Scrabble

scrabble

Scrabble, el juego de formar palabras, fue inventado por Alfred Mosher Butts en 1938. La idea de crear un juego de mesa le llegó a este arquitecto cuando se quedó en paro en el año 1931, por la Gran Depresión. En un tiempo sin smartphones, tablets o tan siquiera televisión, un buen juego de mesa podía ocupar cientos de horas del ocio familiar.

Las reglas del juego cambiaron mucho durante los primeros años, así como el nombre del juego. Lexico, Criss-Cross Words, para al final llegar al definitivo de Scrabble, siete años después.

Butts trató sin éxito de comercializar su juego durante años. Las ventas eran insignificantes. Uno de los pocos que compró su juego fue su amigo James Brunot, con quien solía jugar al Scrabble junto con su mujer. A pesar de la patética acogida del publico, Brunot pensaba que el juego era muy bueno y acabó comprando los derechos del mismo a su amigo, encargándose de replantear las ventas. Sería Brunot el que daría el nombre definitivo de Scrabble, así como simplificó un poco las reglas, aunque manteniendo casi intacto el original.

Durante el primer año de ventas, Brunot consiguió vender apenas 2.500 ejemplares del juego. No obstante, su fortuna pronto empezaría a cambiar.

Es fascinante cómo fue formándose el efecto bola de nieve con este juego. Butts lo creó y apenas si lo conocía alguien más que su familia y amigos. No obstante, uno de sus amigos, que disfrutaba mucho jugando, vio potencial en él. Con 2.500 ejemplares por todo Estados Unidos, el juego estaba más expuesto al público. Sería la Universidad femenina Smith College donde se convertiría en un auténtico fenómeno. Una estudiante se llevó una copia del juego y poco a poco fue apoderándose de todo el campus.

De una forma similar a como Facebook trató de popularizarse en sus orígenes como una página web solo para los estudiantes de la prestigiosa universidad de Harvard, Scrabble se presentó de forma totalmente espontánea como un juego para personas inteligentes con estudios universitarios.

El golpe de gracia lo daría un ejecutivo de Macy’s – los grandes almacenes americanos en que están inspiradas cadenas como El Corte Inglés – y que en el siglo XXI tiene menos glamour que ponerse a regatear en una churrería. Este ejecutivo conoció el juego por casualidad durante sus vacaciones de verano. Le gustó y se propuso comprarlo en la tienda. Cuando vio que no se vendía en los grandes almacenes le pareció sencillamente imposible. Mientras los Brunot se movían en ventas anuales de 2.500 ejemplares, él solo hizo una orden de comprar 60.000 juegos.

Y el resto, es historia.

Fuentes:
The People’s Almanac Presents The 20th Century: History With The Boring Parts Left Out (un libro).
Scrabble, en la Wikipedia.

El año de la cebolla

Tras el desastroso intento de conquista de Argel, por las tropas españolas de Carlos V en el año 1541:

Perdieron 140 barcos, 15 galeras, 8.000 hombres, 300 aristócratas españoles. El mar había devuelto una humillación total. Era tal la abundancia de esclavos en Argel, tantos llegaron a ser, que 1541 se recordó como el año en que cada cristiano se vendía por una simple cebolla.

Sobre las pérdidas, dice la Wikipedia:

Las pérdidas fueron muchas, pero no se contabilizaron, ni al parecer hubo voluntad de hacerlo.

Desde que leí esto, no veo esas mallas de tres o cuatro cebollas de la misma manera. Y lo que es peor, nunca me atrevo a mirar lo que cuestan.

El libro de la cita, Empires of the Sea, es de los mejores libros de historia que puedes leer. 75 opiniones de 5 estrellas y 22 de 4 estrellas en Amazon. Nadie lo ha valorado en menos de cuatro.

Fotografía de aficionados

Uno de los temas menos recurrentes en esta página es la fotografía, de la que sabéis que no soy un gran aficionado. No obstante eso es un gran hándicap a la hora de mostrar publicidad. Así que hoy voy a escribir no sobre la Canon EOS Rebel T2i sino sobre los inicios de la fotografía.

En el anteriormente reseñado libro sobre la Exposición Universal de 1893 se expone de refilón la situación del mundo de la fotografía en aquella época, en que las primeras cámaras Kodak estaban recién inventadas y con las que ya “cualquiera” podía hacer una fotografía.

Como en cualquier cambio tecnológico, los grandes perdedores del invento fueron los fotógrafos profesionales, que lucharon por mantener su profesión como buenamente pudieron.

En la exposición de Chicago de 1893, el fotógrafo Charles Dudley Arnold consiguió un permiso en exclusiva para las fotografías que se realizaran de la exposición y su consiguiente comercialización. Con esto se consiguió gestionar la imagen internacional de la exposición, distribuyendo siempre fotografías de personas de clase alta, bien vestidos, como si fueran el asistente medio al evento. El problema de este monopolio lo percibimos hoy en día en que para un evento histórico de afluencia masiva apenas si han sobrevivido un puñado de testimonios gráficos, por culpa de una gestión cicatera de los derechos de imagen.

Sobre los orígenes de las cámaras, cito:

Un segundo contratista recibió los derechos en exclusiva para alquilar cámaras Kodak a los visitantes a la exposición, siendo las Kodak un nuevo tipo de cámaras portátiles que eliminaban la necesidad de lentes y ajustes del objetivo. En honor a la feria, Kodak denominó “the Columbus” a la versión portátil de su popular modelo nº4. Las fotografías creadas con esas nuevas cámaras muy pronto empezaron a llamarse “snap-shots”, un término proveniente de los cazadores ingleses para describir un disparo rápido con una pistola. Quienquiera que llevara su propia cámara Kodak a la exposición tenía que pagar un permiso de dos dólares [la entrada a la exposición costaba un dólar para los adultos], un precio fuera del alcance de la mayoría de los visitantes; la Midway’s Street (calle Midway) impuso una tarifa adicional de otro dólar. Un fotógrafo aficionado que trajera su cámara convencional con el consiguiente trípode tenía que pagar diez dólares, aproximadamente lo que muchos visitantes de fuera de la ciudad pagaban por un día entero en la exposición, incluyendo alojamiento, comidas y entradas.

Con unos precios así, el pirateo estaba garantizado. No obstante:

Se impusieron treinta multas por llevar cámaras Kodak sin permiso, y treinta y siete por tomar fotografías sin la autorización correspondiente.

Un detalle interesante de estos inicios de la fotografía aficionada lo da la actitud de los hoteles ante una afición recién estrenada. Una forma de atraer clientes era ofrecer servicios de cámara oscura a estos fotógrafos noveles, casi desde el mismo momento en que se inventaron las cámaras portátiles.

Ikeaton

Irónicamente, Carter descubrió que mientras el trabajo de los artesanos en la creación de la tumba [de Tutankamon] había sido extraordinario, los obreros empleados en el ensamblado y montaje habían hecho un trabajo que dejaba mucho que desear. Sin prestar atención a las marcas que indicaban la forma y el orden correctos con que ensamblar las piezas, los obreros habían unido las piezas del sarcófago al revés, con las puertas mirando hacia el este en vez de hacia el oeste y con los paneles laterales del revés. Y que habían ajustado las piezas que no encajaban bien a base de martillazos, dejando el dentado visible.

La próxima vez que tengas problemas montando un mueble de Ikea, antes de frustrarte piensa en lo que hicieron con la tumba de Tutankamon: el trabajo chapucero más famoso de todos los tiempos.

Fuente: People’s Almanac Presents the Twentieth Century: History with the Boring Bits Left Out. Es un libro.

Raymond Schindler

Caruso

El diecisiete de abril de 1906 llegó a la ciudad de San Francisco Enrico Caruso, el eminente tenor italiano, a dar una serie de representaciones de la ópera Carmen en el Tivoli Opera House.

La extraordinaria y sin par voz de Caruso llenaría por primera vez la ópera de la ciudad de San Francisco. En su papel de Don José, lo habitual es que brillara y dejase un registro musical extraordinario. Sin embargo, como circunstancia curiosa, al día siguiente ninguno de los periódicos hablaría sobre su histórica representación.

A las 5:13 del dieciocho de abril de 1906 se produjo un fortísimo terremoto en la ciudad de San Francisco, de aproximadamente 8 grados en la escala de Richter. La primera sacudida duró unos 20 segundos. Luego llegaron otros tantos segundos de calma. Y un segundo temblor de más de cuarenta segundos, que destruyeron prácticamente todos los edificios de la ciudad y en los subsiguientes desastres acabaría provocando la muerte a más de 3.000 personas.

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Era un escenario apocalíptico: Las personas medio dormidas y mal vestidas trataban de salir de sus casas, buscaban refugio a cielo abierto. Entre ellos estaba Enrico Caruso, que abandonó su hotel con el escueto equipaje de una enmarcada fotografía autografiada por el presidente Theodore Roosevelt, valioso tesoro para el cantante.

Con todo el aire saturado de polvo, Caruso temió que su portentosa voz de tenor habría resultado dañada. Y para probarla, de entre los gritos de los ciudadanos de San Francisco emergería su estentórea y extraordinariamente única voz. Quizás nunca cantó Caruso con tanta devoción, comprobando que no sufrió daños en su don vocal, y creando al mismo tiempo una imagen terrorífica pero de extraordinaria belleza.

Schindler

Caruso abandonaría San Francisco, no sin antes prometer – y posteriormente cumplir – que jamás volvería a poner un pie en la ciudad. Al mismo tiempo, justo el día después del terremoto, llegaría Raymond Schindler. Schindler había abandonado la costa este americana y encaminado sus pasos hacia California – con la modesta intención de buscar una vida mejor, al calor de la fiebre del oro. Había llegado sin nada y con esperanzas de un nuevo comienzo, se encontró que, en su primer día en la ciudad, las cosas no estaban ni mucho menos propicias para esperar grandes progresos.

Pero los caminos del Señor son inescrutables. El de Raymond Schindler hacia la que sería la profesión, en que no sólo se haría famoso sino que brillaría, comenzó a recorrerse ese mismo día. Si bien el terremoto causó daños terribles, eso no fue nada comparado con los posteriores incendios, que devastaron lo poco que quedó en pie. Durante tres días la ciudad ardió en cincuenta y tres focos diferentes, algunos de ellos incontrolables. Fallaban las comunicaciones y no había suministro de agua corriente. El jefe de bomberos había muerto en el terremoto y la ciudad, inmersa en el caos, tardó mucho en recuperar algo parecido a la normalidad.

Obviamente a los pocos días del suceso, había trabajo abundante para los albañiles, carpinteros y constructores. En apenas tres años se construirían 20.000 nuevos edificios.

Pero otro gremio que tendría que trabajar incesantemente sería el de los agentes de seguros. No hay seguro que cubra los daños por terremotos, pero sí ante incendios. Y el volumen de personas afectadas era extraordinario, sobre todo si tenemos en cuenta que en muchos casos, damnificados por el terremoto trataban de enmascarar las perdidas sufridas mediante fuegos provocados a sus propiedades. Distinguir los afectados de los que trataban de obtener algo de todo lo que habían perdido, mediante un fraude, fue el trabajo durante de meses de los agentes de seguros. Entre ellos encontraría Raymond Schindler un puesto de trabajo.

La atención a los detalles, el tesón, la capacidad de observación, hicieron que en poco tiempo Raymond consiguiera un puesto importante entre los peritos de la aseguradora.

Su habilidad investigadora llamaba la atención y pronto trabajó en una comisión encargada de investigar prácticas corruptas en el gobierno de San Francisco. La investigación llegó a buen puerto y poco después Schidler recibiría una oferta para capitanear la delegación en Nueva York de una agencia de detectives. A los dos años, Schindler fundaba su propia agencia de detectives.

Sus mayores atributos como detective eran su enorme creatividad y su maniática meticulosidad en el trabajo. No pasó a la historia como el mayor detective de la historia – seguramente hoy sea la primera vez que sabes de él. Pero su labor en la investigación del asesinato de la niña de diez años Mary Smith es probablemente el trabajo detectivesco más extraordinario jamás realizado, al margen de los casos de ficción.

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Un día de 1911 la pequeña Mary Smith, de diez años de edad, fue como cada mañana a su escuela en Asbury Park, New Jersey. Pero jamás volvería a casa. Su cuerpo apareció a los pocos días. Había sido golpeada en la cabeza con un objeto pesado. La habían violado y la asfixiaron con sus propias medias. En la escena del crimen no se encontraron huellas dactilares, ni pistas, ni el arma del crimen. Nada.

Los vecinos pronto encontraron en Thomas Williams a un sospechoso sólido: era negro, un borracho y una persona problemática. Carecía de más coartada que su descripción del día:

me bebí una botella de whisky y sólo recuerdo que me quedé dormido.

Thomas Williams tuvo suerte de ser arrestado, porque la multitud clamaba justicia popular y estuvo a punto de tomársela por su mano.

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Sin embargo el sheriff Clarence Hatrick no lo veía nada claro y decidió contratar los servicios del ya entonces famoso detective Raymond Schindler.

Schindler investigó meticulosamente a cada uno de los vecinos de la familia Smith, sin descartar a ningún posible sospechoso. Tras obtener abundante información, sólo encontró un posible candidato: Frank Heidemann.

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Una criada también fue investigada como sospechosa policial, pero sin apenas fundamento.

Heidemann sólo tenía un margen de sospecha: era alemán y apenas si llevaba dos años en Estados Unidos. Con esa información, en su habitual meticulosidad, Schindler pidió informes al gobierno alemán y pronto supo que había sido arrestado – aunque posteriormente liberado – por abusos a menores. En cuanto fue liberado, hizo la maleta y se marchó a los Estados Unidos.

El sospechoso del público, el borracho Thomas Williams, no escapó a las investigaciones del detective, que optó por enviar a uno de sus colaboradores a la cárcel, para que le acompañara en la celda, como otro criminal más. Durante el tiempo en que este detective estuvo en prisión, vigilando de cerca a Williams y hablando con él, llegó a la conclusión de que debía ser inocente.

Sin más que el alemán Frank Heidemann como sospechoso, y con el único dato tangible de sus antecedentes en Alemania, Raymond Schindler cercaría al presunto asesino de una manera propia del más maniático de los psicópatas.

Neumeister

Heidemann vivía en una edificio alquilado, y su casero tenía un perro bastante grande. Schindler quería sacar al criminal que había dentro de Heidemann, que no ofrecía ninguna pista sobre su vinculación con el asesinato. Una noche tras otra, los detectives de Schindler se encargarían de tirarle piedras al perro, para que se pasase la noche ladrando sin parar. Schindler había tenido la inspiración de la novela de Sherlock Holmes El sabueso de los Baskerville, aunque obviamente lo que hizo no tiene nada que ver con lo tratado en la narración. Esperaba ver al delincuente roto por la falta de descanso, y que quizás cometiera algún otro crimen, aunque solo fuera matar al perro.

Pero Heidemann era un hombre paciente, que prefirió mudarse y marcharse a Nueva York, antes que aguantar o hacer algún daño al animal. A pesar de la muestra de entereza, Schindler no se amilanó y lanzó a sus colaboradores en su búsqueda. Una vez localizado, usó a uno de ellos: Carl R. Neumeister, de origen alemán.

Neumeister se dedicó a frecuentar los mismos lugares que Heidemann, pero sin acercarse a él, siempre distante. Hasta que un día el sospechoso vio que Neumeister tenía un periódico en alemán y surgió una conversación entre ambos. Neumeister se hizo pasar por una persona adinerada, que tenía dinero heredado y que no necesitaba trabajar para vivir. El objetivo, un tanto arriesgado, era que se hicieran amigos y que con el tiempo Heidemann confesase algo que pudiera servir de prueba condenatoria, o que se sintiera tentado de asesinar a su nuevo amigo para robarle.

A sugerencia de Heidemann, los dos alemanes se hicieron amigos íntimos, pero Neumeister nunca oyó ninguna confesión por parte de su compatriota.

Tratando de provocarle por métodos psicológicos un tanto burdos, Schindler buscó la película (muda) más terrorífica que pudo encontrar: una cinta francesa en que una niña es perseguida por un pervertido sexual y tiene que luchar por salvar su vida. Schindler consiguió que un teatro aceptara emitir la cinta en una sesión especial, a la que casualmente accederían los dos amigos alemanes, Heidemann y Neumeister, tras cenar juntos y pasar casualmente por el teatro.

En mitad de la película Heidemann dijo que no soportaba la película, y se marchó a su habitación, pero no dijo nada al respecto. Desde luego, no era la forma de obtener una confesión instantánea.

Pero Schindler era incansable y no tuvo suficiente con eso. Consiguió que un editor amigo suyo publicara en un periódico alemán una crónica sobre el asesinato de Asbury Park, mencionando de pasada el nombre de Heidemann. Esto facilitó que Neumeister pudiera sacar el tema a conversación, señalando la curiosa coincidencia del apellido. Aunque Heidemann reconoció que se trataba de él, y que había abandonado la ciudad porque le resultaba horrible lo que había sucedido allí. Y de nuevo, Schindler se encontró en el punto de partida, sin nada sólido contra Heidemann.

El último intento fue el más elaborado de todos e incluyó a un nuevo actor. Neumeister propuso a su amigo dar un paseo en coche, y así lo hicieron. Cuando estaban en mitad del campo, Neumeister indicó que parecía que se le había pinchado una rueda al coche. Bajaron a echar un vistazo y entonces llegó un tipo malencarado que pidió que le llevaran en el coche.

Neumeister se negó y entonces el individuo sacó una navaja. Asustado, Neumeister – el infiltrado de Schindler – disparó un tiro al delincuente, dejándolo muerto en el suelo. Los dos amigos alemanes escaparon de la escena del crimen impostado a toda velocidad.

Al día siguiente, la ficción en torno a la figura de Heidemann continuó. Los periódicos reflejaron el asesinato en una nota redactada por Schindler y sus secuaces. Neumeister se mostró muy nervioso y asustado, temeroso de ser descubierto en su ficticio asesinato por la policía. Heidemann mostró su fidelidad afirmando rotundamente que él le ayudaría en lo que fuera necesario para que no le descubrieran, y que él nunca diría nada.

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Una de las detalladas notas de Neumeister a Schindler

Al final el suceso clave fue un falso billete de barco hacia Alemania, colocado al descuido en un bolsillo de Neumeister, esperando que fuera descubierto por Heidemann. Este se enfadó al saber que el hasta entonces su mejor amigo trataba de marcharse del país sin decirle nada y, sobre todo, dejándolo atrás. Neumeister se defendió indicando que Heidemann conocía algo inconfesable de él y que siempre temería que pudiera denunciarlo en Alemania. Heidemann insistió en que jamás haría algo así, ante lo que Neumeister no se mostró conforme.

Finalmente, Heidemann cometió un error. Tras meses de paciente investigación, le sugirió a su amigo que, tal vez si él tuviera algo tan importante que ocultar como Neumeister, estaría seguro de que jamás le traicionaría. Neumeister, el detective infiltrado, se mostró dubitativo, esperando que Heidemann hablase. Hasta que finalmente reconoció que él también había cometido un asesinato: el de la niña Mary Smith.

Con la confesión obtenida, el resto fue fácil: Neumeister dejó un aviso a Schindler que se apostó junto a una nutrida delegación de policía de Asbury Park, en la habitación contigua a la de los dos amigos alemanes. Y entonces, Neumeister pidió a su compañero que se explayara en detalles sobre su asesinato, mientras que los policías y el encantado Schindler podían oír escondidos en la otra habitación.

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Con tan nutrido grupo de testigos, Heidemann fue finalmente detenido y acusado de asesinato. El juez no tuvo piedad de él y lo mandó a la silla eléctrica, donde acabaría sus días.

Fuente: People’s Almanac Presents the Twentieth Century (libro). La narración de este suceso es de Gary Kinder y la he seguido casi de principio a fin. Es la mejor y más interesante descripción al respecto.

No hay mucha información sobre el tema en Internet:
Un totalmente desconocido documental del 2001
Una página que trata de vender el relato detallado del asesinato y posterior investigación.
Aquí han copiado la narración íntegra de Gary Kinder, la fuente de la historia.
Las capturas de periódicos son del New York Times y enlazan a la página de cada una de ellas, donde se puede observar el resto de la noticia.

Los hermanos Wright

Me ha resultado muy interesante la lectura en la wikipedia de la biografía de los hermanos Wright, los inventores del avión.

Al margen de los aspectos puramente técnicos – que interesarán a los aficionados a los aviones, entre los que no me encuentro – su vida está llena de puntos que nos hacen pensar en la génesis de una invención tan significativa para la historia y el progreso.

Cuando ellos se decidieron a embarcarse en el proyecto, se trataba de un invento que, nunca mejor dicho, estaba en el aire. Diferentes equipos estaban trabajando en Alemania, en Francia y en distintos puntos de los Estados Unidos. Estaba más que claro que la aproximación actual sería la definitiva, y era cuestión de poco tiempo, no más de dos décadas, antes de que el hombre pudiera construir un avión.

Los hermanos Wright eran dos: Orville -nacido en 1871 – y Wilbur -nacido en 1867. En realidad eran muchos más en la familia, siete hermanos en total.

La primera circunstancia interesante es cómo el destino unió la vida de estos dos hermanos en un proyecto común. Wilbur, el mayor, era un deportista y prometedor estudiante. A la edad de diecisiete años sufrió un accidente en un partido de hockey sobre hielo: se llevó un golpe en la boca que le destrozó algunos dientes. Esto ocurrió poco antes de alcanzar la mayoría de edad y truncaría sus pretensiones de acceder a la universidad de Yale. Wilbur se encontró desorientado durante unos años, sin saber qué hacer con su vida.

Justo entonces su hermano menor, Orville, estaba tratando de sacar adelante una imprenta local. Wilbur se asociaría con él, para ayudar a su hermano y ayudarse a sí mismo. De esta inicial colaboración, surgiría un tandem diabólico, uno de los equipos creativos más importantes de la historia.

Hacia el final del siglo XIX se puso de moda en Estados Unidos el negocio de las bicicletas. La bicicleta había existido desde hacía décadas, pero sólo por aquel entonces la tecnología se hallaba en un punto en que era posible fabricar bicicletas útiles a un precio razonable. Los hermanos Orville y Wilbur Wright montarían una tienda de venta y reparación de bicicletas en 1892.

Poco a poco, se iban acercando a su futura invención. La imprenta lleva a las bicicletas. Se está más cerca del avión. Son los titulares de los periódicos los que les llaman la atención.

En aquella época se estaban realizando pruebas a lo largo y ancho del planeta y cualquiera podría conseguir el ser el primero en volar. En particular destacaba el caso de Otto Lilienthal, un alemán que había sido capaz de desarrollar la tecnología necesaria para volar mediante aparatos planeadores. Sus exitosos experimentos con vuelos reales llenaban portadas de periódicos.

Volar se había volado desde hacía mucho tiempo, gracias a los globos. Y planear, aunque era darse una vuelta por el aire, no dejaba de ser una fase primitiva de lo que realmente se deseaba conseguir. El mérito de Lilienthal es enorme, pero aún quedaba apartado de ser conocido como el inventor del avión. Este inventor alemán moriría trágicamente en 1896 en uno de sus vuelos, dejando el resto del camino para otros.

Hacia el final del siglo, los hermanos deciden probar suerte en la fabricación de un avión. No tenían formación al respecto y ninguna experiencia. Así que escribieron una carta a la Smithsonian Institution (una suerte de academia de las ciencias americana) pidiendo información sobre textos y publicaciones sobre aeronáutica. Entre el material con el que comenzaron sus trabajos se encontraban los textos de Leonardo da Vinci.

¿No os resulta demencial? Hoy en día, en que uno dispone de toda la información de calidad que se quiera, pensar en dos hermanos que deciden pelear por inventar algo tan complicado, sin tener ni idea, pidiendo información por correo. Con textos del Renacimiento como base a falta de algo mejor. A mi me cuesta ponerme en la situación.

La Smithsonian estaba por aquella época patrocinando a Samuel Langley, que a su vez estaba tratando de construir un avión. Obviamente sobre sus avances tecnológicos los hermanos no obtendrían ninguna información.

Lo que escapa a la frialdad de la wikipedia es el encontrar el punto culminante en que dos fabricantes de bicicletas fueron capaces de darse cuenta de que, sin nada de su parte, ellos podrían construir un avión. Porque lo cierto es que en un periodo de tiempo insignificante, apenas tres años, tendrían operativo el primer avión real.

No se trata de una casualidad, ni un golpe de suerte. Eran dos personas que tenían todo lo que hacía falta tener para fabricar un avión. Y no había nadie, ni lo hubo hasta entonces, con lo necesario para realizar dicho invento. Y ellos, por alguna fuerza del destino, o por un instinto, se dieron cuenta de que estaban llamados a conseguirlo.

La historia es muy interesante y merece ser leída en la página citada. Un detalle muy llamativo sobre todo esto es el hecho de que en sus trabajos lo que más les paralizaría y en lo que más esfuerzos consumieron fue en darse cuenta de que algunas presunciones sobre el vuelo, incluso una de las ecuaciones básicas de la aeronáutica, estaban mal.

Al final toda la información externa con la que partieron sirvió de poco, o de mucho porque les situó cerca del problema. Pero para resolverlo, tuvieron que emplear sus propios recursos y descartar los de los demás.

Los hermanos construían el avión en su tiempo libre. Aunque el proyecto ocupaba todos sus momentos de ocio. Los dos estaban solteros y nunca se casarían. Vivían para su pasión, que era conseguir volar. No obstante, era bastante trabajoso realizar la más sencilla de las pruebas. Había que construir un avión o planeador y marcharse con él a varios kilómetros de distancia, a un terreno ventoso, despoblado y rodeado de arena (porque los accidentes estaban garantizados). Lo ideal era la costa, pero los hermanos vivían en Dayton, Ohio. Una ciudad de interior. Así, tenían que desplazarse a la playa de Kitty Hawk en Carolina.

Podían pasar semanas debatiendo sobre los cambios a realizar en los prototipos, pero luego se marchaban a Kitty Hawk unos días y si no había viento, o lo que habían pensado no funcionaba, o el prototipo resultaba muy dañado por un accidente era tiempo perdido. Se tenían que volver a Dayton y esperar a otro periodo de vacaciones.

Es por eso que realizaron otra de las invenciones que les honran como creadores: el túnel de viento. Ante la dificultad de construir algo tan complejo en ratos libres, sabiendo que se prolongaría demasiado su construcción, decidieron fabricar una especie de maqueta donde simular las corrientes de aire y el comportamiento de un aparato en miniatura ante ellas. Ni qué decir tiene que hoy no se hace un avión sin que haya pasado antes por el túnel del viento.

Gracias a este modelado que podríamos calificar casi de diseño virtual, el desarrollo se aceleró y consiguieron ser los primeros en crear un planeador manejable y posteriormente un avión.

Hay que llamar la atención sobre la invención en sí misma. Aunque un avión resulte un invento de complejidad tremenda, en la época pionera cualquiera que estuviera intentando fabricar un avión, podía darse cuenta de lo que hacía falta para construirlo, con sólo ver uno ya funcionando.

De nuevo si pensamos en parámetros actuales, el inventar un avión no tendría valor añadido alguno. Un avión era como un tenedor o una camisa de Armani. No necesitan explicarte cómo se ha fabricado para que tú ya sepas hacer una réplica. A golpe de vista se percibían las diferencias significativas: la cola y el mando que movía los controles, nada más y nada menos, ese era todo el misterio.

Pero para llegar a algo tan sencillo, imitable de un vistazo, hacía falta ser la pareja Wright, los únicos capaces hasta entonces de idear algo tan perfecto.

Tras inventar el avión, y lograr un nivel de perfección considerable (el avión era seguro, manejable y el vuelo podía durar varios minutos), los hermanos se dedicaron a tiempo completo a una tarea muchísimo más compleja: ganar dinero con su invención.

Y es que claro, a mi al menos me parece absolutamente justo que el inventor de una de las maravillas de la técnica se hiciera millonario con su invento. Pero habrá quien no piense así, sobre todo si tenemos en cuenta que su invento no tenía ningún valor per se.

Es como la pasteurización. El proceso descubierto por Pasteur cambió por completo la conservación de los alimentos y con ella la calidad de vida de las personas humanas. Pero el método carece de misterio una vez se conoce: calentar el producto durante unos pocos instantes y luego bajar la temperatura. Saber eso, ya lo supone todo, Pasteur seguramente no ganó ni un céntimo con su invención. Un caso parecido es el de Henry Bessemer con su polvo de oro. Tuvo que quebrarse los sesos para ocultar su proceso, o de lo contrario cualquiera podría haberle copiado y nunca habría ganado dinero con él.

En fin, que los hermanos tenían un avión en el garaje, la idea en sus cabezas y sabían que valía millones. Pero tenían que venderla. Y la verdad es que consiguieron su objetivo, aunque bordeando el desastre, como en sus primeros vuelos.

Los hermanos tenían terminado el avión en 1905 y trataban de venderlo a países: Francia, Inglaterra y los propios Estados Unidos estaban interesados. Pero los hermanos Wright no querían mostrar el avión hasta que hubiera un contrato firmado con compromiso de compra. Y ahí es adonde quiero ir: nadie quería firmar el contrato sin ver los aviones (se creía que era todo un fraude porque casi nadie había visto a los hermanos volar, más que nada porque eran unos geeks de la época, poco amigos de los medios de comunicación) y ellos no podrían venderlos si lo enseñaban a la ligera. Disponían de una patente sobre un método de vuelo, pero les había resultado complicado el conseguirla y no era garantía de nada, sobre todo fuera de los Estados Unidos.

Se abrió un peligroso periodo de tira y afloja, en que los Wright perdieron todo su crédito. Sobre todo en Francia donde los consideraban unos farsantes, no sin gran parte de justificación. Los países tenían interés, pero querían pruebas. Y ellos sabían que enseñar los aviones era suficiente como para que fueran copiados de inmediato.

Cuesta pensar la situación: miles de años sin que el hombre pudiera volar, y los dos únicos que sabían como hacerlo, se pasaron dos años enteros, 1906 y 1907, sin volar.

Si hubieran tenido menos cabeza, seguramente habrían conseguido una fama efímera, quizás hasta habrían caído en el olvido atribuyéndose el invento a otros. Pero esa negociación la realizaron de forma magistral, al más alto nivel. En 1908 sacaron los aviones de los hangares y asombraron al mundo entero con su invento, que fue comprado de inmediato por Francia y Estados Unidos.

Las demostraciones de vuelo causaron sensación mundial. Los Jefes de Estado viajaban a la busca de los hermanos para tener la oportunidad de ver semejante prodigio. Esto en sí es ya algo que ha ocurrido en contadas ocasiones en la Historia de la Humanidad.

Finalmente los Wright consiguieron contratos muy provechosos y ganaron mucho dinero con las comisiones por fabricación de aviones (el diez por ciento del precio de cada avión iba a parar a sus bolsillos).

Wilbur no tendría mucho tiempo para disfrutar todo esto, pues moriría en 1912. Pero su hermano viviría hasta 1948.

Se da el curioso caso de que en los Estados Unidos pronto serían copiados por otros constructores de aviones, que se negaban a pagar ningún tipo de canon. Glenn Curtiss era quien más problemas les estaba causando. Las batallas legales se prolongarían durante mucho tiempo, dando al final la razón a Orville Wright. Las limitaciones a la fabricación de aviones en Estados Unidos llegarían al punto de que apenas diez años después de ser inventado el avión, cuando el ejército de los Estados Unidos entró en combate en la I Guerra Mundial, tuvo que recurrir a aviones franceses, pues ya no disponía de una industria aeronaútica competitiva.

En esa época (finales del siglo XIX y principios del XX) el mercado más perjudicado por una invención era casi siempre el local. En ese mercado el fabricante podía asegurarse la autoría y cobrar un precio justo por su trabajo de creación. Pero en el resto del mundo, la copia estaba a la orden del día, a veces era casi inútil tratar de impedirla. De ese modo un invento podía fabricarse mucho más barato, por no tener que pagar ningún tipo de derechos a los creadores.
Y esto fomentaba avances más significativos en los países “ilegales”.

Finalmente queda el tenebroso asunto de la invención del avión. Durante muchos años, la Smithsonian Institution no quiso reconocer que los hermanos Wright habían inventado el avión. En sus museos se mencionaba a Samuel P. Langley como creador del avión. Y es cierto que creó un avión, pero no volaba más de diez segundos en el mejor de los casos y sus aterrizajes eran mediante accidente.

Esta polémica llevaría a que el primer avión de los hermanos Wright se exhibiera en un museo de Londres, y a que Orville Wright batallara por reconocer la autoría de su invención ya de cara a los libros de historia. Finalmente lo conseguirían pero no antes de 1948. El histórico avión terminaría en el museo de la Smithsonian Institution pero bajo un contrato con estrictas normas relativas a la información que ese museo ofrecería sobre la invención del avión.

Como curiosidad, la etiqueta que figura junto al avión dice “Invented and built by Wilbur and Orville Wright”. En estas cosas, el orden de los nombres nunca es trivial. Aunque sería su sobrino el que decidiera el texto a incluir, queda para la historia que, aunque ambos hermanos merecen todo el mérito de la invención, Wilbur aparece antes.

New York, Londres, Tokio, Sevilla

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En este artículo aprenderás el origen de estos relojes con las horas simultáneas de varios países.

Relojes con horas simultáneas

Cuando veo esos relojes con los horarios simultáneos de varios países tengo una sensación de placer y asco simultáneo. Lo que oficialmente se conoce como morbo. De un lado son estéticamente atractivos, que duda cabe. Pero normalmente esconden un mensaje pueblerino. Se muestran horarios de ciudades importantes, distribuidas por todo el mundo. Y luego la hora local, como codeándose en esa élite mundial.

En el título he escrito New York (que nunca falta pues es la sede de la “Bolsa Mundial”), Tokio porque está en el quinto pino y nadie sabe la diferencia horaria con ellos, además de ser importantes. Londres está bien porque es Europa pero al mismo tiempo no tiene la misma hora que el resto. Y finalmente una ciudad que no alcanza la talla de las otras. He puesto Sevilla pero bien podría haber sido Malta, Móstoles o Uzbekistán: no deja de estar a otro nivel.

En un tiempo estos relojes fueron símbolos de modernidad, tiempo real, internacionalidad. Ahora donde más se los ve es en los locutorios, la parte pobre de la globalización.

Los tiempos de los romanos

Hay que irse muy atrás en el tiempo para entender el origen de esos relojes con horas de varios lugares. Exactamente hay que trasladarse a antes de que existieran los relojes.

En la antigüedad no existían los relojes. No porque no pudieran o supieran construirlos, sino porque eran del todo innecesarios. El sol servía como referencia perfecta para saber la hora que era en cada momento.

Para los romanos, Prima hora era aproximadamente a las siete de la mañana. Coincidiendo con la salida del sol. Luego las horas se podían computar a ojo. Sexta hora coincidía con el medio día: cuando el sol está en el cenit y no se produce sombra. Duodecima hora era el momento de la puesta de sol.

El método no era el más eficiente posible, pero hay que entender que la precisión no era verdaderamente necesaria. Uno tenía que estar en el trabajo cuando hubiera luz y marcharse cuando se fuera. El carnicero sabía que no vendería nada más después de la hora de la comida. Si trabajabas, era de sol a sol. No había turnos.

Durante siglos el reloj resultó totalmente prescindible, era más una curiosidad que una herramienta de progreso. Por supuesto existían quienes no podían vivir sin él y aquellos que matarían por una décima de precisión. Pero era una parte insignificante de la población. Entre ellos estaban los científicos pero sobre todo los marineros. Con un buen reloj se podían navegar de forma bastante precisa. O al menos tener una idea de por dónde navegaba el barco en un momento dado.

El reloj empezaría a resultar útil con la Revolución Industrial: las personas trabajaban en turnos, los procesos se cuantificaban. Se producía en masa y para distinguir lo bueno de lo mejor, era necesario contar lo que se tardaba en hacer cada tarea. En una fábrica del siglo XIX, un reloj era muy útil.

Sin embargo algo seguía siendo igual que en la época de los romanos: el tiempo válido lo daba el sol. Es decir, eran las doce del medio día cuando el sol estaba en en cenit y las siete cuando salía el sol, no importa si estábamos en los rigores de febrero o en pleno verano. Siempre eran las doce de la mañana cuando el sol llegaba a la mitad de su recorrido.

Esto nos puede chocar hoy en día en que a muchas personas les sorprende que sean las ocho de la mañana y no haya luz (durante los meses de invierno) y se maravillen de que sean las nueve y media de la noche y todavía haiga luz. Este sistema anticuado de marcar la hora es el más natural que existe.

Ahora bien, para la fabricación de un reloj, la precisión que ahora controlamos de forma obsesiva carecía de sentido. Si un reloj era capaz de medir con precisión de milésimas de segundo no servía de nada porque había que cambiarle la hora de acuerdo a la hora oficial que era la de las doce del medio día. Esta hora se marcaba en un reloj singular, normalmente una torre en el centro de la ciudad o pueblo. La hora oficial y válida era la que marcara ese reloj y se solía actualizar con frecuencia, pues todos sabemos que no siempre el sol llega al cenit justo a las doce de la mañana.

El ferrocarril y el telégrafo

El cambio rotundo en la concepción del tiempo surgiría a mediados del siglo XIX, cuando por primera vez las personas y la información podían trasladarse a velocidades razonables.

Un viajero podía abandonar Madrid en su carro y llegar a Zaragoza en un par de días. Y al igual que hacía en su ciudad de origen, cuando encontrase un reloj oficial ajustaría su reloj. No suponía ningún trauma. Ahora bien, hay que entender una cosa muy importante: la hora de Zaragoza y la de Madrid no eran la misma. Pero es más, es que la hora de Madrid y la de Alcalá de Henares tampoco eran la misma.

No importa lo cerca que estuvieran dos ciudades, no siempre compartirían la misma hora. Esto es debido a la distancia solar entre regiones, que aunque puede ser de segundos, no deja de existir. Pero por encima de ello está la intervención humana. En ciudades importantes existían astrónomos (por llamarlos de alguna forma) que se dedicaban a ajustar los relojes siguiendo el criterio que su vista les sugería. No había una forma exacta de determinar la hora en que el sol está en el cenit. Y en aquella época y con aquellos medios, aún menos. Por eso el astrónomo de Móstoles podía juzgar que era mediodía a las 12:05 y el de Madrid pensar que se llegaba a ese momento a las 12:13. Asín estaba el patio.

La aparición del ferrocarril y el telégrafo revolucionarían estos conceptos. El telégrafo era instantáneo y permitía enviar información entre dos lugares. El ferrocarril era rápido y en poco tiempo podía llevar a muchas personas de un lugar a otro. Estas tecnologías mejoraban a marchas forzadas, por lo que los problemas que al principio resultaban curiosidades se acaban transformando en auténticas paradojas y pesadillas que impedían el buen funcionamiento.

Está claro que si había un cable entre Madrid y Barcelona, era posible enviar un mensaje instantáneo entre ambas ciudades. Pero su diferencia horaria bien podía ser de media hora solar. Al enviar mensajes se suele indicar la hora de envío y recepción, como forma de control. Para un operario de telégrafo era necesario, si no imprescindible, no sólo conocer la hora de su ciudad, sino la de los lugares donde se podían recibir o enviar mensajes. De ahí que poco a poco estos relojes plurales empezaran a ser necesarios.

Móstoles, Coslada, Madrid

Uno ve los relojes cosmopolitas y se debe sentir decepcionado al conocer que los primeros relojes simultáneos tenían horarios tremendamente locales. Y lo importante no era la hora, como ahora, sino la aguja del minutero.

Pero claro está que en España estos relojes no tenían cabida. Aquí se guiaría uno por el sistema de tablas escritas en papel. En Móstoles son cinco minutos más que en Madrid y tres menos que en Coslada.

Donde realmente se daban situaciones dramáticas era en lugares cosmopolitas y tecnificados. Ya iba siendo hora de que abandonáramos Móstoles y saltásemos a Nueva York.

Boston, New York, Philadelphia

Hay que imaginar la situación que se podía vivir en una ciudad como Nueva York, cuyas comunicaciones con ciudades bastante alejadas era fundamental. Los trenes viajaban a numerosas ciudades de los alrededores. Los mensajes que llegaban de Europa volaban a puntos a lo largo y ancho del continente.

Pronto se llegó al punto en que resultaba imprescindible conocer con bastante exactitud la hora de las distintas ciudades. Y como esa hora se actualizaba de continuo, dependiendo de un astrónomo local, se debían obtener registros válidos casi diarios. Como esa información era valiosa pronto se empezó a vender por dinero. Y sería Western Union la que sacaría tajada con el negocio, obteniendo el curioso monopolio del tiempo.

Ellos tenían una amplia red de distribución de telegramas y gracias a ella podían enviar mensajes a las ciudades más importantes del país, obteniendo horarios actualizados y vendiendo esta información a quien la necesitara. Obtuvieron un acuerdo con el Ejército, que era quien disponía de los observatorios. Western Union les repartiría las horas locales de forma gratuita, siempre y cuando les dejaran vender esa información a otros. Quien viviera en Chicago podía saber que cuando eran las 12:00 en su ciudad, también eran las 12:19 en Columbus, 12:13 en Atlanta, 11:50 en Saint Louis y las 11:27 en Houston. Con el boom económico de la época esta información podía resultar relevante para muchos negocios.

Donde los horarios resultaban caóticos era en la confluencia de los tiempos de diversas regiones: las estaciones de tren. Sin un tren sale de Boston a las 12:00, otro de Chicago a las 14:00 y otro de Philadelphia a las 13:30, ¿Qué tendrían que hacer los viajeros con sus relojes al llegar a la ciudad de destino?

Cada cual tendría que cambiar la hora, pero al mismo tiempo tener en cuenta que, si el suyo era un tren de tránsito, el horario del nuevo tren estaría basado no en la hora de su ciudad de origen, sino en la nueva. Y para colmo de males, ante la dificultad de los horarios, las compañías de ferrocarril dieron otra vuelta de tuerca. En su afán por coordinar su operativa y rutas, las principales líneas de tren tenían su propia hora.

Un viajero que saliera de Portland, en Maine, y llegara a Buffalo en el estado de Nueva York, podía encontrarse con cuatro diferentes tipos de “hora”: El reloj de la compañía New York Central Railroad marcaría las 12:00 (hora oficial de Nueva York). El de las compañías Lake Shore y Southern Michigan, en la misma habitación, tendría las 11:25 (hora oficial de Columbus), el reloj de la ciudad de Buffalo marcaría las 11:40 y su propio reloj tendría las 12:15 (hora de Portland). En la estación de Pittsburg, en Pennsilvania, había seis estándares horarios diferentes para las salidas y llegadas de los trenes.

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Podéis entender que para un viajero de 1860, falto de costumbre en usar transportes públicos, esta locura de horarios podía resultar misión imposible. Sí, sólo había que restar o sumar unos minutos, pero tenías que hacerlo varias veces al día. Y si tenías que cambiar de tren para llegar a tu destino, las dificultades aumentaban. La tabla de más arriba es una lectura realmente densa, sólo para saber a la hora a la que se llegaría a un lugar.

Sería en estas estaciones de ferrocarril donde nacerían estos relojes tan innecesarios hoy en día. En ellos se mostraban la hora local, la de las principales ciudades de destino y la hora oficial de las compañías que operaban en dicha estación, que en ciudades como Chicago eran hasta doce.

La unificación de horarios

En 1863 Charles F. Dowd sería el primero que propondría el sistema de cuatro zonas horarias unificadas que acabaría imponiéndose en Estados Unidos. Charles F. Dowd no era más que un profesor, pero la idea acabaría llegando a los oídos adecuados, porque tenía mucha lógica económica. Si ahora se entiende que la unificación monetaria de la Unión Europea ha sido un avance, ¿Qué pensar de una unificación temporal? La incertidumbre entre horarios hacía perder muchos minutos de trabajo a muchas personas. Una enorme pérdida de dinero. Y de tiempo.

Para los ciudadanos de a pie sin embargo la idea era un disparate. Una persona no podía entender que fuera necesario que todas la ciudades del Estado tuvieran horarios idénticos. No le encontraban ninguna lógica y el hecho de que a los empresarios sí les resultara conveniente no hacía sino levantar mayores suspicacias.

Sería sin embargo William F. Allen, el presidente de una asociación de managers de líneas de ferrocarril el que pondría el proceso en marcha en 1881. Se tuvieron en cuenta algunas de las ideas de Dowd, pero las divisiones se realizaron atendiendo a la lógica y los intereses de las empresas de ferrocarril.

Fue realmente complicado poner de acuerdo a los presidentes de compañías ferroviarias, que normalmente se odiaban a muerte y hasta se sentían impulsados a agredir físicamente a sus competidores. Pero todos comprendieron la conveniencia de la medida y poco a poco se llegó al consenso de unificar horarios.

En este caso estamos ante una unificación sorprendente, si la comparamos con medidas similares (el cambio de calendario al gregoriano, las modificaciones en el sentido de la circulación (derecha-izquierda)) pues no estuvieron implicados en ningún momento los gobiernos. Fue una acción puramente privada y empresarial llevada de espaldas a lo que hicieran las propias ciudades.

Obviamente las líneas de ferrocarril no podían provocar un cambio en el resto de poblaciones pero sabían y esperaban que con su gesto se motivaría a las ciudades a que les acompañaran. Si algunas de las principales se atrevían a seguir su unificación, podría llegarse a un efecto dominó que lograse algo tan excepcional como que todas las ciudades del país tuvieran los mismos minutos (y todas las próximas entre sí, la misma hora).

Un escollo importante para conseguir este desafío era Western Union que, con su monopolio del tiempo, estaba a punto de perder un negocio muy suculento. Pero en cuanto los magnates de los ferrocarriles se pusieron de acuerdo entre sí, no había poder lo suficientemente fuerte que se les opusiera y Western Union entendió que una retirada a tiempo era la única opción posible. Charles Pugh, vicepresidente de la Pennsylvania Railroad, se encargó personalmente de tranquilizar los ánimos de los directivos de Western Union.

Sin oposición por ninguna parte, los ferrocarriles cruzaban los dedos para que las ciudades se les unieran en el proyecto. Todas tenían un actitud vacilante, pensando en ver qué harían los demás. El colectivo ferroviario convenció por separado a los responsables de las principales ciudades de que firmaran un acuerdo no vinculante, y que ellos se encargarían de dar publicidad al proyecto y explicar en la prensa en qué consistía.

El día de los dos mediodías

Al final el proyecto fue un éxito para muchos inesperado. El día elegido fue el domingo 18 de noviembre de 1883, y sería recordado como “el día de los dos mediodías”. El reloj de Nueva York marcó las doce de la mañana para luego, apenas cuatro minutos después, volver a marcarlo mediante la entonces habitual bajada de carrillón. La gente se agolpaba en las plazas principales con las torres del reloj para presenciar este acontecimiento histórico. El primer día, 70 de las 100 principales ciudades del país adoptaron el nuevo horario, que sería asimilado de forma masiva. Un año después más del 85% de las ciudades de más de 10.000 habitantes se regían bajo el mismo sistema horario, que hoy conocemos.

El miedo de las personas a un cambio tan importante era razonable. Si nos alejamos de Nueva York y nos adentramos hacia el oeste, la diferencia horaria era más significativa. En Chicago los trabajadores tendrían que trabajar nueve minutos más. Cuando se enteraron de la idea, amenazaron con la huelga. Ya en la zona fronteriza entre dos husos horarios, mucha gente no era capaz de comprender que los vecinos del pueblo de al lado pudieran levantarse una hora más tarde para ir a trabajar. Hoy nos parece la cosa más natural del mundo, entonces muchas personas estaban preocupadas y durante semanas vivieron con enorme incertidumbre el cambio.

Lo que ocurriera en Estados Unidos acabó imponiéndose en otros países. Inglaterra tenía un horario unificado hacia 1850, también motivado por la presión ferroviaria, pero de forma dirigida por el gobierno. Pasado algún tiempo se llegaría al sistema actual, en que en todas partes del mundo, salvo contadas excepciones (Venezuela…), los minutos coinciden.

No sé por qué perduró la costumbre de los numerosos relojes. Carece de sentido hoy en día, pues si no estás seguro de la diferencia horaria entre dos países, un reloj no aporta suficiente información. Si te digo que son las cuatro en Tokio no puedes estar seguro de si lo son de la mañana o de la tarde. Y si lo sospechas, no necesitas de un reloj para eso.

Resulta curioso, una ironía del destino, que en las oficinas de envío de dinero, como las de Western Union, sean donde se sigan viendo estos relojes por regiones.

Fuentes: Hace años que conocía parte de esta historia pero he tardado en tener documentación de referencia. Las fuentes principales son:

Made in America, de Bill Bryson (libro). Bryson es uno de los pocos escritores extraordinarios de los que acabaré leyéndolo todo.
Economics of Time Zones (PDF) un interesante y detallado estudio sobre el caso de cambio de hora en Estados Unidos. De él provienen las citas y la inquietante tabla de diferencias de horarios.

Squanto

Si bien la colonización de América del Sur y Central fue casi inmediata tras la llegada de Cristóbal Colón en 1492, la ocupación de los territorios de Norteamérica sería mucho más dificultosa. Estados Unidos no tuvo una colonia británica que perdurara hasta el año 1620, en Plymouth.

Es decir, pasaron 128 años desde que llegaron los españoles hasta que pudieron hacerlo los ingleses. Si ponemos las cifras actuales, imaginad que alguien descubre algo increíble en 1881 y una potencia mundial no es capaz de hacer eso mismo hasta el año 2009.

Lo que es realmente extraordinario de todo este hecho es que, cuando los desorientados ingleses que aspiraban a fijar su residencia en América, caminaban por el desconocido, peligroso y agreste territorio, se encontraron a un indio que sabía hablar inglés. Ese indio se llamaba Samoset.

Pero aún más increíble, si cabe, es que a los dos días ese indio se trajo a otro que habla un inglés muy bueno: Squanto(1580-1622) se llamaba este indio.

Y no solo eso, sino que Squanto sabía hablar algo de español. Estamos ante un caso de descubrimiento inverso a lo bestia.

Mientras los ingleses no encontraban la forma en que podrían colonizar ese territorio, Squanto había tenido una vida realmente azarosa:

1605. George Weymouth, un explorador inglés, visita los territorios actuales de Maine. Decide llevarse a unos cuantos indios como prueba de que realmente había estado en América. Squanto es uno de los elegidos.

1612. En Inglaterra aprende inglés para ser útil como traductor. Es enviado de vuelta al territorio americano, donde tras unos útiles servicios es liberado de nuevo.

1614. Camino hacia el sur, hacia las tierras de su tribu, Squanto es capturado de nuevo, por Thomas Hunt. Ahora es vendido como esclavo en Málaga (!) por 20 libras.

1616. Unos monjes franciscanos se quedan con este indio (y algunos otros que vendían junto a él). Al final Squanto consigue convencerlos de que lo liberen. Y en un viaje que no podría ser menos que extraño, consigue llegar de nuevo a Londres.

1618. Squanto hace un viaje a Terranova y vuelve de nuevo a Inglaterra.

1619. Por fin vuelve a América para quedarse. Se encuentra con que su tribu ha sido arrasada por la viruela. Sin donde ir, se une a otra tribu.

Así, cuando los temerosos peregrinos que llegaron a Plymouth en 1621 se encontraron con Squanto, tenía un conocimiento de Inglaterra mucho mayor que la mayoría de ellos y por supuesto había visto más mundo del que ellos jamás conocerían. Gracias a Squanto, la vida de los colonos sería más fácil y conseguirían ser la avanzadilla a la invasión europea que pronto sobrevendría.

How to

Uno de los How to (Cómo hacer) más extraños que hayas visto en tu vida, pero que en su momento (1939) tuvo considerable interés público: Cómo ponerse una máscara anti-gas cuando tienes barba.

[…]Cuatro rulos, que pueden comprarse comprarse en cualquier tienda. Se enrolla la barba en ellos y se colocan debajo de la mandíbula. Entonces la máscara anti-gas se coloca con normalidad, cubriendo también la barba y queda herméticamente cerrada. Este descubrimiento ha sido la forma de mantener la magnífica barba de mi esposo, y os lo envío en la esperanza de que pueda salvar la de otros.

PEGGY POLLARD.

La Legión Checa

La I Guerra Mundial enfrentó entre sí a todas las potencias económicas de Europa. Del lado de los vencedores estarían principalmente Francia, Inglaterra, Rusia e Italia. Del lado de los vencidos, Alemania, el Imperio Austrohúngaro y Turquía.

Desde luego que hubo muchos otros países combatientes, de dentro y fuera de Europa. Casi al final de la guerra llegarían los Estados Unidos y desequilibrarían por completo la contienda.

Al ser una guerra por equipos la relación entre los miembros de un mismo bando resultó casi tan importante como las capacidades de cada uno de los combatientes. En realidad las alianzas previas al enfrentamiento armado eran relativamente débiles. Austria-Hungría amenazó a Serbia y Rusia amenazó con defenderla. Entonces Alemania amenazó a Rusia. Y como aliado suyo, Francia amenazó a Alemania. Alemania amenazó con invadir Bélgica y entonces Inglaterra amenazó con impedirlo. Luego Turquía se sintió amenazada por todo lo que ocurría en sus fronteras.

De todos los combatientes, el más temible, de largo, era Alemania. Era la mayor potencia militar del mundo, y si no venció, fue porque no daba abasto ante tantos enemigos y apenas si podía confiar en la ayuda de sus aliados. El iniciador de todos los conflictos, el Imperio Austrohúngaro, demostró tener uno de los ejércitos más ficticios de la historia.

Sobre el papel el ejército Austrohúngaro era muy poderoso. Era el país más grande de Europa, un poco más que la actual Francia. Situado en el centro neurálgico de Europa. Comprendía gran parte del territorio de las actuales Austria, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia y partes del que ahora poseen Italia, Rusia, Rumanía, Polonia y Ucrania.

El problema del Imperio Austrohúngaro era su extraña organización política. Era una doble monarquía: un rey que gobernaba en dos países diferentes, formando una unión artificial en la que lo único que tenían en común era el máximo dirigente. Por lo demás, Austria era un país y Hungría otro. Además, estaba el problema de las numerosas etnias dentro de su territorio. Aquello era un hervidero de naciones que no se acababan de sentir cómodas en el conjunto del país. Intenta imaginar un país que tenga tanto italianos como rusos, polacos y serbios.

Al iniciarse el conflicto bélico, el Imperio se encontró con numerosos problemas. Las unidades, agrupadas por soldados de orígenes similares, resultaban difíciles de dirigir. Los mandos militares solían ser todos austriacos o húngaros. Pero a veces se encontraban con una división entera de soldados checos o italianos que sólo hablaban su propio idioma.

Luego estaba el problema de las fronteras. el Imperio Austrohúngaro tenía un frente con Italia y otro con Rusia. Pero, claro está, también tenía en sus filas ciudadanos que vivían en regiones italianas y rusas, que hablaban esos idiomas y se sentían más identificados con sus enemigos que con un Imperio del que nada bueno habían recibido.

Es por eso que la organización, complicada de por sí, tenía que contar con factores como el barajar sus soldados, para evitar que los miembros de una región lucharan contra enemigos de la misma, para que no tuvieran un conflicto de intereses.

Conforme avanzaba el conflicto, uno de los puntos que fueron quedando más claros para los mandos militares era que los soldados checos no eran para nada fiables.

Hay que indicar que en casi todas las historias se habla de “los checos” cuando en realidad se está pensando en los checos y eslovacos juntos. Que es como mezclar el agua y el aceite, pues nunca se llevaron bien entre sí. El caso es que esta narración no es una excepción. Si mencionaré a los checos, lo correcto sería decir “los checos y eslovacos”, y es que decir checoslovacos es, en mi opinión, ridículo. Es como decir “hispanofranceses”. Cierto es que durante algunos periodos de la historia vivieron como un mismo país. Pero siempre estuvieron muy divididos, aunque sólo fuera por el idioma.

Los soldados checos eran muy malos combatiendo. Por un lado por los problemas del idioma, y por otro porque no se comprometían con el conflicto. La mayoría estaban ahí por fuerza: en caso de guerra el ejército recurre a los jóvenes nacidos en determinada fecha, quieran estos o no. Y así llegaban los soldados checos, a defender un país que nunca les gustó. Y claro está, lo hacían muy mal.

Uno de los hechos más comunes era el de las rendiciones masivas. Los rusos luchaban contra Austria-Hungría. La cosa se ponía un poco fea en un ala del Imperio. Y en lugar de seguir combatiendo, las divisiones checas entregaban las armas sin rechistar. Este hecho se ha llegado, con el paso del tiempo, a defender como un acto de heroicidad, de soldados que no estaban dispuestos a matar por unas ideas y un ejército en la que no creían. La realidad seguro que exige incluir una buena dosis de cobardía. Esos soldados no sabían lo que les esperaba una vez el ejército ruso los detuviera. Bien podría ser peor que la misma muerte. En muchos casos, el destino de los prisioneros no era otro que la gran cárcel rusa: Siberia.

Como antes indiqué, gran parte de la historia de la Primera Guerra Mundial la dictaron las relaciones entre los propios aliados. Uno de los primeros acuerdos que se firmaron en la guerra fue el Acuerdo de París, firmado el 4 de septiembre de 1914. Según dicho acuerdo, ninguno de los miembros de la alianza Francia-Inglaterra-Rusia firmaría un tratado de paz por separado contra las potencias centrales.

Este acuerdo era muy importante para el desenlace del conflicto, puesto que Alemania podía presionar a sus rivales, uno por uno, para ir aclarando los conflictos bélicos por separado. De esa forma sus opciones de victoria eran mucho mayores. Pero si los aliados decidían luchar coordinadamente y hasta el final, los alemanes nunca podrían parar de luchar. Tendrían que vencerles en todos los frentes para poder terminar la guerra.

Claro está, estos acuerdos tienen mucho de declaración de intenciones. Pero eso no significa que vayan a misa. De hecho, los alemanes entendieron la situación desde el principio y trataron de vencer a Rusia, por ser el más asequible de los grandes rivales (países menores como Serbia o Rumanía habían sido vencidos en un abrir y cerrar de ojos).

El combate contra Rusia fue complicado. De un lado porque los rusos tenían un ejército gigantesco en lo que a tropas se refiere. Podían perder un millón de soldados y poco tiempo después reemplazarlo por otro. Su territorio era muy extenso y se podían abrir frentes en una enorme extensión de terreno. Para Alemania un gran problema era la poca fiabilidad del ejército austrohúngaro. Los alemanes eran pura tecnología y organización y sabían vencer batallas por todo lo alto. Sus aliados parecían unos aficionados y siempre tenían problemas, a veces perdían de forma estrepitosa y siempre necesitaban de la ayuda alemana para volver a dejar las cosas en su sitio.

Con el paso de los años, la situación contra Rusia se fue dominando. Alemania los fue expulsando más y más y si no se lanzó a conquistar toda Rusia fue porque no le interesaba. Rusia era un rival menor, contra el que habría que firmar una paz lo antes posible. Una paz en condiciones muy favorables a Alemania, obviamente, pero al fin y al cabo era importante asegurar uno de los frentes. Olvidarse de un rival para siempre. Por eso, el sistema de ataque de Alemania en el este era el de apretar pero no ahogar. Y funcionó.

En febrero de 1917, en gran parte a causa de las enormes privaciones que estaba sufriendo la población debidas de la guerra, se produjo una revolución en Rusia. Se depuso al gobierno del Zar y con él, se sumió el país en una enorme desorganización y caos. Con tantos problemas internos, los rusos no estaban en condiciones de luchar. De hecho ni siquiera estaban seguros de si debían hacerlo.

Gradualmente la situación fue volviéndose más y más confusa. Diferentes grupos políticos luchaban por hacerse con el poder en el país. La guerra era una distracción demasiado importante. En todo ese tiempo, Alemania presionaba para terminar la guerra, no quiso aprovecharse para arrasar con un país dividido. Tampoco hubiera resultado sencillo, la verdad.

El caso es que los rusos seguían divididos en su idea de continuar o no la guerra. Y a cada día que pasaba, la situación era peor para ellos. Los alemanes les ofrecieron un acuerdo de paz en que los rusos perdían hasta la camisa. Estos se negaron y ante la incapacidad de luchar, decidieron dar una respuesta evasiva: nosotros dejamos de luchar, vosotros haced lo que queráis. Y entonces Alemania, que quería dejar este frente terminado, hizo lo que mejor sabía hacer: seguir conquistando territorio. Los rusos al final acordaron una paz, con el Tratado de Brest-Litovsk en que perdían la camisa y el pantalón: perdieron todas las repúblicas bálticas, su parte de Polonia, Bielorrusia y otros muchos territorios.

Además, los alemanes empezaron a hacerse buenos amigos de las nuevas repúblicas fronterizas: hasta los confines de Georgia empezaron a sentirse las influencias alemanas.

¿Qué había sido mientras tanto de los soldados checos prisioneros en Rusia? Pues una gran parte de ellos se había quedado cerca del frente de combate, en Ucrania. Pronto los rusos se dieron cuenta de que los checos estaban más de su parte que de la de los enemigos. Junto con los prisioneros se encontraron con grandes cantidades de desertores. Los rusos no eran muy amigos de la idea de incluir a estos soldados entre sus unidades, pero tras la caída del Zar, empezaron a ver la idea con mejores ojos. Crearon una legión de soldados checos, a la que armaron y prepararon para el combate contra Alemania y Austria-Hungría. Se encontraron con unos 40.000 checos dispuestos a combatir.

Pero nunca llegaron a luchar contra sus anteriores compañeros. Los problemas de organización en Rusia eran tan grandes, que al final apenas si eran capaces de oponer resistencia, menos aún ser capaces de planificar algo nuevo. Lo que sí que acordaron con Francia fue la entrega de estos soldados, que podían resultar muy útiles en el frente francés. 40.000 soldados extranjeros motivados valen mucho más que 400.000 soldados nacionales incluidos en el ejército a la fuerza.

Y ahora comienza a complicarse la historia. ¿Cómo pueden llevarse 40.000 personas de Ucrania a Francia en medio de una guerra mundial? El camino más corto habría de ser atravesando Hungría o Alemania y esto desde luego no era una opción viable. El camino más corto que no incluía territorio enemigo era un rodeo considerable: había que ir hasta Finlandia.

Los rusos acordaron entonces ayudar a los aliados en el transporte de esta delegación. Pero la realidad es que la situación era un caos absoluto y en tiempo de guerra de lo que menos se podía disponer era de trenes. Los trenes eran el mayor aliado para el transporte de comida, armas y aprovisionamiento de todo tipo y estaban dedicados a tiempo completo a cuestiones militares. Era bastante complicado permitir que un tren fuese empleado para labores que no resultaran estrictamente militares.

Así que con grandes problemas y poca ayuda por parte de los rusos, los checos se prepararon para su viaje hacia el norte, coordinados por telégrafo con la resistencia checa asentada en Francia. El objetivo sería la ciudad de Arkángel, desde la que tomar un barco que les llevara a territorio civilizado.

Pero el bando aliado no se atrevía a llevar a un barco (y en este caso serían necesarios varios) tan lejos. Esos mares eran muy peligrosos, a merced de los submarinos alemanes. La idea pronto tuvo que ser desechada. Eran útiles pero no eran tan importantes como para arriesgar una misión de rescate. Esa vía quedó cerrada y finalmente, por cuestiones puramente geométricas, hubo que recurrir al único camino posible: atravesar todo Rusia y acabar en los confines de Siberia.

Pero como he indicado anteriormente, Siberia era la gran prisión rusa. Y junto con la entrega de grandes territorios a los alemanes, los rusos se comprometieron a devolver a sus prisioneros de guerra. Estos se contaban por cientos de miles y suponían un importante problema logístico.

Los checos pronto se encontraron tirados en medio de Rusia, a miles de kilómetros de su país, sin ayuda de ningún tipo por parte de los rusos. Antes bien, empezaban a estar molestos por tener una pequeña armada extranjera viajando por todo su territorio. Pronto se llegaría al punto de no retorno. Los checos llegaron hasta Chelyabinsk, una población tan alejada de su territorio, que basta con saber que está a 1.500 kilómetros al este de Moscú.

En Chelyabinsk se armó un conflicto entre los checos y el ejército ruso bolchevique. La conclusión de este fue bastante extraña: los checos se hicieron con el control de la ciudad. Y en menos de un mes se adueñaron de toda la línea férrea del tren transiberiano.

Incluso se hicieron con el gobierno de la ciudad de Samara. Si Rusia era un descontrol administrativo, el peregrinaje de los checos lo había convertido en un circo. La principal artería de comunicación entre el este y el oeste del país, había quedado en manos de estos.

Cuando esto llegó a oídos de los europeos, al margen de la consiguiente sorpresa, empezaron a acogerlo con gran interés. Rusia había abandonado a los aliados y había pactado con Alemania una deshonrosa paz. A nadie le gustaba el gobierno que se estaba formando en Rusia. La presencia checa era una buena noticia. Se podría iniciar un nuevo frente en el este de Alemania, aprovechando esta avanzadilla. Incluso se podría luchar contra Rusia y tratar de restablecer un gobierno que los europeos consideraran adecuado.

Los checos exiliados en países aliados trataban de presionar de la mejor manera que podían para que, en caso de derrota austrohúngara, se pudiera independizar su país de Austria. Pero no dejaban de ser un cero a la izquierda en lo que a su aportación a la victoria se refiere. Sin embargo, la noticia de que un contingente checo estaba haciendo estragos en Rusia daba un vuelco muy positivo a sus expectativas. Por primera vez estaban realmente aportando algo y muy significativo.

Pero los checos lo estaban pasando realmente mal. Luchaban en un país gigantesco, totalmente desconocido, con un clima atroz. Y para colmo de males, estalló una guerra civil en Rusia, quedando atrapados en medio. Se pusieron del lado de los defensores del zar (los que acabarían perdiendo la guerra civil). Los checos defendían muy bien sus posiciones, y a pesar de ser desertores y soldados de fácil rendición, siempre mantuvieron la línea férrea bajo su control.

La Legión Checa se había ido fortaleciendo, obteniendo soldados a lo largo y ancho de todo Rusia. Al controlar el tráfico de prisioneros desde Siberia, pudieron reagrupar sus propias tropas y dificultar la vuelta de prisioneros alemanes y austrohúngaros a sus países (no volverían sino para continuar luchando). La Legión llegó a contar con unos 100.000 soldados y estuvo al mando en una línea de más de 4.000 kilómetros durante más de un año, desde la primavera de 1918 hasta abril de 1919.

Aunque los aliados pretendían aprovechar la presencia checa para abrir un nuevo frente, se encontraban con considerables problemas logísticos. Para ellos era complicado y costoso llevar un destacamento militar hasta Siberia, sabiendo que tendría que volver a cruzar todo el territorio ruso. La idea era buena, pero impracticable. Los checos se encontraron totalmente abandonados a su suerte.

Y mientras sus infortunios parecían no tener fin, se llegó al final de la Primera Guerra Mundial. Se firmaron los acuerdos de paz y nació un nuevo país: Checoslovaquia. En gran parte, por no decir principalmente, gracias a la aportación de la Legión Checa en Siberia, que dio alas a un país inexistente. Los rusos terminaron su guerra civil con la victoria bolchevique. Y mientras tanto, los checos seguían en Siberia.

Y si no habíamos tenido suficientes sobresaltos, los checos se encontraron combatiendo por un tren cargado con ocho vagones llenos de oro, de la reserva de Kazakstán, que en plena guerra civil había acabado en el ferrocarril transiberiano. Como no podía ser de otra forma, los checos se acabaron quedando con todo ese oro.

Así, en abril de 1919, se llegaría a un acuerdo bien extraño. Los checos devolverían el oro a los rusos si estos les dejaban marchar tranquilamente. Y es que estaban en la típica situación en que podían ir zarpando lentamente en barcos, pero los últimos que se quedaran corrían el riesgo de ser masacrados por los rusos. Además de que en alta mar, estaban a expensas de que nadie quisiera atacarles.

Con ese oro compraron barcos y pactaron con el gobierno bolchevique su tranquila vuelta a Europa. Cuando los checos llegaron, su país ya estaba funcionando desde hacía muchos meses y la guerra empezaba a caer en el olvido.

Un leyenda, no exenta de motivos para ser cierta, argumenta que los checos no devolvieron todo el oro que capturaron. La historia cuenta que se quedaron con uno de los vagones para formar el que luego sería el Banco de la Legión Checa (Legiobanka). Aunque según el acuerdo firmado con el gobierno ruso, se devolvió todo el oro, y los rusos nunca levantaron ninguna protesta de que faltase oro, lo cierto es que los checos no volvieron con las manos vacías. La presencia de sospechoso dinero negro la prueba el que más de 50.000 soldados checos fueran capaces de ahorrar todo su salario durante más de dos años, e incluso aportaran algo de dinero a sus saneadas cuentas bancarias.

Creo que, sin lugar a dudas, la historia de la Legión Checa es la historia más extraña de toda la Primera Guerra Mundial.

Fuentes:
Para ver fotografías de tan extraño ejército, en sus trenes y protegidos del frío siberiano, nada como esta fuente.
En esta página narran la historia de los checos desde el punto de vista filatélico. Pasaron tanto tiempo en Rusia que incluso les dio tiempo de emitir un sello propio, que es una de estas joyas de coleccionista: un sello checo emitido en Rusia. También dan una visión general muy buena de su evolución por territorio enemigo.
La Wikipedia es la que nos informa sobre el trasiego de oro y el extraño banco Legiobanka.