El mejor cocinero del mundo

En España todo el mundo sabe que el mejor cocinero del mundo es Ferran Adrià.
Lo que no sabe la gente de fuera de España es quién es Ferran Adrià.
Y es que a lo mejor Ferran Adrià no es el mejor cocinero del mundo.
De este cocinero dice la siempre divertida Wikipedia en castellano:

Considerado por los especialistas el mejor cocinero del mundo en la actualidad.

La Wikipedia inglesa, en un breve artículo dice:

En la actualidad es considerado uno de los mejores cocineros del mundo y lidera el ranking de la revista europea Restaurant.

A ver. Hay mejor equipo de fútbol del mundo (el que gane el Mundial, aunque se injustamente). Hay mujer más guapa del mundo (la que gane alguno de los concursos de mises, aunque las haya más guapas) o hay mejor tenista del mundo (el que lidere la lista de la ATP). Uno puede estar de acuerdo con estos líderes. O no. Pero tienen un título de prestigio por el que los competidores suelen también luchar.
En cocina no existe el título de mejor cocinero del mundo. Existen listas diferentes, unas con más prestigio que otras. De entre las más prestigiosas, existe la que presenta la revista Restaurant.
Esta lista no da un premio al mejor cocinero sino al mejor restaurante. Y en este caso el restaurante dirigido por Ferran Adrià, El Bulli, es el mejor con diferencia.
Best restaurant in the world:
* 2008 El Bulli, Catalonia (Spain)
* 2007 El Bulli, Catalonia (Spain)
* 2006 El Bulli, Catalonia (Spain)
* 2005 The Fat Duck, Bray, Berkshire, England, UK
* 2004 The French Laundry, Yountville, California, USA
* 2003 The French Laundry, Yountville, California, USA
* 2002 El Bulli, Catalonia (Spain)
Ahora bien. Comparando con la Fórmula1, Ferran Adrià es Felipe Massa y el Bulli es Ferrari. El mejor del mundo es Ferrari. No desde luego el piloto, ni siquiera el jefe de la escudería. Es la escudería.
Y aunque es indudable su pujanza internacional o la exquisitez de su restaurante, y me enorgullece que haya españoles en los primeros puestos mundiales de cualquier cosa, el decir con esa prepotencia que tenemos el mejor cocinero del mundo es una exageración.
Porque esto no es todo. Si uno mira el jurado de ese concurso, se da cuenta de que es un concurso europeo. Hay tantos delegados españoles como de todo Estados Unidos. Cada cual puede tener mil razones para odiar ese país, pero Estados Unidos es tan grande como todo Europa y tiene tantos buenos restaurantes como todo Europa. La lista deja en muy mal lugar a los cheffs americanos, que ocupan puestos de segunda fila. Y bueno, los cocineros americanos de prestigio no es que cocinen hamburguesas y donuts constantemente. Tienen tanta calidad y conocimientos como los europeos. Sobre todo porque muchos son europeos o dirigen restaurantes de cocina europea.
Algo parecido sucede en vinos. En España creemos que nuestros vinos son los mejores del mundo. Y están entre los mejores. Pero ignoramos que haya competencia al margen de Francia. Y no sólo Italia puede vencernos, sino que Estados Unidos ni siquiera nos considera rival, al creérse en batalla sólo contra Francia.
El mundo de la cocina es muy emocional. Se establecen rivalidades locales y rencillas al margen de toda realidad. En vinos, todos se creen los mejores. También en cocina. Y en muchos casos se descartan rivales.
Otra potencia culinaria es Japón. Odio la cocina japonesa, pero es sabido que es una de las mejores del mundo y la calidad de sus restaurantes de lujo y cocineros de alto nivel es una de las máximas posibles. La cocina oriental también queda desprestigiada en el jurado de esa revista.
El concurso de mejor cocinero del mundo, por curiosidad, existe. Es la Bocuse d’Or (cuidado con la música de la web).
Sobre la participación española en este concurso incluso se ha hecho un documental en español: El pollo, el pez y el cangrejo real.
En este documental de 2008 se narra la lucha del equipo español, liderado por Jesús Almagro, por no repetir el ridículo de la edición anterior, en que Angel Palacios, un aventajado alumno de Ferran Adrià, quedó en 14º puesto (de 20 contendientes).
Me han dicho que es un documental muy interesante para los aficionados a la gastronomía. No contaré e

Papa Noel

Hoy en día todo lo que tenga algo que ver con la religión es cuestionado. Así, hasta las tradiciones navideñas de Los Reyes Magos o Papá Noel se consideran opciones a descartar para aquellos padres que quieran crear a sus hijos fuera de creencias que ellos no comparten.
Motivo de debate es el decidir si los niños tienen el derecho, el deber o la opción de vivir la fantasía de creer en unos personajes ficticios que traen regalos a los niños buenos.
Vaya por delante que no tengo una opción clara al respecto y esta no es sino una forma de clarificar mi postura.
a) ¿Son malos por ser ficticios?
Una posible razón para evitar que los niños crean en Reyes Magos es que son personajes inexistentes. Una enorme mentira que les aleja de la realidad.
Sin embargo rara es la persona que cree que un niño no deba criarse oyendo cuentos infantiles, pavadas como Caperucita Roja o Blancanieves. No creo que la ficcionalidad de los Reyes sea un motivo para desecharlos, mientras uno se pasa años inculcando fantasías, reinos mágicos y todo tipo de parafernalia increíble.
Si creemos que es bueno para ellos, para su fantasía, el que se le cuenten historias, mucho mejor debe ser hacerlos partícipe del mayor cuento jamás contado, un cuento sobre el que encuentran miles de pistas confirmatorias por todas partes. Si la ficción es buena, los Reyes son los reyes.
b) ¿Son malos por ser religiosos?
Bueno, desde luego los Reyes Magos o Papá Noel son el paganismo personificado. Se trata de una tradición como pocas, con la fuerza de un agujero negro para atraer símbolos y mensajes de otras: San Nicolás, el padre del cordero, nació en Turquía. El robo de sus reliquias atrajo la tradición a Italia y se fue mezclando con productos de todas las religiones y culturas. Los renos nórdicos, papá Navidad de los bárbaros, San Nicolás turco-italiano, los Reyes Magos españoles, la simbología navideña de un dibujante americano. Es un enorme batiburrillo que nada tiene de religioso, un mejunje de ideas y conceptos difíciles de asimilar pero que nada tienen de religioso.
Los Reyes Magos y Papá Noel entran en una extraña lucha de la que somos testigos de primera mano. De todo esto saldrá una única figura, con lo peor de cada uno de ellos.
c) Los niños disfrutan más la Navidad con los Reyes Magos.
Este es probablemente el punto más comprometido de todos. Cierto es que les encanta recibir regalos, sentirse tan importantes, impacientes ante la incertidumbre de saber si habrán obtenido lo que querían. Pero también hay miedos: A sentirse controlados por desconocidos seres de pinta dudosa. A ser considerado malos niños, a que otros obtengan mejores regalos. Tampoco se entiende tener que portarse bien para agradar a tripones tipos barbudos.
La ilusión de la noche antes, casi en vela para ver qué traen los Reyes Magos, no sería muy distinta si fueran los padres los que a las claras decidieran que comprar. Sin embargo si lo regalado no fuera exactamente lo que uno espera, habría una figura sobre la que focalizar todo ese rencor: los padres.
La realidad que nadie quiere reconocer, en mi opinión, es que los que disfrutan más, y por lo que insisten tanto en mantener el cuento, son los padres. Ver la cara de bobos con que los niños se tragan el camelo, las sonrisas cuando abren el regalo que mil veces te han repetido que era lo que querían. Su inocencia creyendo que sucesivos tipos barbudos son siempre la misma personalidad y el encargado de repartir los regalos. Verlos quedarse dormidos en el sofá, esperando la llegada, poner las galletas y los zapatos donde irán los caramelos.
Todo esto a los que realmente agrada es a los padres. Son ellos los que se enternecen viendo la dulzura e inocencia de sus hijos.
Esta inocencia se esgrime como principal argumento: hay que tratar de mantenerla viva tanto tiempo como sea posible.
d) La decepción.
Tarde o temprano los niños se acaban enterando de que todo era un cuento chino. Es inevitable. ¿Compensa esta decepción los años de felicidad? Es un motivo de debate imposible de aclarar.
Como tantas mentiras de adulto, tratamos de postergar lo inevitable mucho más allá de lo razonable. No hay niño tan adulto que no pueda creerse los Reyes Magos un año más. La revelación suele estar causada por fuentes exógenas: otros niños de la misma edad que han descubierto el camelo. Llega un momento en que las voces disidentes son tantas que uno ya busca más pistas para destapar el fraude, en lugar de las anteriores justificaciones.
La lucha entre padres e hijos se traslada al terreno criminal: el padre trata de mantener vivo al viejo tripón de barbas blancas, el niño de desenmascararlo. Los primeros ocultando pruebas, maquinando coartadas. El segundo revisando todo al mínimo detalle, con un ojo abierto y otro cerrado.
Quizás sea un error oponerse al casual descubrimiento de los hijos, si sugieren la idea de que ese tipo no existe uno debería sentarse con ellos y explicarles que así es y contarles un poco sobre los métodos que emplean los padres para engañar a los niños. Sin embargo estoy cansado de ver casos en que los padres luchan por mantener esa ilusión (ilusión de padres, como he dicho anteriormente) a toda costa.
La decepción tiene mucho de negativo, al descubrir una mentira mantenida durante años en la que han participado decenas o cientos de personas, casi todos conocidos y seres queridos. Esto sitúa al niño en un punto escéptico: también los padres mienten, a veces en connivencia con otros.
En el momento de descubrir el truco el niño no piensa en su ilusión de hace tres años, cuando pedía chorradas que ahora le aburren. Sólo se piensa en su actual descontento.
Hay veces que el niño descubre con claridad el alcance de la mentira y ve con bochorno cómo los padres insisten en mantener la mascarada. Ahora que papá va solo es porque está comprando mi regalo. El armario del que se ha perdido misteriosamente la llave es donde están los regalos y la llave, está debajo del felpudo.
Puede ocurrir que el niño se esfuerce por mantener la mentira a los ojos de los padres, porque siente pena ante la decepción que podrían sentir los padres si se enteraran de que ya es game over.
El aspecto positivo de esta decepción está en la pertenencia a una nueva clase. El niño se siente aliviado al saberse conocedor de algo que ignoran todos los más pequeños que él. Es una especie de ruptura con la infantilidad para pasar a la categoría de niño (que no es mucho, pero un gran salto).
Este cambio de categoría no puede realizarse demasiado tarde, si no se quiere traumatizar al niño. Un niño de nueve años que justo se entere de que los Reyes no existen del todo, se sentirá un profundo idiota, tras pasar tres años negando a sus compañeros la suplantación de los padres, y descubrir ahora que efectivamente, ellos tenían razón.
Los padres deberían poner un freno a la inocencia, aproximadamente en la media de edad – seis años – en que los niños se enteran de todo. Si no lo hacen, se comportan de forma irresponsable.
En esto hay una gran relación con el despertar de la sexualidad. Los niños acaban enterándose de todo por otros, nunca los padres. En el caso de los Reyes no es mayor problema; con la sexualidad sí puede serlo. El niño que se entera de las diferencias entre chicos o chicas, o de cómo dejar embarazada a una compañera de clase demasiado tarde, lo acaba pagando, aunque sólo sea por la vergüenza que otros le harán pasar.
No es bueno dejar que los niños dejen de confiar en los padres como fuente de información confiable, actualizada y acorde a su edad. Por eso está claro que aunque quizás sea bueno contarles lo de los Reyes, no puede ser jamás buena idea el mantener la historia hasta más allá de lo razonable. Y esque los Reyes los inventaron los padres, para su propio deleite.
Fuente: La Controversia de la Decepción de Santa Klaus. Wikipedia en inglés.

Radioactividad

Ahora nos invade una mezcla de diversión y pena cuando vemos que a comienzos del siglo XX, poco después del descubrimiento de la radioactividad, existían todo tipo de productos «radioactivos» como si de una ventaja añadida se tratase. De estos productos, los mejores eran los fraudulentos, los que en realidad no eran radiactivos. Los otros sirvieron para disparar los casos de cáncer de forma alarmante.
Estos incautos que se dejaron embaucar por lo nuevo, fuese sano o no, nos parecen inocentes, cándidos, un poco estúpidos. Pero yo me pregunto qué pensarán de nosotros las generaciones futuras cuando vean nuestra actitud de comienzos del siglo XXI hacia la energía nuclear:
Tenían la tecnología necesaria, los métodos para evacuar los residuos radioactivos sin que produjeran ningún daño. Había uranio suficiente y no era demasiado caro. La seguridad suficiente para que un accidente fuera casi imposible. Sin embargo, un miedo patológico les invadía. No conocemos las causas exactas. Quizás fueran simplemente razones de índole religiosa, lo cierto es que preferían agotar hasta la última gota de petróleo. Sin importarles lo caro que fuese ese combustible o el perjuicio que causara en sus economías. La lucha contra la energía atómica figuraba en las campañas de los partidos políticos. Daba votos y nadie se atrevía a defenderla mínimamente, al menos antes de las elecciones.
Intentaron en vano desarrollar nuevas tecnologías basadas en energías que llamaban no contaminantes: eólica, solar. Mediante subsidios se fomentó su comercialización. Se llegó a hablar de llenar de paneles solares toda la superficie del desierto del Sahara. Cambiaron las cosechas para producir combustibles de tipo biológico. Era como si el hombre de las cavernas hubiera descubierto el fuego y lo rechazara: donde se ponga una buena piel que se quiten esas modernidades.

Chocolate inexacto

Supongo que muchos os habéis preguntado lo mismo. Los chocolates «negros» que se jactan de su alto contenido en cacao, siempre dan una cantidad de cacao mínima. «80 por ciento de cacao mínimo».
Es algo absolutamente incomprensible, salvo que haya alguna restricción legal. No nos engañemos, todos estos chocolates son productos de fábrica creados masivamente. ¿De veras que no sabéis a ciencia cierta el contenido EXACTO en cacao de la mezcla? Y no me puedo creer que la masa no sea lo suficientemente homogénea como para que esta cantidad pueda variar apreciablemente.
Otro punto: si miras en los ingredientes de los chocolates – y de muchos otros productos – encuentras las temidas trazas de avellanas, nueces y leche en polvo. Esta información se escribe ante los posibles alérgicos severos (uno entre mil millones de personas) que podrían morir simplemente por tomar el producto que ante el que reaccionan. Como medida legal de precaución.
Aunque resulta repugnante. Se sabe que la misma máquina que hace el chocolate con leche hace luego el chocolate con avellanas. Pero que diablos, ¿No son capaces de limpiar la máquina hasta el punto de que no quede ni rastro de lo que han procesado unas horas antes?
Además, no dicen «contiene trazas de nueces», sino el altamente improbable, «puede contener trazas de nueces», o sea, hay una probabilidad de que queden restos insignificantes de un producto al que es casi imposible que tengas intolerancia y si la tienes es casi seguro que no irá más allá de gases o molestias estomacales.
Nota: Para los consumidores de marcas cutres de chocolates, según esta página en que ha contrastado los registros sanitarios, las marcas de chocolate de las grandes cadenas de supermercados (marcas blancas) son realmente las siguientes:
Marca Eroski: Zahor
Marca Mercadona: Gorriaga/Cantalou
Marca El Corte Inglés: Valor
Marca DIA%: Nestlé (para el chocolate con leche). Gorriaga/Cantalou para el resto.
Marca Carrefour: Gorriaga/Cantalou
Marca El Árbol: Comercial Loraine

La ciudad de las bombillas

La serie americana Sex and the City (traducida como Sexo en Nueva York) presenta la aparentemente poco realista vida de cuatro chicas newyorkinas tan acomodadas económicamente como promiscuas y desinhibidas en el plano sexual. Al margen de las críticas ante la veracidad o lo divertida que pueda resultar, es una interesante muestra de la vida en la ciudad de Nueva York (de ahí que el título español, que deja a la ciudad como el lugar donde ocurre la acción en lugar de un protagonista más, es un poco desacertado).
Una de las cosas que más me chocó de esa serie era el ver cómo cuatro chicas que tienen trabajos de primera fila – periodista de éxito, asociada de una firma legal, galerista de arte, relaciones públicas – al margen de que disfrutan de una vida envidiable disponen de un tren de vida relativamente modesto.
La protagonista se enamora de un personaje que es quizás el único que aparece en toda la serie que tenga coche propio. Con el lujo añadido de que posee chófer, pero es que de lo contrario habría quedado como un pobre diablo.
Aunque las chicas viven en las zonas más exclusivas de la ciudad del lujo moran en apartamentos bastante modestos, con apenas una habitación y una cocina minúscula. Y además, viven de alquiler.
Nunca viajan al extranjero – o casi nunca. No pasan un día en el campo. En verano van a la piscina porque una de las protagonistas consigue robar una tarjeta de socio de una de ellas.
Trabajan de sol a sol. Pagan sus cuentas por separado. Comen comida barata demasiado a menudo. Sufren horas para conseguir un taxi, que comparten. A veces no pueden entrar en las discotecas. Y en algún restaurante, al no tener reserva, se quedan sin comer.
Si eliminamos el lujo newyorkino, los zapatos de diseño, los regalos desmedidos, el chófer, casi tenemos la vida de unas pobres mileuristas con más suerte en la cama que en la vida.
Y es que Nueva York es una ciudad paradójica. Parece el símbolo del sinsentido, de la contaminación, del consumismo. La realidad sin embargo no es tan sencilla. En este ingenioso ensayo, David Owen diserta con acierto defendiendo el estilo de vida de la Gran Manzana. Solo degenerado en apariencia, la gente tiene una actitud altamente ética ante un mundo en que los combustibles, la contaminación y el cambio climático parecen la gran amenaza.
Volviendo de nuevo a los coches, el 82% de los habitantes de esta ciudad usa el transporte público en sus desplazamientos. Tendríamos que imaginarnos algún país del peor tercer mundo para encontrar esos niveles. Y es que aunque el metro y el tren sean una pesadilla (y el taxi no siempre funcione en las horas punta), son los mejores métodos para moverse dentro de la ciudad. Hasta el punto de que mucha gente con sueldos anuales superiores a los 200.000 euros no tenga otro medio de transporte a su disposición.
Con un uso tan extendido de estos transportes, viviendo en apartamentos pequeños en grandes edificios, el consumo de energía per cápita es uno de los más bajos del mundo. El autor del ensayo, lectura imprescindible, usa su propio ejemplo. Primero vivió en Nueva York durante años. Luego decidió salir de la ciudad cuando nació su primer hijo. Se marcharon a un lugar idílico, tanto que tienen que tener cuidado con los osos. Pero en parte lamenta que tienen que tomar el coche hasta para comprar el pan. El colegio de los niños está realmente lejos. Ahora necesitan al menos dos coches en casa, que hacen miles de kilómetros cada año.
Gastan una cantidad obscena de dinero en calentar o enfriar su gigantesca casa de campo – sería absurdo tener una pequeña cabaña y aún así sería también mucho más caro que en Nueva York. Aunque tengan un bosque centenario a pocos metros de la ventana de sus casas, aunque tengan una vida más «verde» no es más ecológica. En Nueva York sin embargo, aunque no tuvieran suficientes horas de sol, su vida era más respetuosa con el medio ambiente.
Interesante reflexión: Nueva York es la ciudad más ecológica de Estados Unidos.

La frase: Despierto para cumplir una tarea propia de hombre

Marco Aurelio. Emperador romano, autor del libro de pensamientos breves Meditaciones.
Origen:
Pensamiento primero del libro V de las Meditaciones de Marco Aurelio:

Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este pensamiento: «Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.» ¿Voy, pues, a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? «Pero eso es más agradable». ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma, ¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Y tú entonces, ¿rehúsas hacer lo que es propio del hombre? ¿No persigues con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza? «Mas es necesario también reposar.» Lo es; también yo lo mantengo. Pero también la naturaleza ha marcado límites al reposo, como también ha fijado límites en la comida y en la bebida, y a pesar de eso, ¿no superas la medida, excediéndote más de lo que es suficiente? Y en tus acciones no sólo no cumples lo suficiente, sino que te quedas por debajo de tus posibilidades. Por consiguiente, no te amas a ti mismo, porque ciertamente en aquel caso amarías tu naturaleza y su propósito. Otros, que aman su profesión, se consumen en el ejercicio del trabajo idóneo, sin lavarse y sin comer. Pero tú estimas menos tu propia naturaleza que el cincelador su cincel, el danzarín su danza, el avaro su dinero, el presuntuoso su vanagloria. Estos, sin embargo, cuando sienten pasión por algo, ni comer ni dormir quieren antes de haber contribuido al progreso de aquellos objetivos a los que se entregan. Y a ti, ¿te parecen las actividades comunitarias desprovistas de valor y merecedoras de menor atención?

Frase aplicable a:
Desde el primer día en que leí esta frase, no pude volver a vaguear en la cama. Se acabaron las siestas. Se acabaron los cinco minutos extra. Ni trucos para dormir mejor, ni deporte, ni premios, ni rutinas para crear hábitos, ni despertadores especiales.
Cuando tengo mucho sueño, el desgraciado de Marco Aurelio me despierta por las mañanas.

La frase: Amici diem perdidi

Amici diem perdidi. Amigos, he perdido el día.
Origen:
Suetonio, en la Vida de los Doce Césares, de la vida de Tito Flavio Vespasiano dice:

En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día.

Frase aplicable a:
Las frases célebres que recomiendan aprovechar el día se cuentan por decenas. ¿Pero qué es aprovechar un día? ¿Irse toda la noche de copas, sin pensar en la posible resaca del día de mañana? ¿Dejar el trabajo que día tras día nos quita las ganas de vivir para seguir un sueño? ¿Limpiar la cocina en lugar de ver un episodio de Los Serrano? ¿Hacer algo que nos alegre hoy en lugar de algo que quizás nos sirva, o no, para el mañana?
De Tito dice la Wikipedia, citando a Suetonio:

Los romanos, a causa de sus presuntos vicios, temían que Tito se convirtiera en otro Nerón.Contra todo pronóstico Tito demostró al pueblo que era un emperador eficaz y fue muy querido por todos los romanos.

Tito tuvo la suerte o la desgracia de morir cuando apenas llevaba dos años como Emperador. Con tan poco tiempo, no tuvo opciones de volverse loco, cansarse del poder, disfrutar de la vida. Si Tito hubiera sabido que, el día que pronunció su famoso Amici diem perdidi, le quedaban menos de dos años de vida, ¿Se habría seguido comportado como lo hacía?
¿Cuánto daño no habrá hecho al mundo aquel famoso «Carpe Diem«? Usado como excusa para no hacer lo que se debe. Empleado como justificación de que merecemos ser felices. Si algo nos hace infelices, lo tenemos que quitar de nuestra vida. Sin pensar que la causa de esa infelicidad puede estar más en nuestra cabeza que en esa aparente fuente del mal.
La filosofía blanda recomienda el Sé dulce contigo mismo. Y esto lleva a la perpetua indulgencia, a que el mal está siempre fuera de nosotros. Y debe ser aniquilado.
La filosofía estoica, quizás más adecuada para nuestros días, aunque apenas practicada, te sitúa en un estado mental más mundano, eres una pieza más en el universo, no el centro de él. Asín que haz lo correcto. Y como dijera Pitágoras:
Elige la mejor manera de vivir; la costumbre te la hará agradable.

El pacifista

Haz el amor y no la guerra.
Ante semejante disyuntiva, parece que sólo un idiota estaría a favor de las guerras. Y así se entiende casi en cualquier contexto. Yo estoy a favor de la paz. De solucionar los conflictos por medio del diálogo. Estoy en contra de las invasiones ilegales de países.
Son opiniones de salón, de estar hablando de un país en guerra a miles de kilómetros, mientras uno piensa en qué cenará esta noche. No tienen ninguna validez.
La postura pacifista, la más lógica y deseable, se ha acabado convirtiendo en una opinión vacía de contenido. No expresa nada en sí misma. Si dices que estás a favor de la paz entre israelíes y árabes no estás diciendo nada concreto.
Es como decir que ojalá los perros no se murieran con veinte años, ojalá los coches no contaminaran, ojalá nunca perdiéramos la ilusión, ojalá nadie tuviera que trabajar para vivir. Son opiniones casi infantiles porque anhelan un deseo sin mencionar para nada los medios de conseguirlo.
Desear lo imposible es una enorme pérdida de tiempo y energía. Si todo el mundo pensara como tú desaparecería el mundo. Hay que ser realista, hay que pedir lo imposible. Todo está lleno de frases que suenan muy bien pero que no dicen nada.
II
La guerra es una medida extrema a la que se llega cuando muchos otros cauces (a veces no todos) se han agotado. A nadie le gusta entrar en una guerra. Los políticos tienen que ir a los entierros y hacer frente a las familias de las víctimas. Casi sólo se pueden dar malas noticias. Mueren los soldados y los mandos. El presupuesto de defensa destroza las cuentas del Estado. Y todo eso si tienes la suerte de que la guerra sucede fuera de tu territorio, porque de lo contrario, es una absoluta calamidad.
Pero aún asín las guerras siempre han existido y tal vez siempre existirán. ¿Es razonable creer en un futuro sin guerras? En mi opinión es una postura que no ayuda en nada, tal vez si acaso a dormir mejor por las noches. Pero es como comprar un décimo de lotería y creer que por qué no va a ser el nuestro el afortunado.

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Enhatijar

De nuevo el diccionario de Firefox y sus sugerencias absurdas de corrección. Ante la palabra Manhattan sugiere las opciones:

  • Maniatan
  • Enhatijan

Enhatijar, palabra extraña donde las haya, de significado muy concreto es según el diccionario de la Real Academia:

Ver conjugación enhatijar.

(De en- y hatijo).


1. tr. Cubrir las bocas de las colmenas con unos harneros de esparto para llevarlas de un lugar a otro.

El surnormal

Tengo un primo que cuando nacio se vió que no andaba muy católico de cráneo para adentro. Sin embargo para los padres, mis tíos, era un niño absolutamente normal y así se le tenía que tratar. Ahora con la distancia no sé qué es lo que tenía. No parece que fuera Síndrome de Down pero desde luego se notaba a golpe de vista que algo fallaba.
En presencia de mis tíos todo era de lo más normal en el niño pero cuando volvíamos a casa se hablaba sin tapujos de que habían tenido un niño subnormal, con una poca de maldad porque mi tío era un hijo de puta «y se merecía algo asín».
El niño fue creciendo y su sur(porque era un niño del sur de España) y normalidad (porque era perfectamente normal a los ojos de sus padres) se iban haciendo más y más evidentes. Tenía más cabeza que un burro blanco y gestos bruscos con la cabeza que no hacían presagiar nada bueno.
Con mi primo di mis primeros pasos en la hipocresía y en la tolerancia. Puede pensarse que tengo más desarrollada la primera cualidad o incluso algo atrofiada la segunda. El caso es que me resultaba tremendamente absurdo oír los planes de los padres sobre los futuros estudios universitarios de su hijo. Derecho estaría muy bien, pero habrá que esperar a ver qué decide él.
Las historias sobre sus problemas en el colegio eran constantes, casi siempre culpa de profesores y compañeros. El tratarlo como a una persona normal se convertía en un perpetuo problema. Los padres no querían entender por qué los niños se metían con él o se peleaban con un niño perfectamente sur-normal.
Las reuniones familiares eran tristes porque la mayoría de la gente se alegraba de que si algo así tenía que ocurrir le hubiera ocurrido a mi tío, que era un degenerado. Aunque tenían que tratar a mi primo como a un niño normal el trato era de forma inconsciente como el que recibe un niño pequeño. Los regalos por su cumpleaños eran de dos y tres años menos de su edad física y a él le encantaban.
Mis tíos seguían sin embargo hablando de su paso por el instituto, de cuando se echara novia y su inevitable paso por la universidad. Era mi tía la que sobre todo se preocupaba por él, tanto por hacerle la vida lo más normal posible como por hacernos creer a los demás que aquello alguna vez ocurriría.
Cuando mi primo despertó a la adolescencia lo hizo como un animal de bellota. Era un tipo corpulento, muy superior a su edad física y cuando le daba un calentón y se encontraba con la chica de la limpieza no atendía a razones. Esta lo conocía de hace muchos años pero no dejaba de ser un tío como un armario con la polla en la mano y más dura que el cemento armado. Esta lo rechazaba con mano izquierda pero cada vez le era más difícil. Al final la tuvieron que despedir.
Su despertar a la sexualidad fue infernal, lo hizo incontrolable. Las anécdotas se contaban con demasiada seriedad. Al niño le gustaba más un culo que a un tonto un lápiz. Quizás recibió algún tipo de medicación para detener lo que podía acabar en tragedia. No lo sé porque no le pregunté a mis tíos.
Estos se separaron. Los motivos son lo de menos. Llevaban muchos años sufriendo a un hijo perfectamente normal. Se echaban la culpa mutuamente por tener un ADN defectuoso. Mi tía porque fumaba durante el embarazo. Mi tío por ser medio estéril. En el divorcio salieron todos los trapos sucios del mundo. Mi tía, por no ser de sangre, quedó marcada por mi familia como la culpable de todo: del nacimiento del niño, de su incorrecta educación, de la separación. Además se quedó con el niño y con la casa.
En este caso la custodia fue una bendición para mi tío que nunca había hecho nada por su hijo y que por fin lo podía perder de vista. Tenía los fines de semana pero iba a por él uno sí uno no, y eso si no estaban las vacaciones de por medio. Además, por ser un niño perfectamente normal no tenía que pagarle ninguna manutención especial. El niño era culpa de mi tía y ella tuvo que encargarse de él.
Un día mi tía entendió que algo no había ido bien y decidió apuntar al niño a una formación profesional agrícola para que aprendiera alguna cosa práctica. En mi familia se vió como una rendición y motivo más para insultar a mi tía: había renunciado a la sur-normalidad de mi primo, echándolo a los leones de la Formación Profesional. Aparte esta era una formación profesional para tontos.
De esta historia tengo sólo un regusto amargo. Sé que mi tía es, fue y será una persona íntegra y admirable. Y mi tío un desgraciado. La supuesta normalidad de mi primo fue un continuo problema por cuanto mis tíos tenían que sufrir constantemente las frustraciones que da el no cumplir los objetivos de una vida normal. El no poder entender determinadas matemáticas o filosofía elemental, el no tener verdaderos amigos, el no poder dejar al niño solo, el que no quisiera salir con los amigos por las tardes, el no poder encontrarle novia, el no saber controlar sus instintos.
Gran parte del problema creo que estuvo en no aceptar una situación desde su origen. Mi primo era un subnormal, o deficiente mental, o necesitado de educación especial. De haberlo sido cualquiera de sus resultados (como aprender a jugar al ajedrez, terminar la primaria con cierta normalidad, el no jugar mal al fútbol) se podía entender como un pequeño triunfo. Pero al ser una persona absolutamente sur-normal se convertían en trivialidades que no merecían la más mínima celebración.
Esto por un lado frustraría a mi primo, que nunca tenía nada de qué alegrarse o que le hiciera sentirse mejor que los demás. Por otro acababa con la paciencia de mis tíos que sólo vivían en continua derrota. Mi tía podría haber recibido comprensión por parte de su familia y la vida habría sido más llevadera. Pero eligió un camino demasiado duro y lleno de sufrimiento.
Por eso mi opinión es que las personas diferentes tienen que serlo y no deben esforzarse lo más mínimo en tratar de conseguir la normalidad, que además suele ser patológica. La búsqueda de una normalidad inexistente causa enormes frustraciones y al final suele terminar en la rendición tras una agotadora lucha. Derechos para todos, igualdad ante la ley y ante los ojos de los demás, pero con diferencias.
Gracias a mi primo aprendí que merece la pena ser subnormal.
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