierta la reciprocidad. En la mayoría de los casos se establecerá una relación desigual: muchos viajarán gratis siempre, otros tantos alojarán gratis y no viajarán casi nunca.

En España nos gusta ganar con todo tipo de tratos, así que la idea de alojar a alguien y luego no viajar, por lo menos en la misma medida, nos parece una locura. Hay que entender que España tiene una industria que da la risa, pero nuestro turismo es de primer nivel y reconocido por todo el mundo. Siempre habrá más gente que quiera visitar España que casi cualquier otro país. Irás a Turquía o Polonia una vez en tu vida. Un polaco puede acabar visitando España tres o cuatro veces. Así que si vives en alguna zona turística española, siempre «saldrás perdiendo» en los intercambios.

¿Y si voy a salir perdiendo, para qué hacer Couchsurfing? Una vez aceptas la idea de que más gente puede pasar por tu casa que tú por la de ellos tienes que plantearte qué puede tener de bueno alojar a dos afganos en tu casa. En la mayoría de los casos, nada. La idea romántica de la hospitalidad aleatoria se suele mencionar mucho entre la gente que hace Couchsurfing, pero en mi página me gusta ser lo más pragmático y realista posible. El mundo no funciona así y todos lo sabemos.

Cuando te apuntas a Couchsurfing tienes que dar un montón de información personal, que incluso debes rellenar con datos reales, como tu nombre y dirección física auténtica. La idea es que si alguien que se alojó en tu casa aparece muerto a los pocos días, puedas figurar entre los principales sospechosos. Eso da alguna seguridad a los usuarios del sistema, viajeros inocentes a los que acechan todo tipo de emboscadas.

El sistema de Couchsurfing, compartición de alojamiento de forma gratuita, está basado en un sistema de valoraciones como Ebay, Tripadvisor o Amazon. Alojas o te alojan y luego debes rellenar una opinión sobre esa otra persona. He de reconocer que la idea de dar valoraciones de seres humanos me cautivó desde el principio, pues no existe en ninguna otra parte. Todo hijo de vecino ha escrito su opinión sobre el iphone 5, pero a mi lo que me apetece es dar una valoración de un egipcio de 26 años que estuvo en mi casa hace dos semanas.

Teóricamente el sistema se refiere a valorar la experiencia dentro de la casa de la otra persona, pero está claro que no vas a dar una buena opinión de alguien que vive en uno de los edificios de la Plaza Mayor de Madrid, con bañera de hidromasaje y jacuzzi si luego encontraste que tenía una caja llena de muestras de sangre oculta en el aire acondicionado. Juzgarás siempre a la persona que te alojó, la forma en que te trató y lo que pillaste de su personalidad.

Como todo sistema basado en opiniones, la posibilidad de tener una mala experiencia cuando alojas o te aloja una persona con muchas y buenas opiniones, es insignificante. Los que vivimos de Internet sabemos que los sistemas de votos son manipulables, pero al mismo tiempo muy fiables. No se da una valoración a nivel de estrellas, sino que se rellena un texto explicando todo lo que sucedió, con enlaces al perfil de la persona que lo escribió. Muchas valoraciones recibidas de usuarios que han escrito otras valoraciones son casi imposibles que sean falsas.

Los usuarios del sistema muy antiguos y activos pueden llegar a tener más de 100 valoraciones, todas positivas. No deberías fiarte de ellos más que de tu hermano, pero probablemente sí más que de tu mujer. La mayoría de la gente tiene serias dudas a la hora de realizar algo así, no seré yo el que trate de convenceros de que hagáis Couchsurfing, me limitaré a contaros cómo funciona sin palabrería New Age.

Al ser un sistema basado en opiniones, necesitas algunas para tener opciones de que la gente confíe en ti. Para tus amigos será chocante explicarles que estás dispuesto a alojar a personas desconocidas en tu casa, sin cobrarles nada, pero que esas personas desconfían de ti y acaban eligiendo un hostal. Tus amigos te conocen y saben que tienes un pisazo y que eres «buena gente». Pero esa turista canadiense entra en pánico al pensar que hay un 1% de probabilidad de que seas un pervertido sexual.

Si lo que quieres es viajar gratis, sin tener ninguna valoración, tus opciones son nulas. Sólo podrán salvarte dos cosas: un buen par de tetas, o una descripción de tu perfil que sea prácticamente idéntica al tipo de persona que podría alojarte. Es decir, si eres un tatuador profesional que vive en Plasencia y pretendes viajar a México DF y justo hay un anfitrión que es un fanático de los tatuajes, tus opciones son buenas con él.

¿Cómo funciona?

Una vez has rellenado tu perfil contando todo sobre ti y has subido tus mejores fotografías, puedes empezar a usar el sistema. Si quieres viajar a México DF hay un buscador de ciudades donde podrás indicar tus preferencias y el sistema te mostrará un listado de posibles anfitriones, ordenados por criterios de popularidad y disponibilidad. Puedes ver sus perfiles, valorar la probabilidad de que hayan estado en prisión y enviarles un mensaje personal, lo más personalizado posible, explicándoles por qué quieres visitar su ciudad y por qué precisamente los has elegido a ellos.

Hola: Mi nombre es Santiago del Valle y tengo 45 años. Me considero una persona muy sana a la que le gusta hacer deportes de aventura, tatuarse todo el cuerpo y hablar de filosofía sin haber leído jamás un libro. Mi intención es ir a México DF del 4 del julio al 7 de julio. ¿Podría quedarme en tu casa? He visto en tu perfil que te gusta la taxidermia, lo que me ha parecido un punto diferenciador importante. Veo que eres buena gente, aparte de tener dos hijas pequeñas muy simpáticas.

La realidad es que, como en los sistemas de relaciones en Internet, uno escribe mensajes genéricos para hacerlos llegar a la máxima gente posible.

Hola: Mi nombre es Santiago del Valle y tengo 45 años. Me considero una persona muy sana a la que le gusta hacer deportes de aventura, tatuarse todo el cuerpo y hablar de filosofía sin haber leído jamás un libro. Mi intención es ir a México DF del 4 del julio al 7 de julio. ¿Podría quedarme en tu casa? He visto que eres buena gente y pareces saber mucho de México DF, tenemos muchas cosas en común.

No basta con enviar una solicitud y esperar a que te respondan. En la mayoría de los casos, nadie te dirá nada. Otros responderán pasados muchos días. Y la mayoría te dirá que no. La principal razón para que te digan que no es que tienes pinta de no ser trigo limpio. Otras muchas razones importantes para que te rechacen:

  • Has escrito a un perfil muy popular que tiene otras diez personas entre las que elegir.
  • Ese perfil ya eligió a otros que estarán en las fechas en que tú solicitaste.
  • Esa persona no aloja a nadie los sábados, porque es el día en que monta un circo sexual en casa con su pareja.
  • Tuvo malas experiencias con gente de Plasencia y ha decidido no alojar a nadie de allí.
  • Tuvo a alguien de Plasencia en su casa hace dos semanas, le apetece conocer a alguien diferente.
  • Nunca ha alojado a nadie de Plasencia. Y tampoco tiene intención de hacerlo.
  • Sois un grupo enorme de personas. Hay mucha gente que viaja sola, pero también parejas y grupos grandes. He llegado a ver peticiones de grupos de seis personas. ¿Quién alojaría a seis desconocidos a la vez? Aún en el hipotético caso de que quisieras, ¿Quién tiene espacio para seis personas en su casa?

No obstante si envías tu petición a un montón de personas, acabarás recibiendo alguna respuesta positiva. También hay un sistema de propuestas abiertas, que es menos efectivo pero puede llegar a más personas. Escribes tus planes de viaje, las fechas y cuánta gente viaja y esperas recibir propuestas por parte de anfitriones. Esto, sin embargo, tiene el defecto de que no sabes si alguien estará leyendo tu propuesta. Igual todo el mundo la ha leído y a todos les pareciste escoria humana. O casi nadie la ha leído. No es como el sistema directo, en que escribiste a obama_blanco de México DF y él recibió un email con tu propuesta de visita.

Digamos que de una forma o de otra, recibiste una aceptación por parte del otro usuario. ¡Enhorabuena! Ya estás participando en el sistema. Ahora tendrás que ponerte de acuerdo con tu anfitrión para ver cómo llegas a su casa. A muchos les molesta que no puedas llegar a un hotel antes de las 12:00, pero si usas Couchsurfing, la situación es mucho más dura. A lo mejor tu anfitrión trabaja de camarero en una discoteca y sale de casa a las 20:00. Si tu vuelo llega a las 20:00 te encuentras con que tienes que desplazarte a la discoteca y esperar a que termine su turno para ir con él. O dejar en consigna tu equipaje y dar tumbos por la desconocida ciudad hasta que la otra persona esté disponible. Obviamente ese caso es extremo, y siempre se llega a algún tipo de acuerdo con molestias mínimas para ambas partes. Pero no hay que obviar los problemas de horarios entre personas que trabajan y vuelos poco flexibles, muy raramente te recogerán en el aeropuerto o la estación.

Otra casuística problemática es el medio de contacto. Los viajeros que llegan a la ciudad de destino tienen un teléfono extranjero y ningún acceso a internet. Si hay algún tipo de problema, puede ser complicado comunicarlo. Tenías pensado recogerle en el aeropuerto pero resulta que tienes el coche en el taller. Le mandas un whatsup que el otro no lee porque está ya en el aeropuerto de salida. Y tú asumes que ha leído tu mensaje y por eso lo esperas en casa mientras tanto.

Un riesgo que no hay que dejar de mencionar son las cancelaciones de última hora. Puedes decidir alojar a esa simpática pareja de Ecuador, pero si dos días antes de que lleguen decides que en vez de tener a dos desconocidos en tu casa durante el fin de semana, prefieres irte a una matanza en el pueblo de tus padres, puedes dejar colgados a los ecuatorianos. Y este es uno de los aspectos más brutales de un sistema basado en el altruismo: no tienes ningún tipo de garantías. Según la Constitución Española, tienes derecho a ir a una matanza siempre que quieras, pero ahora ellos tienen que encontrar alojamiento en tu ciudad, dos días antes de llegar. En el mejor de los casos, encontrarán algo caro en un hotel. En muchos otros, se quedarán colgados y pendientes de un milagro que no ocurrirá. Las cancelaciones son frecuentes. Ten siempre un plan B a mano.

Ahora llegas a casa de ese desconocido, que normalmente te ofrece su sofá (de ahí el nombre de Couch-Surfing). Es un sofá donde hace pocos días ha dormido un sueco. Puede que incluso hace pocas horas. No esperes sábanas de algodón egipcio. Tal vez, ni almohada. Las condiciones higiénicas dependerán principalmente de ti.

Hasta ahora todo han sido penurias, sufrimiento y la sensación de estar a merced de desconocidos. Pero es entonces cuando llega la parte fascinante del Couchsurfing. Podrías estar en un céntrico hotel en vez de este deprimente apartamento del extrarradio. Pero estás hablando con una persona que vive en la ciudad y que te explica que el Museo de Robots, a pesar de su fama, es caro y no gusta tanto, que es mejor ir al Museo de Música. Que hay un sitio nada turístico debajo de casa donde puedes desayunar muy barato y muy bien. Que te llevará a tomar cervezas con sus amigos en la despedida de uno de sus colegas que se va a Soto del Real. Que te organizará los horarios para que puedas ver más en menos tiempo. Que te mencionará un sitio que hay en la ciudad de al lado que no conocías y es imprescindible.

Por encima de todo eso, a la gente que viaja, la idea de conocer a alguien de la ciudad, le suele gustar mucho, pues se hacen la idea de que son viajeros y no turistas. Está científicamente demostrado que por encima de todo lo que las personas más gratamente recuerdan son las experiencias. Con el paso del tiempo, los museos que he visitado en mi vida se han ido difuminando en mi memoria. Mucho de lo que permanece son algunas experiencias negativas o que no salieron como esperaba, y sitios inesperados: el tren que perdí en Berlín, el hotel que encontré a última hora de la noche en Oslo, mi visita a una librería en Nueva York. Para muchos de los viajeros que hagan Couchsurfing la experiencia más interesante de su viaje puede ser una cena que hicisteis en común, una visita improvisada a un lugar que no estaba en los planes. Lo más inesperado es lo más recordado.

Al terminar la experiencia con uno de los visitantes, se establece una especie de relación fuerte que dura horas. Tienes un nuevo buen amigo que, pasado pocos días, se desvanecerá de tu vida. Olvidarás su nombre y se quedará en «el ruso que era mecánico». Nunca lo visitarás en Rusia ni le llamarás por su cumpleaños.

Entre la gente que realiza este tipo de prácticas de viaje, se suele mencionar mucho «El espíritu de Couchsurfing». Parece que hay una idea de fondo ante la que todos se deben adaptar. El espíritu, según tengo entendido, es que tu alojas a otros desinteresadamente para hacer un mundo mejor y compartir culturas y experiencias. Afortunadamente, el mundo está lleno de muchos más matices.

Por encima de todo, Couchsurfing es una forma de viajar de bajo coste extremo. Gran parte de la gente que usa este sistema considera como plan B, si se quedan sin alojamiento o nadie les acepta, el dormir en la playa. Muchos se desplazan mediante autostop o blablacar (que es otro servicio muy interesante). Es fascinante que alguien pueda recorrer un país completo sin gastar apenas 100 euros.

Personalmente no me gustan este tipo de personas, simplemente por mi forma de vida aburguesada. Recibir a alguien que puede estar desaseado, por haber dormido en la playa de otra ciudad, con más hambre que Carpanta y menos dinero que el que se está bañando, apunta a experiencias que he querido dejar atrás. Si les enseñas la ciudad, no te puedes tomar una cerveza en el bar de moda porque no puede pagársela. No hablo ya de comer en un sitio aceptable. Comerá bocadillos de pan con mantequilla que hayan preparado en tu casa. Le llevarás a un museo estupendo al que no entrará porque no es gratis.

Hay gente que viene de países más pobres y para los que ese sistema es la única forma que tienen de conocer tu país. Hay que entender que su presupuesto sea modesto, a veces sonrojante. Lo que no me gustan son aquellos que ahorran por ahorrar, pues viven una experiencia que roza lo patético.

Otro tipo de usuario habitual de este sistema es el viajero en serie. Hay gente que viaja durante varios meses por todo el mundo. Se recorren decenas de países, a lo mejor en un viaje especial para el que acaban de dejar su trabajo. Son personas con una historia detrás interesante, pero para las que tu ciudad será la nº3 en el país nº7. Tendrás una sensación de que no puedes aportar nada a ese viajero, que llega agotado mentalmente.

Un volumen considerable de personas tiene un perfil muy hippie. Ves historias personales que suenan muy bien cuando eres muy joven, pero para los que no lo somos tanto, suenan a huida hacia delante. Estudiantes que terminan en la Universidad, empiezan un trabajo y se dan cuenta de que trabajar no es agradable. A los pocos años deciden volver a la vida estudiantil, llena de ventajas. Viajar, conocer el mundo, tal vez encontrar un trabajo sirviendo copas en un chiringuito junto a la playa, aprender surf, componer canciones por la noche, escribir una novela. La mayoría se quedarán en la parte donde se fuman porros y uno se levanta tan tarde como quiere. Soy alumno de Séneca, la vida es dura y no me gusta nada la gente que evita enfrentarse a los problemas cotidianos.

¿Qué sentido tiene alojar a alguien en tu casa? Hay tantos motivos posibles como personas. El principal que os daré, es que no te ocurrirá nada malo. No te robarán, no usarán el roll-on de tu desodorante, no abrirán la botella de Oporto que guardas para dentro de 20 años. Lo peor que puede pasar es que te dejen pelos en la ducha, mal olor en el baño por la mañana, algo más de desorden. El sistema de valoraciones es una cobertura muy buena, simplemente evita perfiles recién creados, sin foto, sin valoraciones. En un sistema con varios millones de usuarios, hay casos claros de personas con perfil criminal, tanto visitantes como anfitriones. Es de sentido común evitarlos.

Algunos motivos para aceptar alojar a desconocidos en tu casa:

Posibilidad de conocer a una persona de un país muy extraño. Todos conocemos a argentinos, ingleses e italianos. Pero ¿Con cuántos uzbekos o butaneses has coincidido en tu vida? La posibilidad de conocer a alguien de un país realmente exótico, sin pagar un céntimo y sin tener que desplazarte a su desolada ciudad es muy atractiva.

Posibilidad de conocer a una persona interesante. Puedes alojar a estudiantes de todo tipo de carreras, en algunos casos personas que están a un nivel cultural muy superior al tuyo. A mi me gustan las personas que suponen un desafío y que sacan lo mejor de mi mismo para intentar estar a su altura.

Hay gente que está en un momento mágico de sus vidas. Cuando has pasado cierta barrera de edad las únicas sorpresas posibles son fallecimientos, embarazos indeseados, despidos y la lejana jubilación. Conocer a alguien que está a punto de empezar a trabajar, que tiene una ilusión que has perdido, o al que hace su primer viaje al extranjero, que acaba de conocer a su novia, viven momentos que trasmiten una energía contagiosa. Para mi una responsabilidad que me encanta es que la primera impresión que tenga una persona de España sea la que se haga de mi. Me fascinan las manipulaciones de la realidad. Imagina lo que pensaría de las mexicanas alguien que tuviera la inmensa fortuna de ser alojado por Salma Hayek.

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Ayudar a otros. A mi nunca me ha gustado la idea de dar dinero para pobres de África, apadrinar niños en otro continente. He salido del pozo gracias a subsidios y ayudas del gobierno y me considero en deuda perpetua con el mundo. Eso sí, me gusta ayudar a gente que creo que se lo merece y a mi manera. Mucha gente que viaja con poco dinero merece disfrutar su estancia muy por encima de sus expectativas.

Aprender idiomas. Es ridículo pagar clases de idiomas con un profesor de alemán cuando puedes secuestrar a una pareja que hablarán contigo totalmente gratis. Puedes practicar con autríacos, suizos, alemanes del norte y del sur, del este y el oeste. No es sólo una forma de ahorro, sino de perfeccionamiento. Si practicas algún idioma marginal, como el chino o el danés, puede ser la única forma que tengas de progresar.

Y si todo es tan perfecto, ¿A que estoy esperando para viajar con Couchsurfing?

El sistema tiene un espíritu, pero la realidad tiene personas particulares con intereses y expectativas. Por cada loco que está dispuesto a alojar desconocidos, hay diez desconocidos en busca de su loco. Si pretendes viajar con este método lo vas a tener muy complicado, sobre todo si no dispones de referencias. El espíritu habla de igualdad de oportunidades, democracia y ayuda desinteresada. La realidad es que toda persona que acoge a otra, dispone de, aparte de la opción universal de rechazar al visitante, una elección de posibles huéspedes. Y aunque todo el mundo sea políticamente muy correcto, la realidad es que todos tenemos preferencias a la hora de elegir, y eso mediatiza las opciones de muchas personas.

A mi me inspiran mucha confianza personas de determinados países: Dinamarca, Japón, Noruega, Corea del Sur, Canadá. Hay países que me desagradan a priori: Israel, Pakistán, Francia, Nigeria. No tengo que pedir disculpas a nadie por tener preferencias sesgadas. Me inspira más confianza la gente entre 23 y 30 años que en otros rangos de edad. Mucha más las mujeres que los hombres. Las parejas de novios que los «solo» amigos de distinto sexo. Creo que nunca alojaré a una pareja de lesbianas y no tengo nada contra ellas. Omnívoros sobre vegetarianos. A la hora de aceptar a una persona en tu casa tienes que ser exigente al máximo y si eres honesto contigo mismo reconocerás los filtros más elementales.

Así, hay grupos sociales que lo tienen realmente complicado a la hora de encontrar un alojamiento gratuito. Quizás los peores, en España, sean los hombres asiáticos. A las mujeres no les atraen ni su físico ni su cultura (que nadie conoce). Los árabes pueden tener cierta aceptación superior a la que encontrarían en otros países, pero siempre lo van a tener difícil. Muchas personas que se han dedicado a alojar a decenas de desconocidos se enfrenta a la dura realidad de que, a pesar de sus extraordinarias valoraciones, nadie les acepta cuando deciden «aprovechar» el sistema y ser ellos los viajeros. Este jarro de agua fría les hace replantearse su participación en el futuro, y la vigencia del «espíritu de Couchsurfing».

Personalmente creo que uno debe alojar sólo si lo ve como algo positivo en sí mismo. Hacerlo en espera del quid pro quo es un error, pues lo normal es que no funcione tan bien como esperabas. Couchsurfing is for women. (es para mujeres).

Algo tan obvio como que todo el mundo, hombres y mujeres, prefiere alojar a mujeres, es un tema casi tabú pues rompe la idea hippie de alojar a un desconocido sin ningún tipo de interés. Además conecta con el otro gran tabú: Couchsurfing is for sex (es para sexo).

Piensa por un instante el siguiente escenario: recibes casi simultáneamente dos propuestas. De un lado una pareja de chicos de 25 años, provenientes de Detroit y con el aspecto típico de una persona media de Detroit. Por otro recibes a dos chicas de 25 años, de Ucrania, con el aspecto típico de una ucraniana de 25 años que aún no se ha casado (y dejado de ir). De acuerdo al espíritu de Couchsurfing deberías acoger a la primera de esas dos peticiones que has recibido, o lanzar una moneda y elegir al azar. De acuerdo al mundo real, eliges Ucrania. Y si luego alguna de las dos chicas es parecida a las fotografías que has visto, puedes tratarla como a una invitada más, pero una parte de tu cerebro, que no es ni mucho menos la menos importante, está ya trabajando para intentar que tengas sexo internacional.

Así, se establece un círculo nada vicioso, pero natural: hay más viajeros que gente dispuesta a acogerlos: se eligen a los mejores potenciales viajeros: se elige a mujeres sobre hombres: rubias sobre morenas: modelos sobre estudiantes de informática: te gustaría acostarte con ellas.

Obviamente al decir todo esto demuestro ser un pervertido y no compartir el espíritu de Couchsurfing. La realidad es que todavía me siento mal porque una vez rechacé acoger a una modelo polaca, que venía con una amiga, y que incluía entre sus aficiones «Pin-up«.

El sexo es un «problema» que siempre estará en el aire cuando decidas acoger o viajar a casa de una persona totalmente desconocida, salvo que tengas problemas con ello y decidas alojar o visitar sólo a personas de tu mismo sexo. Muchos de los que bombardean con la nefasta idea del espíritu son mujeres que sólo quieren viajar gratis por todo el mundo sin ningún tipo de problemas. El gran problema de Couchsurfing no es el sexo, sino que los hombres pueden viajar en condiciones muy inferiores a las mujeres. Partiendo de esta inevitable desigualdad, se llega a otra menos importante: mucha gente busca encuentros sexuales en Couchsurfing.

Creo que este problema no es tan grave. El sentido común dice que una mujer atractiva (y algunas que no lo son) va a gustar a muchos hombres, y que si se queda en casa con un hombre desconocido, una propuesta sexual no es nada rara. Puede parecer que este es el argumento de «la culpa es de ellas que visten como putas», pero no es más que lo obvio: si eres atractiva, viajas sola y no quieres recibir propuestas sexuales más o menos explícitas, evita alojarte en casa de hombres. Esos hombres pueden ser unos cerdos, pero no juegues con tu vida, evita los riesgos.

Así, el argumento de que una chica guapa debería poder viajar sin ningún tipo de preocupación, es absurdo. En Couchsurfing hay más de tres millones de usuarios, luego hay varias docenas de asesinos y violadores registrados. El problema ante la idea de «el espíritu» es que hay un sesgo natural y muchas personas no pueden usarlo por ser hombres (lo peor), muy mayores (la media de edad de los usuarios rondará los 22 años) o de países con una mala imagen internacional. Muchos recibirán menos ofertas de las esperadas, y muchas recibirán más de las que les conviene. El mundo siempre será así, adáptate a él.

Lo que me enganchó a Couchsurfing fue la idea antes citada de poder valorar a personas, del mismo modo que a un libro u electrodoméstico. Las valoraciones, sin embargo, parecen escritas con un fondo de música de Enya. Todos han sido excelentes anfitriones que han mostrado la vida local de primera mano, personas muy generosas y extrovertidas, que se han convertido en grandes amigos para siempre. La mayoría de la gente las completa con frases tomadas de anuncios de compresas, sin personalizar o facilitar la vida a futuros viajeros. Muchas de esas edulcoradas valoraciones ocultan una violenta situación de rechazo de propuestas abiertas de prácticas sexuales. Y en otros casos, de relaciones aceptadas con gusto por ambas partes. Es delirante definir a alguien por que te enseñó a cocinar paella, cuando la cosa que siempre recordarás no es lo que comiste, sino lo que te comieron.

El sistema de votaciones es tan importante, que todo el mundo mata por evitar una mala opinión. Casi nadie tiene opiniones negativas, ni una sola, y aquellos que las tienen causan mucho recelo. Esto no es Ebay, mejor tener 10 valoraciones positivas, que 99 positivas y una negativa. Como ya indicaba, no basta con valorar a la persona, sino que hay que escribir un texto. En las escasas valoraciones negativas que podrás leer, se dejan entrever situaciones muy violentas. El suavizante disimula la realidad, pero no la oculta del todo.

Un problema enorme de Couchsurfing es que las valoraciones son poco honestas. Hay tanto miedo a un voto negativo, que mucha gente prefiere no votar, o incluso hacerlo en positivo, por miedo a que el causante de una situación incómoda se vengue con otro voto negativo. Esto se podrá mejorar en el futuro con valoraciones a aspectos diferenciados de un visitante o anfitrión. Cinco estrellas a todo menos en seguridad, que sólo tiene cuatro, puede ser una historia no escrita de sutil acoso sexual. Aparte de este problema, hay gente que vive donde Cristo perdió el mechero. Ir a casa de un anfitrión en Madrid y descubrir que Arganda del Rey tiene metro, pero no está cerca del Palacio Real, es una sorpresa desagradable que también ocurre con frecuencia. O que esa persona es muy buena gente pero tiene la casa infectada de hormigas.

Así, siendo tan importante las valoraciones, es triste ver cómo mucha gente que se ha alojado gratis ni tan siquiera se preocupa de dar una valoración positiva después de haber estado muchos días en casa de otro. Normalmente es dejadez y la dificultad de expresar una opinión en un lenguaje políticamente correcto al que no estamos acostumbrados. Los ves sentarse ante el teclado y pensar «y ahora que digo de este». Otro motivo para no tener valoraciones es que la persona que viajó por tu casa esté en ruta de un largo viaje. Pasados varios días, ya de vuelta en casa, ni se acuerda de ti y por supuesto no va a perder ni un minuto de su tiempo en comentar la experiencia que ya no podrá repetir hasta el año que viene. Sorprende la poca visión de mucha gente, que no se preocupa de valorar hasta que plantea su siguiente viaje y se da cuenta de que votar a otros bien es incluso bueno para su perfil. Y ahí se ponen a comentar, pasados varios meses de la experiencia.

Y si las valoraciones son todas parecidas, las descripciones de los perfiles no suelen serlo menos. Algunas expresiones imprescindibles para definirte son:

Easy going.
Uncompromised.
Open minded.
Outgoing.
Like meeting new people.
Like traveling.
Outdoors.
Love party.

mochileros

Entre los viajeros de Couchsurfing hay mucha desorganización y una peligrosa inocencia. Muchos se equivocan en las fechas de viaje y acaban llegando antes o después de lo previsto. Viajan con autostop y aparecen en horarios totalmente impredecibles. Los que llegan a tu ciudad tras visitar otras lo hacen a veces desorientados, con planes cambiantes a los que te cuesta adaptarte si tienes un horario y una vida normales.

Al estar esa persona en tu casa, se rige bajo tus normas, ya sean estas que no se puede fumar o que tienen que estar en casa sólo cuando tú lo estés. Recibirás a personas que te trasmitirán confianza desde el primer momento y a otras que se la tendrán que ganar. En función de ello puedes decidir dejarles una llave de tu casa o no hacerlo. Tú eliges. Si no se comportan como esperas, puedes llegar a echarlos de la casa. Los estudiantes que viajan suelen ser buenos amigos del alcohol barato y las noches de fiesta. Si acogiste a dos polacos de 20 años no te extrañe que lleguen a las 2 de la mañana bastante perjudicados. Controla esas situaciones antes de que ocurran.

Mis mejores experiencias, hasta la fecha, han sido con asiáticos. Tienen unos valores que en occidente hemos olvidado. Eso sí, algunos viven en países comunistas, luego están equivocados en todo lo que opinen y son peores personas. No diría que he tenido suerte con la gente que he alojado, sino que he seguido un buen criterio a la hora de elegir a quien aceptar y a quién no. He ido exageradamente sobre seguro hasta el punto de rechazar a la pin-up girl.

Cuando todas las propuestas de alojamiento han sido rechazadas, un remedio desesperado es escribir un artículo en el foro de la ciudad solicitando un alojamiento de última hora. Muchas propuestas son de personas que acaban de llegar, no tienen nada reservado ni mucho dinero para dormir. Es entonces cuando aparecen los peligrosos depredadores, ocultos entre contados buenos samaritanos. Aceptar la propuesta de ese marroquí que vive en Granada, sin foto, con el perfil recién creado, es mejor que nada. Hay chicas de menos de 20 años que viajan a otro país, sin conocer el idioma, solas y se van a la casa de cualquiera que decida aceptarlas. Lamentablemente eso no puede acabar bien siempre.

Así, si ofreces alojamiento a alguien y se lleva una excelente experiencia, en parte alimentas que se confíe y crea que todo el mundo es así de bueno, que nada malo puede ocurrir. Normalmente será así, pero si viajas, ten siempre cuidado.

Uno de los riesgos menos mencionados por parte del viajero es que la persona que te acoja sea aburrida. Algunos de los que alojan lo hacen para practicar idiomas. Tienen un inglés macarrónico que necesitan mantener vivo y qué mejor forma que esta. Pero cuando la comunicación es mala, las situaciones son siempre algo incómodas. Otras personas son fanáticas de algo (zumbadas del reiki, frikis que sólo hablan de Juego de Tronos) y que no saben mantener una conversación fuera de su mini mundo. He oído muchas más historias de huéspedes aburridos que de depredadores sexuales.

Como anfitrión puedes encontrarte a gente que no encaje para nada con tu forma de vida. También ha personas maleducadas, paradójicamente, cuánto más «avanzado» sea el país de origen, peores formas puedes encontrarte. La gente del primer mundo espera ser tratada bien por la del segundo. En la cabeza de cada uno está el ubicar ese primer y segundo mundos.

Cuando se aloja a más de una persona, y esto es lo ideal pues viajar solo es de perdedores, se suele saber mucho sobre aquella que está registrada en la página, pues es la que tiene fotos e indica sus intereses y objetivos. Pero la mitad de los pelos que encuentres en la ducha pueden ser de su acompañante, así que es importante que te informes también sobre él. Normalmente «el otro» es el eslabón más débil de la cadena. En los matrimonios, se registra la chica y se menciona que viene con su marido. Si vienen dos amigas, la que está registrada siempre es la más guapa de las dos. Puede ocurrir que uno de los dos sea un seguidor de la idea y el otro sea un seguidor de la idea de gastar poco. Pregunta mucho por esa otra persona, porque será la que pueda definir si la experiencia es positiva o no.

Finalmente, un riesgo que se suele pasar por alto es que cuando acoges a alguien así, no dejas de estar aceptando a quien juega con fuego. La ucraniana de 20 años que mide 1.75 y viaja sola pasa por tu casa, pero luego va haciendo autostop a Toledo, y desde ahí a Plasencia (también por autostop) alojándose en casas de desconocidos. Si algo le sucede en su viaje, la investigación policial empezará en tu casa.

Otro punto a resaltar es el aspecto descarnado derivado de la gente que simplemente busca un sitio barato donde dormir. En algunos casos puedes llegar a tener la sensación de que la otra persona ve tu casa como un hostal. Un fugaz buenos días por la mañana y adiós al marcharse pueden ser todas las conversaciones que tengas con tu huésped. Te han usado, como cuando una ucraniana de 20 años decide tener sexo contigo. Si no quieres hacer el pardillo viendo como otros se aprovechan de tu candidez y espíritu Couchsurfing, es momento de que empieces a verlo como una versión offline del Mechanical Turk de Amazon.

Una pareja de China de visita por Zaragoza. ¡Bienvenidos! Ahora bien, ya que os quedáis en mi casa, os pido un favor a cambio:

Que me cocinéis el pato pequinés (el pato lo traéis en el equipaje de mano).
Me cambiéis todas las siliconas del cuarto de baño.
Me planchéis todas las camisas.
Me traduzcáis el blog al chino.

Normalmente los buenos invitados dan algún tipo de souvenir, o hacen una comida típica. Si percibes a quien quiere viajar gratis, tienes todo el derecho del mundo a pedir algo razonable a cambio (o a rechazar a ese viajero sin más).

Incluso, dado el elevado porcentaje de gente que viaja sin un duro, puedes usar el foro de la ciudad para conseguir mano de obra barata. Es decir, que te cambien las siliconas del baño por poco dinero, en lugar de tener que alojar a esa persona. Para alguien que quiere realizar un viaje por España por 100 euros, es una situación win-win.

Porque aunque haya millones de registrados en la página, la inmensa mayoría ni aloja ni se aloja en casa de desconocidos. Muchos viajan siguiendo medios tradicionales pero usan el foro de la ciudad como una excelente forma de enterarse de lo que está pasando en la ciudad. Planes de salida, quedadas, compartir coche con otros. También hay gente que no tiene la opción de alojar, porque vive en casa de sus padres o entiende los riesgos pero no tiene problemas en hacer de guía turístico y enseñar la ciudad a una pareja de eslovacos. O tomarse una copa con un grupo de ingleses que acaba de llegar a la ciudad y está tan perdido como tú. Para el viajero solitario, surgen opciones de conectar con otros en la misma situación.

Un último consejo: cómo elegir al viajero perfecto. Obviamente si sois nuevos en la página, casi nadie querrá alojarse con vosotros, pero el viajero que disfrutaréis más alojando tiene muchas de las siguientes características: Es una mujer. Nunca antes ha estado en tu país. Es de un país más pobre que el tuyo. No ha estado en decenas de países. No va a quedarse ni una noche ni más de tres.

¿Y el peor viajero? Suele ser una persona que conoce la ciudad casi mejor que tú pero se ha quedado colgada. Por ejemplo, alguien que fue au-pair hace un año en tu ciudad y ahora no tiene donde alojarse porque sus amigos son estudiantes. Se queda en tu casa, pero no ves a esa persona ni en pintura. Se lo está intentando montar con un medio rollo que conoció cuando vino hace meses. En el mejor de los casos, no se plantea llevarlo a tu casa para culminar la faena, pero igual pasa que no aparece en toda la noche y vuelve por la mañana. No eres su padre, pero algo sí que puede llegar a preocuparte la situación. Nunca alojes a nadie que ya haya estado en tu ciudad.

En resumen, espero haber dado una visión realista de lo que es Couchsurfing, lo que puedes esperar y lo que no. Si tienes algo que aportar, no dejes de comentar.

Los ocho muebles que no quieres ver en un piso de alquiler

Los piso en alquiler suelen estar llenos de carencias. Muchos caseros ni por asomo se ponen en la situación del potencial inquilino, no se dan cuenta de que algunas cosas, como tener los electrodomésticos de la cocina, o la luz dada de alta, resultan prácticamente básicas. Pero son muchas las ocasiones en que los pisos de alquiler son pésimos no tanto por lo que falta sino por lo que sobra.

Son pisos que tienen una historia de inquilinos que han ido dejando a su paso desconchones, arañazos y azulejos rotos. Pero también mesas camilla, sillas dispares, cajoneras, sartenes y cubiertos que acaban acumulándose en el piso, dejándolos en ocasiones inhabitables para posteriores ocupantes.

1.Sofás

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Una constante entre las personas de mentalidad arcaica, con sus virtudes y defectos, es la idea de que un sofá es un bien preciado. Antes se tenían sofás con intención de que duraran toda la vida. Hoy hay algunos realmente baratos y resultones. Pero los caseros de rancio abolengo suelen tener apego por los sofás, que dejan acumularse en el piso de alquiler. Un piso con dos sofás diferentes es un adefesio que ningún decorador sabría arreglar. Sin embargo todos hemos visto pisos con tres y hasta cuatro sofás, dejando salones que más parecen una sala de cine. Esta exuberancia de sofás suele tener algunas constantes dramáticas: manchas de dudoso y preocupante origen, ser grandes pero incómodos, colores chillones.

2.Mesas Lack

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La mesa Lack es uno de los estandartes de la revolución Ikea. Una mesa más allá de lo barato – no llega a 7 euros – se utiliza para todo: mesita de noche, mesa de centro, esquinera. Es una mesa que no importa donde la pongas, siempre queda mal y da un aspecto de cutrez total. Cuando la levantas y ves que pesa menos que un dominical, te entran unos deseos irreprimibles de probar si se podría destruir de una buena patada. Lo peor es cuando se la usa en forma adosada: tres mesas lack en lugar de una mesa un poco más larga.
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3.Mesas camilla

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La mesa camilla es otro reducto del pasado, que sobrevive gracias a los pisos de alquiler. Es un tipo de mesa que, por su estructura, es muy resistente al paso del tiempo. Una mesa camilla es casi indestructible y cuando miras fotografías de pisos te las encuentras repartidas al azar por las habitaciones, como si tuvieran vida propia o hubieran empezado una lenta huida del salón. Un salón con más de una mesa camilla es repugnante y causa de que tus visitas no vuelvan a poner un pie en tu casa.
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4.Televisores de tubo

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O televisores de pantalla nada plana. Como si de un sumidero se tratara, poco a poco se han ido desplazando todas la televisores antiguas hacia pisos de alquiler. Cuando decides comprarte una televisión en condiciones, en lugar de tirar la vieja y enorme al mar, haces un repaso mental de qué personas conoces que tengan pisos de alquiler. Y se la das a ese casero agraciado. Igual que con los sofás, nadie ha pensado que a las personas que viven de alquiler también les puede gustar las televisiones de buena resolución y estética. Los pisos con televisiones grandes están anticuados inevitablemente. Lo peor de ese tipo de armatostes es que los caseros no suelen dar la opción de llevársela. Es decir, que si tienes una televisión moderna, te toca encontrar un hueco donde alojar el trasto.

5.Sillones Pello de Ikea


Vas a la página de Ikea, buscas sillones, ordenas por precio y compras el primero que salga. Si bien los sofás suelen superpoblarse, en los contados casos en que el dueño no tiene abundancia de ellos, decide cubrir las carencias con los sillones más baratos del Ikea. Sillones que no parecen sillones, sino más bien sillas retrepadas. Son sucios y te hacen sentir que vives una etapa de tu vida provisional.

6.Camas

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La idea de tener pisos alquilados para estudiantes, que solo suponen una cuota pequeña del total de personas que viven de alquiler, ha ido generando toda esta maraña de pisos cutremente amueblados. Un concepto es el de tener un piso lo más lleno de habitaciones posible, y las habitaciones con tantas camas como se pueda, para que así pueda entrar el ciento y la madre y compartir por cuatro duros. Los pisos de alquiler suelen tener una cama de matrimonio en alguna parte y luego tantas camas como quepan en el resto de habitaciones, lo que las convierte en completamente inútiles, habitaciones en que sólo se puede dormir, no hay sitio ni para un triste escritorio.

7.Cuadros y cerámicas

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En muchos casos se va dejando una retahíla de cuadros, a cual más feo, que no se pueden quitar porque dejarían unos agujeros tremendos en la pared. Peor aún son los souvenirs y basura que descartan los que rebuscan en contenedores: vasijas, fruteros, ceniceros, porrones, botijos. Lo peor de todo es que en muchos casos esos trastos son de anteriores inquilinos, pero no te dejan la opción de tirar por la ventana toda esa porquería.

8.Ropa de cama

Las toallas, almohadas, sábanas y colchas viejas dan mucho asco. Por favor caseros, tírenlas pasados unos pocos años.

Fuentes: Todas las fotos han sido tomadas de Idealista. No ha sido una búsqueda exhaustiva, sólo se han buscado algunas imágenes representativas.

Cómo hacer cosas nuevas

Con el paso de los años, con el mirar atrás, mirar adelante, me doy cuenta de que algo que le cuesta a mucha gente es el hacer cosas nuevas. A mi también me cuesta, pero las acabo realizando.

A la hora de intentar algo nuevo, tal vez lo más importante a tener en cuenta es el plantearse objetivos razonables. Vivimos un tiempo delirante en que se nos ha hecho pensar que disfrutamos de un estado de total libertad, donde cada potencialidad puede llegar a cumplirse. Que si tenemos noventa años y queremos estudiar Medicina, o nos falta una pierna y queremos ser jugador de fútbol, estamos en nuestro derecho y es más, nada debería impedirnos seguir adelante con nuestro proyecto. El cuento guay de libro de autoayuda que a muchos parece bastar. Que no hay que limitarse, hay que aspirar a lo máximo. Se encuentran dos casos excepcionales de superación que ilustran el libro y nada, a otra cosa.

Así, en mi opinión, el primer paso es razonar: ¿Lo que quiero hacer, lo podría llegar a hacer? Y aquí no hay que ser excesivamente optimista porque eso lleva a un callejón sin salida. Tampoco tenemos que machacarnos, hay que intentar encontrar el equilibrio justo. Marcar un objetivo racional, posible. Si por ejemplo tienes 20 kilos de sobrepeso, el típico objetivo sería quedarse delgado, es decir, perder más de 20 kilos. Y es el objetivo que no se conseguiría en la mayoría de los casos, aunque todos conocemos excepciones. Un objetivo pragmático se puede cumplir. Y un objetivo así, podría ser perder diez kilos, o tan sólo cinco.

Y es que soy de la opinión de que hay un riesgo muy importante y que no he visto escrito en ninguna parte, aunque seguro que se ha dicho cientos de veces antes. Cada cosa que hacemos condiciona nuestra forma de ser y cómo será nuestro futuro. Intentar cosas que acabamos no cumpliendo nos mella la autoestima, nuestra capacidad de superación y la confianza en nosotros mismos. Cuando uno ha intentado dejar de fumar diez veces, ni él mismo se cree que pueda conseguirlo en la undécima. Haberlo intentado mal diez veces fue un grave error que está dificultando el éxito de este penúltimo intento. Los traumas surgen a veces por situaciones que no se solucionaron a su debido tiempo, en la debida forma. Dejar cosas a medias, proyectos sin completar, nos causa un daño. No tanto por lo que ese proyecto en sí mismo pudiera significar, que normalmente no sería más que una fruslería para salir del aburrimiento. Como personas que somos, necesitamos tener una imagen personal positiva. Describirnos en formas ideales. Cuando uno trata de definirse y se encuentra con cursos de inglés a medias, kilos que no se van, cigarrillos que no se apagan, uno no se siente mejor. Fumar nunca me ha parecido algo malo; dejar de intentar dejar de fumar, sí.

Para los que llegan tarde, el primer punto es que nos fijemos objetivos asequibles. El segundo es que seamos conscientes de que no conseguir lo que nos propongamos va a suponer un daño, tal vez trivial pero no inexistente, a nuestra autoestima. Y ahora el tercero es entender que el fracaso es casi la norma.

Los gimnasios se alimentan de las cuotas de septiembre y enero. Los cursos de idiomas saben que pueden permitirse el overbooking a partir de las pocas semanas de comienzo. Dependiendo de la actividad, el índice de fracaso será más o menos mayor, pero el no terminar, no completar lo propuesto, es el resultado más habitual. Esto se usa en muchos casos como excusa salvadora, ante los demás pero sobre todo ante nosotros mismos. ¿Quién no conoce a alguien que ha empezado un curso de idioma raro? ¿Que ha dejado de ir al gimnasio a las dos o tres semanas? ¿Que ha empezado en la UNED una carrera de la que sólo ha comprado los libros? Le puede suceder a cualquiera, no es nada terrible.

Aquí lo que estoy tratando de plasmar es la importancia de ser honestos con nosotros mismos. No se gana nada dejándonos pasar todo, dándonos palmaditas en el hombro. ¿Quieres aprender a bailar sevillanas? Ten claro antes de empezar que si todo sucede como suele suceder, no lo conseguirás.

Y por ello, hay que acercarse a las actividades con enorme modestia. No hay que apuntarse al gimnasio por un año, aunque regalen otro y sea una oferta irresistible. Hay que ver si hay una cuota de sólo un día, una sola semana, un único mes. Casi nadie pasa del primer mes.

Si nuestro objetivo ha sido modesto y hemos sido conscientes desde el principio de que hay grandes posibilidades de que no lleguemos hasta el final, no está de más que tengamos una idea vaga de los grandes peligros que nos acechan.

Uno muy inocente es el de los horarios. ¿Por qué la gente se apunta a los gimnasios tras los grandes periodos vacacionales? Porque vienen de un tiempo de ocio, con muchas horas libres, tantas que uno se ha llegado a aburrir. Fruto de ese vacío surge la idea de empezar algo nuevo. Tiempo se tiene, sería bueno para nosotros mismos el conseguirlo. Se tiene el apoyo positivo de los amigos y la familia. Luego llega la rutina del día a día y cuesta, tras una dura jornada de trabajo, encajar en la media hora que queda ese curso de yoga. Un día no se puede ir, por el trabajo, otro porque hace mal tiempo, el tercero por falta de ganas y se acaba dejando. Por eso creo que los propósitos deben llevarse a cabo desde el mismo meollo de la rutina. Ni septiembre ni enero: marzo y noviembre. No tenemos que engañarnos con eso, el llegar de un tiempo de ocio es nuestro enemigo.

Otro aspecto a tener en cuenta es el encanto de lo material. Empezar a estudiar idiomas significa, entre otras cosas, tener que comprar un cuaderno, bolígrafos, libros de clase y ejercicios. Y luego la lista, se puede estirar tanto como se quiera. Hay algo psicológico que engancha en las actividades de ocio, nos encanta revestirlas, darles parafernalia. Los ciclistas o corredores se pasan el tiempo comprando gadgets electrónicos, vestuario, complementos, para optimizar el rendimiento. Se disfruta mucho más comprando un GPS para correr, que corriendo.

Si nos lanzamos a una nueva actividad, nos va a fascinar la idea de tener que comprar cosas y es interesante pararse a pensar ¿No me estaré apuntando a inglés para saciar las ganas locas que tengo de comprar un cuaderno? ¿No quiero dejar de fumar porque en realidad quiero comprar chicles de diez sabores diferentes? Si tenemos un objetivo de consumo de fondo, no va a funcionar. No puede funcionar. Si empiezas comprándote las zapatillas Nike Free antes de ir a correr el primer día, no llegarás muy lejos.

Otro peligro es la fascinación por lo nuevo. Estudiar chino suena apasionante, más cuanto menos se conozca el idioma. Pero a las pocas semanas, esa fascinación se trocará en problemas concretos: no me sale no se qué sonido, no consigo recordar las diferencias entre ciertos verbos. El profesor es insoportable. Si estamos totalmente rendidos ante un plan inminente, como el que se va a vivir a otro país y está aprendiendo por necesidad, o porque siempre se quiso hacer algo pero nunca se dispuso del dinero, estas razones parecerán estúpidas. Pero lo más normal es que no se tenga tanta motivación para adentrarse en algo nuevo. Hay a quien le gustan un par de canciones francesas y ya quiere aprender el idioma. Luego se encuentra con la realidad de la tarea, que tiene mucho de aburrido aprendizaje, y las ganas desaparecen. Distinguir si una cosa nos atrae sólo porque es nueva o desconocida, es una forma de evitar el batacazo antes de que se produzca.

Un riesgo terrible es el instinto de autodestrucción. A unas personas más que a otras les sucede que se enfrentan a situaciones que no pueden salir bien bajo ningún concepto. Hay una atracción morbosa, a veces patológica, hacia lo que no podemos conseguir, buscando inconscientemente el fracaso. Una forma de hacerse daño a uno mismo tan mala como cualquier otra.

Finalmente decir que veo como hay gente que nunca cambia nada en su vida, otra gente que está en un perpetuo cambio. Los que poco a poco mejoran, los que lo intentan todo, los que no se atreven con nada. Detrás de cada actitud vital se esconde una visión y un comportamiento general ante la vida. Siento cierto miedo de las personas que solo tienen aficiones nuevas y recientes, viven en una marea regenerativa, de perpetua mutación, que me inspira mucha desconfianza. Si con cierta edad no se ha pisado ningún terreno sólido, tal vez sea porque no hay tierra firme en el interior.

Pero al margen de todo eso, al hilo de lo que estoy intentando expresar, creo que hay dos grupos definidos: los que lo intentan, los que lo consiguen. Pues bien, creo que para conseguir cosas es importante no intentar (en vano) muchas actividades. Y si venimos de un pasado atroz, pavimentado de buenas intenciones, nuestro objetivo debe ser fugaz, inmediato. No aprender inglés: hacer un curso intensivo de una semana. No empezar a correr: llegar a ser capaz de correr cinco kilómetros. Luego, si Dios quiere, más. Y empezar simultáneamente a correr e inglés: jamás en la vida.

El peluquero

A pesar del paso de los años, me sigue angustiando ir a la peluquería.

Al principio el problema estaba en que mi padre nunca me daba dinero para cortarme el pelo. Recuerdo la frustración de ir detrás de él, mendigando para un corte de pelo. Hasta que conseguía que me diera el dinero, podían pasar tres o cuatro semanas. Tal vez por eso no soporto pedir nada, por la vergüenza, no tanto de sentir que no te lo dan, como la humillación de que no te queda otra…que volver a pedir.

El corte de pelo era siempre una actividad gregaria. Mi problema era el de mis otros hermanos. Se juntaba la dejadez de otra época, en que la higiene era un lujo y los piojos frecuentes. El problema de tener un crecimiento de pelo agresivo, como mala hierba. Y que el periodo que iba entre la desesperación por tener un pelo muy largo y el conseguir el dinero, alargaba una agonía insufrible.

Llegábamos a la peluquería un par de chavales. Ahora los niños de esa edad no van ni solos al colegio, pero antes era normal. Entrábamos en silencio y nos sentábamos en las sillas, recelosos, mientras se mantenían conversaciones muy adultas: política, fútbol, mujeres del estilo de Terelu Campos. El peluquero nos miraba, con una mirada morbosa, como de rechazo por el aspecto de miseria y la diversión que despiertan los niños. Tarde o temprano, llegaba el momento y uno de nosotros se sentaba en la silla.

En aquella época no había cortes de pelo, estilos, rapados de esta forma, elección de navaja, tijera o máquina. Era descargar. No se mediaba palabra: te sentabas y el tipo se ponía a cortar como si no hubiera mañana.

Una de las cosas que más me desagradaban era que los peluqueros fueran homosexuales. O al menos las absurdas conversaciones oídas en casa me habían llevado a pensar que estaba claro que eran todos homosexuales. Entonces tú te sentabas en la silla, colocando las manos en los brazos del sillón y el peluquero aprovechaba la coyuntura para frotar sus genitales contra tus manos cada vez que cambiaba de postura, aprovechando la mínima intimidad de la sábana. Se creó una retroalimentación. Está claro que el pobre peluquero no tiene otra que acercarse a la silla tanto como pueda, y el roce era inevitable, lo que potenciaba la creencia en su homosexualidad, pues aquello debía ser deliberado. Y con ello aumentaba más y más mi rechazo hacia ese potro de tortura, no porque me molestara en particular, sino porque me daba asco todo lo homosexual, sin saber o entender lo que significaba aquello. El hecho de que el peluquero insistiera mucho en que no nos moviéramos era para evitar que retiráramos las manos de los brazos, que yo dejaba fijas pero no exento de la sensación de rechazo.

Tardé muchos años en llegar a la conclusión de que no se tiene por qué poner apoyar las manos en los posabrazos. Ahora siempre me corto el pelo con los brazos cruzados, pero es un gesto racional que me obliga a rememorar toda esa basura infantil de pobres. Vuelvo a estar ahí sentado y el peluquero resopla al encontrar más capas de pelo debajo del pelo recién cortado. Podían pasar más de seis meses entre corte y corte. Tarde o temprano el cortador de pelos pronunciaba la palabra infame: león. Yo llegaba a casa diciendo que me molestaba que dijera que era un león. Cuando le estaba pidiendo dinero a mi padre, sabiendo que no me lo daría, ya estaba pensando en que estaba mendigando para ir a un sitio donde me dirían que tenía el pelo que parecía un león. Y era algo que me molestaba mucho, no tanto como que el peluquero fuera un homosexual aprovechado, pero que me resultaba hiriente.

Con el pelo tan largo, los piojos eran inquilinos habituales. Me acuerdo que en aquella época la ofensa no era que te dijeran que tus hijos tenían piojos, era el pan nuestro de cada día. Hay que pensar que en aquella época los slots de anuncios que no ocupaban las empresas de telefonía, y esos son muchos slots, iban directos para los remedios farmacéuticos contra los piojos. Ofensa era que dijeran que tus hijos habían sido los que habían contagiado los piojos a los demás, acusación por la que alguna vez que pasar. Así, me sentía violado, leonizado e infectado cuando iba a la barbería.

Con el tiempo la cosa no fue mejorando del todo. En parte sí, en parte no. El gasto en peluquería siempre fue un extraordinario que había que pedir aparte. Una vez me corté el pelo en un sitio que era «el dos billetes» porque el corte de pelo costaba doscientas pesetas, algo así como un euro. Para una vez que podía cortarme el pelo con dinero de mi bolsillo, no se podía desaprovechar la oportunidad.

El dos billetes era como el Ikea de las peluquerías. Si se podían dar dos tijeretazos en vez de tres, se daban dos. No te mojaban el pelo antes de empezar, no había cuchilla de repuesto para los repasos, el corte duraba cinco minutos mal contados, y salías vulnerable y magullado, como después de un aborto. Fue una experiencia tan desagradable que no se quiso repetir.

Luego con el tiempo me hice medio amigo de un peluquero. Era un tipo del barrio que tenía un tablero de ajedrez en la mesita de centro y algunas revistas de ajedrez antiguas. Cuando no había clientes, y hasta que llegara alguno, nos echábamos una partida. Era una forma de perder las tardes como cualquier otra, ahí delante del tablero, esperando un hueco del peluquero. Fue un cambio radical, dejé de odiarlos, de considerarlos a todos como homosexuales. Tenía un medio amigo peluquero.

A los pocos meses yo era mucho mejor jugador que el peluquero y ya seguía allí porque mi vida estaba llena de espacios vacíos. Él disimulaba el aburrimiento del que pierde siempre, aunque muchas veces que no tenía clientes prefería pasar la escoba antes que jugar una partida. A pesar de ser mi medio amigo, los cortes de pelo se seguían pagando religiosamente. Hasta que un día mi padre decidió que no tenía sentido que me diera dinero para el corte de pelo: podía jugarme el corte a una partida de ajedrez.

Volvíamos a los viejos tiempos de regateo para un corte de pelo, ahora con algo más de luces y de autoestima. Aún así lo suficientemente inocente y desesperado como para tener que recurrir a la argucia propuesta por mi padre. El peluquero no pudo contenerse, cuando le propuse la apuesta, a decirme, ¿Y que pasa si vos perdéis?. No había plan B, me puse rojo y le dije un tímido No sé. Tenía que ganar, porque ya casi siempre ganaba, pero la apuesta era demasiado elevada como para perder. Sumando a todo eso la vergüenza ajena del peluquero, gané y tuve ese corte de pelo gratis. Él último conseguido gracias a la pedigüeñería. Esta palabra, es la única del diccionario que tiene todos los tipos de firuletes posibles (el acento, la diéresis, el punto sobre la i y la virgulilla).

Aunque creo que he salido muy bien parado y feliz por mi niñez, creo que todo lo relacionado con la peluquería me ha dejado marcado. No importa lo que pase, el ritual de cortarme el pelo sigue siendo desagradable y me obliga a recordarlo todo.

El peluquero es una de esas cosas que no eliges al azar y muy mal tiene que darse para que decidas cambiar. Se establece algún tipo de rutina íntima y nos gusta volver siempre al mismo. En mis continuas mudanzas, el tener que elegir peluquería siempre ha sido algo desagradable. Supongo que ya tengo edad y dinero como para elegir a una peluquera heterosexual, pero todavía me gusta un poco revolcarme en el lodazal.

Aún sigo descontento, pero con cuestiones rutinarias. El cutrerío de la prensa que siempre hay en ellas, las conversaciones rutinarias sobre política 2.0, alineaciones de fútbol y mujeres de calendario Pirelli. Que me pregunten si quiero gomina, si me voy a duchar o afeitar hoy o mañana. En cierto modo me gusta, es como cuando uno ha sufrido un accidente de tráfico y le dan un golpe de aparcamiento. Te molesta, pero te hace recordar que los tiempos pasados no siempre fueron mejores.

De entre todos los vergonzantes cortes de pelo de mi infancia, se cuela uno cum laude: cuando a mi hermano mayor le tocó una quiniela de fútbol. La típica quiniela fácil en que se dan todos los resultados predecibles, y hasta el punto de que hasta un niño la puede acertar (en gran parte, que no toda). Ese momento mágico de mi niñez, esa sensación de ser unos triunfadores – triunfó él pero yo me apunté al carro del éxito – de estar en la cresta de la ola. De tener que indagar sobre cómo era el pago de los premios. De estar a otro nivel.

Pero ese recuerdo, que tendría que haber sido uno de los más dulces de la infancia, se empaña porque el escasísimo dinero que apenas dio para un par de cortes de pelo. A tiempo y sin humillaciones. Sin el fantasma del león, íbamos casi con las cola de armiño, al menos dentro de nuestra cabeza, por debajo de tantísimo pelo.

Por detalles como este, y alguno más, siempre estaré en deuda con mi hermano. Y es que los niños no son generosos ni por naturaleza, pero el que, sin titubear, me pagara un corte de pelo es para mi, sin lugar a dudas, el gesto más desinteresado y noble que recuerdo de toda mi infancia.

The year of the car

Mis expectativas eran realmente bajas: no acabar en una silla de ruedas. Tenía todavía el carné provisional y ya estaba dispuesto a comprarme un coche. Y cuando digo dispuesto quiero decir que venía con las tareas hechas de casa. El mismo mes que me saqué el carné de conducir ya estaba dando volantazos sin un impertinente al lado que me salvara la vida con sus indicaciones.

¿Por qué me compré un coche? Uno puede ser un ferviente defensor del transporte público, de que los coches contaminan, de que es una compra económicamente injustificable. Pero qué duda cabe que saber conducir es una habilidad básica de la vida moderna, del mismo modo que saber algo de ordenadores o poder manejarse con el inglés. Porque me diréis que el inglés es más práctico que saber conducir. Mucha gente nunca se encuentra en una situación en que realmente necesite el inglés. No que sea práctico, sino que sea necesario. Es mucho más normal que uno sienta que, en un momento de su vida, le hubiera gustado poder conducir un coche.

Pero yo no quería tener un coche, vacilar de carrazo o cambiar mi forma de vida. Quería aprender a conducir, no ser un buen conductor, simplemente uno más. Por eso cuando me compré el coche tenía muy claro que iba a ser uno de segunda mano. Los objetos de segunda mano tienen la ventaja de que los sientes como menos tuyos. Y es importante no identificarse con los objetos, porque no es fácil controlar qué tienes tú y qué te tiene a ti. Un coche de segunda mano es un objeto rechazado por otro, venido a menos, con un pasado de felicidad que tú no has vivido. Lo tomas sin pensar tanto «es mi coche», sino más en la línea de «es el coche».

Para comprar coches de segunda mano cualquiera puede dar opiniones mejores que yo, a falta de conocimientos mecánicos elementales, y tras leer mucho por Internet, me quedé con algunas ideas generales. Lo primero es que si intentas conseguir el chollo del siglo ¡Lo puedes conseguir!, pero al mismo tiempo hay un factor de incertidumbre importante. Evitar riesgos vale dinero. Yo pagué bastante más del precio «de mercado» del coche pero a cambio de comprarlo de una persona conocida. Tenía claro que quería un coche que estuviera al tanto de revisiones, porque eso dice que el conductor lo ha cuidado y no ha pensado sólo en el gasto inicial. Que sabe que un coche tiene un mantenimiento mínimo que hay que pagar. Pensaba en comprar un coche «de chica» porque al final sabes que tienen menos kilómetros, menos burradas hechas con los amigos, menos aerodinámica y menos chorradas. Un coche modesto.

En resumen, para comprar un coche uno encuentra que hay una total disparidad entre oferta y demanda. Al menos en modelos intermedios. Uno está enamorado de su coche y no lo vende por menos de 6.000 euros. Va al concesionario y le ofrecen por él sólo 2.500 euros. El aspirante a vendedor se vuelve indignado ante la abochornante oferta. Lo pone en venta de segunda mano y se encuentra con que sólo le hacen ofertas muy a la baja. Hay una disparidad de precio del 50% que lleva a todo tipo de situaciones absurdas:

  • El vendedor indignado se queda con el coche y se plantea tener dos coches antes que malvender el antiguo.
  • El vendedor espera durante meses a que aparezca ese mirlo blanco que esté dispuesto a comprar el coche por un precio justo.
  • El vendedor sucumbe a la ley de la oferta y la demanda.
  • El vendedor se compra otro coche y lo deja al concesionario por lo que estén dispuesto a darle, por mísero que sea. Ya que pagan una miseria, por lo menos que sea una miseria sin papeleo.

En mi caso, yo fui el pardillo que hizo de mirlo blanco. Pero en ningún momento me sentí pagando mucho por poco. La misma persona que se ríe de mi forma de comprar segunda mano, luego se compra un coche de kilómetro cero en Alemania, se monta una historia tremendamente compleja, arriesgada y susceptible de acabar mal con tal de ahorrarse dos mil euros en un coche mejor pero que cuesta el triple que lo que costó el mío. ¡Me he ahorrado más que tú!

A la hora de comprar suelo ser mísero, pero en lo que nunca ahorro es en incertidumbre, en hacer de aseguradora. Porque prefiero pagar X por tener X, que pagar la mitad por tener X, con probabilidad del 50% ó 0, con probabilidad del otro 50%. No me gustan los gatos de Schrödinger.

El coche lo compré a través de una gestoría de esas que hay justo enfrente de las oficinas de tráfico. Para mi que fue una gran decisión. Me ahorré todo tipo de dudas, excursiones a trámites burocráticos y esperas – lo peor que te puede pasar en una compraventa es que esta se quede a medias y tú ya hayas pagado el coche entero – y tampoco fue por mucho dinero. De nuevo es la típica situación en que uno se ha gastado 5.000 euros en un coche pero luego piensa que pagar 150 euros a una gestoría es un robo a mano armada. Con este coche tuve suerte, porque ya habiendo terminado con la venta, la chica que la llevaba se dio cuenta de que en realidad el coche estaba a nombre de dos personas y que el vendedor tenía que traer a su mujer para que firmara o no hubiera sido aceptada por tráfico.

Y lo mejor de la gestoría es que sales de allí con papeles que acreditan que el coche es tuyo y que puedes conducirlo. Con todo provisional, el carné, el permiso de circulación y el seguro, vas conduciendo con más miedo que vergüenza. No vas sólo, porque te da miedo hasta abrir el coche, como para girar sin tener al menos a una persona que te diga que no, no te vas a matar.

Fue llegar a casa, aparcarlo de rebote justo enfrente de mi ventana y quedarme mirándolo luego desde casa, durante un largo rato. Ese coche era mío. Ahora tenía algo más de que preocuparme. Los gitanos que se subirían en el capó, los niños que me pintarían «Lávalo guarro» sobre el polvo del parabrisas. Los espejos retrovisores, que tarde o temprano me reventarían. Y el miedo perpetuo a olvidar algo ridículo entre los asientos y encontrarme un cristal roto por la mañana.

El primer día miré mucho tiempo a mi coche desde la ventana. Estaba preocupado por él, era como mi hijo, ahí fuera, sin que pudiera cuidarlo. Me levanté por la mañana, al día siguiente y ahí seguía.

Sin embargo seguí yendo al trabajo en metro. Porque no es lo mismo dar una vueltecita por ahí que enfrentarse a las míticas M30 y M40 de Madrid, en hora punta. A la despiadada lucha por una plaza de aparcamiento. Siempre de copiloto, estaba acostumbrado a no fijarme en las rutas, no sabía cuándo había una incorporación, cuándo tocaba ir pegándose a la izquierda. No sabía nada. El día antes de llevarme el coche por primera vez al trabajo no pude dormir, estaba aterrorizado, para ese día mis expectativas eran mucho más bajas: bastaba con no morir.

En perspectiva cometería todo tipo de errores. Sin el GPS, la mejor compra que he hecho en mi vida, no habría llegado al trabajo. Tal vez no habría podido volver a casa tampoco. El GPS es un invento increíble cuando no sabes nada, es como los subtítulos de las películas en inglés. Estás todo el rato leyendo sí, pero por lo menos te enteras de lo que pasa.

Los primeros viajes fueron desquiciantes. Me despistaba un segundo y se me había pasado la salida correcta, y tenía que desviarme hasta el quinto pino, donde había otra salida. Pero esta salida estaba llena de coches y nadie me dejaba acercarme al carril de la derecha. Me pitaban y me acababa rajando, me pasaba otra vez de salida.

Aún con GPS, y habiendo llegado casi sin ningún problema el primer día, a finales de la primera semana me encontré en medio de la ciudad, yo que sólo tenía que pisar las rondas de circunvalación, viendo todas las señales que iban hacia mi destino en el carril contrario, sudado, obsesionado con la vocecita de la chica del GPS que daba vagas indicaciones, llegando tarde al trabajo, donde no encontraría ya aparcamiento. Era una situación donde costaba mucho encontrar la calma.

Poco a poco fui haciéndome con la monótona ruta. La gente se reía de mí porque seguía el camino que recomendaba el GPS, camino que nadie haría porque era más lento que otro más hacker. Me aferraba a malo conocido como gato panza arriba. Y si el circular a 80 kilómetros por hora, cuando todo el mundo iba a otras velocidades y me esquivaba en un continuo y peligrosísimo para mí slalom, era de por si preocupante, los peores momentos los vivía a la hora de aparcar.

En la primera semana de tener el coche viví mis momentos más oscuros. La primera vez que aparqué lo hice en el espacio suficiente como para estacionar un autobús. Y lo mejor de todo es que en los diez minutos en que lo hacía, el coche que estaba al final del todo también se fue. Era casi como aparcar en un descampado. Aún así me costó dejarlo a medio metro de la acera. Todo esto aderezado con unos borrachos que estaban al lado descojonándose de mi y dándome indicaciones tan delirantes como las maniobras que yo hacía.

Aparcar siempre fue desagradable. Me daba cuenta de que lo hacía mal, tardaba mucho y era una maniobra del altísimo riesgo. En la primera semana le hice un tremendo arañazo al coche. Cuatro años con su dueño y ni un rasguño. Una semana conmigo y parecia una fragoneta de transportista. Y eso no fue todo, el arañazo ese lo hice al darle a otro coche, que no tuve el valor de quedarme a mirar cómo quedó. De eso no se vive pero realmente ha pasado mucho tiempo de todo esto y todavía me siento fatal pensando en ese pobre conductor que se encontrara el destrozo que le había hecho un hijo de puta como yo.

No puedo intentar justificar el haberme ido sin dejar una nota, pero quiero explicar la sensación de miedo en que vivía cuando iba con el coche. Vas por la calle y te puedes tropezar con una persona, puedes estar cerca de morir atropellado. Pero no tiene nada que ver con la sensación de miedo – y encima justificada – por tener una máquina enorme con la que puedes causar mucho daño a los demás. De que un error puede provocar un accidente, un gran destrozo. Que te tropiezas con cualquiera y no suele pasar nada, pero que en la carretera la gente pierde la cabeza y las reacciones de la gente son totalmente desproporcionadas, casi propias de tiempo de guerra.

El coche estaba desconchado, aparcaba de pena, conducía con miedo, estaba perdiendo peso a un ritmo que ya empezaba a preocupar. Los errores sin embargo disminuían a gran velocidad. Y es que es fácil mejorar cuando vienes de hacerlo todo mal. Es curiosa la cantidad de cosas que se pueden hacer mal en pocos segundos. Imagina que estás en un paso de peatones, antes de una rotonda. Van pasando los peatones y cuando es tu turno de salir estás despistado, te pitan, te pones molesto, resulta que tenías el coche en segunda, se te cala, arrancas de nuevo, estaba en segunda y se te vuelve a calar, pones primera, te pitan ya tres, vas a arrancar y el que estaba detrás te ha adelantado invadiendo el carril contrario, tienes que frenar para no darle, llegas a la rotonda y no te quieres parar. Pero tienes que hacerlo. Sin quererlo te quedas con medio coche dentro de la rotonda y medio fuera. Te pitan los que están dentro de ella y los que tienes detrás. Luego te metes y ya te da igual todo, sales de la rotonda asqueado y sin señalizar, ha habido un par de ocasiones en que te las has podido pegar, justo en los dos ratos en que estabas ya pasando de todo.

Pero la idea no es pintar todo lo malo que tienen los coches. Hay muchas sensaciones increíbles y que compensan todo lo malo. Me acuerdo de mis tiempos oscuros en que iba al Ikea a comprar y me volvía en el metro, con cuatro tontadas pero que parecía que estaba pasando el Estrecho, cargado como una mula. El viaje era interminable, molesto e infructuoso. Con el coche esa penosa experiencia era trivial, no era mucho mejor, era tan neutra, tan inocua que no te dabas cuenta de todo lo que te habías librado. Aparcabas a cinco metros de la puerta, cargabas todo lo que quisieras y más sin tener que levantar nunca nada de peso y luego hasta la puerta de casa. Era tan bueno, que no lo llegabas a disfrutar.

O la opción de irte un fin de semana sin un plan concreto y organizado. Sales con el coche porque hace buen tiempo. Apareces en Segovia, donde comes como un cerdo. O te plantas en un parque natural, no en el manido y masificado Retiro. O haces las dos cosas y te sobra medio domingo para lo que te de la gana. Sin coche, esas excursiones eran siempre molestas, viajes incómodos en autobuses con horarios incompatibles y que nunca te dejaban donde querías. Todo el rato mirando el reloj. Los viajes en coche tienen la enorme ventaja de que el tiempo cunde mucho más. Sin coche puedes ver dos cosas, con él puedes ver cuatro, comer donde quieras y encima estás mucho más descansado.

Fue pasando el tiempo, las experiencias se fueron volviendo más rutinarias. El GPS intentaba no usarlo nunca, más que saber aparcar, sabía dónde se podía aparcar y a qué horas. Aunque prometí que iría en coche al trabajo tres o cuatro veces en semana, ya iba todos los días y aunque los viernes tardaba mucho más yendo en coche, por los atascos que se formaban, lo prefería al asqueroso transporte público. Había pasado de leer tres libros al mes a leer un libro cada tres meses. Había engordado un poco, tenía un poco peor las cervicales, pero era algo parecido a una persona feliz.

Con las averías siempre estaba preocupado. No sabía cambiar una rueda, pero es que tampoco sabía mirar la presión de los neumáticos. Una vez que le puse gasolina al coche hice algo mal y se salió un borbotón que me manchó el pantalón – que quedó para tirar – y dejó un pequeño charco en el suelo – que no debía ser la cosa más segura. Cuando pensaba que le estaba cogiendo el tranquillo siempre pasaba algo que me recordaba que era mortal. Que me recordaba que no dejaba de ser un pardillazo.

Me robaron un embellecedor del coche, una rejilla, que llevó lo suyo encontrar por internet cómo se llamaba. Luego la pieza la compré online, con los típicos imprevistos de que te envían por error un tubo de escape, y cuando la tuve y la puse resulta que no encajaba perfectamente. Luego me di cuenta de que no era porque la pieza fuera falsa, sino porque al robármela me habían doblado los enganches. No hice mucho mal del hijo de puta que se la llevó, con sólo recordar mi fuga tras aquel fatídico aparcamiento en la primera semana. El caso es que puse la pieza y estaba rara y a lo mejor llegaba un día del trabajo y la veía medio salida y la ponía de nuevo bien y subía a casa con las manos sucias y esa sensación agridulce de cuando te has esforzado mucho en algo pero sabes que el resultado es muy flojo. Llegaría el día en que miraría y esa pieza ya no estaba, en uno de los viajes se había salido entera y la había perdido.

Volví a comprarla por internet y ya tenía una sensación de derrota. De nuevo no encajaba bien, esta vez me di cuenta que era cosa de los enganches. Probé todo y nada funcionó. Al final compré un pegamento especial, que lo único especial que tenía era el precio. Entre el pegamento y los enganches parece que se quedó bien, pero fue un trabajo de poca precisión, yo siempre veía algún chorreón de pegamento sobre el plástico y que la pieza no encajaba del todo bien.

Viví muchas experiencias con ese coche. Pasé la ITV, pasé una revisión gorda en que me cambiaron la correa de distribución. El hombre del taller sólo sabía hacer facturas a los que venían con el seguro a todo riesgo, cómo será el país y el dinero en B, cuando pienso que lo llevé al concesionario oficial de una marca que no era la de mi coche. Tuve que justificar ante el gerente, que era un conocido, que quería la factura y el IVA, aunque me costara más.

Después de un año tenía la misma sensación conduciendo que con la vida en general, que tienes mucho a tus espaldas pero que notas que no es suficiente, que siempre hay algo importante que todavía no sabes. Cuando tienes cierta edad sabes que ya todo es un aprendizaje lento y doloroso. Podía haber seguido conduciendo cinco años más, que seguiría yendo casi todo el tiempo por la derecha, aparcando con temeridad e incómodo cuando llevaba de pasajeros a mejores conductores.

El accidente

Fui el martes a lo de la ITV y había una fila infinita, me daban esperanzas de tener que esperar por lo menos tres horas más. Así que me volví a casa y pedí cita por Internet, que me dieron para ese mismo sábado. El coche estaba impecable, salvo por el molesto arañazo, ese memento mori que, aunque había prometido arreglar en cuanto pudiera y que me llevó a horas perdidas, buscando el color, dónde comprar la pintura, métodos de hacer chapuzas, etc., nunca llegué a arreglar. Había tenido que cambiarle bombillas al coche y una la había dejado medio torcida, con lo que la luz no iría del todo recta el día de la ITV.

Entre una cita y otra para la ITV, tuve un accidente. Se dice accidente cuando hay muertos y quieres parecer tremendista – como es mi caso – pero en realidad fue un golpe que se llevó mi coche. Los golpes lo bueno que tiene es que siempre te los dan. Todo el mundo no los tiene en cuenta a la hora de contar su historial negro con el coche. Nadie ha tenido nunca un accidente.

En mi caso, tuve mucho de culpa: iba como siempre, atento a la mitad de las señales y con el sol de frente. Me vi un semáforo en rojo cuando lo tenía justo encima y me paré en seco. Y el coche de detrás me dio un golpe.

Otra experiencia incómoda al volante. Tuve la suerte de que el otro conductor tenía seguro, no era étnico y no tenía permiso de armas. Cuando nos juntamos para rellenar el parte del accidente, mi contrario tenía claro que era culpa mía. Yo sabía que lo ocurrido había pasado en parte, o gran parte, por mi inadecuado frenazo. Pero el caso es que yo no iba a ceder en la razón por el algoritmo básico de la circulación, que si te dan un golpe por detrás la culpa es del de atrás.

Me sorprendió lo poco que le había pasado a los coches, casi nada. Mi coche parecía que tenía más un golpe dado aparcando que un encontronazo por detrás. Luego pasaría la ITV con una indicación de que la chapa no estaba perfecta. La discusión con el otro conductor fue en términos cordiales. Pusimos una consensuada descripción de los hechos, pero al final los seguros son estrictos. Uno de los dos tiene la culpa, cuando en realidad la teníamos los dos, tal vez en un 60%-40% o 70%-30%. Uno de los dos se tendría que pagar el arreglo – los dos teníamos el coche asegurado a terceros, yo no tenía un todo riesgo por la sencilla razón de que mi seguro básico costaba lo que un todo riesgo por no tener años de carné. El todo riesgo costaba casi tanto como el coche.

Luego volvería a pasar muchas veces por el sitio donde me había dado el golpe y siempre iba acojonado, pero sobre todo con la sensación de que no importa que sepas que es un punto peligroso, que es que dos metros más adelante te vuelve a poder pasar lo mismo. Y que el coche había respondido muy bien y que no había sido nada. Y que rellenar un parte es trivial, y que ya tenía otra experiencia más, tan desagradable como necesaria.

Y el ruido cuando oyes el ¡Clock! del impacto contra tu coche, los nervios, tener que salir a ver, tener que aparcar a un lado, todo el mundo mirándote. Me acuerdo que dormí fatal esa noche porque sabía que lo normal es que tengas secuelas en el cuello y que no lo notas hasta el día siguiente. Y que afortunadamente no lo noté tampoco al día siguiente.

Todo en el coche eran sensaciones contradictorias, muy positivas y negativas. La vida sin coche es muy sencilla, es como no tener hijos, todo mucho más fácil pero no necesariamente mejor.

Siempre se lee que el problema de un coche es la gasolina y sus precios pero a mi me parece como los que se amargan al tener que pagar el hosting de su blog, que cuesta 50 euros al año como mucho, y luego se tiran horas y horas escribiendo y eso no les parece suponer nada. En un coche el gasto de gasolina, salvo que hagas muchos kilómetros para ir al trabajo o que tengas un trailer, es ridículo comparado con todo lo demás. Al mismo tiempo me llamó la atención que era más barato ir en coche que en transporte público, siempre y cuando en la ecuación sólo pongas el coste de la gasolina.

El caso es que estuve con el coche casi un año justo. Lo iba a vender justo cuando me pasó lo del golpe y me encontré con la difícil situación de cara a la posible venta. Tenía muy claro que no iba a entrar en el juego del vendedor que no quiere vender. Le puse un precio muy bajo y un conocido estuvo interesado. No me lo compró sin más, y eso después de probarlo, lo que me confirmó que el precio era barato sin ser regalado, luego era un precio justo. Era una venta condicionada: tras leer muchas opiniones en Internet yo daba por hecho que el seguro me daría la razón, pero no sabía cuánto podía tardar eso. Tuve suerte de que el seguro arregló todo muy rápido, gracias a haber dado una versión conjunta por parte de los dos afectados. Me habían dado la razón y se lo comuniqué a este posible comprador, que a los pocos días me dijo que lo aceptaba, pero que lo compraba cuando estuviera arreglado. Yo que lo vi indeciso, pues barajaba varias ofertas y que andaba escaso de efectivo, le ofrecí una rebaja del 10%, sobre un precio ya bajo, si él se encargaba de tramitar el arreglo con el seguro y la compra se hacía de inmediato.

Me quité el coche de encima con un gran rebajón. Me dio una pena enorme. Todavía me la da. Pero solucioné el problema en tiempo récord. Miré precios de coches similares, le desconté el absurdamente costoso arañazo, tiré por lo más bajo y por esa cantidad lo vendí. Estaba dispuesto a regatear 10 euros pero no a esperar un mes a que llegara un comprador pardillo.

A las dos semanas de no tener coche volví a leer, volví a sudar en el metro, pero volví a una vida más tranquila. Fue una experiencia muy interesante y compleja. No he vuelto a conducir desde entonces. Echo de menos el coche y me alegro de no tenerlo.

Buffet

Cuando era un adolescente tuve la suerte de viajar mucho de gorra gracias a las competiciones deportivas. Ganabas el campeonato provincial y te clasificabas para el regional. Quedabas de los primeros del regional e ibas al nacional. Cada competición era un viaje con todos los gastos pagados.

Tenía menos dinero que el que se estaba bañando y no había ido de vacaciones nunca, por lo que en perspectiva me veo como esos niños del tercer mundo que tienen una oportunidad de acercarse al lujo de la sociedad occidental. Las habitaciones de hotel me parecían enormes, los baños impecables. Las piscinas un lujo obsceno. Que te cambiaran las sábanas del hotel y las toallas a diario exigía la comprobación rutinaria de que semejante maravilla sucedía una y otra vez. La competición era absolutamente lo de menos.

Pero si todo esto era digno de recuerdo y vivir en continuo estado de felicidad, el lugar donde uno perdía la cabeza era el restaurante. Ahí tuve la oportunidad de conocer los buffets. Come todo lo que puedas.

Cuando me acercaba a la puerta de entrada me invadía un hormigueo en el estómago, despertado por ese olor, mezcla de tomate pegado, platos calientes del lavavajillas, verdura cocida y carne asada. Ese olor lo captabas poco antes de entrar y te entraba una turbación excitante, un placer desconocido para los adultos.

La rutina cambiaba cada día. Había veces que iba llenando caprichosamente el plato, conforme veía cosas que me gustaban. Cuando ya estaba lleno, me sentaba a comer. Otras veces hacía una ronda de reconocimiento, tratando de calibrar de entre todas las posibilidades cuáles serían las mejores. Estos paseos los daba con el plato ya en la mano, como queriendo confirmar que todo estaba al alcance de la mano, como cuando jugueteas con las llaves antes de llegar a casa.

Solía tomar tres platos, llenos hasta arriba, sin hablar del postre. Ni que decir tiene que eso tenía luego consecuencias, y no hablo de sobrepeso sino de desagradables visitas al cuarto de baño. Pero no eran tiempos de previsión, sino de disfrute. Era comer sin pensar si eso formaba parte de lo razonable, de lo saludable.

La verdura, ni tocarla. Normalmente tomaba mezclas exóticas, propias de niños pequeños, como huevos fritos con filetes y de guarnición…albóndigas. O tortilla, carne de cocido y lasaña. Nadie te controlaba, la única preocupación de los monitores era que las chicas que también viajaban no se quedaran embarazadas.

Mención especial merece el tema de las bebidas. Hoy en día entiendo que el negocio de los buffets es tener una cuota razonable y luego resarcirse con la bebida. Pero en aquel entonces no pensaba tanto. Era un australopithecus. La comida era gratis y la bebida no, luego no pedía bebida, por muy extraña y violenta que fuera la cara del camarero.

Eran otros tiempos, la gente joven no tenía apenas dinero y muchos estaban igual que yo. Hoy en día la gente que hace eso es de una miseria tercermundista. O tal vez yo también lo fui entonces, qué importa.

Ahora bien, tomarte esos platazos sin agua era una experiencia compleja. Igual los platos están más condimentados a propósito para que tengas más sed y consumas más. Lo normal era no pedir nada y mendigar agua del pardillo – persona normal – que sí la hubiera pedido. Además que se aprovechaba cuando estas personas se levantaban a por más comida para robar unos sorbos de líquido. Miro en perspectiva y tendría que ser como compartir mesa con unos demonios de tasmania.

La evolución natural hacia algo parecido a la ética fue tomar productos que calmen la sed, pero que estén dentro del menú. Recorrer el restaurante mirando los platos en la forma «¿Qué podría usar para calmar la sed, por supuesto sin pagar nada?». Con el tiempo la rutina fue pillar unas bolas de helado. Te tomas unos bocados de ensaladilla rusa con codillo y cuando la garganta escuece, bocado de helado.

De nuevo he de indicar que ese helado no se consideraba tampoco postre. Era un accesorio. Lo más demencial del asunto es que después de haber comido una cosa así, tres platos pantagruélicos, a lo mejor apetecía tomar tarta con bolas de helado. El helado, tomado en condiciones infames, no desinhibía el deseo de tomar más helado.

Los postres se escogían en platos normales, unas composiciones extravagantes, dos o tres trozacos de tarta, con chorretones de chocolate, bolas de helado a cascoporro y nata. Si no era suficiente, más tarta. Inexplicablemente a veces apetecía tomar varios yogures.

Los horarios estaban analizados previamente. Si entrabas a desayunar a las ocho, y te quedabas hasta el cierre, te daba hambre para hacer dos desayunos. Ni los romanos comían de forma tan bulímica.

Evoco esta época y no recuerdo que durante las comidas se hablara de nada, era comer y disfrutar de la comida. Todos íbamos a comer y era comer. Ni siquiera se hablaba de la comida porque todo sabía delicioso. No hay cocinero ni restaurante lo suficientemente buenos como para conseguir evocar esas sensaciones culinarias. Luego leería a Montesquieu y coincidiría con él:

Se ha de huir de la exquisitez y de la cuidadosa selección del vino. Si basáis el placer en beberlo agradable, os obligáis al dolor de beberlo a veces desagradable. Se ha de tener el gusto más relajado y libre. Para ser buen bebedor no se ha de tener paladar tan delicado. Los alemanes beben indistintamente cualquier vino con placer. Su objetivo es tragarlo más que degustarlo. Sacan mayor provecho. Está su voluptuosidad mucho más rozagante y a mano.

No era comer, era tragar. El placer de tragar es infinitamente superior al de comer. No es sutil, no es elegante. Es rudimentario, pero insuperable.

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El peor consejo que he dado en toda mi vida

Al hilo del anterior artículo (El mejor consejo recibido en toda mi vida) ahora toca hacer un ejercicio de reflexión sobre cuál ha sido el peor consejo que he dado.

Creo que intentar buscar el mejor no tiene mucho sentido, sobre todo porque en la mayoría de los casos la gente no se deja guiar por lo que digo. Y porque un consejo positivo puede ser como el que lanza un montón de dardos a una diana. Si uno da en el centro, nos podemos olvidar del resto y centrarnos en ese gran ganador, lo que no deja de ser una mentira.

El caso es que no me gusta influir en las personas, me gusta que cada cual cometa sus errores y aciertos. En general los consejos se suelen aceptar de forma estadística. Diez te dicen que te cases, dos que no. Será que es tiempo de boda. A mi sin embargo no me gusta aconsejar obviedades. Me toca estar en ese grupo de dos que acaba dando el consejo que se descarta.

A lo que iba. Hay un consejo por encima de todos los demás que recuerdo como una desacertadísima sugerencia. Es el siguiente.

Un amigo mío acababa de terminar el curso de preparación al examen de acceso a la Universidad. Estaba pendiente de la nota de este examen para decidir su futuro. Le sucedía lo que a tantos otros. Primero se quiere ser torero, bombero o futbolista. Luego se va entrando en vereda. Al final hay una patética fase de la vocación personal en que uno acaba queriendo estudiar las carreras que tengan las notas de acceso más altas. En esto es como con los pisos: se quiere comprar aquel que esté al límite de nuestras posibilidades.

Por eso hay más gente que quiera ser médico a enfermero. Y más dispuestos a ser enfermeros que celadores. Y sin embargo el mundo está organizado del revés: hay muchos más celadores que enfermeros. Y más enfermeros que médicos.

Mi amigo había amasado a lo largo de los cursos de instituto la idea de que su vocación le empujaba a ser médico. No era una vocación real, o al menos no se me antojaba a mi que lo fuera. No puede ser que te de un impulso repentino, no manifiesto en todos los años anteriores, hacia estudiar una carrera concreta. Bueno, poder sí puede ser, pero no me parecía que aquello tuviera mucho valor.

A pesar de esta historia, en que queda manifiesto mi error, no consigo quitarme de la cabeza la idea de que esas vocaciones estudiantiles son casi todas equivocadas. Carreras muy vocacionales, como son medicina, policía, periodismo, ingeniería aeronáutica o del automóvil, suelen atraer a jóvenes seducidos por imágenes televisivas que no tienen mucho que ver con la realidad de dichos empleos.

Muchas de estas alternativas surgen de golpe, en los últimos años, y de repente adquieren una consistencia pétrea. Los estudiantes ahora sólo quieren estudiar eso, no hay ninguna otra carrera universitaria posible: o soy médico, o estudiaré algo frustrante e inútil como Empresariales o Educación Especial. No se admiten términos medios.

Pues bien, este amigo mío tenía buenas notas y bastaba con mantenerlas en el examen preuniversitario. Sin embargo, como siempre sucede, las notas fueron algo peores a las que llevaba obteniendo anteriormente. Conclusión: Por pocas décimas no podía estudiar Medicina – en su ciudad.

La opción era irse a estudiar a otra ciudad, donde sí que le llegaba la nota por los pelos. Pero este amigo estaba bastante mal de dinero, además de que tenía un conocimiento del mundo bastante limitado pues siempre se lo habían dado casi todo hecho. Además las perspectivas no eran sencillas: tendría que aprobar todas las asignaturas del primer curso si quería tener la opción de volver a su ciudad con un traslado de expediente. La alternativa de seguir en la otra ciudad solo daba, y con dificultad, para un año.

Aquí me surge otra luz de alerta, que es que cuando el destino te cierra una puerta, es por algo. Si vas a estudiar en una universidad donde TODO el mundo tiene una nota más alta que tú, no eres más que la cola del ratón. Tus perspectivas de brillar, o por lo menos ser un estudiante del montón de arriba, son insignificantes.

Lo peor es el desgaste psicológico de sentirte uno de los peores del grupo. Eso afecta a la autoestima en una época en que el cerebro todavía está blando. Muchos no se recuperan nunca. Si en esa carrera no se está a la altura se tira la toalla tras perder un par de años, con la moral y las fuerzas por los suelos. Esas personas son como objetos lanzados al azar de la vida, pueden caer en cualquier sitio y de cualquier forma.

Pues bien, a mi amigo le insistí – algo raro en mí – para que abandonara ese camino. Le expliqué todo lo que he puesto más arriba, de todas las formas que me parecieron posibles. Le empujé a la vía alternativa, que era la biología – el que la biología sea a menudo un repositorio de aspirantes a médicos insuficientes es algo que me desquicia.

Insistí bastante. Lo pinté todo lo negro que pude. Y no me hizo caso. Y no solo eso, sino que en una secuencia inverosímil, como en una partida de parchís en que te salen los números exactos para ir saltando y matando, todo le fue saliendo a pedir de boca: aprobó cada asignatura del primer curso. En la ciudad que no era la suya se sintió a gusto y consiguió independencia y autoestima. Volvió a su ciudad y se volvió a encontrar a gusto y a seguir aprobando las asignaturas sin grandes dificultades y obteniendo becas cada año y luego consiguiendo un trabajo de ensueño, en una sucesión de acontecimientos que parecía perfecta. Y así siguió, y así sigue, todo le ha salido bien. Mi consejo hubiera sido una puta mierda. Fue el peor consejo que he dado en toda mi vida, porque sé que muy pocas personas consiguen esa felicidad y que si no hubiera seguido el camino que siguió, cada uno de los pasos, no habría llegado tan lejos.

Por supuesto que me alegro de que no me hiciera el más mínimo caso. Siempre me quedará un punto de culpabilidad al sentir que estuve a punto de derrumbar todo eso, con mis ideas pragmáticas y un tanto desapasionadas.

El mejor consejo recibido en toda mi vida

Hace unas semanas en varias páginas estuvieron preguntando a la gente por cuáles eran los mejores consejos que habían recibido de otra persona. Las historias eran normalmente bastante románticas, con un padre en el lecho de muerte dándole a su hijo una recomendación final para superar la vida con menos infortunio. O historias con la presencia de buenos samaritanos, santones y personajes propios de un libro de Paulo Coelho.

No leí muchas pero sí que estuve varias semanas pensando en mí mismo. Aún me queda mucho por vivir. Espero y espero que esperéis. Aún tengo opción a una gran revelación paternal. Pero hasta la fecha, haciendo balance, el que sigue es el mejor consejo que me han dado en toda mi vida.

Cuando era pequeño era una joven promesa del ajedrez. En realidad no era joven, pues ya tenía demasiados años para tener algún futuro en el ajedrez y tampoco era una promesa porque mis resultados eran prometedores sólo vistos desde un ámbito local. Pero el caso es que tenía la etiqueta puesta y en mi entorno había mucha expectación ante la posibilidad de acabar saliendo en televisión, viviendo en una mansión o jugando contra Kasparov.

Como era muy joven no jugaba competiciones en todo el año y todo mi progreso era hipotético, desde el salón de mi casa. Insisto en que mis opciones futuras eran escasas pero la forma de desaprovechar el tiempo era alarmante. Aún así estudiaba mis libros en casa y es por eso que siempre he tenido cierta facilidad para aprender muy bien las cosas por mí mismo.

Así, un hito de mi tierna juventud fue el día que me llevaron a un club de ajedrez, donde podría demostrar mis conocimientos ante adultos. Allí me llevaron y encontré rivales de todos los colores. Algunos mejores que yo, otros netamente inferiores. Entre todos hubo admiración dada mi juventud, de mis enormes posibilidades. Con el paso del tiempo acabaría conociendo a toda esa gente, sintiendo cierta pena por haber experimentado alguna vanidad en ganarle la partida a jugadores de café.

El caso es que al final acabé jugando con un tipo de malas pintas – una constante en el mundillo del ajedrez. Pasados muchos años el tipo desapareció por completo para volver a aparecer posteriormente más negro que un tizón: había estado viviendo varios años en un país del sur de África. Era una de estas personas de vida disoluta y desesperanzada, que se aferran al ajedrez como tabla de salvación para alcanzar algún tipo de normalidad. Este tipo no era muy bueno pero me ganó alguna partida, aunque poco a poco le fui cogiendo el hilo hasta acabar ganándole casi todas las demás.

Al finalizar la sesión mi padre, ansioso por envanecer su ego, pidió el veredicto para su talentoso hijo. El tipo alabó, como todos los demás, mi capacidad de jugar siendo tan joven. Sin embargo, con una falta de tacto que solo una persona poco centrada puede permitirse, nos dijo:
– Puedes ganarme de cien partidas cien. Y ganar a gente que es mucho mejor que yo. Pero eso no significa nada. A pesar de ello nunca llegarás a ser como un Kasparov.

Ni mi padre ni yo nos lo tomamos a mal. En realidad se asemejaba a una muestra de rabia, sus derrotas habían sido más amargas de lo que parecía. Incluso nos sentimos, en parte halagados.

Con el paso del tiempo ese comentario tan poco mesurado fue una especie de broma interna dentro de mi casa. Pero al mismo tiempo, el justo transcurrir de los años fue paulatinamente demostrando cuánta razón tenía. Cada vez el trono de Kasparov era un objetivo más fantasioso.

Sin embargo, cuando tenía algo de independencia, me restaba un puñado de talento y un reducto de tiempo libre por delante, me di cuenta de que si echaba un poco el resto tendría alguna opción de ser un profesional del ajedrez. No sería sencillo, pues estaba lejos de los grandes, pero sí que podía arriesgar un poco de mi tiempo y tomar un camino incierto pero posible.

Ante una decisión tan complicada el dinero, o la falta de él, siempre ayuda pues elimina alternativas posibles. Pero para mi desgracia un amigo sin muchos problemas se ofreció a patrocinarme durante un tiempo. Tú juegas los campeonatos importantes, yo te presto el dinero de los gastos.

En esta disyuntiva, tomar el camino que era un sueño de juventud, o seguir una vida más pragmática, todas las voces te recomendarán siempre que sigas el primero. Que hay que creer en los sueños y luchar por hacerlos realidad. Nadie veía ningún peligro en seguir ese camino: Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él. La única voz discordante era la de ese perdedor al que apalicé de pequeño, que retumbando en mi conciencia me recordaba que a pesar de todo eso, no llegaría a nada.

Hoy en día puedo hacer balance. Sé que habría pasado si hubiera seguido un camino u otro. Elegí el adecuado que era olvidarme de un sueño que tuve cuando no tenía otra cosa que soñar. Ahora los profesionales del ajedrez sufren para obtener sueldos bajos y las perspectivas son cada vez peores. Un mal profesional, se arrastra para llegar a final de mes viviendo en casa de los padres y viajando de pueblo en pueblo a la espera de una buena racha. El mejor consejo me lo dio un perdedor: No te creas todos los cuentos de color de rosa que te vendan los demás, normalmente no se cumplirán.

Normalmente las grandes historias son las de personas que te sugieren tomar un riesgo, dejarlo todo por una mujer, cambiar de vida por un sueño. Cuando esta decisión acaba siendo acertada, el que aconsejó el tomarla adquiere la talla de un personaje mitológico, que nos guió en el camino de la esperanza. Mi historia es más miserable, pues es la de uno que avisó sobre un riesgo que no merecía la pena correr. No era un gran amigo, ni mi padre. Era un tipo que ni siquiera quiso ayudarme. Pero lo hizo.

En la vida, los que alertan de los riesgos caen en saco roto. El tipo que alertó sobre los riesgos de las inversiones de Bernard Madoff sigue ganando menos dinero que todos los que recomendaban sus inversiones. Y aún menos que los que alertaron de ello sólo cuando se destapó todo el pastel.

Si tuviera que plasmar ese consejo en una frase, buena es la de Ramón J. Sénder:

La conciencia del peligro es ya la mitad de la seguridad y de la salvación.