El mitin

Todo el mundo ha visto cientos de mítines por televisión. Por las imágenes siempre se percibe un ambiente ficticio: jóvenes y milfs que aparecen detrás del candidato para dar una aire de prosperidad y triunfo. Euforia y aplausos ante cualquier frase, por predecible que sea. Banderitas y un público inquietantemente uniforme.

Así, por las pasadas elecciones, decidí que asistiría a algún mitin. Mi preferencia natural era el Partido Popular. Siempre me parecieron sus campañas políticas las más impostadas, con un aire de figurantes entre las personas que asisten de público. Izquierda Unida era el partido que menos interesante me resultaba, no tanto por afinidad política, sino porque siempre ha sido un partido pobre, que no llena estadios, con gente muy heterogénea. Me interesaba vivir la experiencia, y en este caso el Partido Popular era garantía de carnaza de primera calidad.

Mi primera sorpresa fue ver la inexistente publicidad que existe de los actos. No hay apenas carteles anunciando que el Presidente del Gobierno o alguno de los candidatos van a ir a tu ciudad. Y sin embargo, luego los ves en las noticias, en Prime Time. Tras haber decidido que iría a algún mitin, el que fuera, pude ver cómo se desvanecían mis opciones con el Partido Socialista o el Partido Popular simplemente porque no lo anunciaron en ninguna parte.

Tuve suerte de oír un anuncio en la radio – ¿Quién oye la radio si no está conduciendo? – mencionando que ese mismo día Ciudadanos daría un mitin en mi ciudad. Me cuadraba con el horario de trabajo así que me apunté a dicho plan sin darle muchas vueltas. Era el partido al que pensaba votar, lo cual en cierto modo justificaba la asistencia.

El mitin se celebraría en el Salón de Actos del Palacio de Congresos. Una sala enorme. Mi primera impresión era que no llenarían. Aún así, llegué 15 minutos antes del comienzo. Para mi sorpresa había una larga fila de personas esperando.

Las personas que tenía tanto delante como detrás venían en grupos relativamente numerosos. Por lo que hablaban los de delante, supe que eran miembros del partido, de la delegación de algún pueblo. Pronto me daría cuenta de que la inmensa mayoría de los asistentes al evento eran políticos de segunda o tercera fila. Se rumoreaba que en el mitin que se había celebrado el mismo día, en otra ciudad, no se había llegado ni a media entrada. La gente se movilizaba para evitar que el líder se sintiera casi solo en la provincia.

Cuando entraba en el Salón de Actos pude ver que se iba a llenar con total seguridad. Los asientos de las primeras filas, los que salen en las fotos, estaban todos reservados, con papeles pegados al respaldo de las sillas. Según había oído en la espera, se trataba de los gerifaltes de la política provincial. Luego la gente se sentaba tan cerca como podía. Al haber muchos grupos enormes, veías filas enteras reservadas. Tuve relativa suerte de encontrar un asiento por el centro, algo detrás de la fila que ocupaba la prensa. En apenas diez minutos la sala se llenó y hubo gente que tuvo que quedarse fuera.

El público me dio la impresión de ser de mi misma clase social. El vagón de cola de la clase alta, que se cree clase media porque es muy mala en matemáticas. Pocos Iphones y muchos Samsung. Pero nada de tatuajes, chanclas, gente comiendo pipas, gritones, vestidos con chándal o repartidoras de romero. Estudiantes universitarios, gente con trabajos no manuales, de todas las edades pero más bien treintañeros. No muy bien vestidos, pero no descuidados. Una audiencia que me hacía pasar desapercibido.

Luego comenzó el mitin en sí mismo. Empezaban hablando los políticos locales, los que se presentaban a las elecciones. Luego el cabeza de lista regional, para terminar con el famoso candidato nacional.

La parte en que hablan los locales no sale nunca en los telediarios y es, quizás, la más interesante. Se trata de gente a la que el evento le viene grande. El único acto al que tendrán que asistir, mientras que el líder nacional puede repetir el discurso, que se sabe de memoria, en cada provincia. En este caso la candidata estaba muy nerviosa y tenía poca capacidad oratoria. Hablaba de sus propuestas para mejorar la ciudad, pero a grandes rasgos y sin apenas entrar en datos sólidos. La anécdota y el chascarrillo por delante de la propuesta concreta.

Esperaba una puesta en escena convincente, que rematara las dudas de los asistentes. Pero estaba equivocado. A un mitin solo va la gente que está absolutamente convencida. El 100% de la gente que asistía al mitin acabaría votando al partido, aunque se prometieran barbaridades. En realidad el mitin se convertía en una especie de complejo meta ejercicio de propaganda política: no se hablaba apenas de programa, de propuestas. No es algo para convencer, sino para obtener un buen resumen en televisión. Proyectando al mismo tiempo la imagen de éxito y verosimilitud propia del que habla y es aclamado y recibe fervorosos aplausos.

La euforia del público me resultaba incomodísima. Emocionarse con un equipo de fútbol o con un personaje famoso es algo que, hasta cierto punto, se entiende. Por muy irracional que sea la pasión por un cantante famoso, por un deportista, es alguien a quien se admira. Pero un político, por muy bueno que sea, jamás se merece eso. Se trata de una persona experta en lenguaje tendencioso, dobles sentidos premeditados, respuestas evasivas. Propuestas que ni por un momento piensa cumplir. Todos hemos sentido decepción por los políticos una y otra vez. Incluso aunque sea el partido al que pensaba votar, jamás aplaudiría a su candidato.

Con el trascurso del mitin, mi desapasionamiento comenzaba a resultar llamativo. La única persona en la sala que no aplaudía nunca, que no se levantaba como un hooligan político. La progresión en el discurso político, creando tensión hasta que por fin aparecía el gran líder, sirvió para despertar un estado de pseudo euforia entre la audiencia, una vez este pisó el escenario. Era una pasión imposible de creer, aunque temporalmente real, de gente que aplaudía mucho pero que, al terminar el mitin, se marchaba a casa con pulsaciones en números negativos.

Al final del acto todo fueron aplausos, ovaciones y buen rollismo. La gente se mataba por el selfie junto al candidato. Salí como pude, contento por la experiencia, tan interesante como innecesaria. Supongo que si hubiera sido el Partido Popular, habría sido una experiencia mítica. Pero creo que mi carrera política termina aquí.

Historia de una reforma

Como contaba en una anterior historia, me compré un piso para hacerle una reforma integral.

Mientras esperaba a que se acabara de formalizar la compra, empecé a informarme por internet de todo lo relacionado con las reformas. Que es como informarse de la vida en la cárcel a través de las series de HBO. Cuanto más miraba, más cuenta me daba de que apenas si existía información de primera mano fiable.

De un lado están las reformas de revista: gente con mucho dinero que se compra un local antiguo y se gasta una cantidad obscena en reformarlo hasta dejarlo como un pequeño palacio. Y por otro se encuentra uno con cientos de tutoriales y vídeos para hacer arreglos de medio pelo en tu casa. Pero era poco lo que podía leer a medio camino, sobre reformas reales de personas con economía limitada.

Nunca he sido mañoso y no quería empezar a erradicarlo en una casa en que estaba todo por hacer. Necesitaba contratar a una empresa que me lo hiciera bueno, bonito y barato. En una conversación con amigos uno me dejó caer aquel clásico ‘yo conozco a uno que conoce a uno que se dedica a eso’. Cuánta historia de terror que empieza así. Pero al no tener muchas referencias en Internet, decidí hacerle caso, también por aquello de que si luego la cosa salía mal, y ni siquiera hubiera contactado con esa persona, tendría que oír muchos ‘tenías que haber hablado con mi amigo’.

Así que pasado un tiempo, cuando se formalizó la compra, hice la fatídica llamada al amigo de mi amigo. Fue una larga conversación y más o menos me estuvo orientando sobre qué tendría que hacer. Quedamos para ver el piso juntos.

Una vez allí estuvimos considerando las opciones posibles. Qué paredes se podían tirar y cuáles levantar. Posibles problemas y soluciones. Me llamó la atención que, una vez metidos en gastos, tirar paredes era una de las cosas menos caras de hacer. Alejado de las reformas de ciencia ficción – donde la gente instala la cocina donde estaba el salón, el salón donde estaba el baño, el baño donde el dormitorio, el dormitorio donde la terraza – los cambios eran mínimos, condicionados a la situación inicial, pero orientados a tener algo razonable.

Una idea que me dio este chico y que resultó muy buena fue la de crear un proyecto de obra. Un neófito como yo hubiera contactado con distintas empresas de construcción y habría contado ‘aquí quiero echar abajo este tabique y levantarlo más allá’, cerrar la ventana y poner vidrios dobles. En su lugar él me preparó un proyecto profesional en que se detallaba que, por ejemplo, había que realizar una demolición de tabique L.H.D con medios manuales, sobre una superficie de 2,60 metros cuadrados. En lugar de palabrería sujeta a interpretación, chanchullos y estafas posteriores, se especificaba cada tarea con el nombre que los constructores entienden y con medidas concretas no sujetas a engaño posterior.

Lo que en principio podía haberse expresado como una reforma que era unir la cocina con el lavadero, mover un tabique, ampliar el baño si es posible y cambiar puertas y ventanas, se convirtió en un proyecto realizado con Presto – el software más o menos estándar, con mediciones concretas y descripciones al detalle.

Supongo que sólo con eso me ahorré un millón de quebraderos de cabeza posteriores. Y le estaré eternamente agradecido a este amigo de mi amigo. La siguiente fase no era menos compleja: había que encontrar a un constructor que quisiera hacer el proyecto a un precio razonable. Este amigo me hizo una estimación de lo que costaría aquello. Que era un 20% más de lo que me había imaginado al comprar el piso. Tras unos recortes un tanto chuscos, llegamos a la idea de lo que sería la construcción.

En la descripción inicial se habían marcado directrices muy básicas: los sanitarios más básicos y estándares posibles. Enchufes, tomas de luz e interruptores contados. Faltaban cosas que se añadirían al presupuesto posterior, como la mampara de la ducha. En los azulejos se había asignado un presupuesto muy justo que luego seguramente habría que extender. Lo bueno es que todas las compañías tendrían que ajustarse a lo expuesto en el proyecto. Porque el siguiente paso era mostrar el proyecto a varios constructores y que ofrecieran presupuestos.

Así, considero que el paso de conseguir un proyecto fue uno de los grandes aciertos de la reforma. Para mi fue gratis pero creo que es un gasto inicial que permite ahorrar mucho dinero posteriormente.

A la hora de elegir constructores, traté de buscar por mi cuenta, mientras ese amigo buscaba los que él conocía. Siempre he sido un fanático de las opiniones de internet, a las que valoro más que los siempre limitados consejos de amigos. A pesar de la ayuda prestaba, no estaba exento de suspicacias a la hora de asignar el trabajo a alguien del que sólo tendría una referencia positiva. Así, se establecieron dos vías: mis investigaciones por Internet de un lado, que llevaron a una empresa como firme favorita, y del otro las sugerencias de mi amigo, que quedarían reducidas a un constructor del que tenía muy buenas experiencias.

En la mitad del camino quedó mucha gente que fue en parte usada como herramienta de presión para obtener un razonable precio orientativo con el que negociar con las empresas más fiables. Las malas empresas abundan. En un mundo de clientes cicateros, se lucha a brazo partido por colar un gol al otro. Si instalar un lavabo tiene un precio de venta de 75 euros, está el cliente rácano que insiste en que a él le cobren nada más que 70. Y el constructor trapero que dice que sí, que él lo hace por 70, pero que luego, una vez iniciada la obra, indica que ha habido un imprevisto al picar en la pared y hay que usar más cemento de lo que se pensaba inicialmente. Y acaba consiguiendo instalarlo por 80 euros. Esta guerra sin cuartel tiene también sus terroristas, constructores que una vez consiguen el proyecto se aprovechan de la situación para hacer lo que les da la gana y cobrar del mismo modo, aprovechando la situación de casi indefensión del cliente. Si el constructor te dice que hay que cambiar las tuberías, porque las antiguas están inservibles, tienes la opción de buscar una segunda opinión – de nuevo en alguien que no conoces. Pero cuando tienes que cuestionar decenas de decisiones cada día, llega un momento en que no queda otra que confiar en los obreros y las subidas de precio que quieran.

Como decía, al final se llegó a dos empresas que se acercaron al piso para dar una estimación de primera mano. La primera era el Apple de las reformas: una página web exquisita, actualizaciones reales e interesantes en redes sociales, fotos de proyectos, consejos. Valoraciones altísimas en las páginas de reformas: clientes contentos por todas partes. La típica empresa que tiene una imagen tan buena que acaba pareciendo que se irá de presupuesto. La segunda era una empresa chusca de toda la vida con un constructor educado pero parco en palabras.

En la visita de la primera empresa vinieron el dueño de la empresa y la secretaria/oficinista – que haya una chica guapa de por medio nunca perjudicará mi decisión de compra. Tenían un Ipad donde podían verse fotos de otros proyectos. Según nos movíamos por las habitaciones iban resaltando posibles ideas y explicaban lo que se podría hacer para solucionar las dificultades técnicas, a la vez que sugiriendo aspectos estéticos que no se habían mencionado inicialmente. Fue una visita que dejó una impresión a la altura de lo que había visto por internet.

La otra visita fue más hermética, el constructor apenas realizó algunas puntualizaciones. Le pregunté por su forma de trabajar. Usé de referencia la entrevista anterior en que la otra empresa había explicado mucho sobre su metodología. Hubo una pregunta que resultaría decisiva. La empresa de internet me había comentado que ellos jamás comenzaban a trabajar antes de las 09:00, para no molestar demasiado con los ruidos, especulando con el horario de entrada en colegios. Me comentaron que en una ocasión tuvieron que hacer una reforma junto al piso de un estudiante de música y llegaron un acuerdo para no hacer las tareas más ruidosas en el horario en que él se ponía a tocar. Al preguntar al otro, me dijo que él estaba allí a las 08:00 y que se ponía a trabajar sin preocuparse de nada más.

Por cuestión de precio, se llegó a un casi empate. La empresa pija costaba apenas 500 euros más que la otra, una cantidad insignificante comparada con el coste de la obra. Había mucho que poner en la balanza: el constructor tradicional venía refrendado de primera mano por mi amigo, diciendo que era alguien muy profesional y honrado. La otra empresa, por todo internet y una impresión personal estupenda. Preguntando a unos y otros, cada uno te sugería algo distinto. Me pasé un fin de semana entero tratando de decidir que hacer.

El lunes por la mañana tome el teléfono. Con gran dolor de mi corazón, acabé llamando a la empresa del Ipad, de la chica guapa y las referencias por internet, para decirles que lo haría con la otra empresa.

Estaba tan indeciso que podía decirse que ambas opciones me parecían buenas. El criterio que usé para decidir fue descartar a la empresa que parecía que lo haría todo más fácil. La segunda llamada fue para decirles que quería trabajar con ellos. La tercera llamada, de la empresa bien valorada contra ofertando el hacerlo todo por 1.000 euros menos del precio inicial. Está bien usar otras empresas para negociar antes de elegir. Pero aunque iré directo al infierno, me gusta pensar que tengo palabra y me quedé con la decisión inicial.

Si bien la primera empresa podía parecer el Steve Jobs de la reformas, con una presentación irresistible de un gran producto – no dudo que es una empresa más que recomendable – el otro constructor, una vez consiguió el trabajo, empezó a mostrar más de su personalidad, revelándose como el Wozniak o el Fischer de la albañilería. La otra empresa gestionaba muy bien los proyectos, la que elegí tenía a una especie de genio que todo lo tenía dentro de su cabeza. Y esto, lejos de lo que pudiera parecer, era algo excelente. El constructor se dedicó a todas las obras iniciales (básicamente tirar abajo todo lo que sobraba y empezar a levantar lo nuevo). A mi me preocupaba que al principio se avanzaba muy lentamente, pero luego vería que en realidad se estaba abonando el terreno para un desarrollo directo.

El constructor sugirió muchos cambios a la propuesta inicial, pero casi todos eran irrechazables, razonables y no especialmente caros. Su obsesión por marcar líneas más rectas – el piso estaba lleno de repugnantes líneas oblicuas y paredes redondeadas – sería un éxito estético posterior. En muchos casos renunciando a centímetros cuadrados pero en pos de una definición más razonable. Fue en sus propuestas en lo que más notaba que no estaba tratando de engañarme, pues eran casi siempre ideas muy racionalizadoras.

Acostumbrado a vivir de alquiler, donde no puedes ni elegir los agujeros que haces en la pared, el hecho de tener que definir una casa completa, partiendo de la forma de las habitaciones, tenía un punto irresistible pero al mismo tiempo desasosegante. Cada día había que decidir en minutos un par de puntos importantes de la construcción. ¿Modelo de lavabo? ¿Posición de enchufes en la cocina? ¿Color de azulejos del suelo? ¿El rodapié normal o doble grueso? ¿Color de la pared de esta habitación? ¿Dónde quieres la rejilla del extractor de humos? El miedo a que el constructor fuera un autista que apenas comunicara se desvaneció al poco tiempo, con continuas consultas sobre todo tipo de decisiones, a veces demasiado triviales pero que evitaban hacer algo sin consultar.

Desde luego la reforma fue angustiosa: retrasos, problemas con los vecinos, subidas de presupuesto que dejaron mi cuenta al límite, visitas para ver que en ese día nada había cambiado. Pero en general todo dentro de lo tolerable. Uno de los puntos que marcaría la reforma sería la esquina de la cocina donde iba la lavadora. Durante semanas, siempre que iba allí, me encontraba al constructor trabajando en ese espacio. Siempre me explicaba algo distinto: el pilar estaba torcido, pero había conseguido alinearlo un poco, incluso picando parte del hormigón. El techo estaba a dos niveles pero lo había logrado casi nivelar. El escalón del suelo había conseguido quedar invisible. No podía entender cómo podía dedicar tanto tiempo a tan pequeños detalles. Me explicaría que si se retrasaba con los plazos era porque le gustaba dejar las cosas bien hechas, aún a riesgo de recortar su margen de beneficios.

Según me decía, faltaban apenas dos semanas pero yo lo veía todo por hacer. El constructor tenía ese aire victorioso tras completar un proyecto pero no había ni cocina, ni puertas, ni ventanas, ni suelo y el cuarto de baño estaba totalmente vacío. La base, que era dejar bien trabajadas las superficies, era lo importante. El mismo día que entregaban el piso pude ver cómo se hacía todo lo que parecía mucho trabajo en apenas unas horas. Mientras bregaba con la instalación de Internet de Jazztel, había dos pintores pintando el salón, un tipo cortando los marcos de las puertas y otro colocando la tarima como si no hubiera mañana. El constructor terminaba de instalar el lavabo mientras en un visto y no visto, se colocaban los cristales de todas las ventanas. Parecía como en un programa de esos de reforma sorpresa pero en plan real: lo que horas antes era un piso a medio hacer se convertía en una casa. Cuando volví por la tarde me encontré la casa que había estado planeando durante meses.

La gran virtud del constructor fue rodearse de gente con la que lleva trabajando años. Él sabía de su propio buen hacer, pero al mismo tiempo confiaba plenamente en el electricista, en los yesistas, en los pintores, en los montadores de puertas y los de ventanas. Así podía trabajar con total seguridad de la satisfacción del cliente. Cuando me entregó el piso lo hacía con la seguridad de que todo funcionaría bien.

La aventura de comprar un piso terminó con final feliz – por ahora. Tras volcar tanta energía en un proyecto, cuando eliminas todas esas tareas y preocupaciones de tu vida te entra una especie de vacío que de forma natural se suele cubrir teniendo un hijo. Ojalá no sea ese mi caso.

Me he comprado un piso

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Me he comprado un piso a finales del 2014 porque creo que era el momento idóneo para hacerlo. Ni porque haya llegado a cierta edad, ni porque vayamos a ampliar la familia, ni porque se me quede pequeña la casa. Ha sido una decisión puramente económica.

Llegados a este punto de la burbuja inmobiliaria, la idea de comprarme un piso me resultaba desagradable. Viviendo de alquiler toda la vida y cambiando a menudo de domicilio – he vivido en siete casas hasta hoy – estaba cómodo en ese mundo de toalleros de ventosa, paredes sin pintar y sin imaginar lo que es una reforma. Mi último piso era, con diferencia, el mejor en el que he estado nunca. Sabía que me tocaba cambiar a peor y, la verdad, me daba mucha pereza.

Pero la bolsa estaba agotada. Los tipos de interés, por los suelos. El salto lógico era hacia el ladrillo. Traté de escaquearme pero al final di el paso y me lancé a un mundo totalmente desconocido: la búsqueda de piso en propiedad.

Empecé, como tantos otros, mirando la página de idealista.com. Luego fue probando fotocasa.es y las de aspecto anticuado: milanuncios.com y segundamano.es. Acabaría viéndolas todas casi a diario. Y como tengo mucho tiempo libre, creo que he visto todos los anuncios que pudieran interesarme durante unas tres semanas. Agotador, frustrante y fascinante a la vez.

Mis parámetros de compra eran los siguientes:

1) Una casa que pudiera pagar sin hipoteca.
2) En el centro – que se pueda ir caminando al centro de verdad- de mi ciudad (ciudad grande pero ni Madrid ni Barcelona).
3) Con ascensor.
4) Nada de bajos.
5) Al menos 60 metros cuadrados y por lo menos dos dormitorios.
6) Para entrar a vivir, nada de pisos cochambrosos.
7) Nada de zonas complicadas/marginales.
8) Con luz.
9) Sin mucho ruido.

Como con todas las reglas, he estado tentando de romperlas de una forma u otra, pero había una regla por encima de todas: no romper más de una regla a la vez.

El primer piso que entró en mi radar fue una urbanización que habían construido en mi misma calle. Había visto y sufrido la construcción durante meses y aparte de encantarme la localización, se notaba que se había construido con mucha calidad. Pedí cita para ver los pisos – de nueva construcción, pero propiedad de un banco. Tardaría tres semanas en verlo, por errores nefastos en la organización del equipo de ventas. Cierto que había mucha gente interesada en verlos, pero mi petición se perdió en mitad del proceso, tuve que volver a llamar, etc. Todo esto para una vivienda que estaba a 30 metros de casa. Cuando por fin conseguí esa cita ya no estaba interesado y los pisos que podían interesarme se habían vendido todos. Aquí había que saltar varias normas: necesitaba un poco de hipoteca, los 60 metros cuadrados entraban raspando. Y sólo tenían pisos interiores.

Al salir de visitar ese piso me encontré con la típica sensación de todos los que han sufrido los efectos de la burbuja. Ves un piso en un mal barrio, todo viejo y sin arreglar. Y luego ves otro que simplemente te gusta. El corazón te dice que quieres ese y si eres una persona muy emocional – como las mujeres – eres incapaz de aceptar esa opción más cutre. Piensas en romper tus principios, total, sería una hipoteca muy pequeña. Pero no, por encima de todo hay que evitar visitar pisos que estén fuera del rango de lo que uno se puede permitir. Y aunque hayamos sufrido una dolorosísima burbuja vuelvo a explicar, lo que uno se puede permitir no es todo lo que el banco te concedería de hipoteca, sino lo que honestamente puedes pagar, con los riesgos de un futuro incierto.

Como decía, ese primer piso costó mucho verlo. El primer piso que visité fue a través de una inmobiliaria. Era una zona que me gustaba más bien poco, pero que conocía muy bien. Era muy barato y no salía mal en las fotos. Cuando llegué allí se notaba que habían rociado todo con insecticida, algún cadáver por el suelo y un ambiente que provocaba toses. El piso era como se veía en las fotografías, pero daba una impresión tristona. Muy ruidoso por fuera, las ventanas exteriores daban a una bulliciosa avenida. Pero al asomarme un segundo al patio interior, la impresión que daba era ‘esto es el puto Bronx’. Mucha voz extranjera, mucho tanga colgado, los tendederos eran una enorme señal de peligro.

El segundo piso sin embargo fue una experiencia más bizarra. A diez minutos de mi casa, quedé con el agente inmobiliario en su oficina. Allí me explicó que el piso por el que nos habíamos citado no me lo iba a enseñar, sino otro. Resultaba que era un piso en el mismo edificio donde él vivía. Y que por lo visto también había construido él mismo. El tipo era como el personaje que sale en todas las películas carcelarias que consigue cosas. Conocía el barrio al dedillo y a cada vecino. Sabía el precio de cada cartel de ‘Se vende’ que había en la manzana. Me dio en una hora más información que toda la que contiene la Wikipedia. El piso era de una vecina que se había muerto. Sorprendentemente estaba en muy buenas condiciones. Y me gustaba. Una muy buena distribución, enorme y con muchas posibilidades. Al límite de lo que podía pagar.

No lo elegí de inmediato por el sencillo hecho de que no se puede comprar lo primero que a uno le guste. Y porque obtener una rebaja sobre el precio inicial era una cuestión de honor. Ya al enseñarlo te decían un precio 2.000 euros inferior al del precio oficial, pero yo propuse que bajaran bastante más. Había otro comprador interesado, a casa y te lo piensas.

El tercer piso también me gustó. En este caso era un primero sin ascensor. 60 metros muy justos. Por primera vez tratando con un particular. Y la tragedia de la burbuja en estado puro. Había comprado hacía varios años un piso viejo. Lo había reformado con mucho gusto y detalle – la cocina era una pequeña joya. Y ahora que había conseguido ahorrar 10.000 – 15.000 euros ¡Podía venderlo! Perdiendo ese dinero más todo lo ya pagado al banco más el gasto de la reforma. Simplemente desesperado por quitarse el muerto de encima. No había opciones a regatear precio, estaba vendiendo en pérdidas, pero simplemente era al precio al que el banco le permitía venderlo.

El hecho de que estuviera tan reformado era casi negativo. Demasiado personal, no tenía sentido des-reformarlo. Y con un precio algo elevado. Aún así me gustó y me quedé con ganas de pensarlo.

Así pasó la primera semana. Haciendo balance había llegado a la conclusión de que iba a acabar encontrado un piso adecuado a lo que buscaba. Era cuestión de tiempo. También había desvelado algunas claves sobre el sistema de compra-venta. Los pisos de particulares casi nunca tenían un precio razonable. Lo cual es absurdo, teniendo en cuenta que se ahorraban el sobreprecio de las inmobiliarias – que está por encima de los 2.000-3.000 euros. Los particulares viven en su mundo en que el precio justo lo ponen ellos. Cuando van a una inmobiliaria todo son malas noticias: en vez de X, lo vamos a vender a X – (10-20)%. Y me voy a quedar con 3.000 euros. Y dame una copia de las llaves.

Otro aspecto llamativo era la creación de zonas cero. Ciertos barrios habían sido devastados por la burbuja. Cientos de pisos, con precios bajísimos, con reformas estupendas, casi nuevos. Y ante tanta oferta, la apatía del mercado comprador. Si hubiera estado dispuesto a alejarme del centro – no digo irme a un pueblo, sino a un barrio a 20 minutos caminando del centro de la ciudad – hubiera podido elegir lo que me diera la gana. También se notaba tristemente como gente normal se había ido a zonas muy marginales, alentados por los precios más bajos. Y se habían dedicado a reformar pisos muy bonitos, pero en localizaciones de cine de terror. Un mundo al revés en el que vives en un oasis, pero una vez sales de casa, vives una experiencia semi carcelaria, rodeado de criminales, chusma y escoria humana.

Luego contactaría con algunas agencias que me mostraron varios pisos, hasta tres en un mismo día. Fue muy desagradable ver alguno de ellos con los vendedores dentro, interesados en conocer al potencial comprador. En un caso era una pareja con pocos estudios pero muy cercana. Habían dado de baja la luz: típica medida de ahorro de muerto de hambre: te planteas vender un piso por 100.000 euros, pero pagar 10 euros al mes por la luz de un piso donde no vives te parece un robo a mano armada. Es como intentar vender un coche sin haberlo lavado nunca. El piso estaba correcto, pero cualquier cosa menos enamorar. Otro patinazo de los vendedores había sido llevarse ‘lo que podían aprovechar’ para su nueva casa. Así, tenías la cocina completa, pero con los cables del calentador colgando. Y el hueco del horno. En el baño faltaba el lavabo. Ese piso no se vendía porque estaba fatalmente presentado.

Al salir de la visita fui a comprar y según salía de la tienda y cruzaba el paso de peatones ahí estaba la furgoneta de la pareja vendedora – había ido con una inmobiliaria y no había hablado con ellos apenas. Los saludé y continué caminando. Cuando ya llevaba un rato me los encuentro de nuevo. Habían dado toda la vuelta para seguirme. Me preguntaban el precio que proponía la inmobiliaria. Se los dije y ellos me propusieron uno más bajo – pero evitando la comisión de la agencia. Les expliqué que al visitar el piso uno tiene que firmar un papel donde se compromete a no realizar la compra al margen de dicha inmobiliaria – la exclusividad. No merecía la pena explicarles que su piso no era para mi. Y eran víctimas de su propia actitud zafia y trapera.

Al día siguiente llamé al locuaz agente inmobiliario para preguntarle por una posible rebaja en el precio de aquel piso que me gustó. Me dijo que perdía el tiempo, que la otra persona interesada volvía a verlo justo al día siguiente y ya seguro que se cerraba el trato. Que si quería, podíamos quedar para ver los otros pisos, pero que ese no era para mi. Pero que le daba pena, pues me hubiera preferido como vecino. Con más horchata que sangre en las venas le desee mucha suerte, explicándole que no podía competir contra eso. Ya hablaríamos para ver esos otros pisos.

Este vendedor me mostró las armas más rancias de la profesión. Trucos pre burbuja que ahora no sólo no funcionan, sino que asustan al comprador. Recuerdo, como si de historias de terror se tratase, las odiseas que me contaban mis amigos que luchaban por comprar un piso barato en Madrid. Uno de mis amigos, pasados los meses, se traumatizaba por haber dejado pasar ‘la oportunidad de su vida’. Un bajo – o local comercial convertido- a reformar, en un barrio conflictivo y alejado del centro. Barato para los estándares de la época, vio el piso en 20 minutos y al terminar tenía que decidir: lo compro o no. Los vendedores te lo decían claro: ven aquí con 3.000 euros para la reserva y el piso es tuyo, mientras tanto, lo seguiré mostrando. Apenas unas horas, consultarlo con la almohada y ya había llegado otro más pardillo que con gusto lo compró.

La otra persona interesada que me decía este vendedor, como yo sospechaba, no existía. Pude ver como el anuncio de ese piso se renovaba, bajaba de precio. El agente tuvo a una persona interesada pero por orgullo ni se preocupó de volver a llamarme. Lo peor de todo es que anuló un montón de otros posibles pisos. No tenía sentido intentar ver ningún otro de los que él ofertaba, sabiendo que usaría artimañas de medio pelo. Luego tuve la opción de visitar otro piso en su mismo edificio, pero la descarté ante el riesgo de sufrir el rencor de ese vecino -al que no compré – y de los vendedores de abajo, no es entrar con buen pie en una comunidad de vecinos. Aún me toparía con ese vendedor de peculiar forma de hablar al llamar a un piso que vi anunciado desde la calle. Se indignó y me dio una muy mala respuesta cuando le dije que el piso ofertado me parecía caro. Ese vendedor tenía copado casi todo el barrio y sus técnicas de venta no eran las mejores.

Otra constante que detecté es la del todo se vende. Si en este piso se vendía el tercero y el cuarto, en aquel primero sin ascensor bien reformado se vendía el piso de enfrente. Podías ver el antes y el después en la misma página de anuncios. Podías comprar el piso reformado o sin reformar, por 20.000 euros menos. Una situación terrible para el vendedor, su producto resulta indistinguible de los demás.

El cambio de hora, anocheciendo antes, complicó mucho las visitas a pisos, que hacía al salir del trabajo. Es muy habitual que den de baja la luz en estos pisos. Vi un par de ellos en total oscuridad, tirando de linternas. Una experiencia muy interesante, ir descubriendo una casa, que pudiera ser la tuya, en total oscuridad. Así vi un piso muy grande, proveniente de un banco. Era tan grande que para mi eso resultaba un defecto. El lavadero era tan grande como un estudio. La distribución, sin embargo, era muy extraña y habría provocado el vómito a un aficionado al feng-shui.

¿No se supone que España ha sido tomada por los embargos y todos los pisos son de los bancos? Las páginas de inmobiliarias de bancos son un verdadero desastre. El principal defecto es el de proponer un precio negociable. Ves un piso por 150.000 euros pero a lo mejor si propones 100.000 ellos están dispuestos a vendértelo. El problema es que ese piso de 150.000 es uno más, entre tantos otros. Y hay muchos otros que se ofertan por apenas 110.000. Tratar de convertirlos en una ganga es absurdo, visitas muchos que están fuera de tus posibilidades esperando realizar una oferta – vinculante – y que se te acepte.

Los pisos de bancos se ofertaban tan mal que en ningún momento tuvo sentido visitar ninguno que ofreciera la página de una de sus inmobiliarias. Hasta tal punto son ineficaces sus plataformas de venta. Sólo se salvan cuando los ofertan a través de inmobiliarias externas que actúan como intermediarios. Aunque a casi todos nos repugnan los trabajadores del sector, hay que reconocer que su labor es imprescindible: arreglar el mercado ofreciendo precios realistas.

La misma inmobiliaria que me enseñó el piso sin calentador ni lavabo me llamó para visitar otros tres. El primero estaba bien, pero la zona demasiado alejada del centro. El segundo me encantó y el tercero fue una experiencia bizarra más, visitándolo mientras su dueño vivía en él. Veías la televisión encendida, los armarios llenos de ropa, el desorden natural de un cuarto de baño. Viéndolo lleno se notaba que era muy pequeño. Y también era caro. Además, que ese segundo piso que acababa visitar tenía pinta de ser para mi.

Era este un piso que destacaba por tener plaza de garaje – un extra que decantaba la balanza ante toda la competencia. El edificio tenía apenas 15 años y estaba bien conservado. Me marché a Londres, entre otras cosas para acabar de convencerme de si de verdad quería comprar. Londres es la ciudad con el mercado inmobiliario más delirante de Europa, pero aún así hay gente que se plantea comprar. Volví decidido a dar el paso y quedarme con ese piso.

A partir de ahí entraríamos en una guerra psicológica de prisas, regateos de mil euros y ‘hay otras personas interesadas‘. Por mi parte estaba convencido y acabé yendo con mi hermano a la última visita antes de dar el sí definitivo.

A mi hermano le pareció bien, sin estar tan entusiasmado como yo. Pero un hecho trivial arruinaría la venta: tanta gente visitando el piso – en la inmobiliaria siempre venían dos agentes, señal de que su hora de trabajo se valora poco- cada uno en una habitación, hizo que saltara la luz. No le di mayor importancia, aun cuando volvió a ocurrir. Pero a mi hermano le pareció muy extraño e inexplicable. Posteriormente me darían la explicación de que el dueño tenía la potencia mínima mínima contratada. Tras revisar en internet que el mínimo no es tan mínimo, de la inmobiliaria me explicaron que había llegado a un acuerdo especial con la compañía eléctrica para pagar muy poco, a costa de tener una potencia ridícula.

Días después, hablando con un amigo electricista, me explicó que se trataría de un cortocircuito, fácil de detectar y más de solucionar. La inmobiliaria me presionaba para que cerrara la venta y yo sólo pedía una explicación lógica a eso. Quería ver ese acuerdo de mínimos con la eléctrica, o una explicación más adulta a qué sucedía con la luz en ese piso.

Pero tras pensarlo mucho durante un fin de semana decidí que sí, que a pesar de todo, lo compraría. Pero como chica orgullosa, esperé a que me llamaran de la inmobiliaria para dar el sí. Y cuando recibí su llamada fue con una noticia sorpresa: la otra persona interesada realmente existía y había cerrado el trato ese sábado.

Esa inmobiliaria también sacaría su lado emocional y no volvería a contactar conmigo, el cliente que no se decidía nunca. Era desde luego una venta complicada y no quería entrar en algo que no veía nada claro. Ya la nota simple de ese piso se había mostrado compleja como una trama borgiana. El dueño era una sociedad unipersonal – chanchullos para no pagar impuestos – y tenía un aval sobre una empresa jamonera. Ese aval estaba ya cancelado, pero no se había formalizado el papeleo – típica actitud de vendedor que no quiere gastar para ganar. El dueño sin embargo llevaba poco tiempo viviendo allí. El nombre del buzón no tenía nada que ver con el de las personas empadronadas en la vivienda. Trigo poco claro, quien sabe si suficientemente limpio.

Pero tras perder esa compra tuve al menos la humildad de reconocer que había competencia. Que no podía uno tomarse todo el tiempo del mundo. Si encontraba algo muy bueno, había que tomarlo.

Seguí mirando, luego pasé a visitar un piso por simple morbo: se veía un poco alejado pero destacaba entre todos los demás por su bizarra decoración. Tenía aspecto de mesón de montaña. Vigas de madera, suelo de madera maciza, nada de parqué. Ventanas por el estilo, chimenea. Los típicos objetos de hojalata para dar ambiente rústico, repartidos por todas partes. La puerta del salón con una vidriera. Y toda la familia viviendo ahí mientras lo enseñaban.

La decoración era incoherente, el resto de habitaciones cada una a su aire. A pesar de su ‘reforma tan peculiar’ me gustaba. Su mayor desventaja era el barrio, alejado del centro y bajuno. Mientras esperaba al comercial de corbata verde pude encontrarme con varios vecinos: la que bajaba a comprar en chanclas, el tatuado, la maruja que se saca las llaves del sujetador. Ninguna vecinita, sólo personajes secundarios de ‘Aida’. Eso, junto con el detalle de que esa inmobiliaria te decía, tras ver el piso, que también te cobraban una comisión en caso de comprar, lo descartó por completo. Recuerdo la actitud descarnada del vendedor, hablando de ese piso. Está en X, pero lleva poco en el mercado, hay margen de bajada en 5.000 euros, si se le aprieta, lo están pasando mal, tienen prisa por vender. Menuda forma de tratar a tu cliente.

Si lo miras todo, acabas ampliando tus opciones mucho. De repente encontré un piso en una localización excelente y bastante barato. El problema: estaba para reformar completamente. Sin tener ni idea de lo que cuesta una reforma ¿2.000 euros? ¿20.000 euros? ¿100.000 euros? me tocó hacer una investigación intensiva de lo que estas implican y precios. Todo contaminado con reformas de famosos que cuestan millonadas o de gente aburrida que pone la cocina donde estaba el salón, el salón donde estaba el baño y el dormitorio donde estaba la cocina. Pero una reforma básica, fuera de las grandes capitales y sin cocinas de cine X, está en torno a los 20.000 euros.

Así que visité ese piso con una perspectiva totalmente nueva: ver qué se podía hacer asumiendo que todo estaba por hacer. Había que tirar paredes, unir habitaciones, reformar cocina y baño, cambiar ventanas y puertas. El piso era complicado, pues tenía una distribución rara, pero era enorme y con muchísima luz. Me gustó y decidí tirarme a la piscina. Le haría una oferta con algo de descuento y si salía bien, me arriesgaría a entrar en una reforma, suponiendo que no se saliera de presupuesto.

Antes de hacer la oferta vinculante decidí ver otro piso. Total, uno más. Era uno raro, había aparecido de la nada. Tenía un precio ridículo y por las fotos se veía bien. Era en una zona que conocía bien, no en balde la había recorrido días antes, cuaderno en mano, para anotar todos los teléfonos de los carteles de ‘Se vende’. El mal endémico de esa zona, aparte de que los pisos eran muy viejos, era la falta de ascensores. Muchos pisos muy baratos pero imposibles, por ser un tercero sin ascensor.

Vi ese último piso sin ningún tipo de ilusión, como una forma de mi nueva rutina diaria. Me sorprendió que el portal estaba bien cuidado – era un piso muy viejo. Ascensor tenía, o no habría ido a visitarlo. Una vez dentro, entré con la mentalidad del piso anterior. Aunque este se anunciaba como ‘para entrar a vivir’ era más barato que el que había que derribar entero. Así que, si había que reformar algo, siempre compensaría dado su bajo precio. La cocina era desastrosa: pequeña, sin apenas muebles donde almacenar. Luego tenía el típico lavadero que es carne de fusión con la cocina. Esa zona de la casa era viejuna, oscura y desvencijada. Me detuve mucho en ella porque implicaba reforma total. Luego pasé al resto de las habitaciones y, para mi sorpresa, me encontré un buen piso. Habitaciones grandes y muy bien distribuidas. Un piso viejo no enamora a simple vista, pero te pueden dar ganas de echarle un buen polvo. Tenía muchas cosas buenas y algunas malas subsanables. Y era, de largo, el piso más barato que había visto.

La historia del vendedor era quizás la más interesante: el piso era de su abuela, había estado alquilado siempre a estudiantes – a 400 euros al mes – y por la nueva legislación, que penaliza las plusvalías sobre pisos comprados hace varias décadas, había decidido venderlo antes de fin de año. Como en la familia se dedicaban a negocios inmobiliarios lo habían estado vendiendo en una suerte de modo intermedio entre particular e inmobiliaria – con lo peor de cada mundo. Aparte de haberlo publicitado poco y mal, acababan de rebajarlo drásticamente respecto del precio anterior. 10.000 euros menos de golpe, una actitud absurda desde el punto de vista vendedor.

Cuando anuncié mis intenciones de comprar todo el mundo me preguntaba, ¿Y por qué no te compras el piso en el que vives ahora? La respuesta era clara: porque no puedo pagarlo. Entonces me decían que le pidiera precio al casero. En esos casos es un imposible: se trata de un vendedor que no se había planteado vender hasta entonces y un comprador loco por hacerlo. La situación es muy desigual y lo lógico es conseguir un precio por encima del precio de mercado. Pero con este piso que visité estaba en la situación contraria: un vendedor dispuesto a vender casi a cualquier precio y sin lógica económica.

Cuanto más oía sobre el piso, más sonaba a posible chollo entre comillas. La abuela tenía ocho hijos y una de las hijas tenía problemas de liquidez y quería que se vendiera de inmediato. En esos casos, la multitud es favorable. Si vendes por 100.000 euros y hay dos hijos, cada uno se lleva 50.000 euros. Pero si tienes diez hijos, cada uno se lleva 10.000 euros. Una rebaja en el precio de 10.000 euros apenas le supone 1.000 euros menos, no sienten que pierdan tanto.

Sin sutilezas propuse una segunda visita, con mi hermano – en el papel de poli malo – para esa misma tarde. Mi hermano lo vio y me dijo de inmediato que eso era una ganga. Así que en ese mismo instante formalizamos una reserva verbal.

Lo que siguió fue todo mucho más sencillo: una venta entre particulares sin desconfianzas ni peleas por dinero. La nota simple era eso: simple. La historia de los alquileres a estudiantes se podía contrastar como cierta. No hubo ansias por conseguir una mayor fianza. Al no tener que depender del banco – con sus tasaciones, estudios de hipoteca y largos etcéteras – todo se aligeró tanto que el único problema para comprar ipso facto era conseguir cita con el notario y que el banco emitiera el cheque para el pago.

Sin el problema de la inmobiliaria de por medio, todo se arreglaba por medio de mensajes de Whatsapp, era un trato perfecto para los dos bandos y eso propiciaba que no hubiera tantas suspicacias. Cada papel que solicité, me lo enviaron sin problema. La reserva se hizo por menos dinero de lo que inicialmente querían y fue todo tan rápido que se formalizó la venta a los cinco días de haber pagado las arras penitenciales (reserva).

A modo de decálogo, aunque dudo que muchos hayáis llegado hasta aquí, y sin ánimos de dar lecciones pues mi visión es muy limitada.

1) Ir directamente a anuncios de inmobiliarias. Los particulares y los bancos son clientes terribles. (Aunque acabé comprando de un particular que se dedicaba a negocios inmobiliarios).
2) En Idealista.com el diseño es tan bonito y los pisos están tan bien presentados que te gustaría encontrar casa ahí. Pero la realidad demuestra que para los vendedores debe ser una experiencia terrible o muy cara. Su oferta es limitada y los pisos más baratos no suelen estar ahí. Milanuncios tiene una gama más amplia de pisos, y muchos de los que se ofertaban ahí no estaban en Idealista.com. (Acabé comprando de milanuncios. Como le decía a un amigo: he comprado mi coche y mi casa por Milanuncios; Sólo me falta encontrar pareja con ellos, pero de momento sólo se anuncian travestis poco femeninas).
3) Ya se empieza a notar recuperación económica, hay gente comprando pisos.
4) Todos los pisos que se vendieron en el pico de la burbuja están fuera de mercado, su precio está marcado por el de la hipoteca que tienen. Son tan absurdamente caros que no creo siquiera que reciban visitas. Estamos hablando de que hay un piso al lado del tuyo que vale la mitad. O menos de la mitad.
5) Las inmobiliarias son víboras para el vendedor. Una vez te ven como un posible comprador, harán lo que sea por facilitarte la venta y ellos pelearán por ti las rebajas.
6) De mis parámetros iniciales acabé cediendo en que era un piso viejo – y que necesita reformar la cocina. A cambio acabé comprando más barato de lo que pensaba y con más metros de los que necesito.
7) Un vendedor agradable es un parámetro que no se debe menospreciar. Va a haber que negociar muchos detalles y hacerlo con alguien inflexible o desagradable puede ser muy molesto. Un amigo me comentó que, en época de burbuja, tras reservar con fianza y por un precio delirante la casa a comprar, se encontró con que el vendedor amenazaba con llevarse ‘sus’ muebles de cocina, salvo que se los pagaran aparte – y casi al precio original. Y se salió con la suya.
8) Es bueno ver muchos anuncios. Muchos vendedores lo hacen muy mal y se anuncian poco, a veces sus pisos son casi invisibles. Si eres el único que ha visto ese anuncio, tienes una ventaja comparativa.
9) No me siento mejor por comprar un piso. En realidad, me siento algo más incómodo que antes. Aún me queda la parte de la reforma y una mudanza que será agotadora.
10) Uno de los principales argumentos para comprar no ha sido el que tenga una casa para vivir toda la vida, sino justamente el contrario. El tener que vivir de alquiler – con un gasto mensual fijo – inmoviliza ante la idea de pasar un tiempo en otra ciudad. Estando alquilado no es legal subarrendar tu casa. Ahora, teóricamente, podría marcharme a otro lugar durante algún tiempo sin el dolor de sentir que pago por un alquiler que no uso y con la opción de alquilar temporalmente mi piso. Con la experiencia de Couchsurfing puedo decir que no tengo ningún miedo a que haya gente rara – que yo elija – en mi casa.

22962

Un lunes me levanté de la cama debiéndole 22962 dólares a Amazon. O como exageraría Enrique Dans, veintidós mil novecientos sesenta y dos dólares.
La historia comienza hace casi un año. En una reunión de aspirantes a emprendedores, llegamos a la conclusión de que en lugar de pagar un alojamiento web barato que daba mal servicio, contratar los servicios en la nube de Amazon podría ser una buena idea.

Tras perder una buena mañana, que bien podría haber empleado en verme una temporada entera de Breaking Bad, llegamos a la conclusión de que configurar un servidor web de Amazon era una pesadilla. En lugar de utilizar la terminología habitual, daban un nombre específico a cada uno de los componentes de dicho proceso de configuración. Todo tenía que buscarse en Internet porque ni una sola palabra resultaba conocida. Tras unas cuantas horas de frustración, se abandonó la idea, dejando un servidor a medio configurar.

Lo que sí había resultado una gran idea, hasta entonces, era contratar los servicios en la nube de Amazon para alojar la base de datos. Mucho más sencillo – aunque no trivial – y ofreciendo un rendimiento espectacular a un precio razonable. Un problema de los servicios de Amazon es que no te permiten contrataciones parciales. O te das de alta en «servicios en la nube» o no, no es posible hacer como en nuestro caso, en que sólo nos interesaba dar de alta el servicio de base de datos (RDS).

Así, seguía con una cuenta de EC2 (alojamiento de servidores web) con un servidor a medio configurar por el que estaba pagando unos 10 euros al mes. Un servidor que básicamente no hacía nada. Pero es como si alquilas un coche y te vas a casa con la llave nada más. Te toca pagar por él, aunque ni te hayas subido al vehículo.

Pasaron los meses, un año entero. Un sábado por la noche estaba cenando en un restaurante con amigos- esta parte es mentira, porque no tengo amigos- cuando recibí un email de Amazon, seguido de una llamada que, al no entenderse, no pude atender. En el email alertaban de movimientos sospechosos en mi cuenta y posibilidad de suspensión de la misma. Me dio mal rollo, pero mis páginas estaban funcionando correctamente, con lo que no parecía que ocurriera nada extraño. Ya lo miraría en casa.

Al llegar a casa revisé la cuenta y todo parecía en orden, por lo que me acosté y dormí tan bien como casi siempre. A la mañana siguiente, al revisar el saldo de mi cuenta, vi que había pasado a deber más de 6.000 dólares, cuando en un mes malo tenía que pagar unos 150 dólares. Inmediatamente empecé a mirar todo con más cuidado, y recibí una llamada de un indio explicándome en inglés que parecía que algo raro estaba pasando en mi cuenta.

Amazon había actuado muy bien, detectando el problema, incluso llamando por teléfono ante la gravedad de la situación. Pero había tenido cierta pachorra, porque en unas 8 horas, el problema se había convertido en una deuda de más de 6.000 dólares. Y estaba claro que, esta cifra subía por minutos.

En un email detallado trataban de explicarme lo que debía hacer para solucionar el problema, cada uno de los pasos a seguir. Lo absurdo es que yo no conocía nada de este servicio (EC2), como había demostrado en su momento llegando a no ser capaz ni de crear un servidor. Y ahora me encontraba con un embolado tremendo que tenía que desmantelar por mi mismo, porque Amazon no era capaz de procesar la orden que daría una persona con sentido común: elimínenlo todo porque yo no necesito nada de todo eso.

Alguien había contratado con mi cuenta algo así como 800 o 900 servidores de última tecnología. Seguramente para generar bitcoins, el nuevo dinero virtual. Es absurdo que alguien tan hoygan como yo tenía contratada una infraestructura más avanzada que las más potentes empresas españolas de Internet.

La gente de Amazon se mostró muy atenta, pero también lenta. Al tener una cuenta sin soporte – la que tiene todo hijo de vecino, el servicio de atención es deliberadamente lento. Me imagino que cuando yo les escribo un mensaje, ellos no tienen opción de empezar a trabajar en él hasta al menos 4 u 8 horas. Para mi, cada hora, eran más de 500 dólares en que se incrementaba mi deuda.

Al final conseguí eliminar todos los servicios extra que habían contratado con mi cuenta, y recibir la confirmación de Amazon. Cuando esto ocurrió, mi deuda había alcanzado los míticos 22962 dólares.

¿Cómo se había llegado a un problema de semejante magnitud?

Está claro que la responsabilidad legal era toda mía. Al marcar ese cuadro donde dices que te lees las condiciones legales, estás confirmando que eres responsable de todo lo que pase con tu cuenta, lo bueno, pero sobre todo lo malo. En particular, uno debe tener muchísimo cuidado con las contraseñas, pues son las llaves de casa. En muchos casos, el problema suele estar en que hay personas que publican el código de acceso a sus servidores, sin darse cuenta de que ese código es público y en él, a veces, están mostrando dichas contraseñas. El software libre está guay, pero cuando eres un programador que tiene más prisas que tiempo para hacer las cosas bien, eso suele ocurrir.

No había sido este mi caso, porque mi cuenta de Amazon EC2 no estaba en uso. Así, aunque había creado credenciales de acceso, no las había usado nunca. El único posible sospechoso es mi contraseña de Amazon.com, que sí que era relativamente cutre. La había creado hace más de diez años, sin cambiarla jamás.

Una de las medidas que me indicó Amazon para evitar este tipo de problemas era que creara alertas para excesivo uso de servicios. Pero en mi caso era absurdo, porque era un servicio que simplemente no estaba usando. Para el que sí hago, RDS, sí que tengo varias alertas. Tener alertas de un servicio que no se usa es tener una precaución excesiva.

Creo que Amazon, a pesar de hacer muchas cosas bien, también hizo unas cuantas muy mal.

La primera fue obligarme a contratar todos los servicios de la nube, por defecto, cuando en realidad sólo quería uno.

La segunda fue no suspender el servicio, o no disponer de un mecanismo para hacerlo. En mi caso, el daño de tener todas las páginas de mi imperio en Internet paradas es minúsculo comparado con el daño que causa tener que pagar 500 dólares la hora.

La tercera fue darme el servicio de atención al cliente ‘de pobres’. Por aquello de que cuando debes un dólar al banco tienes un problema, pero si debes un millón, el problema lo tiene el banco. Está claro que yo estaba mal, pero esto estaba perjudicando también a Amazon, porque seguramente el cliente o la empresa nunca podría pagar semejante cantidad de dinero. Tardar seis horas en responder mi email, en algo que no requería ningún tipo de análisis por su parte, supuso aumentar la deuda en mucho dinero.

Finalmente se cortó la hemorragia y el médico y yo nos quedamos mirando la tremenda cicatriz, pensando. ¿Y ahora que hacemos? Desde Amazon movieron la solicitud de retirada de los cargos. Pero era algo esotérico e incierto, cada día me levantaba confirmando que la cuenta seguía igual, que no había recibido ningún email. Aunque me tranquilizaron, y la consulta en Internet de otros casos, no tan graves, indicaba que Amazon, como siempre, responde ante el cliente, no dejaba de estar bastante inquieto con este asunto.

La vida sin Amazon

Como cualquier persona que se haya criado entre gitanos haría, tomé unas cuantas medidas de seguridad personales. La más fácil, fue asegurarme de que en mi cuenta no hubieran 22962 dólares. La segunda, eliminar cualquier medio de pago de Amazon, para que así no pudieran ni intentar cargarme la deuda. Tercera: llamar al banco y preguntar si era posible bloquear a un potencial deudor, antes de que emitiera un cargo. La respuesta: no.

Así, mientras Amazon trabajaba en el problema con toda la diplomacia del mundo, yo ya planeaba la lucha de un marginal ante una injusticia. Pero de repente surgió un nuevo problema: no podía comprar nada en Amazon.

Pocas empresas han abaratado tantos los costes de venta por internet como Amazon. El precio ha sido dejar por el camino a miles de empresas de la competencia, hasta llegar al punto de que tener una tienda en internet es casi una temeridad y casi siempre, un error.

Pero como consumidor, me encontraba ante un panorama desolador. Prácticamente todo lo que compro en Internet lo hago a través de Amazon. El televisor, los libros, el ordenador, el móvil, todo lo he comprado ahí y ni me preocupo de comparar, porque aunque en otro sitio sea marginalmente más barato, me fio más de Amazon. Hasta tenía la cuenta de Amazon Prime para poder comprar compulsivamente al tiempo que tener la sensación de ser un consumidor inteligente.

En Internet uno siempre tiene la impresión de que si te cierran una cuenta, te creas otra y ya está. Pero con Amazon sería diferente: muy trapero tendría que ser crear una personalidad falsa a la que asociar una tarjeta de crédito verdadera. Ante mí se abría un panorama de abuelo de Internet: de los que piden a otros que le compren las cosas y luego van a su casa a recogerlas.

La solución

Poco a poco se fue acercando la fecha de pago y Amazon me tranquilizaba pero nada cambiaba. Por lo visto el departamento financiero es el verdadero elefante de la compañía, el que tarda más en tomar las decisiones. Estuve casi un mes en vilo, hasta que llegó el día de emisión de la factura: 22962 dólares.

Más lloriqueos al servicio de atención al cliente y al final una solución bajo cuerda: en mi panel de control tengo una factura por ese importe, pero el cargo que me han realizado ha sido de unos 50 dólares, menos de lo que debería haber pagado en un mes normal. Una solución muy buena y ante la que estoy muy agradecido, pero que deja el sabor agridulce del que es condenado a dos años menos un día de cárcel: no ingresas en prisión, pero sabes que algo ha quedado sin resolver. Amazon no ha cancelado la deuda, la ha perdonado, que no deja de ser un favor.

El día después

Siempre he tenido mentalidad de pobre, más preocupado en no perder que en ganar: coche un tanto puerco de segunda mano, piso de alquiler, muebles de Ikea. Pagar a plazos ni se me pasa por la cabeza. Y de repente me encuentro en una ratonera de deuda propia de un hipotecado, de un descerebrado o simplemente de alguien con mala suerte en la vida. Nunca había visto los servicios en la nube así; pero en cierto modo son como una de esas inversiones ruinosas en que potencialmente las pérdidas pueden ser infinitas. Si Amazon no me hubiera alertado a tiempo, ahora podría tener una delirante deuda planetaria, de casi millones de euros.

Tras llevar tiempo encontrando que los sistema de autentificación en dos pasos son un coñazo, no me quedó otra que aplicarlos de inmediato en mi cuenta de Amazon (Amazon normal no admite autentificación en dos pasos, sus servicios en la nube sí) y de Gmail.

Y sigo con una cuenta de Amazon EC2 abierta. Porque la única forma de cerrarla sería cancelando el servicio de bases de datos también – opción que no he descartado. Tengo alertas por si de repente se generan gastos en ella. Pero sigo incómodo porque no me gusta que me perdonen la vida. Está claro que Amazon sigue estando en mi top de empresas MILF, que siempre te tratan mejor a como te mereces. Y que su sistema de atención al cliente me ha dado un trato de primera. Pero sirva esto como una voz de alerta ante los riesgos de contratar servicios en la nube.

Economía para los pobres

Hace ya varios meses que leí un excelente libro: Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty. El libro trata sobre qué medidas eficaces pueden tomarse – y se están tomando – por parte de programas de ayuda humanitaria, para mejorar la situación de los más pobres.

La mayoría de la gente se preocupa por los pobres de forma burda y superficial. Ayudar en el tercer mundo se ha convertido en una patética forma de estatus. Pasar unos meses en un país de África es una peligrosa moda, tan extendida como tirarse un año de Erasmus «porque yo lo valgo».

Porque «ir a ayudar» no significa que se ayude. La mayoría de las habilidades de un joven de 20 años en un país desarrollado son inútiles en uno muy pobre, especialmente cuando ni siquiera se habla el idioma del país de destino. Incluso los conocimientos médicos a veces no son directamente aplicables, por la falta de medios. Casi todos los que van a uno de esos países como misioneros lo único que hacen es perder el tiempo, sentirse muy bien, especiales y quedar de lujo con los amigos cuando se está de vuelta.

Cuando se da dinero a una causa humanitaria casi nunca se piensa si ese dinero estará bien invertido. Se asume que un porcentaje más o menos grande se perderá por el camino. Pero lo que no se piensa nunca es que, en muchos casos, lo que se haga con ese dinero no servirá casi para nada. Incluso puede ser contraproducente.

Uno de los principales problemas de cualquier ayuda al tercer mundo es el daño en la economía local. El libro cuenta el caso de la distribución de redes antimosquitos: una de las medidas más importantes para conservar la salud en regiones tropicales. Muchos planes de distribución gratuita de estas redes han acabado arruinando a empresas locales que se dedicaban, con mayor o menor éxito, a su venta.

No es trivial cómo solucionar el problema. Si se le da el dinero a la gente para que compre las redes, acaban gastándoselo en otras cosas, porque no son conscientes de cuáles son sus verdaderas necesidades. Los precios de venta y modos de distribución de esas empresas locales no son competitivos para una compra a gran escala. Algo tan simple como darle a la gente lo que más necesita dista de ser sencillo.

En general los pobres no tienen ni idea de cuáles son sus mayores problemas: viven al día. No piensan que estadísticamente un 20% de ellos contraerá SIDA y un 25% morirá a causa de enfermedades iniciadas con picaduras de mosquito. Si tuvieran suficiente dinero, se comprarían una televisión.

Los pobres carecen de partes de información fundamentales y creen en cosas que no son verdad. Cuando tienen una creencia firme suele ser incorrecta, acaban tomando decisiones equivocadas, a veces con consecuencias dramáticas.

Muchos de los esfuerzos en crear escuelas y escolarizar a los niños son vanos. Los alumnos atienden cientos de horas de clase donde no aprenden casi nada práctico. Los profesores son pésimos y faltan a menudo. Los planes de estudio son ineficaces. Millones de euros invertidos en una enorme pérdida de tiempo, que al mismo tiempo erosiona la imagen de la educación ante los ojos de esos pobres. Si en un futuro consiguen algo de dinero, jamás lo dedicarán a aumentar la formación de sus hijos.

Si se le da directamente el dinero a los pobres, se lo suelen gastan en tonterías o con poca cabeza.

Le preguntamos por qué había comprado un televisor, un DVD, etc. si pensaba que su familia no tiene suficiente para comer. Se rió y dijo «¡Oh, pero la televisión es más importante que la comida!»

En muchos casos hay que pagar a la gente para que haga algo que es bueno para ellos. Por ejemplo, dar más comida a aquellas familias en que todos los hijos vayan a la escuela. Si no se les paga, las familias no enviarían a sus hijos, aún cuando fuera gratis.

Quizás el mayor problema del tercer mundo no es el hambre, ni la guerra, sino que las mujeres tienen demasiados hijos. Cada embarazo es una situación de enorme riesgo para la salud de la madre. Una familia con muchos hijos está condenada a ser pobre para siempre y a verse rodeada de problemas – «Una familia pequeña es una familia feliz». Etiopía tiene 6.12 hijos por familia, una barbaridad. Así, casi lo mejor que puede hacerse con el dinero que se dona al tercer mundo, son planes de esterilización – algo que suena nazi, pero que es una cruda realidad. Una delirante pero muy eficaz medida fue la de multar de forma diferente a los que usan el tren sin pagar en la India. Si el infractor está esterilizado, la multa es menor. Este tipo de ideas geniales nunca las verás en documentales molones sobre ONGs. Pero hay mucha gente muy ingeniosa trabajando en ayudar a los pobres, a veces de formas que son poco intuitivas pero muy eficaces.

En la lucha contra el SIDA, medidas «occidentales» como distribuir preservativos, son totalmente ineficaces. Uno de los mejores métodos resultó ser puramente estadístico: la probabilidad de que un hombre tenga SIDA aumenta con su edad. Convenciendo a las niñas de este hecho, se consiguió disminuir la diferencia de edad entre maridos y mujeres – lo habitual es que una mujer se case con un hombre mucho mayor – y con ello, los datos de contagio se redujeron considerablemente.

Hay un capítulo bastante interesante sobre los microcréditos. Aunque se mencionan a menudo en los medios de comunicación, poco se sabe sobre ellos. Es muy curioso que los tipos de interés que aplican – a veces hasta un 25% – serían considerados usura en occidente. El problema es que la situación crediticia es tan débil en esos países que es frecuente encontrar créditos a un 4% diario, con lo que los microcréditos pasan a ser mucho más baratos en comparación. No obstante no sirven para todo el mundo, pues a veces sus condiciones son demasiado inflexibles para la vida de personas que se pueden tambalear por una inesperada enfermedad o la muerte de algún hijo. Los pobres tienen un serio problema en la inexistencia de un sistema bancario. Nadie ahorra nada, y de esa forma, cualquier situación provoca la desgracia de toda la familia.

Sobre los emprendedores del tercer mundo, el libro cuenta que en la mayoría de los casos surgen por una necesidad, al no poder conseguir un trabajo por otros medios. Una estadística que seguramente se pueda extrapolar al primer mundo:

Uno de cada cinco negocios que sólo tenían un empleado (autoempleo) en 2002, pasaron a tener otro empleado en 2005. Pero casi la mitad de esos negocios de un sólo empleado habían desaparecido en 2005.

(Esta segunda frase no hace falta que la pongáis en el Twitter).

Y otra frase totalmente aplicable a nuestro mundo, y que se ha visto con la crisis actual:

La estabilidad en el puesto de trabajo es lo que distingue a la clase media de los pobres.

Algunas ideas del libro son de ciencia ficción pero muy creativas. El concepto de subcontratación de ciudades. Ceder la soberanía temporal de ciudades a países más capacitados para que las dirijan y las lleven hacia la prosperidad, usando el ejemplo – no voluntario – de Hong Kong.

Para terminar, una frase que resume la idea de tener hijos en el tercer mundo:

Para muchos padres, los hijos son su futuro económico: una póliza de seguros, un producto de ahorro y algunos billetes de lotería, todo envuelto en un paquete de pequeño tamaño.

Os recomiendo la lectura del libro, es muy revelador y pragmático.

Couchsurfing en España

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(Artículo largo) Estuve en Estados Unidos casi un mes, me encantó el país y me quedé con ganas de más. Pero en todo ese tiempo no conocí más que a otros turistas que viajaban conmigo. No hice nada que se pareciera a un amigo (ni amigo bajo la definición de Facebook) que fuera estadounidense.

La constante se repite en muchos de mis viajes. Salvo esporádicas conversaciones con gente del país, principalmente guías de viajes, no se llega a conocer a nadie de allí.

Si me pides que elija entre ver el Golden Gate o conocer a un pardillo que vive en San Francisco y trabaja para Google, me quedo con el Golden Gate. Siempre preferiría ver el país a la gente del país, porque al final, las personas son todas diferentes pero bastante iguales. Pero tomar un café con ese empleado de Google, hubiera resultado interesante.

España, potencia mundial del turismo, se convierte en un destino muy visitado por extranjeros con intenciones más allá del turismo. Su buena fama, experiencias positivas de vacaciones, lleva a que la gente decida jubilarse y quedarse a vivir, o que sea uno de los destinos más deseados por los estudiantes de Erasmus.

La mayoría de esas personas volverán a sus países con una gran alegría y un montón de experiencias que recordar. Algunos sin embargo se quedarán con la sensación de que algo se les ha escapado entre los dedos, y ha sido la dificultad para conseguir conectar con la gente del país. Una belga que estudie Erasmus en España posiblemente se vuelva con una nueva mejor amiga austríaca, o un par de amigos especiales, también belgas. Las circunstancias personales alejan a esos extranjeros de conocer a personas del país, en la mayoría de los casos porque los locales pasan de ellos.

Con esta aburrida pero necesaria presentación, se puede ahora mencionar qué es el Couchsurfing sin que quede tan de manifiesto que es algo para imbéciles. Se trata de una red de personas que ofrecen un lugar en su casa a otras, a priori totalmente desconocidas, de forma desinteresada. La idea es un intercambio: un ruso se aloja en casa de una española que se alojará en casa de un griego que se alojará en casa de un chino que se alojará en casa de un ruso.

En lugar de cerrar inverosímiles intercambios (cambio apartamento en primera linea de playa en Barcelona en pleno agosto por antro en un pueblo de interior de Rumanía, donde no hay ni autobuses) se deja abierta la reciprocidad. En la mayoría de los casos se establecerá una relación desigual: muchos viajarán gratis siempre, otros tantos alojarán gratis y no viajarán casi nunca.

En España nos gusta ganar con todo tipo de tratos, así que la idea de alojar a alguien y luego no viajar, por lo menos en la misma medida, nos parece una locura. Hay que entender que España tiene una industria que da la risa, pero nuestro turismo es de primer nivel y reconocido por todo el mundo. Siempre habrá más gente que quiera visitar España que casi cualquier otro país. Irás a Turquía o Polonia una vez en tu vida. Un polaco puede acabar visitando España tres o cuatro veces. Así que si vives en alguna zona turística española, siempre «saldrás perdiendo» en los intercambios.

¿Y si voy a salir perdiendo, para qué hacer Couchsurfing? Una vez aceptas la idea de que más gente puede pasar por tu casa que tú por la de ellos tienes que plantearte qué puede tener de bueno alojar a dos afganos en tu casa. En la mayoría de los casos, nada. La idea romántica de la hospitalidad aleatoria se suele mencionar mucho entre la gente que hace Couchsurfing, pero en mi página me gusta ser lo más pragmático y realista posible. El mundo no funciona así y todos lo sabemos.

Cuando te apuntas a Couchsurfing tienes que dar un montón de información personal, que incluso debes rellenar con datos reales, como tu nombre y dirección física auténtica. La idea es que si alguien que se alojó en tu casa aparece muerto a los pocos días, puedas figurar entre los principales sospechosos. Eso da alguna seguridad a los usuarios del sistema, viajeros inocentes a los que acechan todo tipo de emboscadas.

El sistema de Couchsurfing, compartición de alojamiento de forma gratuita, está basado en un sistema de valoraciones como Ebay, Tripadvisor o Amazon. Alojas o te alojan y luego debes rellenar una opinión sobre esa otra persona. He de reconocer que la idea de dar valoraciones de seres humanos me cautivó desde el principio, pues no existe en ninguna otra parte. Todo hijo de vecino ha escrito su opinión sobre el iphone 5, pero a mi lo que me apetece es dar una valoración de un egipcio de 26 años que estuvo en mi casa hace dos semanas.

Teóricamente el sistema se refiere a valorar la experiencia dentro de la casa de la otra persona, pero está claro que no vas a dar una buena opinión de alguien que vive en uno de los edificios de la Plaza Mayor de Madrid, con bañera de hidromasaje y jacuzzi si luego encontraste que tenía una caja llena de muestras de sangre oculta en el aire acondicionado. Juzgarás siempre a la persona que te alojó, la forma en que te trató y lo que pillaste de su personalidad.

Como todo sistema basado en opiniones, la posibilidad de tener una mala experiencia cuando alojas o te aloja una persona con muchas y buenas opiniones, es insignificante. Los que vivimos de Internet sabemos que los sistemas de votos son manipulables, pero al mismo tiempo muy fiables. No se da una valoración a nivel de estrellas, sino que se rellena un texto explicando todo lo que sucedió, con enlaces al perfil de la persona que lo escribió. Muchas valoraciones recibidas de usuarios que han escrito otras valoraciones son casi imposibles que sean falsas.

Los usuarios del sistema muy antiguos y activos pueden llegar a tener más de 100 valoraciones, todas positivas. No deberías fiarte de ellos más que de tu hermano, pero probablemente sí más que de tu mujer. La mayoría de la gente tiene serias dudas a la hora de realizar algo así, no seré yo el que trate de convenceros de que hagáis Couchsurfing, me limitaré a contaros cómo funciona sin palabrería New Age.

Al ser un sistema basado en opiniones, necesitas algunas para tener opciones de que la gente confíe en ti. Para tus amigos será chocante explicarles que estás dispuesto a alojar a personas desconocidas en tu casa, sin cobrarles nada, pero que esas personas desconfían de ti y acaban eligiendo un hostal. Tus amigos te conocen y saben que tienes un pisazo y que eres «buena gente». Pero esa turista canadiense entra en pánico al pensar que hay un 1% de probabilidad de que seas un pervertido sexual.

Si lo que quieres es viajar gratis, sin tener ninguna valoración, tus opciones son nulas. Sólo podrán salvarte dos cosas: un buen par de tetas, o una descripción de tu perfil que sea prácticamente idéntica al tipo de persona que podría alojarte. Es decir, si eres un tatuador profesional que vive en Plasencia y pretendes viajar a México DF y justo hay un anfitrión que es un fanático de los tatuajes, tus opciones son buenas con él.

¿Cómo funciona?

Una vez has rellenado tu perfil contando todo sobre ti y has subido tus mejores fotografías, puedes empezar a usar el sistema. Si quieres viajar a México DF hay un buscador de ciudades donde podrás indicar tus preferencias y el sistema te mostrará un listado de posibles anfitriones, ordenados por criterios de popularidad y disponibilidad. Puedes ver sus perfiles, valorar la probabilidad de que hayan estado en prisión y enviarles un mensaje personal, lo más personalizado posible, explicándoles por qué quieres visitar su ciudad y por qué precisamente los has elegido a ellos.

Hola: Mi nombre es Santiago del Valle y tengo 45 años. Me considero una persona muy sana a la que le gusta hacer deportes de aventura, tatuarse todo el cuerpo y hablar de filosofía sin haber leído jamás un libro. Mi intención es ir a México DF del 4 del julio al 7 de julio. ¿Podría quedarme en tu casa? He visto en tu perfil que te gusta la taxidermia, lo que me ha parecido un punto diferenciador importante. Veo que eres buena gente, aparte de tener dos hijas pequeñas muy simpáticas.

La realidad es que, como en los sistemas de relaciones en Internet, uno escribe mensajes genéricos para hacerlos llegar a la máxima gente posible.

Hola: Mi nombre es Santiago del Valle y tengo 45 años. Me considero una persona muy sana a la que le gusta hacer deportes de aventura, tatuarse todo el cuerpo y hablar de filosofía sin haber leído jamás un libro. Mi intención es ir a México DF del 4 del julio al 7 de julio. ¿Podría quedarme en tu casa? He visto que eres buena gente y pareces saber mucho de México DF, tenemos muchas cosas en común.

No basta con enviar una solicitud y esperar a que te respondan. En la mayoría de los casos, nadie te dirá nada. Otros responderán pasados muchos días. Y la mayoría te dirá que no. La principal razón para que te digan que no es que tienes pinta de no ser trigo limpio. Otras muchas razones importantes para que te rechacen:

  • Has escrito a un perfil muy popular que tiene otras diez personas entre las que elegir.
  • Ese perfil ya eligió a otros que estarán en las fechas en que tú solicitaste.
  • Esa persona no aloja a nadie los sábados, porque es el día en que monta un circo sexual en casa con su pareja.
  • Tuvo malas experiencias con gente de Plasencia y ha decidido no alojar a nadie de allí.
  • Tuvo a alguien de Plasencia en su casa hace dos semanas, le apetece conocer a alguien diferente.
  • Nunca ha alojado a nadie de Plasencia. Y tampoco tiene intención de hacerlo.
  • Sois un grupo enorme de personas. Hay mucha gente que viaja sola, pero también parejas y grupos grandes. He llegado a ver peticiones de grupos de seis personas. ¿Quién alojaría a seis desconocidos a la vez? Aún en el hipotético caso de que quisieras, ¿Quién tiene espacio para seis personas en su casa?

No obstante si envías tu petición a un montón de personas, acabarás recibiendo alguna respuesta positiva. También hay un sistema de propuestas abiertas, que es menos efectivo pero puede llegar a más personas. Escribes tus planes de viaje, las fechas y cuánta gente viaja y esperas recibir propuestas por parte de anfitriones. Esto, sin embargo, tiene el defecto de que no sabes si alguien estará leyendo tu propuesta. Igual todo el mundo la ha leído y a todos les pareciste escoria humana. O casi nadie la ha leído. No es como el sistema directo, en que escribiste a obama_blanco de México DF y él recibió un email con tu propuesta de visita.

Digamos que de una forma o de otra, recibiste una aceptación por parte del otro usuario. ¡Enhorabuena! Ya estás participando en el sistema. Ahora tendrás que ponerte de acuerdo con tu anfitrión para ver cómo llegas a su casa. A muchos les molesta que no puedas llegar a un hotel antes de las 12:00, pero si usas Couchsurfing, la situación es mucho más dura. A lo mejor tu anfitrión trabaja de camarero en una discoteca y sale de casa a las 20:00. Si tu vuelo llega a las 20:00 te encuentras con que tienes que desplazarte a la discoteca y esperar a que termine su turno para ir con él. O dejar en consigna tu equipaje y dar tumbos por la desconocida ciudad hasta que la otra persona esté disponible. Obviamente ese caso es extremo, y siempre se llega a algún tipo de acuerdo con molestias mínimas para ambas partes. Pero no hay que obviar los problemas de horarios entre personas que trabajan y vuelos poco flexibles, muy raramente te recogerán en el aeropuerto o la estación.

Otra casuística problemática es el medio de contacto. Los viajeros que llegan a la ciudad de destino tienen un teléfono extranjero y ningún acceso a internet. Si hay algún tipo de problema, puede ser complicado comunicarlo. Tenías pensado recogerle en el aeropuerto pero resulta que tienes el coche en el taller. Le mandas un whatsup que el otro no lee porque está ya en el aeropuerto de salida. Y tú asumes que ha leído tu mensaje y por eso lo esperas en casa mientras tanto.

Un riesgo que no hay que dejar de mencionar son las cancelaciones de última hora. Puedes decidir alojar a esa simpática pareja de Ecuador, pero si dos días antes de que lleguen decides que en vez de tener a dos desconocidos en tu casa durante el fin de semana, prefieres irte a una matanza en el pueblo de tus padres, puedes dejar colgados a los ecuatorianos. Y este es uno de los aspectos más brutales de un sistema basado en el altruismo: no tienes ningún tipo de garantías. Según la Constitución Española, tienes derecho a ir a una matanza siempre que quieras, pero ahora ellos tienen que encontrar alojamiento en tu ciudad, dos días antes de llegar. En el mejor de los casos, encontrarán algo caro en un hotel. En muchos otros, se quedarán colgados y pendientes de un milagro que no ocurrirá. Las cancelaciones son frecuentes. Ten siempre un plan B a mano.

Ahora llegas a casa de ese desconocido, que normalmente te ofrece su sofá (de ahí el nombre de Couch-Surfing). Es un sofá donde hace pocos días ha dormido un sueco. Puede que incluso hace pocas horas. No esperes sábanas de algodón egipcio. Tal vez, ni almohada. Las condiciones higiénicas dependerán principalmente de ti.

Hasta ahora todo han sido penurias, sufrimiento y la sensación de estar a merced de desconocidos. Pero es entonces cuando llega la parte fascinante del Couchsurfing. Podrías estar en un céntrico hotel en vez de este deprimente apartamento del extrarradio. Pero estás hablando con una persona que vive en la ciudad y que te explica que el Museo de Robots, a pesar de su fama, es caro y no gusta tanto, que es mejor ir al Museo de Música. Que hay un sitio nada turístico debajo de casa donde puedes desayunar muy barato y muy bien. Que te llevará a tomar cervezas con sus amigos en la despedida de uno de sus colegas que se va a Soto del Real. Que te organizará los horarios para que puedas ver más en menos tiempo. Que te mencionará un sitio que hay en la ciudad de al lado que no conocías y es imprescindible.

Por encima de todo eso, a la gente que viaja, la idea de conocer a alguien de la ciudad, le suele gustar mucho, pues se hacen la idea de que son viajeros y no turistas. Está científicamente demostrado que por encima de todo lo que las personas más gratamente recuerdan son las experiencias. Con el paso del tiempo, los museos que he visitado en mi vida se han ido difuminando en mi memoria. Mucho de lo que permanece son algunas experiencias negativas o que no salieron como esperaba, y sitios inesperados: el tren que perdí en Berlín, el hotel que encontré a última hora de la noche en Oslo, mi visita a una librería en Nueva York. Para muchos de los viajeros que hagan Couchsurfing la experiencia más interesante de su viaje puede ser una cena que hicisteis en común, una visita improvisada a un lugar que no estaba en los planes. Lo más inesperado es lo más recordado.

Al terminar la experiencia con uno de los visitantes, se establece una especie de relación fuerte que dura horas. Tienes un nuevo buen amigo que, pasado pocos días, se desvanecerá de tu vida. Olvidarás su nombre y se quedará en «el ruso que era mecánico». Nunca lo visitarás en Rusia ni le llamarás por su cumpleaños.

Entre la gente que realiza este tipo de prácticas de viaje, se suele mencionar mucho «El espíritu de Couchsurfing». Parece que hay una idea de fondo ante la que todos se deben adaptar. El espíritu, según tengo entendido, es que tu alojas a otros desinteresadamente para hacer un mundo mejor y compartir culturas y experiencias. Afortunadamente, el mundo está lleno de muchos más matices.

Por encima de todo, Couchsurfing es una forma de viajar de bajo coste extremo. Gran parte de la gente que usa este sistema considera como plan B, si se quedan sin alojamiento o nadie les acepta, el dormir en la playa. Muchos se desplazan mediante autostop o blablacar (que es otro servicio muy interesante). Es fascinante que alguien pueda recorrer un país completo sin gastar apenas 100 euros.

Personalmente no me gustan este tipo de personas, simplemente por mi forma de vida aburguesada. Recibir a alguien que puede estar desaseado, por haber dormido en la playa de otra ciudad, con más hambre que Carpanta y menos dinero que el que se está bañando, apunta a experiencias que he querido dejar atrás. Si les enseñas la ciudad, no te puedes tomar una cerveza en el bar de moda porque no puede pagársela. No hablo ya de comer en un sitio aceptable. Comerá bocadillos de pan con mantequilla que hayan preparado en tu casa. Le llevarás a un museo estupendo al que no entrará porque no es gratis.

Hay gente que viene de países más pobres y para los que ese sistema es la única forma que tienen de conocer tu país. Hay que entender que su presupuesto sea modesto, a veces sonrojante. Lo que no me gustan son aquellos que ahorran por ahorrar, pues viven una experiencia que roza lo patético.

Otro tipo de usuario habitual de este sistema es el viajero en serie. Hay gente que viaja durante varios meses por todo el mundo. Se recorren decenas de países, a lo mejor en un viaje especial para el que acaban de dejar su trabajo. Son personas con una historia detrás interesante, pero para las que tu ciudad será la nº3 en el país nº7. Tendrás una sensación de que no puedes aportar nada a ese viajero, que llega agotado mentalmente.

Un volumen considerable de personas tiene un perfil muy hippie. Ves historias personales que suenan muy bien cuando eres muy joven, pero para los que no lo somos tanto, suenan a huida hacia delante. Estudiantes que terminan en la Universidad, empiezan un trabajo y se dan cuenta de que trabajar no es agradable. A los pocos años deciden volver a la vida estudiantil, llena de ventajas. Viajar, conocer el mundo, tal vez encontrar un trabajo sirviendo copas en un chiringuito junto a la playa, aprender surf, componer canciones por la noche, escribir una novela. La mayoría se quedarán en la parte donde se fuman porros y uno se levanta tan tarde como quiere. Soy alumno de Séneca, la vida es dura y no me gusta nada la gente que evita enfrentarse a los problemas cotidianos.

¿Qué sentido tiene alojar a alguien en tu casa? Hay tantos motivos posibles como personas. El principal que os daré, es que no te ocurrirá nada malo. No te robarán, no usarán el roll-on de tu desodorante, no abrirán la botella de Oporto que guardas para dentro de 20 años. Lo peor que puede pasar es que te dejen pelos en la ducha, mal olor en el baño por la mañana, algo más de desorden. El sistema de valoraciones es una cobertura muy buena, simplemente evita perfiles recién creados, sin foto, sin valoraciones. En un sistema con varios millones de usuarios, hay casos claros de personas con perfil criminal, tanto visitantes como anfitriones. Es de sentido común evitarlos.

Algunos motivos para aceptar alojar a desconocidos en tu casa:

Posibilidad de conocer a una persona de un país muy extraño. Todos conocemos a argentinos, ingleses e italianos. Pero ¿Con cuántos uzbekos o butaneses has coincidido en tu vida? La posibilidad de conocer a alguien de un país realmente exótico, sin pagar un céntimo y sin tener que desplazarte a su desolada ciudad es muy atractiva.

Posibilidad de conocer a una persona interesante. Puedes alojar a estudiantes de todo tipo de carreras, en algunos casos personas que están a un nivel cultural muy superior al tuyo. A mi me gustan las personas que suponen un desafío y que sacan lo mejor de mi mismo para intentar estar a su altura.

Hay gente que está en un momento mágico de sus vidas. Cuando has pasado cierta barrera de edad las únicas sorpresas posibles son fallecimientos, embarazos indeseados, despidos y la lejana jubilación. Conocer a alguien que está a punto de empezar a trabajar, que tiene una ilusión que has perdido, o al que hace su primer viaje al extranjero, que acaba de conocer a su novia, viven momentos que trasmiten una energía contagiosa. Para mi una responsabilidad que me encanta es que la primera impresión que tenga una persona de España sea la que se haga de mi. Me fascinan las manipulaciones de la realidad. Imagina lo que pensaría de las mexicanas alguien que tuviera la inmensa fortuna de ser alojado por Salma Hayek.

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Ayudar a otros. A mi nunca me ha gustado la idea de dar dinero para pobres de África, apadrinar niños en otro continente. He salido del pozo gracias a subsidios y ayudas del gobierno y me considero en deuda perpetua con el mundo. Eso sí, me gusta ayudar a gente que creo que se lo merece y a mi manera. Mucha gente que viaja con poco dinero merece disfrutar su estancia muy por encima de sus expectativas.

Aprender idiomas. Es ridículo pagar clases de idiomas con un profesor de alemán cuando puedes secuestrar a una pareja que hablarán contigo totalmente gratis. Puedes practicar con autríacos, suizos, alemanes del norte y del sur, del este y el oeste. No es sólo una forma de ahorro, sino de perfeccionamiento. Si practicas algún idioma marginal, como el chino o el danés, puede ser la única forma que tengas de progresar.

Y si todo es tan perfecto, ¿A que estoy esperando para viajar con Couchsurfing?

El sistema tiene un espíritu, pero la realidad tiene personas particulares con intereses y expectativas. Por cada loco que está dispuesto a alojar desconocidos, hay diez desconocidos en busca de su loco. Si pretendes viajar con este método lo vas a tener muy complicado, sobre todo si no dispones de referencias. El espíritu habla de igualdad de oportunidades, democracia y ayuda desinteresada. La realidad es que toda persona que acoge a otra, dispone de, aparte de la opción universal de rechazar al visitante, una elección de posibles huéspedes. Y aunque todo el mundo sea políticamente muy correcto, la realidad es que todos tenemos preferencias a la hora de elegir, y eso mediatiza las opciones de muchas personas.

A mi me inspiran mucha confianza personas de determinados países: Dinamarca, Japón, Noruega, Corea del Sur, Canadá. Hay países que me desagradan a priori: Israel, Pakistán, Francia, Nigeria. No tengo que pedir disculpas a nadie por tener preferencias sesgadas. Me inspira más confianza la gente entre 23 y 30 años que en otros rangos de edad. Mucha más las mujeres que los hombres. Las parejas de novios que los «solo» amigos de distinto sexo. Creo que nunca alojaré a una pareja de lesbianas y no tengo nada contra ellas. Omnívoros sobre vegetarianos. A la hora de aceptar a una persona en tu casa tienes que ser exigente al máximo y si eres honesto contigo mismo reconocerás los filtros más elementales.

Así, hay grupos sociales que lo tienen realmente complicado a la hora de encontrar un alojamiento gratuito. Quizás los peores, en España, sean los hombres asiáticos. A las mujeres no les atraen ni su físico ni su cultura (que nadie conoce). Los árabes pueden tener cierta aceptación superior a la que encontrarían en otros países, pero siempre lo van a tener difícil. Muchas personas que se han dedicado a alojar a decenas de desconocidos se enfrenta a la dura realidad de que, a pesar de sus extraordinarias valoraciones, nadie les acepta cuando deciden «aprovechar» el sistema y ser ellos los viajeros. Este jarro de agua fría les hace replantearse su participación en el futuro, y la vigencia del «espíritu de Couchsurfing».

Personalmente creo que uno debe alojar sólo si lo ve como algo positivo en sí mismo. Hacerlo en espera del quid pro quo es un error, pues lo normal es que no funcione tan bien como esperabas. Couchsurfing is for women. (es para mujeres).

Algo tan obvio como que todo el mundo, hombres y mujeres, prefiere alojar a mujeres, es un tema casi tabú pues rompe la idea hippie de alojar a un desconocido sin ningún tipo de interés. Además conecta con el otro gran tabú: Couchsurfing is for sex (es para sexo).

Piensa por un instante el siguiente escenario: recibes casi simultáneamente dos propuestas. De un lado una pareja de chicos de 25 años, provenientes de Detroit y con el aspecto típico de una persona media de Detroit. Por otro recibes a dos chicas de 25 años, de Ucrania, con el aspecto típico de una ucraniana de 25 años que aún no se ha casado (y dejado de ir). De acuerdo al espíritu de Couchsurfing deberías acoger a la primera de esas dos peticiones que has recibido, o lanzar una moneda y elegir al azar. De acuerdo al mundo real, eliges Ucrania. Y si luego alguna de las dos chicas es parecida a las fotografías que has visto, puedes tratarla como a una invitada más, pero una parte de tu cerebro, que no es ni mucho menos la menos importante, está ya trabajando para intentar que tengas sexo internacional.

Así, se establece un círculo nada vicioso, pero natural: hay más viajeros que gente dispuesta a acogerlos: se eligen a los mejores potenciales viajeros: se elige a mujeres sobre hombres: rubias sobre morenas: modelos sobre estudiantes de informática: te gustaría acostarte con ellas.

Obviamente al decir todo esto demuestro ser un pervertido y no compartir el espíritu de Couchsurfing. La realidad es que todavía me siento mal porque una vez rechacé acoger a una modelo polaca, que venía con una amiga, y que incluía entre sus aficiones «Pin-up«.

El sexo es un «problema» que siempre estará en el aire cuando decidas acoger o viajar a casa de una persona totalmente desconocida, salvo que tengas problemas con ello y decidas alojar o visitar sólo a personas de tu mismo sexo. Muchos de los que bombardean con la nefasta idea del espíritu son mujeres que sólo quieren viajar gratis por todo el mundo sin ningún tipo de problemas. El gran problema de Couchsurfing no es el sexo, sino que los hombres pueden viajar en condiciones muy inferiores a las mujeres. Partiendo de esta inevitable desigualdad, se llega a otra menos importante: mucha gente busca encuentros sexuales en Couchsurfing.

Creo que este problema no es tan grave. El sentido común dice que una mujer atractiva (y algunas que no lo son) va a gustar a muchos hombres, y que si se queda en casa con un hombre desconocido, una propuesta sexual no es nada rara. Puede parecer que este es el argumento de «la culpa es de ellas que visten como putas», pero no es más que lo obvio: si eres atractiva, viajas sola y no quieres recibir propuestas sexuales más o menos explícitas, evita alojarte en casa de hombres. Esos hombres pueden ser unos cerdos, pero no juegues con tu vida, evita los riesgos.

Así, el argumento de que una chica guapa debería poder viajar sin ningún tipo de preocupación, es absurdo. En Couchsurfing hay más de tres millones de usuarios, luego hay varias docenas de asesinos y violadores registrados. El problema ante la idea de «el espíritu» es que hay un sesgo natural y muchas personas no pueden usarlo por ser hombres (lo peor), muy mayores (la media de edad de los usuarios rondará los 22 años) o de países con una mala imagen internacional. Muchos recibirán menos ofertas de las esperadas, y muchas recibirán más de las que les conviene. El mundo siempre será así, adáptate a él.

Lo que me enganchó a Couchsurfing fue la idea antes citada de poder valorar a personas, del mismo modo que a un libro u electrodoméstico. Las valoraciones, sin embargo, parecen escritas con un fondo de música de Enya. Todos han sido excelentes anfitriones que han mostrado la vida local de primera mano, personas muy generosas y extrovertidas, que se han convertido en grandes amigos para siempre. La mayoría de la gente las completa con frases tomadas de anuncios de compresas, sin personalizar o facilitar la vida a futuros viajeros. Muchas de esas edulcoradas valoraciones ocultan una violenta situación de rechazo de propuestas abiertas de prácticas sexuales. Y en otros casos, de relaciones aceptadas con gusto por ambas partes. Es delirante definir a alguien por que te enseñó a cocinar paella, cuando la cosa que siempre recordarás no es lo que comiste, sino lo que te comieron.

El sistema de votaciones es tan importante, que todo el mundo mata por evitar una mala opinión. Casi nadie tiene opiniones negativas, ni una sola, y aquellos que las tienen causan mucho recelo. Esto no es Ebay, mejor tener 10 valoraciones positivas, que 99 positivas y una negativa. Como ya indicaba, no basta con valorar a la persona, sino que hay que escribir un texto. En las escasas valoraciones negativas que podrás leer, se dejan entrever situaciones muy violentas. El suavizante disimula la realidad, pero no la oculta del todo.

Un problema enorme de Couchsurfing es que las valoraciones son poco honestas. Hay tanto miedo a un voto negativo, que mucha gente prefiere no votar, o incluso hacerlo en positivo, por miedo a que el causante de una situación incómoda se vengue con otro voto negativo. Esto se podrá mejorar en el futuro con valoraciones a aspectos diferenciados de un visitante o anfitrión. Cinco estrellas a todo menos en seguridad, que sólo tiene cuatro, puede ser una historia no escrita de sutil acoso sexual. Aparte de este problema, hay gente que vive donde Cristo perdió el mechero. Ir a casa de un anfitrión en Madrid y descubrir que Arganda del Rey tiene metro, pero no está cerca del Palacio Real, es una sorpresa desagradable que también ocurre con frecuencia. O que esa persona es muy buena gente pero tiene la casa infectada de hormigas.

Así, siendo tan importante las valoraciones, es triste ver cómo mucha gente que se ha alojado gratis ni tan siquiera se preocupa de dar una valoración positiva después de haber estado muchos días en casa de otro. Normalmente es dejadez y la dificultad de expresar una opinión en un lenguaje políticamente correcto al que no estamos acostumbrados. Los ves sentarse ante el teclado y pensar «y ahora que digo de este». Otro motivo para no tener valoraciones es que la persona que viajó por tu casa esté en ruta de un largo viaje. Pasados varios días, ya de vuelta en casa, ni se acuerda de ti y por supuesto no va a perder ni un minuto de su tiempo en comentar la experiencia que ya no podrá repetir hasta el año que viene. Sorprende la poca visión de mucha gente, que no se preocupa de valorar hasta que plantea su siguiente viaje y se da cuenta de que votar a otros bien es incluso bueno para su perfil. Y ahí se ponen a comentar, pasados varios meses de la experiencia.

Y si las valoraciones son todas parecidas, las descripciones de los perfiles no suelen serlo menos. Algunas expresiones imprescindibles para definirte son:

Easy going.
Uncompromised.
Open minded.
Outgoing.
Like meeting new people.
Like traveling.
Outdoors.
Love party.

mochileros

Entre los viajeros de Couchsurfing hay mucha desorganización y una peligrosa inocencia. Muchos se equivocan en las fechas de viaje y acaban llegando antes o después de lo previsto. Viajan con autostop y aparecen en horarios totalmente impredecibles. Los que llegan a tu ciudad tras visitar otras lo hacen a veces desorientados, con planes cambiantes a los que te cuesta adaptarte si tienes un horario y una vida normales.

Al estar esa persona en tu casa, se rige bajo tus normas, ya sean estas que no se puede fumar o que tienen que estar en casa sólo cuando tú lo estés. Recibirás a personas que te trasmitirán confianza desde el primer momento y a otras que se la tendrán que ganar. En función de ello puedes decidir dejarles una llave de tu casa o no hacerlo. Tú eliges. Si no se comportan como esperas, puedes llegar a echarlos de la casa. Los estudiantes que viajan suelen ser buenos amigos del alcohol barato y las noches de fiesta. Si acogiste a dos polacos de 20 años no te extrañe que lleguen a las 2 de la mañana bastante perjudicados. Controla esas situaciones antes de que ocurran.

Mis mejores experiencias, hasta la fecha, han sido con asiáticos. Tienen unos valores que en occidente hemos olvidado. Eso sí, algunos viven en países comunistas, luego están equivocados en todo lo que opinen y son peores personas. No diría que he tenido suerte con la gente que he alojado, sino que he seguido un buen criterio a la hora de elegir a quien aceptar y a quién no. He ido exageradamente sobre seguro hasta el punto de rechazar a la pin-up girl.

Cuando todas las propuestas de alojamiento han sido rechazadas, un remedio desesperado es escribir un artículo en el foro de la ciudad solicitando un alojamiento de última hora. Muchas propuestas son de personas que acaban de llegar, no tienen nada reservado ni mucho dinero para dormir. Es entonces cuando aparecen los peligrosos depredadores, ocultos entre contados buenos samaritanos. Aceptar la propuesta de ese marroquí que vive en Granada, sin foto, con el perfil recién creado, es mejor que nada. Hay chicas de menos de 20 años que viajan a otro país, sin conocer el idioma, solas y se van a la casa de cualquiera que decida aceptarlas. Lamentablemente eso no puede acabar bien siempre.

Así, si ofreces alojamiento a alguien y se lleva una excelente experiencia, en parte alimentas que se confíe y crea que todo el mundo es así de bueno, que nada malo puede ocurrir. Normalmente será así, pero si viajas, ten siempre cuidado.

Uno de los riesgos menos mencionados por parte del viajero es que la persona que te acoja sea aburrida. Algunos de los que alojan lo hacen para practicar idiomas. Tienen un inglés macarrónico que necesitan mantener vivo y qué mejor forma que esta. Pero cuando la comunicación es mala, las situaciones son siempre algo incómodas. Otras personas son fanáticas de algo (zumbadas del reiki, frikis que sólo hablan de Juego de Tronos) y que no saben mantener una conversación fuera de su mini mundo. He oído muchas más historias de huéspedes aburridos que de depredadores sexuales.

Como anfitrión puedes encontrarte a gente que no encaje para nada con tu forma de vida. También ha personas maleducadas, paradójicamente, cuánto más «avanzado» sea el país de origen, peores formas puedes encontrarte. La gente del primer mundo espera ser tratada bien por la del segundo. En la cabeza de cada uno está el ubicar ese primer y segundo mundos.

Cuando se aloja a más de una persona, y esto es lo ideal pues viajar solo es de perdedores, se suele saber mucho sobre aquella que está registrada en la página, pues es la que tiene fotos e indica sus intereses y objetivos. Pero la mitad de los pelos que encuentres en la ducha pueden ser de su acompañante, así que es importante que te informes también sobre él. Normalmente «el otro» es el eslabón más débil de la cadena. En los matrimonios, se registra la chica y se menciona que viene con su marido. Si vienen dos amigas, la que está registrada siempre es la más guapa de las dos. Puede ocurrir que uno de los dos sea un seguidor de la idea y el otro sea un seguidor de la idea de gastar poco. Pregunta mucho por esa otra persona, porque será la que pueda definir si la experiencia es positiva o no.

Finalmente, un riesgo que se suele pasar por alto es que cuando acoges a alguien así, no dejas de estar aceptando a quien juega con fuego. La ucraniana de 20 años que mide 1.75 y viaja sola pasa por tu casa, pero luego va haciendo autostop a Toledo, y desde ahí a Plasencia (también por autostop) alojándose en casas de desconocidos. Si algo le sucede en su viaje, la investigación policial empezará en tu casa.

Otro punto a resaltar es el aspecto descarnado derivado de la gente que simplemente busca un sitio barato donde dormir. En algunos casos puedes llegar a tener la sensación de que la otra persona ve tu casa como un hostal. Un fugaz buenos días por la mañana y adiós al marcharse pueden ser todas las conversaciones que tengas con tu huésped. Te han usado, como cuando una ucraniana de 20 años decide tener sexo contigo. Si no quieres hacer el pardillo viendo como otros se aprovechan de tu candidez y espíritu Couchsurfing, es momento de que empieces a verlo como una versión offline del Mechanical Turk de Amazon.

Una pareja de China de visita por Zaragoza. ¡Bienvenidos! Ahora bien, ya que os quedáis en mi casa, os pido un favor a cambio:

Que me cocinéis el pato pequinés (el pato lo traéis en el equipaje de mano).
Me cambiéis todas las siliconas del cuarto de baño.
Me planchéis todas las camisas.
Me traduzcáis el blog al chino.

Normalmente los buenos invitados dan algún tipo de souvenir, o hacen una comida típica. Si percibes a quien quiere viajar gratis, tienes todo el derecho del mundo a pedir algo razonable a cambio (o a rechazar a ese viajero sin más).

Incluso, dado el elevado porcentaje de gente que viaja sin un duro, puedes usar el foro de la ciudad para conseguir mano de obra barata. Es decir, que te cambien las siliconas del baño por poco dinero, en lugar de tener que alojar a esa persona. Para alguien que quiere realizar un viaje por España por 100 euros, es una situación win-win.

Porque aunque haya millones de registrados en la página, la inmensa mayoría ni aloja ni se aloja en casa de desconocidos. Muchos viajan siguiendo medios tradicionales pero usan el foro de la ciudad como una excelente forma de enterarse de lo que está pasando en la ciudad. Planes de salida, quedadas, compartir coche con otros. También hay gente que no tiene la opción de alojar, porque vive en casa de sus padres o entiende los riesgos pero no tiene problemas en hacer de guía turístico y enseñar la ciudad a una pareja de eslovacos. O tomarse una copa con un grupo de ingleses que acaba de llegar a la ciudad y está tan perdido como tú. Para el viajero solitario, surgen opciones de conectar con otros en la misma situación.

Un último consejo: cómo elegir al viajero perfecto. Obviamente si sois nuevos en la página, casi nadie querrá alojarse con vosotros, pero el viajero que disfrutaréis más alojando tiene muchas de las siguientes características: Es una mujer. Nunca antes ha estado en tu país. Es de un país más pobre que el tuyo. No ha estado en decenas de países. No va a quedarse ni una noche ni más de tres.

¿Y el peor viajero? Suele ser una persona que conoce la ciudad casi mejor que tú pero se ha quedado colgada. Por ejemplo, alguien que fue au-pair hace un año en tu ciudad y ahora no tiene donde alojarse porque sus amigos son estudiantes. Se queda en tu casa, pero no ves a esa persona ni en pintura. Se lo está intentando montar con un medio rollo que conoció cuando vino hace meses. En el mejor de los casos, no se plantea llevarlo a tu casa para culminar la faena, pero igual pasa que no aparece en toda la noche y vuelve por la mañana. No eres su padre, pero algo sí que puede llegar a preocuparte la situación. Nunca alojes a nadie que ya haya estado en tu ciudad.

En resumen, espero haber dado una visión realista de lo que es Couchsurfing, lo que puedes esperar y lo que no. Si tienes algo que aportar, no dejes de comentar.

Cómo enviar dinero físico por correo

¿Cuál es la forma más segura de enviarle a alguien 1.000 euros en efectivo (billetes de papel)?

Corta dos billetes de 500 euros en tres partes cada uno. Coloca los tres lados izquierdos de este billete en un sobre, los derechos en otro y la parte central en un tercer sobre. Envia los sobres por separado.

Un tercio de billete no tiene valor legal alguno, así cada envío por separado no vale nada. Sin embargo, los bancos te devolverán el importe íntegro de un billete siempre y cuando poseas al menos el 51% del papel de dicho billete. Así, aunque perdieras uno de los sobres, el destinatario recibiría sus 1.000 euros.

Puedes eliminar por completo el riesgo de pérdida (y ahorrar gastos de envío) a cambio de aumentar la latencia. Si esperas a que el destinatario te confirme que ha recibido un envío, antes de enviar el siguiente. Si un envío se pierde, divides los billetes en partes más pequeñas, con lo que te aseguras que entre tú y el destinatario siempre tenéis más del 51% de los billetes. En el momento en que el destinatario tenga el 51% de los billetes, puedes dejar de enviar trozos, ahorrando costes.

Brillante respuesta de Ben Maurer, uno de los fundadores de recaptcha, en Quora. Es una traducción literal, adaptada a euros y a la legislación europea (idéntica en ese aspecto a la estadounidense).

The year of the car

Mis expectativas eran realmente bajas: no acabar en una silla de ruedas. Tenía todavía el carné provisional y ya estaba dispuesto a comprarme un coche. Y cuando digo dispuesto quiero decir que venía con las tareas hechas de casa. El mismo mes que me saqué el carné de conducir ya estaba dando volantazos sin un impertinente al lado que me salvara la vida con sus indicaciones.

¿Por qué me compré un coche? Uno puede ser un ferviente defensor del transporte público, de que los coches contaminan, de que es una compra económicamente injustificable. Pero qué duda cabe que saber conducir es una habilidad básica de la vida moderna, del mismo modo que saber algo de ordenadores o poder manejarse con el inglés. Porque me diréis que el inglés es más práctico que saber conducir. Mucha gente nunca se encuentra en una situación en que realmente necesite el inglés. No que sea práctico, sino que sea necesario. Es mucho más normal que uno sienta que, en un momento de su vida, le hubiera gustado poder conducir un coche.

Pero yo no quería tener un coche, vacilar de carrazo o cambiar mi forma de vida. Quería aprender a conducir, no ser un buen conductor, simplemente uno más. Por eso cuando me compré el coche tenía muy claro que iba a ser uno de segunda mano. Los objetos de segunda mano tienen la ventaja de que los sientes como menos tuyos. Y es importante no identificarse con los objetos, porque no es fácil controlar qué tienes tú y qué te tiene a ti. Un coche de segunda mano es un objeto rechazado por otro, venido a menos, con un pasado de felicidad que tú no has vivido. Lo tomas sin pensar tanto «es mi coche», sino más en la línea de «es el coche».

Para comprar coches de segunda mano cualquiera puede dar opiniones mejores que yo, a falta de conocimientos mecánicos elementales, y tras leer mucho por Internet, me quedé con algunas ideas generales. Lo primero es que si intentas conseguir el chollo del siglo ¡Lo puedes conseguir!, pero al mismo tiempo hay un factor de incertidumbre importante. Evitar riesgos vale dinero. Yo pagué bastante más del precio «de mercado» del coche pero a cambio de comprarlo de una persona conocida. Tenía claro que quería un coche que estuviera al tanto de revisiones, porque eso dice que el conductor lo ha cuidado y no ha pensado sólo en el gasto inicial. Que sabe que un coche tiene un mantenimiento mínimo que hay que pagar. Pensaba en comprar un coche «de chica» porque al final sabes que tienen menos kilómetros, menos burradas hechas con los amigos, menos aerodinámica y menos chorradas. Un coche modesto.

En resumen, para comprar un coche uno encuentra que hay una total disparidad entre oferta y demanda. Al menos en modelos intermedios. Uno está enamorado de su coche y no lo vende por menos de 6.000 euros. Va al concesionario y le ofrecen por él sólo 2.500 euros. El aspirante a vendedor se vuelve indignado ante la abochornante oferta. Lo pone en venta de segunda mano y se encuentra con que sólo le hacen ofertas muy a la baja. Hay una disparidad de precio del 50% que lleva a todo tipo de situaciones absurdas:

  • El vendedor indignado se queda con el coche y se plantea tener dos coches antes que malvender el antiguo.
  • El vendedor espera durante meses a que aparezca ese mirlo blanco que esté dispuesto a comprar el coche por un precio justo.
  • El vendedor sucumbe a la ley de la oferta y la demanda.
  • El vendedor se compra otro coche y lo deja al concesionario por lo que estén dispuesto a darle, por mísero que sea. Ya que pagan una miseria, por lo menos que sea una miseria sin papeleo.

En mi caso, yo fui el pardillo que hizo de mirlo blanco. Pero en ningún momento me sentí pagando mucho por poco. La misma persona que se ríe de mi forma de comprar segunda mano, luego se compra un coche de kilómetro cero en Alemania, se monta una historia tremendamente compleja, arriesgada y susceptible de acabar mal con tal de ahorrarse dos mil euros en un coche mejor pero que cuesta el triple que lo que costó el mío. ¡Me he ahorrado más que tú!

A la hora de comprar suelo ser mísero, pero en lo que nunca ahorro es en incertidumbre, en hacer de aseguradora. Porque prefiero pagar X por tener X, que pagar la mitad por tener X, con probabilidad del 50% ó 0, con probabilidad del otro 50%. No me gustan los gatos de Schrödinger.

El coche lo compré a través de una gestoría de esas que hay justo enfrente de las oficinas de tráfico. Para mi que fue una gran decisión. Me ahorré todo tipo de dudas, excursiones a trámites burocráticos y esperas – lo peor que te puede pasar en una compraventa es que esta se quede a medias y tú ya hayas pagado el coche entero – y tampoco fue por mucho dinero. De nuevo es la típica situación en que uno se ha gastado 5.000 euros en un coche pero luego piensa que pagar 150 euros a una gestoría es un robo a mano armada. Con este coche tuve suerte, porque ya habiendo terminado con la venta, la chica que la llevaba se dio cuenta de que en realidad el coche estaba a nombre de dos personas y que el vendedor tenía que traer a su mujer para que firmara o no hubiera sido aceptada por tráfico.

Y lo mejor de la gestoría es que sales de allí con papeles que acreditan que el coche es tuyo y que puedes conducirlo. Con todo provisional, el carné, el permiso de circulación y el seguro, vas conduciendo con más miedo que vergüenza. No vas sólo, porque te da miedo hasta abrir el coche, como para girar sin tener al menos a una persona que te diga que no, no te vas a matar.

Fue llegar a casa, aparcarlo de rebote justo enfrente de mi ventana y quedarme mirándolo luego desde casa, durante un largo rato. Ese coche era mío. Ahora tenía algo más de que preocuparme. Los gitanos que se subirían en el capó, los niños que me pintarían «Lávalo guarro» sobre el polvo del parabrisas. Los espejos retrovisores, que tarde o temprano me reventarían. Y el miedo perpetuo a olvidar algo ridículo entre los asientos y encontrarme un cristal roto por la mañana.

El primer día miré mucho tiempo a mi coche desde la ventana. Estaba preocupado por él, era como mi hijo, ahí fuera, sin que pudiera cuidarlo. Me levanté por la mañana, al día siguiente y ahí seguía.

Sin embargo seguí yendo al trabajo en metro. Porque no es lo mismo dar una vueltecita por ahí que enfrentarse a las míticas M30 y M40 de Madrid, en hora punta. A la despiadada lucha por una plaza de aparcamiento. Siempre de copiloto, estaba acostumbrado a no fijarme en las rutas, no sabía cuándo había una incorporación, cuándo tocaba ir pegándose a la izquierda. No sabía nada. El día antes de llevarme el coche por primera vez al trabajo no pude dormir, estaba aterrorizado, para ese día mis expectativas eran mucho más bajas: bastaba con no morir.

En perspectiva cometería todo tipo de errores. Sin el GPS, la mejor compra que he hecho en mi vida, no habría llegado al trabajo. Tal vez no habría podido volver a casa tampoco. El GPS es un invento increíble cuando no sabes nada, es como los subtítulos de las películas en inglés. Estás todo el rato leyendo sí, pero por lo menos te enteras de lo que pasa.

Los primeros viajes fueron desquiciantes. Me despistaba un segundo y se me había pasado la salida correcta, y tenía que desviarme hasta el quinto pino, donde había otra salida. Pero esta salida estaba llena de coches y nadie me dejaba acercarme al carril de la derecha. Me pitaban y me acababa rajando, me pasaba otra vez de salida.

Aún con GPS, y habiendo llegado casi sin ningún problema el primer día, a finales de la primera semana me encontré en medio de la ciudad, yo que sólo tenía que pisar las rondas de circunvalación, viendo todas las señales que iban hacia mi destino en el carril contrario, sudado, obsesionado con la vocecita de la chica del GPS que daba vagas indicaciones, llegando tarde al trabajo, donde no encontraría ya aparcamiento. Era una situación donde costaba mucho encontrar la calma.

Poco a poco fui haciéndome con la monótona ruta. La gente se reía de mí porque seguía el camino que recomendaba el GPS, camino que nadie haría porque era más lento que otro más hacker. Me aferraba a malo conocido como gato panza arriba. Y si el circular a 80 kilómetros por hora, cuando todo el mundo iba a otras velocidades y me esquivaba en un continuo y peligrosísimo para mí slalom, era de por si preocupante, los peores momentos los vivía a la hora de aparcar.

En la primera semana de tener el coche viví mis momentos más oscuros. La primera vez que aparqué lo hice en el espacio suficiente como para estacionar un autobús. Y lo mejor de todo es que en los diez minutos en que lo hacía, el coche que estaba al final del todo también se fue. Era casi como aparcar en un descampado. Aún así me costó dejarlo a medio metro de la acera. Todo esto aderezado con unos borrachos que estaban al lado descojonándose de mi y dándome indicaciones tan delirantes como las maniobras que yo hacía.

Aparcar siempre fue desagradable. Me daba cuenta de que lo hacía mal, tardaba mucho y era una maniobra del altísimo riesgo. En la primera semana le hice un tremendo arañazo al coche. Cuatro años con su dueño y ni un rasguño. Una semana conmigo y parecia una fragoneta de transportista. Y eso no fue todo, el arañazo ese lo hice al darle a otro coche, que no tuve el valor de quedarme a mirar cómo quedó. De eso no se vive pero realmente ha pasado mucho tiempo de todo esto y todavía me siento fatal pensando en ese pobre conductor que se encontrara el destrozo que le había hecho un hijo de puta como yo.

No puedo intentar justificar el haberme ido sin dejar una nota, pero quiero explicar la sensación de miedo en que vivía cuando iba con el coche. Vas por la calle y te puedes tropezar con una persona, puedes estar cerca de morir atropellado. Pero no tiene nada que ver con la sensación de miedo – y encima justificada – por tener una máquina enorme con la que puedes causar mucho daño a los demás. De que un error puede provocar un accidente, un gran destrozo. Que te tropiezas con cualquiera y no suele pasar nada, pero que en la carretera la gente pierde la cabeza y las reacciones de la gente son totalmente desproporcionadas, casi propias de tiempo de guerra.

El coche estaba desconchado, aparcaba de pena, conducía con miedo, estaba perdiendo peso a un ritmo que ya empezaba a preocupar. Los errores sin embargo disminuían a gran velocidad. Y es que es fácil mejorar cuando vienes de hacerlo todo mal. Es curiosa la cantidad de cosas que se pueden hacer mal en pocos segundos. Imagina que estás en un paso de peatones, antes de una rotonda. Van pasando los peatones y cuando es tu turno de salir estás despistado, te pitan, te pones molesto, resulta que tenías el coche en segunda, se te cala, arrancas de nuevo, estaba en segunda y se te vuelve a calar, pones primera, te pitan ya tres, vas a arrancar y el que estaba detrás te ha adelantado invadiendo el carril contrario, tienes que frenar para no darle, llegas a la rotonda y no te quieres parar. Pero tienes que hacerlo. Sin quererlo te quedas con medio coche dentro de la rotonda y medio fuera. Te pitan los que están dentro de ella y los que tienes detrás. Luego te metes y ya te da igual todo, sales de la rotonda asqueado y sin señalizar, ha habido un par de ocasiones en que te las has podido pegar, justo en los dos ratos en que estabas ya pasando de todo.

Pero la idea no es pintar todo lo malo que tienen los coches. Hay muchas sensaciones increíbles y que compensan todo lo malo. Me acuerdo de mis tiempos oscuros en que iba al Ikea a comprar y me volvía en el metro, con cuatro tontadas pero que parecía que estaba pasando el Estrecho, cargado como una mula. El viaje era interminable, molesto e infructuoso. Con el coche esa penosa experiencia era trivial, no era mucho mejor, era tan neutra, tan inocua que no te dabas cuenta de todo lo que te habías librado. Aparcabas a cinco metros de la puerta, cargabas todo lo que quisieras y más sin tener que levantar nunca nada de peso y luego hasta la puerta de casa. Era tan bueno, que no lo llegabas a disfrutar.

O la opción de irte un fin de semana sin un plan concreto y organizado. Sales con el coche porque hace buen tiempo. Apareces en Segovia, donde comes como un cerdo. O te plantas en un parque natural, no en el manido y masificado Retiro. O haces las dos cosas y te sobra medio domingo para lo que te de la gana. Sin coche, esas excursiones eran siempre molestas, viajes incómodos en autobuses con horarios incompatibles y que nunca te dejaban donde querías. Todo el rato mirando el reloj. Los viajes en coche tienen la enorme ventaja de que el tiempo cunde mucho más. Sin coche puedes ver dos cosas, con él puedes ver cuatro, comer donde quieras y encima estás mucho más descansado.

Fue pasando el tiempo, las experiencias se fueron volviendo más rutinarias. El GPS intentaba no usarlo nunca, más que saber aparcar, sabía dónde se podía aparcar y a qué horas. Aunque prometí que iría en coche al trabajo tres o cuatro veces en semana, ya iba todos los días y aunque los viernes tardaba mucho más yendo en coche, por los atascos que se formaban, lo prefería al asqueroso transporte público. Había pasado de leer tres libros al mes a leer un libro cada tres meses. Había engordado un poco, tenía un poco peor las cervicales, pero era algo parecido a una persona feliz.

Con las averías siempre estaba preocupado. No sabía cambiar una rueda, pero es que tampoco sabía mirar la presión de los neumáticos. Una vez que le puse gasolina al coche hice algo mal y se salió un borbotón que me manchó el pantalón – que quedó para tirar – y dejó un pequeño charco en el suelo – que no debía ser la cosa más segura. Cuando pensaba que le estaba cogiendo el tranquillo siempre pasaba algo que me recordaba que era mortal. Que me recordaba que no dejaba de ser un pardillazo.

Me robaron un embellecedor del coche, una rejilla, que llevó lo suyo encontrar por internet cómo se llamaba. Luego la pieza la compré online, con los típicos imprevistos de que te envían por error un tubo de escape, y cuando la tuve y la puse resulta que no encajaba perfectamente. Luego me di cuenta de que no era porque la pieza fuera falsa, sino porque al robármela me habían doblado los enganches. No hice mucho mal del hijo de puta que se la llevó, con sólo recordar mi fuga tras aquel fatídico aparcamiento en la primera semana. El caso es que puse la pieza y estaba rara y a lo mejor llegaba un día del trabajo y la veía medio salida y la ponía de nuevo bien y subía a casa con las manos sucias y esa sensación agridulce de cuando te has esforzado mucho en algo pero sabes que el resultado es muy flojo. Llegaría el día en que miraría y esa pieza ya no estaba, en uno de los viajes se había salido entera y la había perdido.

Volví a comprarla por internet y ya tenía una sensación de derrota. De nuevo no encajaba bien, esta vez me di cuenta que era cosa de los enganches. Probé todo y nada funcionó. Al final compré un pegamento especial, que lo único especial que tenía era el precio. Entre el pegamento y los enganches parece que se quedó bien, pero fue un trabajo de poca precisión, yo siempre veía algún chorreón de pegamento sobre el plástico y que la pieza no encajaba del todo bien.

Viví muchas experiencias con ese coche. Pasé la ITV, pasé una revisión gorda en que me cambiaron la correa de distribución. El hombre del taller sólo sabía hacer facturas a los que venían con el seguro a todo riesgo, cómo será el país y el dinero en B, cuando pienso que lo llevé al concesionario oficial de una marca que no era la de mi coche. Tuve que justificar ante el gerente, que era un conocido, que quería la factura y el IVA, aunque me costara más.

Después de un año tenía la misma sensación conduciendo que con la vida en general, que tienes mucho a tus espaldas pero que notas que no es suficiente, que siempre hay algo importante que todavía no sabes. Cuando tienes cierta edad sabes que ya todo es un aprendizaje lento y doloroso. Podía haber seguido conduciendo cinco años más, que seguiría yendo casi todo el tiempo por la derecha, aparcando con temeridad e incómodo cuando llevaba de pasajeros a mejores conductores.

El accidente

Fui el martes a lo de la ITV y había una fila infinita, me daban esperanzas de tener que esperar por lo menos tres horas más. Así que me volví a casa y pedí cita por Internet, que me dieron para ese mismo sábado. El coche estaba impecable, salvo por el molesto arañazo, ese memento mori que, aunque había prometido arreglar en cuanto pudiera y que me llevó a horas perdidas, buscando el color, dónde comprar la pintura, métodos de hacer chapuzas, etc., nunca llegué a arreglar. Había tenido que cambiarle bombillas al coche y una la había dejado medio torcida, con lo que la luz no iría del todo recta el día de la ITV.

Entre una cita y otra para la ITV, tuve un accidente. Se dice accidente cuando hay muertos y quieres parecer tremendista – como es mi caso – pero en realidad fue un golpe que se llevó mi coche. Los golpes lo bueno que tiene es que siempre te los dan. Todo el mundo no los tiene en cuenta a la hora de contar su historial negro con el coche. Nadie ha tenido nunca un accidente.

En mi caso, tuve mucho de culpa: iba como siempre, atento a la mitad de las señales y con el sol de frente. Me vi un semáforo en rojo cuando lo tenía justo encima y me paré en seco. Y el coche de detrás me dio un golpe.

Otra experiencia incómoda al volante. Tuve la suerte de que el otro conductor tenía seguro, no era étnico y no tenía permiso de armas. Cuando nos juntamos para rellenar el parte del accidente, mi contrario tenía claro que era culpa mía. Yo sabía que lo ocurrido había pasado en parte, o gran parte, por mi inadecuado frenazo. Pero el caso es que yo no iba a ceder en la razón por el algoritmo básico de la circulación, que si te dan un golpe por detrás la culpa es del de atrás.

Me sorprendió lo poco que le había pasado a los coches, casi nada. Mi coche parecía que tenía más un golpe dado aparcando que un encontronazo por detrás. Luego pasaría la ITV con una indicación de que la chapa no estaba perfecta. La discusión con el otro conductor fue en términos cordiales. Pusimos una consensuada descripción de los hechos, pero al final los seguros son estrictos. Uno de los dos tiene la culpa, cuando en realidad la teníamos los dos, tal vez en un 60%-40% o 70%-30%. Uno de los dos se tendría que pagar el arreglo – los dos teníamos el coche asegurado a terceros, yo no tenía un todo riesgo por la sencilla razón de que mi seguro básico costaba lo que un todo riesgo por no tener años de carné. El todo riesgo costaba casi tanto como el coche.

Luego volvería a pasar muchas veces por el sitio donde me había dado el golpe y siempre iba acojonado, pero sobre todo con la sensación de que no importa que sepas que es un punto peligroso, que es que dos metros más adelante te vuelve a poder pasar lo mismo. Y que el coche había respondido muy bien y que no había sido nada. Y que rellenar un parte es trivial, y que ya tenía otra experiencia más, tan desagradable como necesaria.

Y el ruido cuando oyes el ¡Clock! del impacto contra tu coche, los nervios, tener que salir a ver, tener que aparcar a un lado, todo el mundo mirándote. Me acuerdo que dormí fatal esa noche porque sabía que lo normal es que tengas secuelas en el cuello y que no lo notas hasta el día siguiente. Y que afortunadamente no lo noté tampoco al día siguiente.

Todo en el coche eran sensaciones contradictorias, muy positivas y negativas. La vida sin coche es muy sencilla, es como no tener hijos, todo mucho más fácil pero no necesariamente mejor.

Siempre se lee que el problema de un coche es la gasolina y sus precios pero a mi me parece como los que se amargan al tener que pagar el hosting de su blog, que cuesta 50 euros al año como mucho, y luego se tiran horas y horas escribiendo y eso no les parece suponer nada. En un coche el gasto de gasolina, salvo que hagas muchos kilómetros para ir al trabajo o que tengas un trailer, es ridículo comparado con todo lo demás. Al mismo tiempo me llamó la atención que era más barato ir en coche que en transporte público, siempre y cuando en la ecuación sólo pongas el coste de la gasolina.

El caso es que estuve con el coche casi un año justo. Lo iba a vender justo cuando me pasó lo del golpe y me encontré con la difícil situación de cara a la posible venta. Tenía muy claro que no iba a entrar en el juego del vendedor que no quiere vender. Le puse un precio muy bajo y un conocido estuvo interesado. No me lo compró sin más, y eso después de probarlo, lo que me confirmó que el precio era barato sin ser regalado, luego era un precio justo. Era una venta condicionada: tras leer muchas opiniones en Internet yo daba por hecho que el seguro me daría la razón, pero no sabía cuánto podía tardar eso. Tuve suerte de que el seguro arregló todo muy rápido, gracias a haber dado una versión conjunta por parte de los dos afectados. Me habían dado la razón y se lo comuniqué a este posible comprador, que a los pocos días me dijo que lo aceptaba, pero que lo compraba cuando estuviera arreglado. Yo que lo vi indeciso, pues barajaba varias ofertas y que andaba escaso de efectivo, le ofrecí una rebaja del 10%, sobre un precio ya bajo, si él se encargaba de tramitar el arreglo con el seguro y la compra se hacía de inmediato.

Me quité el coche de encima con un gran rebajón. Me dio una pena enorme. Todavía me la da. Pero solucioné el problema en tiempo récord. Miré precios de coches similares, le desconté el absurdamente costoso arañazo, tiré por lo más bajo y por esa cantidad lo vendí. Estaba dispuesto a regatear 10 euros pero no a esperar un mes a que llegara un comprador pardillo.

A las dos semanas de no tener coche volví a leer, volví a sudar en el metro, pero volví a una vida más tranquila. Fue una experiencia muy interesante y compleja. No he vuelto a conducir desde entonces. Echo de menos el coche y me alegro de no tenerlo.

Frases latinas para tatuajes

Estaba guardando el enlace sobre un artículo de una frase latina y me sorprendió que el sistema sugería como palabra clave la etiqueta «tatuaje», antes que ninguna otra. No había pensado que dentro de la inclasificable moda de realizarse tatuajes, los textos algo crípticos, como letras en lenguas orientales, tienen mucho éxito. Pero también las frases en latín, pues además son idóneas para escribirlas en esas chirriantes tipografías de tatuaje.

A pesar de que las frases latinas cortas y memorables se cuentan por cientos, en la cultura del tatuaje sólo tienen lugar unas cuantas, pues quieras que no el hecho de escribirse la frase tiene unas connotaciones para el que se tatúa. A veces.

Las principales frases, en una investigación superficial, son las siguientes:

Sobre el amor

  • Ama et fac qod vis. Ama y haz lo que quieras.
  • Omina vincit amor. El amor todo lo vence.
  • Amor ordinem nescit. El amor no tiene orden.
  • Odi et Amo. Odio y amo.

Sobre la valentía y el dolor

  • Carpe noctem. Aprovecha la noche.
  • Memento vivere. Acuérdate de vivir.
  • Dum spiro spero. Mientras respire, tendré esperanza.
  • Quis atterit mihi tantum mihi plantit fortius. Lo que no te mata, te hace más fuerte.
  • Veni, vidi, vici. Vine, ví, vencí.
  • Alea iacta est. La suerte está echada.
  • Cogito ergo doleo. Pienso, luego sufro.
  • Cedo maiori. Cedo ante lo superior.
  • Audere est facere. Atreverse es hacer.
  • Facta, non verba. Hechos, no palabras.
  • Per aspera ad astra. Hasta las estrellas, mediante el sacrificio.
  • Timendi causa est nescire. La ignorancia es la causa del temor.
  • Aequam memento rebus in arduis servare mentem. Acuérdate de conservar la mente serena en momentos difíciles.
  • Dura lex, sed lex. La ley es dura, pero es ley.

Sobre la personalidad

  • Aude sapere. Atrévete a saber.
  • Non sum qualis eram. No soy el que era.
  • Alis volat propriis. Vuelo con mis propias alas.
  • Cogito, ergo sum. Pienso, luego existo.

Los errores al escribir las frases, la mezcla de palabras latinas con las de lenguas vivas, el uso de frases de series de televisión, que no tienen historia alguna, todo eso hace mucho más interesante el tatuarse algo así.

Fuentes:
Latin phrases.
Latin quotes.
Yahoo Answers.
Yahoo Answers.
Latin Tattoos.