Philip Columbo

The Trivia Encyclopedia fue una enciclopedia de datos curiosos editada a comienzos de los años setenta. Este tipo de libros que contienen datos peculiares son bastante exitosos en los países de habla inglesa. The Book of Lists es otro de ellos, un libro muy recomendable para los aficionados a lo curioso con algún tipo de rigor.

Aunque The Trivia Encyclopedia fue un éxito de ventas, alcanzaría mayor notoriedad en los años ochenta, al calor del nacimiento de otro monstruo de las trivialidades: el juego Trivial Pursuit.

El juego fue un sorprendente éxito mundial, llegando al punto de que no se daba abasto para fabricar copias al ritmo que exigía la demanda. Este juego de preguntas por temas es tan conocido que no creo que requiera mayor presentación. Sólo indicar que es uno de los pocos casos en que un gran grupo de amigos funda una empresa con capital propio ¡Y esta triunfa!

Se dice que el diseñador del tablero, el logoptipo y las fichas, llamado Michael Wurstlin, fue escogido por su perfil barato. Se le ofrecieron 1.000 dólares por el diseño y con tal de ahorrar, el artista decidió usar imágenes que estuvieran libres de derechos de autor: las extravagantes imágenes que decoran cada uno de las casillas.

Al final los creadores del juego hasta quisieron ahorrarse ese dinero y le ofrecieron un porcentaje sobre beneficios. A regañadientes el diseñador aceptaría la que fue una de las mejores decisiones de su vida.

Trivial Pursuit mostraba una constelación de preguntas más o menos sencillas. Pero eran tantas las preguntas que obviamente en algún momento tendrían que haber recurrido a libros. Muchos autores del libros y enciclopedias sospechaban que habían tomado preguntas y respuestas de sus textos. Les molestaba ver pasar un pastel tan gigantesco y no poder siquiera rascar las migajas. Sin embargo, The Trivia Encyclopedia tenía algo que a cualquier otro le faltaba: una prueba.

Francia capital París se ha podido tomar de cualquier enciclopedia geográfica. Pero el nombre de pila del famoso detective de ficción Columbo (Colombo en la versión castellana) figuraba como una de las preguntas del Trivial Pursuit.

Y el problema es que aunque el juego de mesa defendía como válida la respuesta «Philip», la realidad es que en ninguno de los episodios de la serie se menciona jamás su nombre, algo que el personaje se niega siempre a dar. Y en algún caso, hacia el final, se optó por la disuasoria respuesta de «Frank».

Philip desde luego no era su nombre de pila. Los autores de The Trivia Encyclopedia habían incluido este erróneo dato a propósito. Un cebo para capturar a amigos del copiar y pegar. En el que cayeron los creadores del juego.

La argucia de incluir datos falsos es tan antigua como la historia del propio hombre. Durante la Guerra de la Independencia Americana los propios americanos se encontraron en más de una situación delicada al descubrir graves inexactitudes en los mapas de su propio territorio. Y es que a propósito los británicos habían difundido esos mapas, guardándose para sí la verdadera cartografía.

Hoy en día suele usarse como medida de protección de copyright. Un par de calles falsas aquí, y el mapa que también las tenga, tiene que ser por fuerza copiado.

Cuenta la Wikipedia en su artículo sobre las calles trampa (trap streets, ¡vía Javimoya!) que una guía de carreteras de Atenas alerta en la portada a los amigos de la copia que su mapa tiene calles que no existen.

Incluso el aparentemente No Evil y libre mapa de Google Maps tiene una calle trampa: Kerbela Street en Shrewsbury, Inglaterra.

Estas trampas están ahí esperando al copiador incauto. Y el objetivo siempre es el mismo: una demanda multimillonaria. En Estados Unidos la jurisprudencia ya ha alertado que este tipo de juicios no se pueden ganar, pero esto no rige para otros países. Por ejemplo, la Automobile Association tuvo que pagar en el 2001 una multa de 20 millones de libras por copiar una de estas calles trampa.

Las argucias para detectar copyright están a la orden del día. A mi me gusta incluir algunas levedades ortográficas para asín dejar claro quién es el autor. Pero quien se está jugando su forma de vida, hace bien en pelear por lo que ha realizado con el sudor de su frente.

Igual que los mapas, existen invenciones en todo tipo de publicaciones: enciclopedias que enumeran datos equivocados (la Wikipedia es el mayor ejemplo que existe, está plagada de artículos trampa), diccionarios que se inventan términos para detectar a copiadores. También listados telefónicos. Incluso existe un caso curioso de una receta de cocina imposible: al mezclar limón con bicarbonato sódico se produce una sustancia efervescente que anularía hasta el mayor experimento de Ferrán Adriá.

Todo esto, aunque no sirva para meter a nadie en la cárcel, si es una buena forma de airear vergüenzas de otros. En el caso de presentación de este artículo, entre The Trivia Encyclopedia y Trivial Pursuit, aunque hubo un importante juicio, todo lo más que pudo demostrarse es que esa pregunta había sido copiada, pero al no ser más que una entre miles, la relevancia de cara a los derechos de autoría se esfumó, sin que consiguieran obtener ni un céntimo de compensación en el veredicto.

Fuentes: Siempre es digno mencionar que un artículo de Javi Moya sirvió como referencia para este artículo.
Vía: Mental Floss Blog.

Status quo ante bellum

Qué duda cabe que en las guerras sólo hay perdedores. Aunque por lógica todas sean prescindibles y malas soluciones, el paso de los tiempos demuestra su necesidad en el sentido de que son inevitables.

El término status quo ante bellum se refiere a aquellas guerras que acaban del mismo modo en que empezaron. Es decir, las cosas se quedan como estaban antes de la guerra.

Teóricamente es la forma de absurdo más pronunciado para un conflicto militar: dos que se pelean, todo queda igual que al principio, salvo los numerosos muertos, heridos y conmocionados que dejan a su paso. En la práctica, el status quo ante bellum es el mejor de los finales posibles a un conflicto. Porque nadie pierde nada, porque no se acumula el odio, porque la generación venidera no reabre las heridas del pasado.

En uno de estos empates, a veces los dos bandos se consideran ganadores. Mejor que mejor. Pero no, una guerra, aunque empatada, es una guerra de vencidos. Algunos ejemplos importantes de status quo ante bellum en la historia:

Qué: La última de las guerras Romano-Sasánidas
Cuándo: 602-609.
Quiénes: El Imperio Romano de Oriente contra el Imperio Sasánida.
Dónde: En los territorios actuales de Turquía, Egipto, Libia, Líbano e Israel.
Resultado: Status quo ante bellum.
Pero: En el 629, con ambos ejércitos agotados y muy mermados en su capacidad defensiva, el imperio del Islam se apoderaría de casi todas las provincias de tanto unos como otros.

Qué: Guerra de los Siete Años
Cuándo: 1756-1763.
Quiénes: Prusia, Hannover y Gran Bretaña, junto a sus colonias americanas y su aliado Portugal tiempo más tarde; y por otra parte Sajonia, Austria, Francia, Rusia, Suecia y España.
Dónde: La lucha fue por el control de Silesia, pero se desarrollo en todo el mundo, hasta en las Filipinas hubo batallas.
Resultado: Status quo ante bellum en la zona europea.
Pero: Los británicos y los españoles se apoderaron de casi todas las colonias francesas en América. Lo cual es curioso puesto que luchaban en bandos distintos.

Qué: Guerra anglo-estadounidense de 1812
Cuándo: 1812.
Quiénes: El Imperio Británico (la Colonia de Canadá) contra los Estados Unidos.
Dónde: En los territorios actuales de Estados Unidos y Canadá.
Resultado: Status quo ante bellum
Pero:
EEUU
2.260 muertos en combate
4.505 heridos
17.000 muertos por enfermedades
CANADÁ
1.600 muertos en combate
3.679 heridos
3.321 muertos por enfermedades

Sobre esta guerra escribí hace un año este artículo. Y lo terminé hoy.

Qué: Guerra Irán-Irak
Cuándo: 1980-1988.
Quiénes: Irán contra Irak.
Dónde: El territorio fronterizo entre ambos países.
Resultado: Status quo ante bellum.
Pero:
Irán:
188.015 muertos oficialmente, se estima que fueron hasta 800.000.
Pérdidas económicas de unos 500.000 millones de dólares.
Irak:
Entre 250.000 y 500.000 víctimas, tanto muertos como heridos, personal militar y civil.
Pérdidas económicas de unos 500.000 millones de dólares.

Qué: Guerra de las Malvinas
Cuándo: 1982.
Quiénes: Argentina contra Reino Unido.
Dónde: Islas Malvinas.
Resultado: Status quo ante bellum.
Pero:
Argentina:
6.493 muertos
1.188 heridos
Reino Unido:
258 muertos
777 heridos.

Fuentes:
La Wikipedia, en su artículo sobre el status quo ante bellum, y los enlaces más arriba indicados.

J.P. Morgan

Biografía de J.P. Morgan

Empezaré explicando porqué me leí una biografía de J.P. Morgan. La razón principal es muy sencilla: porque vi un libro sobre su vida cuando estuve en Strand Books (Nueva York).
El libro era de esos que están usados pero parecen nuevos. Sólo costaba 7 dólares, lo que al cambio en euros es una cantidad ridícula, menos de lo que cuesta una revista técnica.
Desde luego, a nadie en su sano juicio le llama la atención la vida de J.P. Morgan. Ese es quizás uno de los atractivos. Normalmente las personas a las que admiramos producen unas biografías decepcionantes. Aquel que creíamos grande se nos antoja demasiado humano. Lo que entendíamos como genialidades se nos presentan como consecuencias de influencias anteriores en su vida. Es como la explicación técnica de una gran historia, mejor no saberla.
Así, partimos de la biografía de una persona que no nos interesa o por la que no sentimos nada en particular. Nos podemos fijar más en los detalles intrascendentes, apreciamos más los personajes auxiliares. Y sobre todo no hay partes de la historia que ya conozcamos.
John Pierpont Morgan (1837 – 1913) es conocido como el banquero más importante de la Historia. Fue una de las personalidades fundamentales de finales del siglo XIX en Estados Unidos, una época histórica de enorme interés. Sólo por conocer mejor su tiempo, merecía la pena intentar leer el libro.
He de reconocer que tras 100 páginas decidí dejar de leerlo, porque me parecía muy aburrido. Pero al final pensé en continuar con un capítulo más y para mi sorpresa acabé terminando el libro (tiene 700 páginas, más otras 100 en notas y bibliografía) y disfrutándolo.

Educación de J.P. Morgan

Un hecho fundamental para entender la vida de Morgan es que su padre, Junius Spencer Morgan (1813-1890) fue también un banquero importante, que comenzó a trabajar en la firma inglesa George Peabody & Co.
Junius Morgan (el padre de J.P. Morgan) había nacido en Estados Unidos pero desarrolló su carrera profesional en Inglaterra, tratando de hacer a las empresas, particulares y al propio gobierno americanos más fácil el acceso a la financiación con dinero europeo.
La familia de J.P. Morgan era bastante acomodada pero el padre no le dio a su hijo una educación entre almidones. Desde muy pronto se vio que Morgan era un niño enfermizo. Tuvo que realizar viajes desde muy joven (con apenas quince años) sólo. Por ejemplo pasó casi un año entero en Madeira, esperando que el aire sano de esas islas le fuera bueno para los pulmones.
J.P. Morgan estudió un año en Suiza – en francés – porque su padre pensaba que los idiomas eran muy importantes para los negocios (estamos hablando de 1850). Tras estudiar durante un año allí y aprender esa lengua, estudió en la Universidad alemana de Göttingen, donde aprendió un alemán aceptable.
Durante su formación europea J.P. Morgan consiguió algo que era muy infrecuente en el mundo de los negocios: ser una persona culta. En su juventud J.P. Morgan tuvo la oportunidad de viajar a menudo por Italia, conociendo las enormes riquezas culturales de dicho país, antes de que las Guerras Mundiales pasaran sobre él. También estuvo con frecuencia en París y Londres, por lo que no sólo conoció el mundo del arte sino que le gustó.
Hay que puntualizar que en aquella época había una división entre las clases cultas y las empresariales. Normalmente el que era culto lo era por ser de buena familia y no necesitaba trabajar para sustentarse. Antes era incluso más complicado ser culto y vivir de ello. En el otro lado, los empresarios se volcaban en cuerpo y alma a sus empresas. Era una tarea que exigía las 24 horas del día. Uno no podía hacerse un hueco en la jungla de los negocios. Además que antes aprender de arte era mucho más difícil que ahora, por cuanto la información estaba mucho más dispersa. Por todo esto, J.P. Morgan se convertiría en un personaje absolutamente excepcional.
Al terminar su formación el padre lo mandó a las oficinas de su banco en Nueva York.
Como ya hemos dicho, Junius Morgan trabajaba para un banco británico especializado en «colocar» productos americanos. Era como una especie de empresa de exportación, pero en lugar de traer madera o textiles lo que traía eran acciones de empresas americanas o deuda de un banco estatal o bonos convertibles. Como en tantos otros negocios, lo importante no es lo que fabricas sino el poder venderlo, de ahí que la actividad principal se desarrollara en Londres, donde se fabricaba el dinero. La oficina americana de Nueva York proponía y la de Londres decidía si entrar en el negocio y se encargaba de vender el producto.
Así, J.P. Morgan marchó para la menos importante oficina de Nueva York y tuvo un trabajo de poquísima categoría, simplemente recibiendo y enviando los mensajes (por entonces por correo mediante barco) entre las dos oficinas.
El trabajo no tenía ningún interés, pero su padre le quiso justificar la importancia y trascendencia de ese puesto: «El chico de los recados se entera de todo de primera mano. Tienes que estar siempre muy atento a lo que ocurra en todas partes. Abre bien los ojos.»
Esto contrastaba con la vida del joven Morgan, que era muy acomodada y no exenta de lujos. Este tipo de pruebas «empezando desde abajo» ahora son muy comunes en las grandes fortunas empresariales. Un par de semanas en los infiernos. Los ejecutivos de McDonald’s pasan una semana al año en las cocinas de una de las franquicias. Todos los años.
El caso es que J.P. Morgan se sentía menospreciado por su padre. Pronto le pasó a trabajar en otro banco en un mejor puesto, pero siempre bajo la supervisión de su padre.
En esa época el enchufismo era muy habitual. Pero no endogamias empresariales, sino que se aceptaban familiares entre distintos bancos. Yo contrato a tu sobrino y tú a mi yerno. La historia de los bancos en que trabajó Morgan siempre está rodeada de los mismos apellidos.
Los primeros intentos de J.P. Morgan por hacer algo propio, al margen de su padre, fueron compras de acciones en bolsa. Su padre sin embargo le dijo que no hiciera algo así, que era una muy mala práctica, en contra del negocio bancario. Con los años J.P. Morgan iría cada vez oyendo más a su padre y menos a sus propios instintos iniciales.
Las aventuras especuladoras en bolsa de J.P. Morgan le dejarían el mal sabor de boca de las pérdidas. Por un lado no le gustaba la larga sombra de su padre, un banquero tal vez no muy importante pero sí de un prestigio y buen nombre notables. Había probado seguir su propio camino y no había funcionado.
En más de una ocasión Morgan se plantearía la retirada completa del negocio bancario. Le gustaba viajar, las mujeres y los lujos. Le gustaba el arte y lo exquisito. Pero trabajar era muy aburrido. Al principio se escudó con largas vacaciones, de a lo mejor cinco y seis meses seguidos. En cierta ocasión anunció su definitiva retirada. Pero acabó volviendo al trabajo.

Vida amorosa de J.P. Morgan

Su vida amorosa se vería truncada con la muerte de su primera mujer, Amelia Sturges, probablemente de tuberculosis. Morgan, un hombre de salud débil y con tendencia a la depresión, tuvo la desgracia de casarse con una mujer que le hacía inmensamente feliz pero que murió pocos meses después de su boda.
Esta experiencia le marcaría para siempre, tal vez no sería feliz pero le ayudaría para tener ese punto de indolencia, de no importarte las cosas tan necesario para sobrevivir. Si quieres salvar lo que tienes, te vuelves conservador y te mantienes. Pero si no tienes nada que perder, porque ya lo has perdido todo, eres realmente audaz y valiente.
Años después Morgan se casaría de nuevo, con Frances Louisa Tracy. Pero este matrimonio sería un fracaso. Fanny simplemente sería la madre de sus hijos, pero harían vidas totalmente separadas. De hecho se solían evitar. Cuando el uno estaba en Europa el otro se marchaba a América y para cuando el primero pretendía retornar el otro ya estaba pensando en hacer lo mismo. Esta forma de comportarse la había aprendido Morgan de sus propios padres.
En realidad era algo bastante común en aquella época. Uno se casaba y luego se buscaba una mujer que le gustara. A diferencia de ahora en que tal vez se optaría por las prostitutas o mujeres jóvenes ajenas a nuestro círculo, lo que se estilaba a finales del siglo XIX eran las relaciones con otras mujeres en condiciones similares a la que uno despechaba. Así, Morgan tuvo relaciones con esposas de algunos de sus amigos, mientras que sus amigos las tenían con esposas de otros amigos. Aunque nada dice el libro, probablemente la mujer de Morgan estuvo con alguno de sus amigos.
Desde luego no era una orgía desenfrenada. Uno elegía una mujer que fuera acorde a sus gustos y tenían una aventura que aunque era más o menos evidente, no del todo clara. Los periódicos se financiaban no contando estos cotilleos, recibiendo dinero a cambio de no publicar lo evidente. Una extraña forma de prensa rosa por omisión. El periodista narraba los hechos sin dar los nombres de los amantes, de forma velada. «Un acaudalado chico joven de familia irlandesa ha sido visto con la hija de un empresario de telas». Entonces el acaudalado chico joven pagaba un dinero y no se volvía a hablar del tema. Su nombre completo nunca aparecía impreso.

Banqueros de segunda categoría

Junius Spencer Morgan, el padre del famoso banquero, fue escalando posiciones en la banca mundial de forma tranquila. Trabajando bien y dando confianza a los clientes. Fue un ascenso lento pero constante. Las crisis que golpeaban Europa a finales del siglo XIX iban eliminando competidores de la carrera mientras que los que trabajaban bien sobrevivían. Poco a poco la figura del mayor de los Morgan iría adquiriendo una posición de mayor importancia.
No dejaban sin embargo de ser banqueros de segunda categoría. El bacalao lo cortaban los Rothschild y los Baring. Estas dos sagas de banqueros eran los primeras espadas de la banca mundial. Cualquier movimiento importante de dinero pasaba por sus manos. El resto de bancos podía colaborar con ellos, pero siempre en un segundo plano.
Ese era el lugar de los Morgan, que aún así destacaban en el vagón de los segundones. La apuesta por la economía americana de Junius Morgan sería lo que les haría brillar con el tiempo. Aunque Junius Morgan se había marchado de su país para hacer fortuna en Inglaterra, tenía una confianza absoluta en que los Estados Unidos eran el futuro. Y tras la Guerra Civil, la economía americana crecería a unos ritmos vertiginosos.
Una frase que me ha dejado marcado y en la que no puedo dejar de pensar es la que dijera sobre la economía de los Estados Unidos. Dice J.P.Morgan:

Una cosa que siempre me decía mi padre era que no fuera pesimista sobre el futuro de América. «Recuerda hijo mío», decía, «que todo hombre que sea bajista (bear) sobre el futuro de este país, se arruinará. Siempre habrá muchas ocasiones cuando las cosas se oscurezcan y los nubarrones se ciernan sobre América, cuando la incertidumbre causará mucha desconfianza y la gente pensará que se ha llegado a niveles de sobreproduccion, demasiada construcción de ferrocarriles y demasiado desarrollo de otras empresas. En esas épocas y siempre, ten en mente que el crecimiento de este gran país se encargará de todo eso.»

Poco a poco J.P. Morgan fue asumiendo su lugar respecto de su padre. Empezó a entender la forma de entender los negocios de Junius y acabó aceptando su lugar secundario respecto de su padre. Pero lo haría de una forma positiva, como el que se supedita a un buen General. Morgan entendió que su padre era un gran banquero y que a pesar de que se podían hacer las cosas de una forma diferente, el estilo correcto era el seguido por su padre: trabajo duro, ganarse el respeto de los clientes, precaución en las inversiones.

El gran J.P. Morgan

Al final la grandeza de Morgan como banquero no es más que la consecución de los triunfos del padre, que fue una hormiguita que apostó a caballo ganador. J.P. Morgan brilló en algo que le caracterizaría: elegir buenos caballos.
La apuesta de Junius por Estados Unidos acabó dando buenos resultados y en poco tiempo la oficina de su banco en Nueva York era la realmente importante. Para entonces J.P. Morgan estaba al cargo de la misma y los buenos negocios abundaban. Además, la cautela de Morgan le impidió dar un pelotazo pero le sirvió para anotarse numerosos éxitos modestos y continuados.
El tiempo puso a J.P. Morgan en el centro de la economía mundial. Con una formación excelente, contactos por todo el mundo y de calidad, una forma de trabajar impecable y un toque de suerte, Morgan continuó el trabajo de su padre demostrando la valía. Si su padre hubiera vivido 170 años habría sido el mejor banquero del mundo. Al no tener tanta longevidad, el título fue a parar a su hijo.
Mérito propio de J.P. Morgan fueron sus inversiones en productos por entonces muy novedosos: la electricidad de Edison, una apuesta personal de Morgan, que siempre creyó en las posibilidades de Thomas Edison y financió sus invenciones. Los ferrocarriles y otras formas de transporte, que siempre fueron algo muy azaroso, para cuando J.P. Morgan tomó las riendas del banco eran una inversión con enormes posibilidades de éxito.
De la forma de trabajar de Morgan destacan dos aspectos. El primero era su habilidad para destrozar empleados. Conseguía que la gente se implicara tanto con él, que muchos se dejaban la salud en el camino. Esto se llegó a convertir en una de las mayores desventajas de trabajar para Morgan y la razón por la que le rechazaban generosas ofertas de trabajo. Muchas de las personas que trabajaron para Morgan murieron muy jóvenes.
Y esto en parte se debe a la segunda de sus peculiaridades con el trabajo. A pesar de haberse criado en un entorno en que las relaciones siempre eran casi aristocráticas, con sagas familiares de banqueros, Morgan eligió el camino de trabajar con los mejores, sin importarles ni su origen ni su familia. El hecho de que contratara a un banquero italiano, Egisto Fabbri, en sus inicios ya fue casi un escándalo. Con el tiempo su padre le reconocería su acierto eligiendo a una persona tan válida. Para dirigir su propia biblioteca eligió a una mujer, que además era extranjera (en realidad era americana e hija de un negro pero prefirió hacerse pasar por portuguesa para disimular sus exóticos rasgos).
Morgan tenía problemas para delegar, pero no para elegir a personas muy capaces. No era tímido ofreciendo condiciones generosas, a veces extraordinarias, a los mejores hombres de negocios. Y cuando confiaba en alguien, era casi imposible que perdiera esa confianza. Esto es más un defecto que una virtud, pues algunos se aprovecharon de él. En el momento que elegía a alguien para un cargo, le exigía lo máximo, pero confiaba plenamente en su subordinado. Le dejaba trabajar con total libertad.

El legado de J.P. Morgan

Lo que John Pierpont Morgan haría, a diferencia de su padre, fue centrarse en el negocio de las consolidaciones de empresas. Fusiones entre potenciales competidores en una época en que la situación casi lo exigía. Morgan era respetado por todos y gracias a ello conseguía tratos inverosímiles entre empresas enemigas acérrimas. Y en cada una de esas consolidaciones el conseguía un gran trozo del pastel, pero sobre todo el colocar a personas de su confianza en el Consejo de Administración de esas nuevas compañías.
Conforme se iba haciendo mayor, Morgan controlaba de forma indirecta más y más negocios. En los ferrocarriles tenía control sobre algunas de las líneas más importantes del país. En la electricidad consolidaría las competidoras formando General Electric. Y en el que se llamó El negocio del siglo (del siglo XX, y tuvo lugar en 1901) consolidó las principales empresas acereras, formando United States Steel Corporation, la empresa más importante del mundo.
Normalmente de estas consolidaciones Morgan obtenía más poder que dinero. Aunque es cierto que poco a poco las cantidades de dinero ingresadas fueron creciendo hasta llegar a unos niveles de riqueza desmesurados. Todo el mundo estaba ganando dinero porque la economía estaba en un enorme auge. Y encima no había guerras.
Según envejecía, Morgan fue desvinculándose poco a poco de los negocios. En cierto modo, ya era muy viejo y los nuevos tiempos exigían retos para los que no estaba preparado. Tras años controlando cada detalle del negocio, fue apartándose y dejando su lugar a las nuevas generaciones. Entonces se dedicó al arte, que había abandonado durante décadas.
A diferencia de otros millonarios de su época, que creaban colecciones ostentosas inspirados por la opinión de expertos, Morgan tenía opinión y conocimientos propios. Mientras otros como Henry Clay Frick conseguían pasar a la historia por el excelente Museo Frick de Nueva York, y no por las tropelías realizadas en los negocios del acero, Morgan coleccionaba por gusto, porque le gustaba el arte y las cosas que compraba.
Sólo por el legado artístico de Morgan, merece un lugar propio entre los benefactores de la Humanidad. La grandeza del Metropolitan Museum of Art, uno de las colecciones de arte más extraordinarias del mundo, se debe al afán de Morgan por atraer arte europeo a los Estados Unidos. También el Museo de Ciencias Naturales le debe mucho a este banquero. Y su joya entre las joyas: la Biblioteca Morgan.
Oculta entre tanta majestuosidad en Manhattan, la Biblioteca Morgan es una de las atracciones más ocultas de la ciudad de los rascacielos. Puesto que Morgan no podría conseguir las colecciones de pintura que cualquiera hubiera deseado, se especializó en piezas pequeñas. Y es en ellas en las que su colección no tiene igual. Nadie tiene tantas Biblias originales de Gutemberg como su colección. O tantos incunables. O primeras ediciones de obras maestras de la Literatura. O barajas de Tarot antiguas.
Pero si hubiera que resumir la vida de Morgan en un hecho, ese sería su actuación en la crisis de 1907. La Bolsa había caído un 50% desde máximos y los bancos quebraban uno tras otro. La situación económica era desesperada y el viejo Morgan, semi retirado de los negocios, se encargó personalmente de solucionarla. Para ello convocó a los banqueros de Nueva York, se reunió con el Presidente de los Estados Unidos y en unas actuaciones relámpago tomó las medidas necesarias para evitar el colapso del sistema económico.
Morgan actúo como siempre solía hacerlo: pensando en sí mismo como un hombre más allá del Bien y del Mal. No porque temiera perder sus propiedades o verlas mermadas, sino porque entendía la labor bancaria como un sostén de toda la economía. Y que por ello contraía una responsabilidad a la que debía supeditarse.
Por eso, en vez de mantenerse al margen, decidió hacer lo imposible, correr riesgos que había despreciado durante toda su vida, por salvar al país de una crisis atroz. Ahora que vivimos inmersos en una, entendemos la necesaria intervención de los Estados para controlar el caos y evitar las caídas en cadena. Morgan actuó por encima de los Estados, que no se sentían capacitados para intervenir, ni sabían cómo hacerlo.
Al final salvó la economía de los Estados Unidos, y de paso la Mundial, de una crisis que podría haber resultado terrible, quizás el preámbulo a lo que ocurriría en 1929. Y aunque en las altas esferas se le considerara un benefactor por su acción, era tal el odio que las clases populares le tenían que decidieron juzgarle no como el salvador sino como el provocador oculto de la crisis.
La compra de una de las empresas que hubo que forzar para evitar su quiebra y la consiguiente cadena de caídas se entendió como un negocio redondo. Se habló de que Morgan había provocado la crisis para poder salir reforzado de ella. Lo triste es que por ello tuvo un juicio muy severo, cuando ya estaba al margen de los negocios. Ese juicio destrozó su salud y le causó la muerte pocos meses después.
Es cierto que Morgan cometió numerosas irregularidades y delitos de cuello blanco durante su carrera profesional. Pero comparado con sus coetáneos, casi mereció ser santificado. Morgan nunca trabajó por conseguir más dinero, lo hacía por crear un mundo mejor. Un mundo con más dinero, eso sí.
La idea del crédito de J.P. Morgan quedaría plasmada en una de las sesiones de ese juicio a toda su carrera, el Pujo Committee. El fiscal le interrogaba sobre sus negocios y Morgan, de vueltas de todo, respondía con una honestidad preocupante. El fiscal pregunta, Morgan responde.

¿La base del sistema financiero es el crédito, verdad?
No siempre. El crédito es una evidencia del sistema financiero, pero no es el dinero en sí mismo. El dinero no es más que oro.
¿Entonces el crédito no está basado en el dinero? ¿Los bancos no prestan dinero a los hombres y las instituciones porque esperan que haya dinero que garantice estos préstamos?
No señor. Es porque la gente cree en esos hombres.
¿Y si esos hombres no tienen nada de valor?
Un hombre puede no tener nada de valor. En una ocasión un hombre vino a mi oficina y le di un cheque por valor de un millón de dólares cuando yo sabía que ese hombre no tenía ni un céntimo.
¿Pero eso no son negocios, no?
Si, desafortunadamente sí lo son. Aunque no creo que fuera un buen negocio en cualquier caso.
Pero entonces, ¿El crédito no se basa en el dinero o las propiedades?
No señor: por encima de todo está el carácter.
¿Por encima del dinero o las propiedades?
Por encima del dinero, de las propiedades o de cualquier otra cosa. El dinero no puede comprarlo, porque un hombre en el que yo no confíe no podrá conseguir ni un céntimo de mí aunque presente todos los bonos de la Cristiandad.

Los fusiles de Morgan

I

En febrero de 1861 comenzó la Guerra Civil Americana. Los Estados del Sur fueron declarando su independencia uno tras otro, hasta que se llegó a un conflicto armado entre los leales al país (el Norte) y los separatistas (el Sur).
Las primeras batallas fueron equilibradas pero más favorables al Sur que al Norte. Así, el entonces presidente del Norte, Abraham Lincoln, hizo una llamada generalizada a las armas: debían movilizarse tantas tropas y armamento como fuera posible.
Muy alejado del campo de batalla, un tal Arthur Eastman había localizado en una isla cercana a Nueva York un arsenal abandonado tras la Guerra de Independencia de Texas (1835-1836). Este consistía en unos 5.000 fusiles, bastante obsoletos para la tecnología militar de entonces.
Eastman, que no tenía profesión alguna aunque se definía como una persona «familiarizada con las armas», le propuso en mayo de 1861 al responsable de dicho arsenal, el Intendente James W. Ripley, que él sería capaz de adaptar dichas armas a los tiempos modernos, a cambio de algún dinero.
Con buen criterio, James Ripley argumentó que las manipulaciones de armas nunca salían bien y lo normal era que empeoraran las cosas. Y que aquellos fusiles no servían para nada y no saldrían de la isla.
Entonces Eastman propuso comprar la partida de carabinas, al precio de 3,5 dólares cada una de ellas. Total, si iban a ir a ser desechadas. Ripley estuvo de acuerdo.
Pero Eastman tenía un problema: no disponía de los 17.500 dólares necesarios para realizar la transacción.

II

La guerra se recrudecía y la necesidad de comprar armas aumentaba: En julio de 1861 el General John C. Frémont apareció por Nueva York dispuesto a comprar armas de quien las tuviera. Esto llegó a oídos del abogado Simon Stevens que ningún interés tenía en las armas, pero que había oído hablar de que un tal Arthur Eastman podía contar con 5.000 fusiles.
Así que Simon Stevens se puso en contacto con Arthur Eastman y acordó con él que le compraría los fusiles a 12,5 dólares cada uno, por un total de 62.500 dólares. Y con la noticia telegrafió al General Frémont, ofreciéndole una partida de fusiles adecuados al estándar del Ejército Americano, al precio de 22 dólares cada uno.
Frémont estuvo de acuerdo con el trato e indicó a Simon Stevens que enviara los fusiles de inmediato a Missouri. Entonces Stevens tuvo que puntualizar que los fusiles todavía no estaban de acuerdo a los requerimientos del Ejército. Y el General Frémont le dijo que en cuanto los tuviera preparados, los enviara sin dilación.
La situación era compleja. Eastman compraba por 17.500$ las armas al Intendente de la isla Governors, que actuaba en nombre del Ejército. Eastman realizaba el apaño para que sirvieran para el Ejército y Stevens le compraba las armas a Eastman por 62.500$.
Finalmente Simon Stevens vendería esas armas a Frémont por 110.000$.
Así funciona la economía. Una misma cosa cambia varias veces de mano, todo el mundo gana dinero y todo el mundo queda contento. Pero faltaba una pieza fundamental: el dinero. Tanto Eastman como Stevens estaban ansiosos por cerrar el trato, pero ni uno ni otro tenían dinero para comenzar la operación.

III

Fue entonces cuando apareció el banquero de turno: un jovencísimo J.P. Morgan, el legendario banquero que por aquel entonces sólo contaba 26 años de edad.
Morgan, tras ponerse de acuerdo con Eastman y Stevens, puso en marcha la transacción, prestando 20.000 dólares al primero. Con ese dinero, Morgan compró las armas por 17.500 dólares y le prestó 2.500 dólares a Eastman.
Con los 2.500 dólares, Eastman podría realizar las manipulaciones en el armamento. Hasta entonces las armas quedaron como aval del préstamo de Morgan.
Cuando se terminara de hacer la modificación del armamento, Morgan le prestaría 42.500 dólares a Simon Stevens, siempre y cuanto este empezara a recibir pagos de las armas por parte del Ejército.
Si embargo las dichosas alteraciones de los fusiles requirieron de más tiempo del pensado inicialmente. Y Morgan, que estaba ultimando los detalles de su boda, decidió mantenerse al margen del negocio, que ya estaba muy avanzado.
Morgan cobró del Ejército un adelanto de 55.550 dólares, a cambio de 2.500 de los fusiles, la mitad del total. Con ese dinero Morgan recuperó la inversión inicial de 20.000 dólares, cobró un interés del nueve por ciento (156 dólares) por la transacción y se pagó una comisión de 5.400 dólares, más de un 25% de la inversión inicial.
El resto del dinero y la parte del negocio que quedaba pendiente de cerrar se los trasladó a otro banquero amigo suyo, Morris Ketchum, el 10 de septiembre de 1861.

IV

La jugada maestra de J.P. Morgan es considerada según se mire como una de las más despiadadas de la Historia de la Economía. Hizo dinero vendiendo al Ejército armas compradas al Ejército, todo esto en tiempo de una preocupante Guerra Civil, cobrando una comisión desorbitada aún para la época. Y encima eliminó todo el riesgo del negocio evitándose el desagradable trago de asegurar los pagos por parte del Ejército.
Para aderezar su mala imagen, se argumenta que al tiempo que Morgan realizaba su negocio, se libró de cumplir con la llamada a filas generalizada para todos los hombres con edades comprendidas entre los 20 y 40 años. En la época lo habitual entre la gente adinerada era pagar un dinero, 300 dólares fue el precio fijado para la Guerra Civil Americana, para que otro fuera en tu lugar. Aunque en la Wikipedia lo dan por hecho, con fuente y todo, este dato no es cierto, o al menos no existe ninguna prueba, y mucho se han buscado, al respecto de que así fuera.

V

Ketchum se quedó con la patata caliente el 10 de septiembre para el 26 del mismo mes recibir un telegrama que le indicaba que ante la falta de liquidez del Gobierno, se interrumpían temporalmente los pagos.
La oscuridad del negocio no quedó oculta durante mucho tiempo. En octubre se formó una comisión de investigación, encargada de investigar los enriquecimientos indebidos conseguidos con el comercio de suministros militares. Se suspendieron los pagos hasta que todo quedara aclarado.
Hubo un enorme revuelo, pues cuando las cuentas quedaron manifiestas se argumentó que «nadie en su sano juicio compraría por 110.000 dólares algo que costaba 17.500 dólares» y que había existido alguna manipulación.
La realidad económica era que las armas faltas de valor para el inepto Intendente de la isla de Governors tenían mucho valor cerca de los campos de batalla. Que todos los aprovechados de esta cadena habían operado con legalidad.
Pero mientras J.P: Morgan se salió del negocio antes de que las aguas se pusieran turbulentas, Ketchum necesitó de más de dos años y una resolución del Tribunal Supremo para poder cobrar su dinero. El Tribunal falló a su favor y ordenó al Gobierno pagar las deudas contraídas.
Esta historia está estrechamente relacionada con esta otra.
Fuente: Morgan. American Financier.

Diez consejos para ahorrar en tiempos de crisis

Ahora que los periódicos nos bombardean con listas de obviedades para ahorrar (compra marcas blancas en vez de productos publicitados, ve en autobús en vez de ir en taxi) voy a contribuir con una de ellas, pero esta es de un periódico de 1916, del The Times londinense. La crisis en cuestión era la I Guerra Mundial. Estos son sus diez consejos:

  1. Pagarle un 25% menos a los criados
  2. No tener invitados para dormir en casa
  3. Nada de entretenimientos; Ni teatro; ni salidas; ni taxis; sólo viajar en tercera clase.
  4. No tomar ni vino, ni licores, ni fumar.
  5. No debemos comprarnos ni una sola nueva prenda de vestir, por lo menos durante un año.
  6. No comprar periódicos, salvo The Times y una revista para mujeres a la semana.
  7. Si se juega al golf, sin caddie y sólo en el campo de golf que nos pille más cerca.
  8. Nada de regalos de boda, de cumpleaños o por Navidad.
  9. Una estricta economía en los alimentos; nada de sopas, entrantes o dulces (como frutas caramelizadas) o frutas, más allá de lo estrictamente necesario para la salud de los chicos, y salvo lo que tomemos de nuestro propio jardin; piezas menores de carne, purés huérfanos y comida de lo más simple posible.
  10. Ahorro estricto en carbón, gas y luz eléctrica.

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En este caso se trata de un contrato que firmaron marido y mujer, para racanear con el visto bueno de la ley.
Fuente: The Times online.

Vía:
El blog del archivo del Times.

Franklin D. Roosevelt

En España nos compadecemos de un país como Estados Unidos con tres siglos menos de Historia que los encierros de toros españoles.
Por eso y muchas otras razones, nos reímos de grotescos dirigentes como George Bush y no acabamos de entender la idolatría que profesan los americanos hacia su presidente.
Una de las razones que justifica sobradamente la pasión de los estadounidenses por su presidente es el hecho de que a pesar de su limitada Historia, Estados Unidos ha tenido varios presidentes americanos que han sido mejores que todos los gobernantes que hemos tenido en España a lo largo de nuestra dilatada Historia.
No se trata de simpáticos Jefes de Estado, ni atractivos guaperas para el voto jubilado. Ni de tipos que tuvieron suerte de gobernar en tiempos de bonanza. Simplemente Estados Unidos ha gozado del lujo de tener personalidades extraordinarias que han dispuesto de la posibilidad de gobernar y lo han hecho de forma memorable.
Por supuesto se trata de seres humanos, con sus miserias y defectos. Pero eso no hace sino engrandecerlos más.
Tres presidentes destacan por encima de todos los demás. Tres presidentes que hacen sombra perpetua a cualquiera dispuesto a dedicarse a la política. Tres hombres, cada uno nacido en un siglo diferente. La existencia de estos majestuosos gobernantes alimenta el espíritu de los ciudadanos americanos como otrora las religiones ansiaban la llegada de un Mesías Redentor. Sólo que en el caso de los americanos la esperanza es más cierta.
El primero de todos es indudablemente George Washington. Un hombre tan extraordinario que recomiendo a cualquiera que se lea al menos su reseña de alguna enciclopedia. Quizás la mayor cualidad de Washington – y no era hombre que andara escaso de ellas – era su capacidad para despertar la admiración inmediata. Y no era brujería o una suerte de encanto, sino la conjunción de virtudes en una sola persona, todas evidentes en el trato con él. Nunca tuvo un enemigo y no porque no tomara decisiones comprometidas o porque tratase de agradar a todos. Es el único gobernante de Estados Unidos que ha ganado unas elecciones por unanimidad absoluta: toda la cámara le votó a él. Fue el primer presidente de los Estados Unidos y tras su segunda legislatura se abrió una profunda depresión: jamás podrían tener un gobernante tan bueno como él.
El segundo presidente extraordinario fue Abraham Lincoln. En su caso destaca su forma de tratar uno de los gobiernos más difíciles que quepa imaginar, el de los Estados Unidos instantes antes del cisma entre Norte y Sur. Lincoln era de Kentucky, un estado eminentemente rural y alejado de las élites políticas. Ya el simple hecho de que llegara a Presidente es algo más que suficiente para demostrar su valía.
Supo afrontar la Secesión sudista con mano firme pero no inflexible. Supo ganar una guerra contra el mejor General de los Estados Unidos. Supo coordinar la lucha, supo gobernar un país dividido. Supo hacer la paz, sin castigar al Sur, supo mantener al país unido. Y por encima de todo, luchó por la libertad de los negros aún antes de terminar la guerra, un asunto tan delicado que ningún político anterior había sido capaz de abordar con el coraje suficiente. Sólo su trágica muerte, justo después de terminar la guerra, impidió que esta libertad de los esclavos se convirtiera en una absoluta igualdad.
Si Washington fue el presidente del siglo XVIII y Lincoln el del XIX, no cabe duda que Franklin Delano Roosevelt fue el hombre del siglo XX.
Roosevelt era de una familia muy adinerada. No en vano era primo de un reciente Presidente de los Estados Unidos. Esto desde luego le facilitó mucho la vida política, aunque serían sus cualidades personales las que le harían prosperar de forma tan notable.
En 1920 sería el candidato demócrata para la vicepresidencia de los Estados Unidos, pero perdieron las elecciones ante los republicanos.
Un año después, en 1921, estando de vacaciones con su familia, Roosevelt contrae la polio y sufre una parálisis irrecuperable en sus piernas.
Y aquí la historia se vuelve mucho más compleja que con los anteriores egregios presidentes. No es un hombre del que no haya ni una historia mala, ni un hecho intachable. Ahora tenemos a un personaje de novela contemporánea: el hombre imperfecto que lucha contra su destino.
Roosevelt nunca quiso reconocer su enfermedad, ni ante los demás ni ante sí mismo. Luchó contra ella de una forma despiadada, absolutamente patológica. A partir de entonces se trató de demostrar una y otra vez que la enfermedad no podría con él. Y eso lo convirtió en una especie de superhombre.
Mucho de su éxito se debe indudablemente a la ayuda de su esposa, su mano derecha a lo largo de toda su carrera política. Roosevelt no sólo no se retiró de la vida pública, sino que se lo tomó con mucha mayor pasión. Continuó batallando en la circunscripción más difícil que existía entonces, la de Nueva York. Y entonces, llegó la Gran Depresión.
La Gran Depresión es una historia que todos los hombres deberían conocer. Igual que Blancanieves o La Cenicienta.
Hay mucha gente que cree que la Gran Depresión es que la bolsa cayó en picado y la gente perdió sus ahorros. Es una historia muy compleja, pero en cierto modo lo que aprendieron todos los gobiernos es que hay que soportar la economía, que no se puede dejar libre al Libre Mercado en determinadas situaciones críticas.
Tras las más que justificadas caídas en la bolsa, el gobierno adoptó una postura castigadora: las empresas deben purgar sus males, nosotros no haremos nada. Sin embargo las caídas en bolsa llevaron a otros problemas y al final una cosa por otra las empresas fueron cerrando una tras otra. El desempleo se disparó y la situación empeoraba día tras día en Estados Unidos y en Europa.
Cualquiera podía ganar al maltrecho gobierno saliente en las elecciones de 1932. Lo importante era conseguir la candidatura demócrata. A pesar de no ser el elegido por la directiva del partido, el lisiado de Roosevelt se hizo con la plaza consiguiendo apoyos importantes y mostrando una candidatura independiente.
Llegar a Presidente de Estados Unidos había resultado en cierto modo fácil. La parte más difícil era la siguiente: sacar al país del colapso económico en que se encontraba. Y ese mérito se le debe casi exclusivamente al tesón de Franklin D. Roosevelt.
Para ello dedicó su mandato única y exclusivamente a recuperar la economía. Su objetivo primordial era el sacar a la desaparecida clase media de la absoluta pobreza en que se encontraba. Las medidas de Roosevelt se suelen recoger en lo que se denomina el New Deal. Una forma nueva de hacer las cosas.
Puede parecer que Roosevelt actuó de forma ejemplar en el gobierno, hizo todo lo posible por relanzar la economía de los Estados Unidos. Pero para ello no dudó en aplicar todo tipo de medidas antidemocráticas. Si algo era lo mejor, no esperaba la aprobación de las Cámaras, de los reglamentos, el visto bueno de los jueces. Al día siguiente se empezaba a hacer.
La forma de gobernar de Roosevelt puede que haya sido única en la Historia de la Humanidad. Fue quizás el hombre capaz de aunar lo mejor, o lo único bueno, de los principales sistemas de gobierno: la democracia y la autocracia.
Si la democracia se interpone en el camino de lo correcto, al diablo con la democracia. Pero siempre actuando pensando en los demás, en el pueblo. Si tuviéramos buenos dirigentes a nuestra disposición así se debería gobernar: el pueblo elige, el representante gobierna.
Roosevelt creó cientos de pequeños organismos encargados de tareas concretas. Uno para aliviar el hambre de la gente, para que hubiera comedores públicos y se atendieran las primeras necesidades. Otro para coordinar la política monetaria. Otro para sanear el sistema bancario. Otro para relanzar la industria. A veces estos grupos tenían problemas entre sí al existir espacios comunes en sus jurisdicciones.
Los primeros 100 días de su gobierno fueron una maratón, quizás el mejor gobierno que jamás ha existido. Como unos padres que limpian la casa tras una fiesta organizada por los hijos, de forma urgente Roosevelt se encargó de arreglar una cosa tras otra, como si le faltara tiempo para empezar, como si tuviera tantas ganas de gobernar que no pudiera soportar guardarse ases en la manga para futuras campañas políticas.
Roosevelt recibió la reprobación de los jueces de su país con alguna de sus medidas, por considerar sus decisiones como en contra del Libre Mercado o por no haber cumplido los trámites legales correspondientes. Roosevelt tuvo que rectificar y deshacer algunas de sus decisiones. Pero lo hacía convencido de que hasta que los jueces actuaran aquello tendría efectos beneficiosos para la sociedad. Ningún otro gobernante americano ha tenido que ser reprendido por los jueces, salvo Roosevelt.
Roosevelt, un tipo que trataba de disimular su parálisis con muletas y en posturas forzadas apenas sujetado por los brazos o por su esposa, es uno de los mayores responsables de que tú y yo no vivamos en una Europa tal vez soviética, tal vez nazi, tal vez muy diferente.
Cómo sería este presidente para que los Estados Unidos hicieran la vista gorda a la ley no escrita que prohíbe que un dirigente pueda estar más de ocho años en el cargo. Esta ley existe como forma de respeto y admiración al gobierno de Washington, que no quiso prolongarlo por más tiempo a pesar de que nunca perdió el apoyo de toda la ciudadanía. Cómo sería Roosevelt para que la gente dijera, bueno, por favor, deja que contigo hagamos una excepción ahora que tenemos una Guerra Mundial.
Roosevelt murió en 1945, tras dejar a su país con la II Guerra Mundial medio ganada en ambos frentes. Cualquiera hubiera podido gobernar el país que Roosevelt dejó, ahora convertido en la primera potencia mundial.
Uno de los hechos más sorprendentes de la vida de Roosevelt es su lucha contra la polio, que le dejó paralítico de cintura para abajo. No sólo lucha personal sino en general contra esta enfermedad. Apoyó todo tipo de avances científicos, estudios, tratamientos y hospitales que lucharan contra la enfermedad. Y como no podía ser de otra forma, ante un hombre tan grande, resultó que con el tiempo se supo que la enfermedad que él había padecido no era la polio, sino una más infrecuente, el síndrome de Guillain-Barré. Esta forma de ironía del destino fortalece su imagen aún más: el hombre que luchó contra una enfermedad que ni siquiera era la que tenía.

El descubrimiento del Viejo Mundo

Del viaje de Cristóbal Colón a las Américas en 1492 se suele resaltar sobre todas las cosas la llegada al Nuevo Mundo. Si lo pensamos un poco, en realidad el mérito no estaba en llegar a Ámerica, sino en ser capaz de volver de ella. Si Colón hubiera naufragrado en el camino de regreso, la Historia habría premiado con el inmenso honor de ser considerado el descubridor del Nuevo Mundo a algún otro.
Cada vez está más claro que la llegada al continente americano ocurrió mucho antes, y que el primer desembarco se realizo en Norteamérica. No pensamos sin embargo en la posibilidad inversa: en que los indios americanos descubrieran Europa.
Hay una historia inquietante al respecto. Sobre ella no hay muchas referencias, por lo que hay que tomarla con suma cautela. El origen de la misma parece ser el Historiae Naturalis de Plinio el Viejo. Un libro tan importante como de poco rigor histórico o científico. No ha sido nada sencillo encontrar la referencia a pesar de que el texto completo está disponible tanto en inglés como en latín.
Dice el capítulo 67 del libro II (y no el capítulo 47 como indican aquí (pdf)):

El mismo Cornelius Nepos, refiriéndose a la circunnavegación por el norte, nos cuenta que Quinto Metelio Celer, amigo de L. Afranius en el consulado, mientras era procónsul en las Galias, recibió un regalo que le hiciera el rey de los Suevos, regalo de ciertos indios, quienes navegando desde la India por motivos comerciales, habían sido llevado por las tempestades hasta Alemania.

Basándose en este texto he encontrado todo tipo de anexiones: los indios eran «de piel rojiza y oscura y pelo negro». En cualquier caso es curiosa esta confusión en el sentido contrario. Colón llegó a las Américas pensando que estaba en las Indias, y como unos indios despistados llegaron a Europa, se piensan que eran americanos, puesto que indios de India no podrían ser.
Es posible y hasta quizás probable que a lo largo de los siglos alguna embarcación americana llegase por error a las costas europeas. En cualquier caso está claro que el destino de esos indios debía ser la esclavitud, si no la inmediata muerte, y el más oscuro de los olvidos.
Vía: El libro de los hechos insólitos. De Gregorio Doval. Da por bueno el dato de la Conquista del Viejo Mundo.
Fuentes: El vuelo de la serpiente. Mínimo extracto de Google Books.
Referencia a la llegada de los indios, citando a Plinio.

Civil War

I

Me interesa la Guerra Civil Americana por los siguientes puntos:

  • Es una guerra extensísimamente documentada, se conocen algunas batallas hasta tal punto que se pueden reproducir casi al más mínimo detalle.
  • Es una guerra clásica, en el sentido de que fue una guerra de hombres más que de armas. Aunque casi se sitúa en la frontera entre unas y otras. El Norte venció por su más avanzada tecnología.
  • Es una guerra civil de la que ha pasado el suficiente tiempo como para no hablar de buenos y malos. El Sur era esclavista y separatista y aún asín El Sur no es el malo de la película.
  • Es una guerra de honor, dentro del honor que cabe en una guerra. La rendición del General Robert Lee y su aceptación por parte de Ulysses Grant es uno de los gestos más bellos de la Historia de la Humanidad. Quizás excesivamente romántico:

Lee preguntó si según los términos de la rendición se permitiría a sus hombres el conservar sus caballos, puesto que en el Ejército Confederado los soldados eran los dueños de sus monturas. Lee explicó que los hombres necesitarían esos animales para trabajar en sus granjas una vez volvieran a la vida civil. Grant respondió que no cambiaría los términos en que había redactado la propuesta de rendición (que no hablaba de permitir a los soldados el mantener sus monturas) pero que ordenaría a sus oficiales que dejaran que todo soldado confederado que reclamase la posesión de un caballo o una mula pudiera quedarse con él. El General Lee estuvo de acuerdo en que esa concesión ayudaba en mucho su decisión de firmar el acuerdo de rendición.

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New Orleans. La guerra despues de la guerra

I

La guerra anglo-estadounidense de 1812 es una de las guerras llevadas más a desgana en la Historia de la Humanidad. Estados Unidos, tras independizarse de Inglaterra, mantuvo relaciones tensas durante muchos años hasta que finalmente se convirtieron en grandes aliados.

Hacia 1812 los británicos llevaban muchos años de lucha contra la Francia de Napoleón. Fue una guerra muy dura que cualquiera podía ganar y entre las medidas tomadas por Inglaterra para ponerle peor las cosas a los franceses figuraba un bloqueo naval que impedía el comercio en el Atlántico. Especialmente con Estados Unidos.

Estados Unidos trataba de permanecer neutral, sin decantarse ni por uno ni por otro. Por un lado su situación económica era muy delicada tras la Guerra de Independencia. Por otro sentía pocas simpatías por uno y otro bando. Y el participar en la guerra no le albergaba ninguna esperanza de beneficio.
Pero claro, no puedes ser neutral si sólo comercias con un bando (el británico). Y puesto que Estados Unidos podía beneficiarse largamente si conseguía llevar suministros al ejército francés, el bloqueo británico no les hacía mucha gracia.

La situación era tensa, pero no daba para una guerra. Al final fue un detalle secundario: la conscripción, la que provocó la guerra.

II

Los británicos accedieron a la independencia de los americanos a regañadientes. Y por ello no entendían muy bien el concepto de ciudadanía americana, en los tiempos en que no había pasaportes. Para los británicos, un inglés era un inglés aquí y en Pekín. Así, si un londinense decidía probar fortuna en las américas, y tras muchos años obtenía la ciudadanía americana, a efectos legales seguía siendo británico ante los ojos del Rey de Inglaterra.

Esto en sí no tendría mayor interés si no fuera porque en aquella época la forma de obtener reclutas no era mediante anuncios sino casi por la fuerza, especialmente para la Marina. Esta forma agresiva de captar soldados, una especie de secuestro legal, para ejercer el trabajo de soldados (la temida conscripción) se aplicaba a menudo en alta mar. Un barco militar detenía a un carguero y arbitrariamente podía llevarse como recién nombrados soldados a los miembros de la tripulación que quisiera. Siempre y cuando fueran británicos.

Los americanos tenían muchas tensiones no resueltas con los ingleses por ello. Y es que era frecuente que también en barcos americanos se realizaran estas detenciones, a veces a personas que habían nacido incluso en los Estados Unidos.

III

Antes de iniciarse la Guerra de 1812, los británicos firmaron un tratado con el que se comprometían a detener las conscripciones de ciudadanos americanos. Sin embargo, no lo cumplieron en ningún momento y esto causó tal enfado en los americanos que declararon la guerra a Inglaterra.

No fue una guerra cruenta ni demasiado bárbara. Los británicos tenían problemas más importantes con Francia así que apenas si prestaron atención a los americanos. Los americanos no pensaban ni por asomo en lanzar barcos al Atlántico para luchar contra la todopoderosa Armada Británica. Así, todo se limitó a una especie de Guerra Americano-Canadiense. Por aquel entonces Canadá era territorio británico.

El comienzo de la guerra fue patético. Los británicos no podían mandar tropas a Canadá, así que adoptaron una actitud defensiva. Y los americanos no tenían ni idea de cómo luchar. Así que las operaciones invasoras del ejército de las barras y estrellas eran una derrota tras otra, hasta el punto de que los canadienses, que se limitaban a defender, acabaron conquistando la ciudad de Detroit y controlando toda la zona de los Grandes Lagos, casi sin querer.
La guerra tuvo muchos tira y afloja. Dos momentos para olvidar fueron el incendio de la ciudad de Toronto (entonces llamada York) por parte de los americanos. Y el incendio de Washington (Casa Blanca y Capitolio incluidos) por parte de los ingleses, como represalia.

Sirva esto como muestra de hasta qué punto los ingleses entraron hasta la cocina cuando, tras tener controlada la situación en Francia, pudieron mandar tropas a las costas de Estados Unidos.

La situación americana dio un giro favorable cuando consiguieron vencer en una importante batalla naval en los Grandes Lagos (las batallas navales no ocurren sólo en los mares) en que consiguieron recuperar el control militar de toda la zona, además de eliminar la presencia de belicosas tribus indias que operaban en esa región. Esto sirvió, junto con la victoria inglesa sobre la Francia de Napoleón, para apaciguar los ánimos. Sin la cuestión del bloqueo a Francia, la guerra entre americanos e ingleses carecía totalmente de sentido.

IV

El hecho singular de esta intrascendente guerra sucedería hacia su final. Ambos bandos sólo tenían motivos para firmar la paz. La crisis económica, las pérdidas humanas, los elevados impuestos, la necesidad de poner fin a una guerra (la napoleónica) que casi lleva al colapso británico, los americanos que ya no tenían nada por lo que luchar. Aunque como era de esperar, cada cual pretendía obtener algún beneficio, aunque sólo fuera por rellenar los libros de historia con su nombre como vencedor.

Las negociaciones de paz tuvieron lugar en Ghent, Bélgica, en la nochebuena de 1814. El resultado: status quo ante bellum, todo queda igual que al principio.

El caso es que en aquella época o bien no había Internet o las conexiones que existían eran mucho más lentas que las actuales. Pues resulta que la batalla más importante de la Guerra de 1812, la Batalla de Nueva Orleans, tendría lugar el 8 de enero de 1815, es decir, dos semanas después de ser firmada la paz.

Ambos bandos seguían luchando, desconocedores de las negociaciones que habían tenido lugar en Europa. Los británicos luchaban por invadir el territorio americano, en tres frentes distintos. La proyectada invasión de Nueva Orleans fue un fracaso que terminó con la victoria más clara de los americanos en toda la guerra. Si los británicos sufrieron a lo largo de toda la guerra 1.600 muertes y 3.679 heridos en combate, sólo en la batalla de Nueva Orleans recibieron 1.784 bajas, entre muertos y heridos.

La situación era demencial: ambos bandos continuaron luchando. Los ingleses vencidos se replegaron para intentar contraatacar en Mobile, Alabama ya entrado febrero del 1815. Hay que leer los periódicos.

La batalla de Nueva Orleans fue un final excelente para los americanos. En las negociaciones de Ghent casi habían tenido que mendigar recuperar al status quo ante bellum, pero tras una victoria tan importante, bien podrían aspirar a obtener algunos beneficios extra. El caso es que la paz ya llevaba varias semanas firmada y había que conformarse con el resultado.

Mientras todo esto ocurría, totalmente desinformados, numerosos barcos de guerra e incluso algunas tribus indias continuaban su batalla en una guerra terminada (los indios luchaban del lado británico), cuando habían transcurrido varios meses del final. El caso de los indios Sauk, de Michigan, que continuaron batallando hasta dos años después de la paz de Ghent, se considera más una rareza. Eso o que los indios ya lo hacían de forma independiente de sus supuestos aliados británicos.

La guerra de 1812 entre británicos y americanos demuestra los sinsentidos de todo conflicto militar. Todo quedó igual que al principio, pero más muertos, más heridos, más destrucción. Los Grandes Lagos cambiaron de mano un par de veces, las joyas arquitectónicas americanas de Toronto y Washington arrasadas por el fuego.

Fuentes: Todo está copiado de la Wikipedia, palabra por palabra.
Empezaría mirando el artículo de la Guerra de 1812. La parte de la conscripción no está muy bien explicada en la Wikipedia, va a ser que es leído de algún libro.

La frase: La fortuna sonríe a los audaces

Audentes fortuna iuvat. La fortuna sonríe a los audaces. Verso de la Eneida, de Virgilio (70 a.C. – 19 a.C).
Origen:
La frase se emplea en la Eneida, concretamente en el verso 284 del libro X.
El contexto completo es el siguiente:
Haud tamen audaci Turno fiducia cessit
litora praecipere et uenientis pellere terra.
[ultro animos tollit dictis atque increpat ultro:]
‘quod uotis optastis adest, perfringere dextra.
in manibus Mars ipse uiris. nunc coniugis esto 280
quisque suae tectique memor, nunc magna referto
facta, patrum laudes. ultro occurramus ad undam
dum trepidi egressisque labant uestigia prima.
audentis Fortuna iuuat.’
haec ait, et secum uersat quos ducere contra 285
uel quibus obsessos possit concredere muros.
Sin embargo, no abandonó su confianza al bravo Turno
en ocupar primero la playa y arrojar de tierra a los que llegaban:
«Aquí está lo que pedisteis con vuestros votos, aplastarlos con la diestra.
El propio Marte está en manos de los hombres. Acordaos ahora
cada cual de su esposa y su casa, recordad ahora las grandes
hazañas, la gloria de los padres. Corramos antes al agua
mientras dudan y vacilan sus primeros pasos al desembarcar.
A los audaces ayuda la fortuna.»
Esto dice y medita en su interior a quién mandar puede
al combate y a quién confiar los muros asediados.
La frase comunmente se cita de forma errónea: las versiones Audaces fortuna iuvat y Fortes fortuna iuvat son incorrectas variaciones del original.
Innumerables alteraciones existen sobre este tipo de llamadas a la valentía. El que no arriesga, no pasa la mar. Los barcos están seguros en el puerto, pero no es eso para lo que se construyen los barcos, sino para navegar y hacer cosas nuevas. Mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve.
Frase aplicable a:
Los ejemplos de personas que arriesgaron y triunfaron son numerosos. Gente que lo dejó todo y acabó teniendo éxito en su arriesgada misión. Los empresarios de éxito te gritan «tienes que arriesgar para triunfar». Si no te atreves a hablar con la chica más guapa de todas nunca sabrás si ella quería estar contigo. Nadie pasa a la Historia – o se alegra de haber pasado – habiendo sido un cobarde.
A veces uno necesita contraejemplos. Que en realidad, son mayoría. Por cada emprendedor que triunfa hay 20 que se quedaron en la ruina. Por cada aspirante a actor hay 100 que sólo hicieron papeles menores durante toda su vida. Por cada supuesto artista, 1000 pobretones.
Jim Plamondon, quien hoy en día tiene 47 años de edad, estudió Geología e Informática en la Universidad. Luego comenzó trabajando como vendedor a través del teléfono. Después pasó la mayor parte de su carrera en el mundo de la informática, como programador. Hasta que en 1992 llegó a Microsoft, justo cuando la compañía del famoso Sistema Operativo estaba comenzando a hacerse casi universal.
Allí, Jim Plamodon pasó ocho años convenciendo a desarrolladores de otras compañías para que crearan software para la plataforma Microsoft. Luego, dejó Microsoft para dedicarse a sus propios proyectos. Ejerció sus opciones sobre acciones de Microsoft y las invirtió en un portafolio valorado en 2 millones de dólares. Vendió su casa y se mudó a Australia, donde se compró una preciosa casa junto a la playa. Allí se mudó con su esposa y sus dos niños.
Audentis Fortuna iuuat. En este caso, Jim Plamodon había trabajado muy duro para conseguir tener la vida resuelta. No tenía que trabajar para vivir y podía dedicarse a sus propios intereses con total tranquilidad.
Pero Jim tenía una idea. Brillante si la examinamos desde el punto de vista racional. Jim había tocado la tuba de pequeño. Sus conocimientos musicales eran superficiales, pero sabía que aprender a tocar un instrumento es una tarea altamente frustrante. Y es una pena, porque aprender música estimula el cerebro y hace a los niños más inteligentes.
Jim Plamodon se fijó en el caso del popular piano. Es un instrumento que apenas ha evolucionado desde el siglo XIX. Sigue siendo enormemente popular, pero para los niños es muy duro conseguir progresar en el aprendizaje del instrumento. Para Jim, el ejemplo de su mujer y su hijo, que abandonaron la práctica del piano a los seis meses de empezar a aprender, fue revelador.
Jim tenía tiempo y dinero. Poco a poco se iría embarcando más y más en su proyecto personal, de una ambición sin límites: The Thummer.
Un aparato electrónico que, conectado a un ordenador, emite sonidos similares a los de un piano. El teclado, en lugar del monótono mecanismo del piano convencional, es más parecido al de una consola WII. El objetivo del invento de Jim era claro: evolucionar sobre un instrumento anclado en el pasado, de difícil aprendizaje. The Thummer sería mucho más barato que un piano convencional. Y sobre todo, su aprendizaje es mucho más intuitivo y rápido.
El año 2000 vino con la crisis punto com. Resulta que el portofolio de acciones de Jim Plamodon, valorado en más de 2 millones de dólares, estaba excelentemente diversificado entre empresas tecnológicas. Jim perdió casi todo su dinero ahorrado.
Pero Audentis Fortuna iuuat. La fortuna sonríe a los audaces. The Thummer sería, sin lugar a dudas, una excelente opción para salir adelante. Sus desarrollos para mejorar al obsoleto piano no eran nuevos. Ya en 1880, Paul van Janko, un húngaro, había patentado una alternativa más ergonómica a la distribución del teclado. Kaspar Wicki, un inventor suizo de 1896, tiene una patente parecida para la Concertina (un tipo de acordeón).
Con la idea del teclado de la videoconsola, Jim Plamodon fundó en el 2003 la compañía Thumtronics. Contrató a un ingeniero para que desarrollara los prototipos y alquiló unas oficinas encima de una tienda de música. Consiguio 500.000 dólares de inversores interesados en su proyecto.
Para el 2005 Jim hipotecó su casa por un millón de dólares. Hubo un momento en que la familia estaba viviendo de lo que ganaba su hijo, que tenía 18 años y trabajaba en una tienda de informática.
En el 2007, los Plamodon se mudaron a Austin, Texas. Compraron su nueva casa por 200.000 dólares. Vendieron la suya en Australia. La idea de mudarse de vuelta a los Estados Unidos era para situarse en un entorno más favorable a los desarrollos musicales.
The Hammer es un invento brillante. La idea de superar algo que necesita ser mejorado es excelente. El resultado obtenido, según parece, es superior. Pero Jim Plamodon está prácticamente en la ruina. Es muy poco probable que su idea tenga éxito. Los inversores cada vez exigen más garantías antes de prestarle un céntimo. Nadie ha tenido éxito invirtiendo en nuevos instrumentos musicales. Nunca. The Guitar Hero es una excepción entre decenas de miles de nuevos instrumentos que se crean cada año.
La mayoría de los nuevos instrumentos son mejores que los ya existentes. Pero eso es lo de menos. Mozart tocaba el piano, Beethoven, también. Y Chopin, Schumann, Liszt, y un sinfín de músicos de primerísima fila. El piano es una parte fundamental de la Historia de la Humanidad. The Hammer puede sonar mejor. Ser más fácil de tocar, más barato. Pero nunca será el piano.
Aquí puedes ver un video (60 segundos) con the Hammer en acción.
The Hammer: La fortuna, sonríe a los audaces.