El buzón

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Cuando aún no había comprado mi casa, el vendedor ya me hablaba de que no tenía la llave del buzón. Conforme se iba cerrando el trato, el destino de la llave era cada vez más incierto. Solo pasada la firma de la compraventa, se confirmó que jamás la conseguiría.

Me tocó reventar el buzón y buscar una cerradura compatible. No fue tarea sencilla, al tratarse de un modelo antiguo de buzones.

El buzón tenía correspondencia de varios meses, más de un año con toda seguridad. Entre el aluvión de publicidad de Carrefour, Media Markt, Telepizza aparecían cartas de bancos, documentos de la Seguridad Social y de Hacienda que más o menos iban dibujando una historia de los habitantes anteriores de la casa.

Al parecer había una persona empadronada en mi vivienda que actualmente vive en Marruecos pero sigue percibiendo algún subsidio social. Todo un clásico. Y una estudiante a la que enviaron el carné de conducir, y con la que tuve que quedar a través de Facebook para entregárselo. Y una familia cuyo exangüe saldo en la cuenta del Santander palidecía ante las notificaciones de comisiones: por tener la cuenta, por tener poco saldo, por recibir correo diciendo que se cobraban comisiones.

Tras tan desigual lectura, decidí que tiraría todas las cartas que llegaran a partir de ese momento. La rutina era sencilla: bajar a mirar el correo cuando tuviera que salir por cualquier motivo. Tirar las cartas al contenedor y hacer lo que tuviera planeado.

Un día sin embargo me di cuenta de que, a la misma distancia que el contenedor de la basura y también de paso, tenía un buzón. Como amante de lo bizarro no pude evitar la tentación de tirar un par de cartas en el buzón.

Para mi sorpresa, sin embargo, las cartas volvieron a mi buzón a los pocos días. Y digo sorpresa porque suponía que esas cartas, con franqueo pagado, supondrán un coste que ni el emisor ni Correos querrán tener que hacer frente en más de una ocasión.

Irremediablemente me vi forzado a echar las cartas de nuevo en el buzón de Correos. Esta vez camuflado como un activista contra las empresas del IBEX-35. El sobrecoste de tener que tramitar esa carta de nuevo tendría que ser pagado o bien por el banco o entidad de turno, o por Correos. En ambos casos dos enormes corporaciones que no tienen paridad en su Consejo de Administración. La realidad es que lo hice porque me costaba lo mismo que tirarlas a la basura: nada.

Así comenzaría un círculo vicioso entre Correos y yo. Las cartas iban y venían durante semanas hasta que ellos se hartaban e incluían un matasellos especial o yo me cansaba de hacer el idiota y las tiraba a la basura. Pero en la mayoría de los casos, las cartas podían cumplir más de 10 reenvíos sin que su destino de ser leídas se cumpliera.

Con semejante desatino, pude comprobar cómo el servicio de envío de cartas – con toda la razón del mundo – se ha ido convirtiendo en uno de las pocas prestaciones que han empeorado con la aparición de Internet. El envío de cartas se ha reducido dramáticamente – es razonable pensar que tenga que desaparecer. Y con ello los tiempos de entrega se han disparado. Antes recibías una carta de cualquier punto de España en menos de dos días. Ahora una carta local, enviada desde enfrente de mi casa, puede tardar 10 días en volver a llegar a mi buzón.

Con delirios de grandeza empiezo a pensar que mi esfuerzo para destruir al Banco de Santander es, al mismo tiempo, una labor solidaria, manteniendo la función de Correos, que al menos deberá mantener una sucursal para dar servicio a este bucle analógico.

22962

Un lunes me levanté de la cama debiéndole 22962 dólares a Amazon. O como exageraría Enrique Dans, veintidós mil novecientos sesenta y dos dólares.
La historia comienza hace casi un año. En una reunión de aspirantes a emprendedores, llegamos a la conclusión de que en lugar de pagar un alojamiento web barato que daba mal servicio, contratar los servicios en la nube de Amazon podría ser una buena idea.

Tras perder una buena mañana, que bien podría haber empleado en verme una temporada entera de Breaking Bad, llegamos a la conclusión de que configurar un servidor web de Amazon era una pesadilla. En lugar de utilizar la terminología habitual, daban un nombre específico a cada uno de los componentes de dicho proceso de configuración. Todo tenía que buscarse en Internet porque ni una sola palabra resultaba conocida. Tras unas cuantas horas de frustración, se abandonó la idea, dejando un servidor a medio configurar.

Lo que sí había resultado una gran idea, hasta entonces, era contratar los servicios en la nube de Amazon para alojar la base de datos. Mucho más sencillo – aunque no trivial – y ofreciendo un rendimiento espectacular a un precio razonable. Un problema de los servicios de Amazon es que no te permiten contrataciones parciales. O te das de alta en «servicios en la nube» o no, no es posible hacer como en nuestro caso, en que sólo nos interesaba dar de alta el servicio de base de datos (RDS).

Así, seguía con una cuenta de EC2 (alojamiento de servidores web) con un servidor a medio configurar por el que estaba pagando unos 10 euros al mes. Un servidor que básicamente no hacía nada. Pero es como si alquilas un coche y te vas a casa con la llave nada más. Te toca pagar por él, aunque ni te hayas subido al vehículo.

Pasaron los meses, un año entero. Un sábado por la noche estaba cenando en un restaurante con amigos- esta parte es mentira, porque no tengo amigos- cuando recibí un email de Amazon, seguido de una llamada que, al no entenderse, no pude atender. En el email alertaban de movimientos sospechosos en mi cuenta y posibilidad de suspensión de la misma. Me dio mal rollo, pero mis páginas estaban funcionando correctamente, con lo que no parecía que ocurriera nada extraño. Ya lo miraría en casa.

Al llegar a casa revisé la cuenta y todo parecía en orden, por lo que me acosté y dormí tan bien como casi siempre. A la mañana siguiente, al revisar el saldo de mi cuenta, vi que había pasado a deber más de 6.000 dólares, cuando en un mes malo tenía que pagar unos 150 dólares. Inmediatamente empecé a mirar todo con más cuidado, y recibí una llamada de un indio explicándome en inglés que parecía que algo raro estaba pasando en mi cuenta.

Amazon había actuado muy bien, detectando el problema, incluso llamando por teléfono ante la gravedad de la situación. Pero había tenido cierta pachorra, porque en unas 8 horas, el problema se había convertido en una deuda de más de 6.000 dólares. Y estaba claro que, esta cifra subía por minutos.

En un email detallado trataban de explicarme lo que debía hacer para solucionar el problema, cada uno de los pasos a seguir. Lo absurdo es que yo no conocía nada de este servicio (EC2), como había demostrado en su momento llegando a no ser capaz ni de crear un servidor. Y ahora me encontraba con un embolado tremendo que tenía que desmantelar por mi mismo, porque Amazon no era capaz de procesar la orden que daría una persona con sentido común: elimínenlo todo porque yo no necesito nada de todo eso.

Alguien había contratado con mi cuenta algo así como 800 o 900 servidores de última tecnología. Seguramente para generar bitcoins, el nuevo dinero virtual. Es absurdo que alguien tan hoygan como yo tenía contratada una infraestructura más avanzada que las más potentes empresas españolas de Internet.

La gente de Amazon se mostró muy atenta, pero también lenta. Al tener una cuenta sin soporte – la que tiene todo hijo de vecino, el servicio de atención es deliberadamente lento. Me imagino que cuando yo les escribo un mensaje, ellos no tienen opción de empezar a trabajar en él hasta al menos 4 u 8 horas. Para mi, cada hora, eran más de 500 dólares en que se incrementaba mi deuda.

Al final conseguí eliminar todos los servicios extra que habían contratado con mi cuenta, y recibir la confirmación de Amazon. Cuando esto ocurrió, mi deuda había alcanzado los míticos 22962 dólares.

¿Cómo se había llegado a un problema de semejante magnitud?

Está claro que la responsabilidad legal era toda mía. Al marcar ese cuadro donde dices que te lees las condiciones legales, estás confirmando que eres responsable de todo lo que pase con tu cuenta, lo bueno, pero sobre todo lo malo. En particular, uno debe tener muchísimo cuidado con las contraseñas, pues son las llaves de casa. En muchos casos, el problema suele estar en que hay personas que publican el código de acceso a sus servidores, sin darse cuenta de que ese código es público y en él, a veces, están mostrando dichas contraseñas. El software libre está guay, pero cuando eres un programador que tiene más prisas que tiempo para hacer las cosas bien, eso suele ocurrir.

No había sido este mi caso, porque mi cuenta de Amazon EC2 no estaba en uso. Así, aunque había creado credenciales de acceso, no las había usado nunca. El único posible sospechoso es mi contraseña de Amazon.com, que sí que era relativamente cutre. La había creado hace más de diez años, sin cambiarla jamás.

Una de las medidas que me indicó Amazon para evitar este tipo de problemas era que creara alertas para excesivo uso de servicios. Pero en mi caso era absurdo, porque era un servicio que simplemente no estaba usando. Para el que sí hago, RDS, sí que tengo varias alertas. Tener alertas de un servicio que no se usa es tener una precaución excesiva.

Creo que Amazon, a pesar de hacer muchas cosas bien, también hizo unas cuantas muy mal.

La primera fue obligarme a contratar todos los servicios de la nube, por defecto, cuando en realidad sólo quería uno.

La segunda fue no suspender el servicio, o no disponer de un mecanismo para hacerlo. En mi caso, el daño de tener todas las páginas de mi imperio en Internet paradas es minúsculo comparado con el daño que causa tener que pagar 500 dólares la hora.

La tercera fue darme el servicio de atención al cliente ‘de pobres’. Por aquello de que cuando debes un dólar al banco tienes un problema, pero si debes un millón, el problema lo tiene el banco. Está claro que yo estaba mal, pero esto estaba perjudicando también a Amazon, porque seguramente el cliente o la empresa nunca podría pagar semejante cantidad de dinero. Tardar seis horas en responder mi email, en algo que no requería ningún tipo de análisis por su parte, supuso aumentar la deuda en mucho dinero.

Finalmente se cortó la hemorragia y el médico y yo nos quedamos mirando la tremenda cicatriz, pensando. ¿Y ahora que hacemos? Desde Amazon movieron la solicitud de retirada de los cargos. Pero era algo esotérico e incierto, cada día me levantaba confirmando que la cuenta seguía igual, que no había recibido ningún email. Aunque me tranquilizaron, y la consulta en Internet de otros casos, no tan graves, indicaba que Amazon, como siempre, responde ante el cliente, no dejaba de estar bastante inquieto con este asunto.

La vida sin Amazon

Como cualquier persona que se haya criado entre gitanos haría, tomé unas cuantas medidas de seguridad personales. La más fácil, fue asegurarme de que en mi cuenta no hubieran 22962 dólares. La segunda, eliminar cualquier medio de pago de Amazon, para que así no pudieran ni intentar cargarme la deuda. Tercera: llamar al banco y preguntar si era posible bloquear a un potencial deudor, antes de que emitiera un cargo. La respuesta: no.

Así, mientras Amazon trabajaba en el problema con toda la diplomacia del mundo, yo ya planeaba la lucha de un marginal ante una injusticia. Pero de repente surgió un nuevo problema: no podía comprar nada en Amazon.

Pocas empresas han abaratado tantos los costes de venta por internet como Amazon. El precio ha sido dejar por el camino a miles de empresas de la competencia, hasta llegar al punto de que tener una tienda en internet es casi una temeridad y casi siempre, un error.

Pero como consumidor, me encontraba ante un panorama desolador. Prácticamente todo lo que compro en Internet lo hago a través de Amazon. El televisor, los libros, el ordenador, el móvil, todo lo he comprado ahí y ni me preocupo de comparar, porque aunque en otro sitio sea marginalmente más barato, me fio más de Amazon. Hasta tenía la cuenta de Amazon Prime para poder comprar compulsivamente al tiempo que tener la sensación de ser un consumidor inteligente.

En Internet uno siempre tiene la impresión de que si te cierran una cuenta, te creas otra y ya está. Pero con Amazon sería diferente: muy trapero tendría que ser crear una personalidad falsa a la que asociar una tarjeta de crédito verdadera. Ante mí se abría un panorama de abuelo de Internet: de los que piden a otros que le compren las cosas y luego van a su casa a recogerlas.

La solución

Poco a poco se fue acercando la fecha de pago y Amazon me tranquilizaba pero nada cambiaba. Por lo visto el departamento financiero es el verdadero elefante de la compañía, el que tarda más en tomar las decisiones. Estuve casi un mes en vilo, hasta que llegó el día de emisión de la factura: 22962 dólares.

Más lloriqueos al servicio de atención al cliente y al final una solución bajo cuerda: en mi panel de control tengo una factura por ese importe, pero el cargo que me han realizado ha sido de unos 50 dólares, menos de lo que debería haber pagado en un mes normal. Una solución muy buena y ante la que estoy muy agradecido, pero que deja el sabor agridulce del que es condenado a dos años menos un día de cárcel: no ingresas en prisión, pero sabes que algo ha quedado sin resolver. Amazon no ha cancelado la deuda, la ha perdonado, que no deja de ser un favor.

El día después

Siempre he tenido mentalidad de pobre, más preocupado en no perder que en ganar: coche un tanto puerco de segunda mano, piso de alquiler, muebles de Ikea. Pagar a plazos ni se me pasa por la cabeza. Y de repente me encuentro en una ratonera de deuda propia de un hipotecado, de un descerebrado o simplemente de alguien con mala suerte en la vida. Nunca había visto los servicios en la nube así; pero en cierto modo son como una de esas inversiones ruinosas en que potencialmente las pérdidas pueden ser infinitas. Si Amazon no me hubiera alertado a tiempo, ahora podría tener una delirante deuda planetaria, de casi millones de euros.

Tras llevar tiempo encontrando que los sistema de autentificación en dos pasos son un coñazo, no me quedó otra que aplicarlos de inmediato en mi cuenta de Amazon (Amazon normal no admite autentificación en dos pasos, sus servicios en la nube sí) y de Gmail.

Y sigo con una cuenta de Amazon EC2 abierta. Porque la única forma de cerrarla sería cancelando el servicio de bases de datos también – opción que no he descartado. Tengo alertas por si de repente se generan gastos en ella. Pero sigo incómodo porque no me gusta que me perdonen la vida. Está claro que Amazon sigue estando en mi top de empresas MILF, que siempre te tratan mejor a como te mereces. Y que su sistema de atención al cliente me ha dado un trato de primera. Pero sirva esto como una voz de alerta ante los riesgos de contratar servicios en la nube.

El peluquero

A pesar del paso de los años, me sigue angustiando ir a la peluquería.

Al principio el problema estaba en que mi padre nunca me daba dinero para cortarme el pelo. Recuerdo la frustración de ir detrás de él, mendigando para un corte de pelo. Hasta que conseguía que me diera el dinero, podían pasar tres o cuatro semanas. Tal vez por eso no soporto pedir nada, por la vergüenza, no tanto de sentir que no te lo dan, como la humillación de que no te queda otra…que volver a pedir.

El corte de pelo era siempre una actividad gregaria. Mi problema era el de mis otros hermanos. Se juntaba la dejadez de otra época, en que la higiene era un lujo y los piojos frecuentes. El problema de tener un crecimiento de pelo agresivo, como mala hierba. Y que el periodo que iba entre la desesperación por tener un pelo muy largo y el conseguir el dinero, alargaba una agonía insufrible.

Llegábamos a la peluquería un par de chavales. Ahora los niños de esa edad no van ni solos al colegio, pero antes era normal. Entrábamos en silencio y nos sentábamos en las sillas, recelosos, mientras se mantenían conversaciones muy adultas: política, fútbol, mujeres del estilo de Terelu Campos. El peluquero nos miraba, con una mirada morbosa, como de rechazo por el aspecto de miseria y la diversión que despiertan los niños. Tarde o temprano, llegaba el momento y uno de nosotros se sentaba en la silla.

En aquella época no había cortes de pelo, estilos, rapados de esta forma, elección de navaja, tijera o máquina. Era descargar. No se mediaba palabra: te sentabas y el tipo se ponía a cortar como si no hubiera mañana.

Una de las cosas que más me desagradaban era que los peluqueros fueran homosexuales. O al menos las absurdas conversaciones oídas en casa me habían llevado a pensar que estaba claro que eran todos homosexuales. Entonces tú te sentabas en la silla, colocando las manos en los brazos del sillón y el peluquero aprovechaba la coyuntura para frotar sus genitales contra tus manos cada vez que cambiaba de postura, aprovechando la mínima intimidad de la sábana. Se creó una retroalimentación. Está claro que el pobre peluquero no tiene otra que acercarse a la silla tanto como pueda, y el roce era inevitable, lo que potenciaba la creencia en su homosexualidad, pues aquello debía ser deliberado. Y con ello aumentaba más y más mi rechazo hacia ese potro de tortura, no porque me molestara en particular, sino porque me daba asco todo lo homosexual, sin saber o entender lo que significaba aquello. El hecho de que el peluquero insistiera mucho en que no nos moviéramos era para evitar que retiráramos las manos de los brazos, que yo dejaba fijas pero no exento de la sensación de rechazo.

Tardé muchos años en llegar a la conclusión de que no se tiene por qué poner apoyar las manos en los posabrazos. Ahora siempre me corto el pelo con los brazos cruzados, pero es un gesto racional que me obliga a rememorar toda esa basura infantil de pobres. Vuelvo a estar ahí sentado y el peluquero resopla al encontrar más capas de pelo debajo del pelo recién cortado. Podían pasar más de seis meses entre corte y corte. Tarde o temprano el cortador de pelos pronunciaba la palabra infame: león. Yo llegaba a casa diciendo que me molestaba que dijera que era un león. Cuando le estaba pidiendo dinero a mi padre, sabiendo que no me lo daría, ya estaba pensando en que estaba mendigando para ir a un sitio donde me dirían que tenía el pelo que parecía un león. Y era algo que me molestaba mucho, no tanto como que el peluquero fuera un homosexual aprovechado, pero que me resultaba hiriente.

Con el pelo tan largo, los piojos eran inquilinos habituales. Me acuerdo que en aquella época la ofensa no era que te dijeran que tus hijos tenían piojos, era el pan nuestro de cada día. Hay que pensar que en aquella época los slots de anuncios que no ocupaban las empresas de telefonía, y esos son muchos slots, iban directos para los remedios farmacéuticos contra los piojos. Ofensa era que dijeran que tus hijos habían sido los que habían contagiado los piojos a los demás, acusación por la que alguna vez que pasar. Así, me sentía violado, leonizado e infectado cuando iba a la barbería.

Con el tiempo la cosa no fue mejorando del todo. En parte sí, en parte no. El gasto en peluquería siempre fue un extraordinario que había que pedir aparte. Una vez me corté el pelo en un sitio que era «el dos billetes» porque el corte de pelo costaba doscientas pesetas, algo así como un euro. Para una vez que podía cortarme el pelo con dinero de mi bolsillo, no se podía desaprovechar la oportunidad.

El dos billetes era como el Ikea de las peluquerías. Si se podían dar dos tijeretazos en vez de tres, se daban dos. No te mojaban el pelo antes de empezar, no había cuchilla de repuesto para los repasos, el corte duraba cinco minutos mal contados, y salías vulnerable y magullado, como después de un aborto. Fue una experiencia tan desagradable que no se quiso repetir.

Luego con el tiempo me hice medio amigo de un peluquero. Era un tipo del barrio que tenía un tablero de ajedrez en la mesita de centro y algunas revistas de ajedrez antiguas. Cuando no había clientes, y hasta que llegara alguno, nos echábamos una partida. Era una forma de perder las tardes como cualquier otra, ahí delante del tablero, esperando un hueco del peluquero. Fue un cambio radical, dejé de odiarlos, de considerarlos a todos como homosexuales. Tenía un medio amigo peluquero.

A los pocos meses yo era mucho mejor jugador que el peluquero y ya seguía allí porque mi vida estaba llena de espacios vacíos. Él disimulaba el aburrimiento del que pierde siempre, aunque muchas veces que no tenía clientes prefería pasar la escoba antes que jugar una partida. A pesar de ser mi medio amigo, los cortes de pelo se seguían pagando religiosamente. Hasta que un día mi padre decidió que no tenía sentido que me diera dinero para el corte de pelo: podía jugarme el corte a una partida de ajedrez.

Volvíamos a los viejos tiempos de regateo para un corte de pelo, ahora con algo más de luces y de autoestima. Aún así lo suficientemente inocente y desesperado como para tener que recurrir a la argucia propuesta por mi padre. El peluquero no pudo contenerse, cuando le propuse la apuesta, a decirme, ¿Y que pasa si vos perdéis?. No había plan B, me puse rojo y le dije un tímido No sé. Tenía que ganar, porque ya casi siempre ganaba, pero la apuesta era demasiado elevada como para perder. Sumando a todo eso la vergüenza ajena del peluquero, gané y tuve ese corte de pelo gratis. Él último conseguido gracias a la pedigüeñería. Esta palabra, es la única del diccionario que tiene todos los tipos de firuletes posibles (el acento, la diéresis, el punto sobre la i y la virgulilla).

Aunque creo que he salido muy bien parado y feliz por mi niñez, creo que todo lo relacionado con la peluquería me ha dejado marcado. No importa lo que pase, el ritual de cortarme el pelo sigue siendo desagradable y me obliga a recordarlo todo.

El peluquero es una de esas cosas que no eliges al azar y muy mal tiene que darse para que decidas cambiar. Se establece algún tipo de rutina íntima y nos gusta volver siempre al mismo. En mis continuas mudanzas, el tener que elegir peluquería siempre ha sido algo desagradable. Supongo que ya tengo edad y dinero como para elegir a una peluquera heterosexual, pero todavía me gusta un poco revolcarme en el lodazal.

Aún sigo descontento, pero con cuestiones rutinarias. El cutrerío de la prensa que siempre hay en ellas, las conversaciones rutinarias sobre política 2.0, alineaciones de fútbol y mujeres de calendario Pirelli. Que me pregunten si quiero gomina, si me voy a duchar o afeitar hoy o mañana. En cierto modo me gusta, es como cuando uno ha sufrido un accidente de tráfico y le dan un golpe de aparcamiento. Te molesta, pero te hace recordar que los tiempos pasados no siempre fueron mejores.

De entre todos los vergonzantes cortes de pelo de mi infancia, se cuela uno cum laude: cuando a mi hermano mayor le tocó una quiniela de fútbol. La típica quiniela fácil en que se dan todos los resultados predecibles, y hasta el punto de que hasta un niño la puede acertar (en gran parte, que no toda). Ese momento mágico de mi niñez, esa sensación de ser unos triunfadores – triunfó él pero yo me apunté al carro del éxito – de estar en la cresta de la ola. De tener que indagar sobre cómo era el pago de los premios. De estar a otro nivel.

Pero ese recuerdo, que tendría que haber sido uno de los más dulces de la infancia, se empaña porque el escasísimo dinero que apenas dio para un par de cortes de pelo. A tiempo y sin humillaciones. Sin el fantasma del león, íbamos casi con las cola de armiño, al menos dentro de nuestra cabeza, por debajo de tantísimo pelo.

Por detalles como este, y alguno más, siempre estaré en deuda con mi hermano. Y es que los niños no son generosos ni por naturaleza, pero el que, sin titubear, me pagara un corte de pelo es para mi, sin lugar a dudas, el gesto más desinteresado y noble que recuerdo de toda mi infancia.

Buffet

Cuando era un adolescente tuve la suerte de viajar mucho de gorra gracias a las competiciones deportivas. Ganabas el campeonato provincial y te clasificabas para el regional. Quedabas de los primeros del regional e ibas al nacional. Cada competición era un viaje con todos los gastos pagados.

Tenía menos dinero que el que se estaba bañando y no había ido de vacaciones nunca, por lo que en perspectiva me veo como esos niños del tercer mundo que tienen una oportunidad de acercarse al lujo de la sociedad occidental. Las habitaciones de hotel me parecían enormes, los baños impecables. Las piscinas un lujo obsceno. Que te cambiaran las sábanas del hotel y las toallas a diario exigía la comprobación rutinaria de que semejante maravilla sucedía una y otra vez. La competición era absolutamente lo de menos.

Pero si todo esto era digno de recuerdo y vivir en continuo estado de felicidad, el lugar donde uno perdía la cabeza era el restaurante. Ahí tuve la oportunidad de conocer los buffets. Come todo lo que puedas.

Cuando me acercaba a la puerta de entrada me invadía un hormigueo en el estómago, despertado por ese olor, mezcla de tomate pegado, platos calientes del lavavajillas, verdura cocida y carne asada. Ese olor lo captabas poco antes de entrar y te entraba una turbación excitante, un placer desconocido para los adultos.

La rutina cambiaba cada día. Había veces que iba llenando caprichosamente el plato, conforme veía cosas que me gustaban. Cuando ya estaba lleno, me sentaba a comer. Otras veces hacía una ronda de reconocimiento, tratando de calibrar de entre todas las posibilidades cuáles serían las mejores. Estos paseos los daba con el plato ya en la mano, como queriendo confirmar que todo estaba al alcance de la mano, como cuando jugueteas con las llaves antes de llegar a casa.

Solía tomar tres platos, llenos hasta arriba, sin hablar del postre. Ni que decir tiene que eso tenía luego consecuencias, y no hablo de sobrepeso sino de desagradables visitas al cuarto de baño. Pero no eran tiempos de previsión, sino de disfrute. Era comer sin pensar si eso formaba parte de lo razonable, de lo saludable.

La verdura, ni tocarla. Normalmente tomaba mezclas exóticas, propias de niños pequeños, como huevos fritos con filetes y de guarnición…albóndigas. O tortilla, carne de cocido y lasaña. Nadie te controlaba, la única preocupación de los monitores era que las chicas que también viajaban no se quedaran embarazadas.

Mención especial merece el tema de las bebidas. Hoy en día entiendo que el negocio de los buffets es tener una cuota razonable y luego resarcirse con la bebida. Pero en aquel entonces no pensaba tanto. Era un australopithecus. La comida era gratis y la bebida no, luego no pedía bebida, por muy extraña y violenta que fuera la cara del camarero.

Eran otros tiempos, la gente joven no tenía apenas dinero y muchos estaban igual que yo. Hoy en día la gente que hace eso es de una miseria tercermundista. O tal vez yo también lo fui entonces, qué importa.

Ahora bien, tomarte esos platazos sin agua era una experiencia compleja. Igual los platos están más condimentados a propósito para que tengas más sed y consumas más. Lo normal era no pedir nada y mendigar agua del pardillo – persona normal – que sí la hubiera pedido. Además que se aprovechaba cuando estas personas se levantaban a por más comida para robar unos sorbos de líquido. Miro en perspectiva y tendría que ser como compartir mesa con unos demonios de tasmania.

La evolución natural hacia algo parecido a la ética fue tomar productos que calmen la sed, pero que estén dentro del menú. Recorrer el restaurante mirando los platos en la forma «¿Qué podría usar para calmar la sed, por supuesto sin pagar nada?». Con el tiempo la rutina fue pillar unas bolas de helado. Te tomas unos bocados de ensaladilla rusa con codillo y cuando la garganta escuece, bocado de helado.

De nuevo he de indicar que ese helado no se consideraba tampoco postre. Era un accesorio. Lo más demencial del asunto es que después de haber comido una cosa así, tres platos pantagruélicos, a lo mejor apetecía tomar tarta con bolas de helado. El helado, tomado en condiciones infames, no desinhibía el deseo de tomar más helado.

Los postres se escogían en platos normales, unas composiciones extravagantes, dos o tres trozacos de tarta, con chorretones de chocolate, bolas de helado a cascoporro y nata. Si no era suficiente, más tarta. Inexplicablemente a veces apetecía tomar varios yogures.

Los horarios estaban analizados previamente. Si entrabas a desayunar a las ocho, y te quedabas hasta el cierre, te daba hambre para hacer dos desayunos. Ni los romanos comían de forma tan bulímica.

Evoco esta época y no recuerdo que durante las comidas se hablara de nada, era comer y disfrutar de la comida. Todos íbamos a comer y era comer. Ni siquiera se hablaba de la comida porque todo sabía delicioso. No hay cocinero ni restaurante lo suficientemente buenos como para conseguir evocar esas sensaciones culinarias. Luego leería a Montesquieu y coincidiría con él:

Se ha de huir de la exquisitez y de la cuidadosa selección del vino. Si basáis el placer en beberlo agradable, os obligáis al dolor de beberlo a veces desagradable. Se ha de tener el gusto más relajado y libre. Para ser buen bebedor no se ha de tener paladar tan delicado. Los alemanes beben indistintamente cualquier vino con placer. Su objetivo es tragarlo más que degustarlo. Sacan mayor provecho. Está su voluptuosidad mucho más rozagante y a mano.

No era comer, era tragar. El placer de tragar es infinitamente superior al de comer. No es sutil, no es elegante. Es rudimentario, pero insuperable.

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El peor consejo que he dado en toda mi vida

Al hilo del anterior artículo (El mejor consejo recibido en toda mi vida) ahora toca hacer un ejercicio de reflexión sobre cuál ha sido el peor consejo que he dado.

Creo que intentar buscar el mejor no tiene mucho sentido, sobre todo porque en la mayoría de los casos la gente no se deja guiar por lo que digo. Y porque un consejo positivo puede ser como el que lanza un montón de dardos a una diana. Si uno da en el centro, nos podemos olvidar del resto y centrarnos en ese gran ganador, lo que no deja de ser una mentira.

El caso es que no me gusta influir en las personas, me gusta que cada cual cometa sus errores y aciertos. En general los consejos se suelen aceptar de forma estadística. Diez te dicen que te cases, dos que no. Será que es tiempo de boda. A mi sin embargo no me gusta aconsejar obviedades. Me toca estar en ese grupo de dos que acaba dando el consejo que se descarta.

A lo que iba. Hay un consejo por encima de todos los demás que recuerdo como una desacertadísima sugerencia. Es el siguiente.

Un amigo mío acababa de terminar el curso de preparación al examen de acceso a la Universidad. Estaba pendiente de la nota de este examen para decidir su futuro. Le sucedía lo que a tantos otros. Primero se quiere ser torero, bombero o futbolista. Luego se va entrando en vereda. Al final hay una patética fase de la vocación personal en que uno acaba queriendo estudiar las carreras que tengan las notas de acceso más altas. En esto es como con los pisos: se quiere comprar aquel que esté al límite de nuestras posibilidades.

Por eso hay más gente que quiera ser médico a enfermero. Y más dispuestos a ser enfermeros que celadores. Y sin embargo el mundo está organizado del revés: hay muchos más celadores que enfermeros. Y más enfermeros que médicos.

Mi amigo había amasado a lo largo de los cursos de instituto la idea de que su vocación le empujaba a ser médico. No era una vocación real, o al menos no se me antojaba a mi que lo fuera. No puede ser que te de un impulso repentino, no manifiesto en todos los años anteriores, hacia estudiar una carrera concreta. Bueno, poder sí puede ser, pero no me parecía que aquello tuviera mucho valor.

A pesar de esta historia, en que queda manifiesto mi error, no consigo quitarme de la cabeza la idea de que esas vocaciones estudiantiles son casi todas equivocadas. Carreras muy vocacionales, como son medicina, policía, periodismo, ingeniería aeronáutica o del automóvil, suelen atraer a jóvenes seducidos por imágenes televisivas que no tienen mucho que ver con la realidad de dichos empleos.

Muchas de estas alternativas surgen de golpe, en los últimos años, y de repente adquieren una consistencia pétrea. Los estudiantes ahora sólo quieren estudiar eso, no hay ninguna otra carrera universitaria posible: o soy médico, o estudiaré algo frustrante e inútil como Empresariales o Educación Especial. No se admiten términos medios.

Pues bien, este amigo mío tenía buenas notas y bastaba con mantenerlas en el examen preuniversitario. Sin embargo, como siempre sucede, las notas fueron algo peores a las que llevaba obteniendo anteriormente. Conclusión: Por pocas décimas no podía estudiar Medicina – en su ciudad.

La opción era irse a estudiar a otra ciudad, donde sí que le llegaba la nota por los pelos. Pero este amigo estaba bastante mal de dinero, además de que tenía un conocimiento del mundo bastante limitado pues siempre se lo habían dado casi todo hecho. Además las perspectivas no eran sencillas: tendría que aprobar todas las asignaturas del primer curso si quería tener la opción de volver a su ciudad con un traslado de expediente. La alternativa de seguir en la otra ciudad solo daba, y con dificultad, para un año.

Aquí me surge otra luz de alerta, que es que cuando el destino te cierra una puerta, es por algo. Si vas a estudiar en una universidad donde TODO el mundo tiene una nota más alta que tú, no eres más que la cola del ratón. Tus perspectivas de brillar, o por lo menos ser un estudiante del montón de arriba, son insignificantes.

Lo peor es el desgaste psicológico de sentirte uno de los peores del grupo. Eso afecta a la autoestima en una época en que el cerebro todavía está blando. Muchos no se recuperan nunca. Si en esa carrera no se está a la altura se tira la toalla tras perder un par de años, con la moral y las fuerzas por los suelos. Esas personas son como objetos lanzados al azar de la vida, pueden caer en cualquier sitio y de cualquier forma.

Pues bien, a mi amigo le insistí – algo raro en mí – para que abandonara ese camino. Le expliqué todo lo que he puesto más arriba, de todas las formas que me parecieron posibles. Le empujé a la vía alternativa, que era la biología – el que la biología sea a menudo un repositorio de aspirantes a médicos insuficientes es algo que me desquicia.

Insistí bastante. Lo pinté todo lo negro que pude. Y no me hizo caso. Y no solo eso, sino que en una secuencia inverosímil, como en una partida de parchís en que te salen los números exactos para ir saltando y matando, todo le fue saliendo a pedir de boca: aprobó cada asignatura del primer curso. En la ciudad que no era la suya se sintió a gusto y consiguió independencia y autoestima. Volvió a su ciudad y se volvió a encontrar a gusto y a seguir aprobando las asignaturas sin grandes dificultades y obteniendo becas cada año y luego consiguiendo un trabajo de ensueño, en una sucesión de acontecimientos que parecía perfecta. Y así siguió, y así sigue, todo le ha salido bien. Mi consejo hubiera sido una puta mierda. Fue el peor consejo que he dado en toda mi vida, porque sé que muy pocas personas consiguen esa felicidad y que si no hubiera seguido el camino que siguió, cada uno de los pasos, no habría llegado tan lejos.

Por supuesto que me alegro de que no me hiciera el más mínimo caso. Siempre me quedará un punto de culpabilidad al sentir que estuve a punto de derrumbar todo eso, con mis ideas pragmáticas y un tanto desapasionadas.

El mejor consejo recibido en toda mi vida

Hace unas semanas en varias páginas estuvieron preguntando a la gente por cuáles eran los mejores consejos que habían recibido de otra persona. Las historias eran normalmente bastante románticas, con un padre en el lecho de muerte dándole a su hijo una recomendación final para superar la vida con menos infortunio. O historias con la presencia de buenos samaritanos, santones y personajes propios de un libro de Paulo Coelho.

No leí muchas pero sí que estuve varias semanas pensando en mí mismo. Aún me queda mucho por vivir. Espero y espero que esperéis. Aún tengo opción a una gran revelación paternal. Pero hasta la fecha, haciendo balance, el que sigue es el mejor consejo que me han dado en toda mi vida.

Cuando era pequeño era una joven promesa del ajedrez. En realidad no era joven, pues ya tenía demasiados años para tener algún futuro en el ajedrez y tampoco era una promesa porque mis resultados eran prometedores sólo vistos desde un ámbito local. Pero el caso es que tenía la etiqueta puesta y en mi entorno había mucha expectación ante la posibilidad de acabar saliendo en televisión, viviendo en una mansión o jugando contra Kasparov.

Como era muy joven no jugaba competiciones en todo el año y todo mi progreso era hipotético, desde el salón de mi casa. Insisto en que mis opciones futuras eran escasas pero la forma de desaprovechar el tiempo era alarmante. Aún así estudiaba mis libros en casa y es por eso que siempre he tenido cierta facilidad para aprender muy bien las cosas por mí mismo.

Así, un hito de mi tierna juventud fue el día que me llevaron a un club de ajedrez, donde podría demostrar mis conocimientos ante adultos. Allí me llevaron y encontré rivales de todos los colores. Algunos mejores que yo, otros netamente inferiores. Entre todos hubo admiración dada mi juventud, de mis enormes posibilidades. Con el paso del tiempo acabaría conociendo a toda esa gente, sintiendo cierta pena por haber experimentado alguna vanidad en ganarle la partida a jugadores de café.

El caso es que al final acabé jugando con un tipo de malas pintas – una constante en el mundillo del ajedrez. Pasados muchos años el tipo desapareció por completo para volver a aparecer posteriormente más negro que un tizón: había estado viviendo varios años en un país del sur de África. Era una de estas personas de vida disoluta y desesperanzada, que se aferran al ajedrez como tabla de salvación para alcanzar algún tipo de normalidad. Este tipo no era muy bueno pero me ganó alguna partida, aunque poco a poco le fui cogiendo el hilo hasta acabar ganándole casi todas las demás.

Al finalizar la sesión mi padre, ansioso por envanecer su ego, pidió el veredicto para su talentoso hijo. El tipo alabó, como todos los demás, mi capacidad de jugar siendo tan joven. Sin embargo, con una falta de tacto que solo una persona poco centrada puede permitirse, nos dijo:
– Puedes ganarme de cien partidas cien. Y ganar a gente que es mucho mejor que yo. Pero eso no significa nada. A pesar de ello nunca llegarás a ser como un Kasparov.

Ni mi padre ni yo nos lo tomamos a mal. En realidad se asemejaba a una muestra de rabia, sus derrotas habían sido más amargas de lo que parecía. Incluso nos sentimos, en parte halagados.

Con el paso del tiempo ese comentario tan poco mesurado fue una especie de broma interna dentro de mi casa. Pero al mismo tiempo, el justo transcurrir de los años fue paulatinamente demostrando cuánta razón tenía. Cada vez el trono de Kasparov era un objetivo más fantasioso.

Sin embargo, cuando tenía algo de independencia, me restaba un puñado de talento y un reducto de tiempo libre por delante, me di cuenta de que si echaba un poco el resto tendría alguna opción de ser un profesional del ajedrez. No sería sencillo, pues estaba lejos de los grandes, pero sí que podía arriesgar un poco de mi tiempo y tomar un camino incierto pero posible.

Ante una decisión tan complicada el dinero, o la falta de él, siempre ayuda pues elimina alternativas posibles. Pero para mi desgracia un amigo sin muchos problemas se ofreció a patrocinarme durante un tiempo. Tú juegas los campeonatos importantes, yo te presto el dinero de los gastos.

En esta disyuntiva, tomar el camino que era un sueño de juventud, o seguir una vida más pragmática, todas las voces te recomendarán siempre que sigas el primero. Que hay que creer en los sueños y luchar por hacerlos realidad. Nadie veía ningún peligro en seguir ese camino: Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él. La única voz discordante era la de ese perdedor al que apalicé de pequeño, que retumbando en mi conciencia me recordaba que a pesar de todo eso, no llegaría a nada.

Hoy en día puedo hacer balance. Sé que habría pasado si hubiera seguido un camino u otro. Elegí el adecuado que era olvidarme de un sueño que tuve cuando no tenía otra cosa que soñar. Ahora los profesionales del ajedrez sufren para obtener sueldos bajos y las perspectivas son cada vez peores. Un mal profesional, se arrastra para llegar a final de mes viviendo en casa de los padres y viajando de pueblo en pueblo a la espera de una buena racha. El mejor consejo me lo dio un perdedor: No te creas todos los cuentos de color de rosa que te vendan los demás, normalmente no se cumplirán.

Normalmente las grandes historias son las de personas que te sugieren tomar un riesgo, dejarlo todo por una mujer, cambiar de vida por un sueño. Cuando esta decisión acaba siendo acertada, el que aconsejó el tomarla adquiere la talla de un personaje mitológico, que nos guió en el camino de la esperanza. Mi historia es más miserable, pues es la de uno que avisó sobre un riesgo que no merecía la pena correr. No era un gran amigo, ni mi padre. Era un tipo que ni siquiera quiso ayudarme. Pero lo hizo.

En la vida, los que alertan de los riesgos caen en saco roto. El tipo que alertó sobre los riesgos de las inversiones de Bernard Madoff sigue ganando menos dinero que todos los que recomendaban sus inversiones. Y aún menos que los que alertaron de ello sólo cuando se destapó todo el pastel.

Si tuviera que plasmar ese consejo en una frase, buena es la de Ramón J. Sénder:

La conciencia del peligro es ya la mitad de la seguridad y de la salvación.

Mi deuda con Michael

Cuando estudiaba en el instituto, los profesores de educación física siempre se caracterizaban por lo poco habitual de su método de enseñanza.

En el primer curso, me tocó un pirado de la indiaca, que es un deporte inventado por los indios americanos, parecido al badmington pero sin raquetas. Nos pasábamos horas y horas jugando a un juego del que aún hoy en día apenas si hay información en Internet.

En el segundo curso fue el tiempo del voleibol. Y fue algo tan desorganizado – pues coincidieron enfermedades del profesor, puentes, huelgas de profesores y de alumnos – que se llegó al punto de que sólo se vieron aspectos teóricos del voleibol, sin llegar jamás a jugar un partido.

En el tercer año le llegó el turno a las coreografías deportivas. ¿Por qué no jugar fútbol o lanzar el balón medicinal? Todo tenía que ser experimental, novedoso y poco masculino.

La nota final de curso la daba una coreografía que había que realizar ante todos los demás. Aquello sería grabado, para mayor escarnio (hoy se graba todo, estoy hablando de la época de los chandals con franjas blancas o rojas en los laterales).

La clase se dividió en grupos, de la típica forma improvisada en que al final queda un grupo de «sobrados», los que nadie ha querido o que no han sabido incluirse en un grupo. Yo estaba allí.

Éramos cinco chicos, y también eramos el único grupo sin chicas, lo cual convertía cualquier coreografía en algo aún menos estético. Teníamos por delante un montón de meses para crear una coreografía: un baile con música, en el que debíamos incluir algunas piruetas de pacotilla (volteretas, hacer el pino y chorradas por el estilo).

Desde un principio quedó claro que el resultado sería malo. Que tendríamos la peor coreografía de toda la clase. Que aprobaríamos, porque todo el mundo aprueba la Educación Física, pero que tendríamos que arrastrarnos por el fango.

Las primeras impresiones demostraron que ritmo, lo que se dice ritmo, no teníamos ninguno. Pero afortunadamente había un DJ de salón que entendía algo de música y con ello le daba como para plantear retazos de algunos bailes vistos en videoclips musicales.

Este chico fue nuestro gurú en la elección musical y en todo lo relacionado con la coreografía. El resto nos dejábamos llevar como zombies. Tras un par de meses, teníamos una coreografía. Era minimalista, en el sentido de que cumplía los requisitos mínimos para ser aceptada por los profesores. Sabíamos que estábamos en el límite entre la basura y lo muy básico.

Pasaba el tiempo y se veía a otros grupos muy mentalizados, ensayando mucho, mejorando pasos de baile, practicando ejercicios más elásticos y sorprendentes. Aquello tenía calidad de coreografía de pedanía, no nos engañemos, pero comparado con lo que haría mi grupo, era un nivel extraplanetario.

Mi grupo lo formábamos buenos estudiantes. No todos eran empollones, pero sí la típica gente que pasa de curso sin problema. Nos resultaba incómodo bailar, bailar rodeado de chicos y encima éramos lentos aprendiendo los pasos de baile. Eso resultaba frustrante, porque estábamos acostumbrados a aprenderlo todo con facilidad.

Lo peor quizás era la sensación de asco hacia los otros. Veías bailar a los demás y pensabas «vaya panda de perdedores», pero luego te dabas cuenta de que tú incluso empeorabas el resultado medio del grupo. Sabías que los otros pensarían «menudo peso muerto nos hemos llevado».

Fue una de las experiencias más negativas del instituto. Tuvimos que practicar mucho para intentar dar el pego, para aprobar por rigor y seriedad en el trabajo, que no por cumplir unos mínimos.

Al final, la batuta la llevaba el DJ aficionado, que era el mayor interesado en que la música y el baile por el orquestados salieran lo mejor posible. Sin embargo, en las últimas semanas, uno de los chicos (que no era yo, que en esta historia no fui sino un convidado de piedra) empezó a pensar que, dentro de nuestras debilidades, teníamos algo que no tenían los demás.

Un día llegó a la reunión para ensayar con una cinta que había grabado de la radio. Era un trozo de la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Nadie lo sabía, ni él y el nombre era lo de menos. El caso es que le pareció una música lúgubre, como una marcha fúnebre, que podría combinarse muy bien con la coreografía que habíamos preparado.

Desde luego, había fumado algo. Pero como no teníamos nada que perder, y lo que decía cada vez tenía más fundamento, le dejamos decidir. Estuvimos cerca de seis meses con una coreografía chorra, y prácticamente la semana antes de empezar, le dimos la vuelta a todo.

Llegó el día de la representación. Sabíamos que, como todo lo malo, pasaría. Fueron desfilando los grupos: eran tan buenos como habíamos visto antes, y con chicas todo sale mucho mejor. Realmente estaban a otro nivel y nuestro grupo, no cabía la menor duda, era el peor con diferencia.

Sin embargo, cuando el profesor puso la cinta de nuestra música, nosotros nos quedamos todos quietos. Eso era una gran novedad respecto al resto de coreografías, que empezaban con una música frenética y un baile acorde. La gente se miraba un poco extrañada y poco a poco se oían los acordes lejanos de la música de Berlioz.

De la puerta del gimnasio, caraterizado como Drácula, salió uno de los miembros de mi equipo. Iba andando lentamente mientras nosotros seguíamos totalmente inmóviles. Llevaba algo en brazos, como simbolizando un ataud. Se acercaba lentamente (serían unos tres minutos largos de música clásica) y claro, el público no entendía nada de nada.

Cuando llegó donde estábamos nosotros, como estatuas, se interrumpió la música. Soltó los trastos que tenía, sonando como un golpe, y de repente empezó la coreografía con la música que teníamos ensayada desde hacía meses.

El resultado fue espectacular, de algo que habría resultado risible, conseguimos que la gente, por unos momentos, se entusiasmara. Hacia el final, quedaba la sensación de cutrez, pero un poco del regusto del buen comienzo.

Salimos de aquello con un notable, que no dejaba de ser la nota más baja, pero al menos no en solitario. Fue un enorme triunfo personal para cada uno de nosotros. Y para mi ese chico que tuvo la idea de Berlioz, ganó muchísimos puntos como persona.

Ahora que ha muerto Michael Jackson, casi veinte años después de esta batallita, me he dado cuenta de que la idea de Berlioz, de la introducción sin baile, es suya (o de su coreógrafo, igual me da). Muchos de los vídeos musicales de Jackson, algunos de los más famosos como Thriller, funcionan de esta forma. Una pequeña historieta, y luego un baile que tiene alguna relación con la introducción.

Sin embargo era algo que pocos artistas copiaban. Me imagino que porque encarecía el producto y porque las cadenas de televisión querían vídeos cortos. De alguna forma, consciente o no, este chico captó la idea. O simplemente la desarrolló de forma autónoma. Y gracias a ella, a lanzar una cortina de humo al principio del baile, conseguimos no hacer el ridículo. O no demasiado.

Todo gracias a Michael Jackson, o al Michael de nuestro grupo, que era aún más genial, porque no tenía ni idea de música. Gracias.

1552

I

Mi primera cuenta bancaria la abrí con unos catorce años. La beca de estudios te la daban en una cuenta del Estado, a través de su banco, Caja Postal. Tenías que ir al banco con un papel y allí te abrían la cuenta y al mismo tiempo te ingresaban el dinero. Eran 72 euros que en cuanto tuve mi primera cuenta fueron sacados íntegros y guardados en mi bolsillo.
No volví a ir a pasar por el banco hasta el año siguiente. De nuevo una beca por una cantidad similar, algo superior por las generosas revisiones del IPC. Antes de ir al banco tuve que remover tierra, mar y aire para encontrar la cartilla pero una vez localizada pude volver a recuperar el dinero que me había ganado a fuerza de no estudiar. Se suponía que ese dinero era para comprar libros pero para cuando te lo ingresaban hacía tiempo que usaba los libros que habían comprado mis padres. Por eso el dinero de la beca servía para mis modestos gastos.
Al tercer año empezaron a llegar las becas gordas, la Ayuda Compensatoria, divino concepto. Pasé de cobrar menos de 90 euros a recibir más de 600, todo un dineral para la época y mi tren de vida de aquel entonces. En este caso continué con el ritual y extraje todo el dinero que guardé con grandes dosis de temor en mi cartera y me lo llevé a casa para allí ocultarlo en la quietud de mi habitación. Ese dinero me dio para varios meses de vida aceptable.
Cuando entré en la Universidad, en 1995, la beca ya era de más de 1.000 euros. Era una inyección de capital extraordinaria para una economía en continuo precario. En algún momento del proceso la Caja Postal pasó a llamarse Argentaria con la privatización del Gobierno. En algún momento dejé de sacar todo el dinero para pasar a extraer las cantidades que iba necesitando. Porque con mis ingresos podía tener una tarjeta de crédito y con ella se acabó el sistema de ahorro del calcetín.

II

Estaba a punto de terminar mis estudios, el tiempo de becas. La que fuera Argentaria pasó a llamarse BBVA pero mi cuenta seguía allí, sólo cambiaba el diseño de mi cartilla de ahorros. Con el dinero que obtenía de la beca y mis ingresos irregulares pero frecuentes con el juego tenía para vivir ascéticamente todo el año y permitirme algunos caprichos modestos como el viajar por España en una época en que ninguno de mis amigos lo hacía – los defectos de vivir en una ciudad turística con playa.
La peor época del año era el otoño, justo con el comienzo del curso escolar. La beca la solían ingresar a primeros de año y cuando éste estaba llegando a su fin uno estaba muy justo de dinero.
Recuerdo un año en que por noviembre apenas me alcanzaba el dinero. A pesar de todo las cosas me habían ido bien y durante muchos años siempre había tenido algo de dinero ahorrado en el banco. Ahora tenía gastos fijos como el transporte o las perpetuas fotocopias de la universidad, o los bocadillos del bar cuando me quedaba a estudiar. Eran pequeñas cantidades pero que necesitaba con regularidad. Y mi dinero venía a menos irremediablemente.
En el verano todo habían sido pérdidas. Me encontraba en una situación intelectual delicada, el mundo se ponía cuesta arriba. Y el dinero se acababa. Me quedaban menos de 15 euros para aguantar dos meses.
A primeros de noviembre fui a sacar dinero del cajero automático. Me quedaban 1552 pesetas en el banco (unos 9 euros). Para mi sorpresa vi que casi no había cajeros automáticos que dispensaran menos de 2.000 pesetas (12 euros).
Una de las peregrinaciones que más se han marcado en mi memoria es aquella en que tuve que recorrerme la ciudad buscando uno de esos escasos cajeros. El aprendizaje de ese suceso, de que no había cajeros que dieran menos de 2.000 pesetas, mediante una experiencia extrema como la mía, que sólo disponía de poco más de 1.000, me hizo pensar que hay muchas enseñanzas disponibles al alcance del pobre pero que su situación es tan precaria que no está en condiciones de aprenderlas.
Finalmente conseguí ese billete. Y poco tiempo después tuve que afrontar el más amargo trago: puesto que la unidad mínima era el billete de 1.000 pesetas y sólo tenía 552 pesetas en el banco tendría que ir a él para sacar mi dinero.
Hacía años que no pisaba la oficina bancaria. Una parte de mí sintió vergüenza de otra parte por tan deshonrosa extracción. Saqué hasta la última peseta del banco, dejando la cuenta a cero.
Me había acostumbrado al dinero. Tantos años de becas me habían convertido en un adicto al billete verde. Cuando era más joven vivía la escasez con resignación pero ahora en las puertas de la vida adulta la pobreza me causaba desesperación.
Recuerdo que fui a una competición escolar de matemáticas cuando estaba en el instituto y no tenía dinero para tomar el autobús. Así que fui andando desde casa dando un paseo de más de una hora. En la competición de matemáticas hice un resultado para olvidar pero me sentía orgulloso de ser posiblemente el único que había tenido que esforzarse físicamente sólo por participar. Pero en el momento en que saqué mis últimos ahorros del banco sentía la pobreza como algo intolerable y degradante.

III

Algunos años después comencé a trabajar. Entonces abrí una cuenta por decisión propia en un banco que me convenía. Y preocupado por los riesgos posibles de tener dos cuentas en dos bancos diferentes me acerqué a mi anterior banco – BBVA – a cerrar mi cuenta con ellos.
Para ellos debía resultar molesto que un joven que les había visto pasar por tres nombres de entidad diferentes, que no había tenido que pagar comisiones durante casi diez años, se marchara justo en el momento en que iba a ser sangrado como un cerdo en la matanza. El hombre de la oficina se sentía extraño ante el hecho porque debía resultar inusual que alguien quisiera cerrar una cuenta.
Con mi cuenta se cerraba mi primer ingreso de 72 euros, mi vida de pobre, el día que saqué las 552 pesetas en la oficina. Para él era una molestia más mientras que a mí, esperando a que se terminara el papeleo, los recuerdos me invadían.
Cuando terminó me entregó la libreta con la banda magnética rota. En ese momento pensé que mis 552 pesetas, la historia de mi pobreza, no quedaría reflejada en ninguna parte. Hacía años que no actualizaba la libreta, siempre había usado la tarjeta de crédito como resguardo de la cuenta. Así, le pedí al hombre del banco un última consulta de movimientos.
Pero el cajero no quiso dármela. «Usted ya no es cliente nuestro», fue su respuesta. Tuve que marcharme.
Al menos los recuerdos siempre se pueden imprimir en papel.

El que espera a que lo recojan en coche

Paria por antonomasia, ser de baja ralea. Te lo encuentras por las calles a todas horas. Suele estar en cruces de grandes calles, siempre cerca de un semáforo. Casi siempre lleva una mochila con sus pertenencias. Si tuviera coche propio podría guardar discretamente en el maletero las toallas, las raquetas de tenis, los zapatos de deporte, los libros de la Universidad.
Pero como no tiene coche tiene que ir siempre cargado con su hatillo, a expensas de que otros lo lleven a su destino. Lo ves siempre mirando furtivamente a todas partes, con la duda de que el encuentro no fuera exactamente en ese cruce sino en el siguiente, de que fuera a esa hora, de que el recogedor no se haya quedado dormido. Siempre con algo de miedo en esos minutos hasta que llega el desgraciado encargado de transportarle.
Todo son penurias: te tienes que levantar cinco minutos antes que el del coche, porque si llegas después que él te puedes quedar en tierra. Normalmente el punto de encuentro le viene mejor al que tiene coche que a ti, lo cual no deja de ser paradójico siendo el otro el que goza de mayor movilidad. El que llega en coche suele llegar tarde, siempre con la excusa de asegurarse el no llegar antes de que el paquete esté esperando. A expensas de la música que el conductor quiera oír, de a lo que huela ese coche, se fuma o no en función de lo que el conductor decida. Salvo que quien conduzca sea tu novia o novio eres una especie de gorrón, de aprovechado.
Cuando pasas mucho tiempo siendo el que espera a que lo recojan en coche acabas con un malestar tal que decides comprarte el tuyo. No porque te guste conducir, no por la libertad que consigues, no por el estatus, no porque ligues más. Lo haces por puro asco, por no poder seguir siendo ese indocumentado que espera en los cruces con una mochila, dudando si era un Seat Ibiza o un Ford Focus el coche que te tendrá que recoger. ¿Blanco o gris perla? ¿Pero no hay alguien ya sentado donde el copiloto?
Te dejan tirado y te toca pegar un telefonazo para despertar al otro y luego no puedes apenas echarle la bronca porque al fin y al cabo te están haciendo un favor. Y las vueltas, aunque menos penosas, no dejan de ser tristes, a expensas del otro. Si se quiere tomar una cerveza más, te aguantas y pides otra. Si quiere acercarse a un sitio pues allá tendrás que ir con él. Si decide hacer media hora extra de trabajo, con él te quedas porque no hay otra.
Nunca he tenido coche y he vivido tantas veces esta situación, desde pequeño en que ni mi padre tenía coche, que sólo por eso decidí sacarme una vez el carné de conducir. De pequeño tenía una familia mochilera, siempre colgados esperando que nos repartieran en distintos coches. Aquello era patético. Si nos queríamos ir de una reunión familiar – y siempre queríamos porque eramos lo peor – nos tocaba esperar a que los otros quisieran llevarnos. Y como éramos muchos, hacían falta varios coches con lo que no quedaba otra que irse en el momento en que más gente lo hiciera.
Luego viajaba a cualquier sitio y tenía que hacer juegos malabares con los transportes públicos o pasar por la perpetua infamia de ir mendigando asientos en los coches de los amigos. Algunos decían que ya estaba lleno, otros se excusaban y hay que entenderlos, resulta también patético para el conductor el tener que ir a por uno de estos indigentes sociales. No te hablo de amigos del alma, con los que irías al fin del mundo. Te hablo de relaciones intermedias, más que conocidos pero que no sabes si invitarías a tu boda. Bueno, en España se invita a cualquiera a la boda de uno porque es económicamente rentable.
Ahora con los móviles será diferente, pero en el pasado estaba uno esperando como el naúfrago que mira al horizonte esperando que llegue un barco. Y claro, 99 de cada 100 veces llegaba ese barco, pero el problema está en esa vez, que podía ser una fiesta importante, un examen, un sesión de teatro, la cita para las pruebas de la alergia que te dan con nueve meses de antelación. Porque las 100 veces que ese desgraciado se queda esperando a que lo recojan en coche es porque las alternativas son horribles. Porque en muchos casos esa persona habría preferido dormir media hora menos e ir en transporte público, antes que pasar la vergüenza de esperar con una mochila en uno de los cruces más concurridos de la ciudad.

Jovenes artistas

I

Una noticia curiosa de Estados Unidos: Una cadena de ropa organiza un concurso de redacción para niños. El premio eran cuatro entradas, con alojamiento y vuelo incluido, a un concierto de ‘Hannah Montana’, uno de los grupos de más éxito del momento en el país y para el que todos sus conciertos programados están agotados desde hace semanas.
La vencedora fue una pequeña de seis años, original de Garland, en Dallas. La chica comenzó su conmovedor relato con la frase «Mi padre murió este año en Irak». Su redacción fue la elegida ganadora y la chica tuvo su momento de gloria en prensa y televisión. Sin embargo para el primer periodista que trató de documentar mínimamente su historia, no fue difícil constatar que el padre de la chica no había muerto en Irak.
Pronto se destapó que todo había sido mentira. Y el relato lo había escrito la madre. La familia se quedó sin las entradas para el concierto y sufrió el escarnio público.

II

Los concursos infantiles carecen de sentido. Los ganadores son casi siempre personas mayores que firman en nombre de niños. Y vencen adultos no porque sean genios de la literatura, la música o la pintura, sino porque tienen un estilo flojo según los estándares generales pero un estilo muy original suponiendo que el autor es un niño. Los vencedores de concursos infantiles dan la impresión de una obra en pañales, un talento al que le falta poco para brillar. Los miembros del jurado desconocen que ese talento no da para más y proviene de padres, tíos y amigos de los niños que se limitan a poner el nombre del jovencito.
Lo que digo lo sé de primera mano. Estando en el colegio gané algunos concursos de dibujo de pequeño, concursos en los que participaban decenas de miles de pinturas. Mis dibujos eran los que se llevaban el premio y el dinero en metálico.
Lo dramático del asunto es que dibujo rematadamente mal. Soy sucio con los lápices en la mano, los trazos suelen estar torcidos, las cosas que dibujo no se parecen en nada al original. En el juego Pictionary nunca he conseguido que me adivinen nada. Me desagrada dibujar.
El primer concurso transcurrió del siguiente modo: se convocaba un premio entre todos los colegios de la provincia. Tenías que dibujar algo relacionado con la Semana Santa. Nuestro profesor de la asignatura nos dio un par de días para que cada uno tratara de participar pintando lo que le pareciera. Como ayuda mostró unos cuantos dibujos que él había hecho, que podían servir de ejemplo.
Cada cual se aplicó en desarrollar su idea. Yo mareé la perdiz durante las horas y terminé mi horrorosa reproducción de alguno de sus dibujos. El profesor seleccionó los mejores, tomó nota de los nombres de los chicos y los guardó en el sobre para enviarlos.
Cosa de un mes después el jurado se había pronunciado: de entre todos los dibujos enviados por miles de niños, el mío era el mejor. Lo absurdo es que ni siquiera había enviado un dibujo. Le pregunté al profesor de la asignatura que me explicó que él había enviado los dibujos que puso de ejemplo, firmados con nombres de alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve suerte porque de entre todos los dibujos que él envió, el que tenía mi nombre fue el ganador.
Habría una entrega de premios con autoridades y fotografía en los periódicos. No tuve más remedio que asistir a la exposición pública de los dibujos vencedores en una galería de arte en la ciudad. Ni siquiera sabía cómo era mi dibujo ganador.
Fui allí y reconocí perfectamente la obra de mi profesor. No era la única premiada: algunos premios menores también eran dibujos suyos, con nombres de otros alumnos de mi colegio. Con ojos alucinados tras vencer en un concurso en el que no había participado, notabas que todos los dibujos tenían el mismo tufillo: resoluciones de aficionado para ideas originales. Parecía que si esa persona tuviera una técnica un poco mejor podría llegar a algo. Todos los cuadros eran aparentemente sencillos pero con algo ingenioso, diferente.
No sería el único concurso que ganaría ese año. Tenía suerte hasta con el azar de la adjudicación de falsos autores. Volví a vencer en otra competición, tal vez más importante aún. Organizada por «El Corte Inglés». Todos los concursos en que participaba mi colegio estaban amañados. No importaba si era redacción, manualidades, pintura. Los alumnos preparaban su bodrio y los profesores enviaban los modelos creados «como ejemplo». Y casi nunca ganábamos. El colegio también sacaba su tajada: al ser premios para estudiantes, y tratando de fomentar la competición, casi todos los premios tenían una parte para el colegio, que a veces era incluso mayor que la que se llevaba el premiado. No habiendo trazado ni una línea de estos dibujos, no iba a protestar por eso.

III

No todos los concursos están amañados. Tengo un amigo que solía vencer en los concursos de literatura para niños y adolescentes. Él dice que es porque tenía un estilo que venía como anillo al dedo para el formato. La gente del jurado suele ser muy uniforme y quiere exactamente lo que él sabía escribir. Cuando por la edad tuvo que dejarlos para participar en concursos «para adultos» terminó su racha. Desde entonces no ha vuelto a ganar ningún otro concurso.
La historia de mis fraudulentos premios de dibujo es tan absurda que la gente a la que se la cuento no me cree. Pero os puedo asegurar que es verdad.