El libro de los avaros

Se acerca la Navidad, tiempo de exprimirse el bolsillo pero también de devanarse los sesos buscando regalos medio decentes. El equipo de Pons Asinorum os ofrece una serie de ideas interesantes para regalar a vuestras personas queridas. Esta recomendación en particular va para esos amigos y familiares indeseables que no se conforman con leer lindezas como El Señor de los Anillos o El código Da Vinci. Esos a los que se acaba comprando una biografía de Savonarola y resulta que ya la habían leído.
Mientras España estaba sometida bajo el yugo de los infieles y el más culto de nuestros compatriotas tenía menos educación que un borrico en el rabo, en el mundo islámico florecía una de las culturas más prósperas que quepa imaginar. Allá por los lejanos Iraq e Irán, antes agrupados bajo un mismo reino escribiría Al-Yahiz su desconocido Libro de los avaros.
Estamos hablando de un libro de la mitad del siglo IX, en pleno tiempo fantasma. Aunque para la literatura árabe es tan importante como el Lazarillo de Tormes para la castellana, para los comunes mortales se trata de un obra desconocida. Es un libro del género adab:

Consiste en una prosa miscelánea, sin principio ni fin, cuyo objetivo es instruir y agradar al lector proporcionándole conocimientos y entreteniéndole.

Así contado, parece un buen blog. Es imposible hablar de este libro sin citar a su traductor al cristiano. Sólo existe una edición en castellano, de Serafín Fanjul. Un flipado del árabe, una de esas personas capaces de llevar a cabo una tarea tan titánica como traducir un libro asín aún sabiendo que el número de lectores interesados en él será de un par de miles, tirando muy por alto. Me quito el sombrero ante él.
El libro consta de una muy interesante y extensa introducción, pero en la que han elegido el absurdo de usar la cursiva de principio a fin. Tras leer diez páginas en cursiva, necesitas matar a alguien. En dicha introducción el autor hace una descripición de una sociedad y una época del todo desconocidas para los occidentales. El Islam de antes de Harun-al-Raschid y el Islam de fuera de la piel de toro.
Después viene el propio libro, que no es más que libro, por cuanto el género adab no admite otra categoría. Intercaladas con historias hilarantes se encuentran algunas descripciones soporíferas de recetas inverosímiles de comidas de la época, disertaciones sin pies ni cabeza justificando de forma burda lo injustificable. Si eres una de esas personas enfermas que acaba teniendo el libro entre sus manos, te recomiendo que te las saltes pues no merecen la pena.
La descripción que se da de la época nos acerca a un mundo árabe envidiable. Un respeto por Dios dentro de lo razonable y hasta de lo deseable. Unas gentes amigas de sus amigos – odio esta expresión – educadas, dispuestas a disfrutar de la vida y sin prejuicios ni pájaros en la cabeza. Algo parecido a lo que se respiraba en la antigua Grecia, con sus esclavos, sus mujeres oprimidas pero cierto aire de libertad de la que ya no existe.
Y bueno, unas historias desternillantes, aún para ser de cuando son. Voy a seleccionar un par de ellas, espero que el señor Serafín Fanjul y editores tengan la suficiente visión de mercado para entender que con esto no pretendo quitarle las habichuelas, antes bien, fomentar la compra masiva de una obra tan interesante.
Según el autor, no hay gente más miserable en el mundo que los de la región del Jurasán y en particular los de Merv.

Otros amigos me informaron de que un grupo de jurasaníes compartían una casa y se arreglaron sin alumbrado tanto como fue posible, hasta que hubieron de pagar a escote para el aceite, pero uno se negó a participar entrando en el pago. Así pues, cuando encendían el candil le vendaban los ojos con un pañuelo y de esa guisa quedaba hasta que para dormir apagaban la candela y – una vez hecho esto – le destapaban los ojos.

Una temporada padecía del pecho, con una tos que me aquejaba; unos me recetaban un jarabe mientra otros me recomendaban la sopa hecha de almidón, azúcar, aceite de allozas y otras cosas parejas; pero tales provisiones me resultaban onerosas hasta el punto de aborrecerlas, así que me limité a desear la recuperación de mi salud y en el ínterin pasaban los días, cuando he aquí que alguien con buena mano me indicó «Debes tomar caldo de salvado, pero pruébalo caliente». Y así lo hice, encontrándolo excelente: me inmunizó y quitó el hambre hasta el punto de no tener apetito para almorzar al mediodía. En tanto comía y me lavaba las manos se vino la hora de la merienda, con lo que se aproximaron los momento de almuerzo y cena y pude pasarme sin cenar. De este modo supe cuál debía ser mi decisión.

Dije a mi mujer.

-¿Por qué no cueces salvado a diario también para nuestros hijos? Su caldo es magnífico para el pecho, nutritivo y saludable; luego, puedes ponerlo a secar, volverá a su estado original y lo venderás, una vez reunido, por su primer precio. Con este recuelo ganaríamos lo mejor que el salvado tiene.

Y repuso ella:

-Ojalá Dios te depare ganancias sin fin a cuenta de esa tos, ya que te hizo saber del salvado, sanador de tu cuerpo y de tu economía.

De entre las racanerías que realizan, muchas pueden parecernos extrañas. Una de las que más es la de energía para las lámparas. Pero sobre todo, resulta asquerosa y llamativa la fascinación que tienen por la grasa. Lo más grasiento es lo mejor y a la gente no le importa empaparse en grasa la ropa para llevarse esa grasa a casa y usarla para cocinar.
No todo es divertido, también hay mucho de lo que aprender y muy sabias lecciones:

El mismo Jalid, cuando estaba a las puertas de la muerte, dirigiéndose a su hijo de esta manera, le habló:

-Te dejo con qué comer si eres capaz de conservarlo, pero si lo derrochas no tendrás ni sustento. Sin embargo, mi herencia mejor son las costumbres morigeradas, gobierno recto en tus negocios y ahorrativos hábitos de vida, más útil todo ello que esos dineros.

Una vez un vecino de Medina le dijo a un beduino:
-¿Qué cosas os gusta y no os gusta comer?
Él contestó:
-Todo lo que se arrastra y todo lo que anda, salvo el camaleón.
Dijo el medinés:
-¡Qué suerte la del camaleón!
Al-Asmai contó: Un beduino estaba comiendo un hueso. Cuando lo iba a tirar, uno de sus hijos, de tres que tenía, le dijo:
-Dámelo.
Él le preguntó:
-¿Qué vas a hacer con él?
-Lo roeré hasta que ni la hormiga encuentre nada que llevarse de él.
El padre le dijo:
-No has dicho nada.
El segundo de los hijos dijo:
-Dámelo.
Él le preguntó:
-¿Qué vas a hacer con él?
-Lo roeré hasta que no sepa si el hueso es de este año o del año pasado.
El padre dijo:
-No has dicho nada.
El tercero le dijo:
-Dámelo.
El le preguntó:
-¿Y qué vas a hacer con él?
-Me lo voy a comer con tuétano y todo.
El padre dijo:
-El hueso es para ti.
Datos del libro:
Autor: Al Yahiz.
Título: Libro de los avaros.
Editoria: Editora Nacional.
Colección Clásicos para una Biblioteca Contemporánea.
ISBN: 84-276-0674-5
Gente que lo vende en Internet.

2 comentarios en “El libro de los avaros”

  1. Gracias zrubavel por recordarme por qué me gusta tanto este blog.
    Aunque no sé si conseguirás que lea el libro ;-)

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