La crisis, en retrospectiva

Afortunadamente en 2016 se acabó la crisis económica española. Bueno, quizás se acabó antes, pero no fue hasta 2016 en que se dejó de hablar de que la crisis seguía estando ahí.

A pesar de haber sido una experiencia devastadora para muchas personas, y haber comprometido las opciones de futuro de casi toda una generación, resulta sobrecogedor ver como la mayoría de la gente no ha aprendido nada de ella.

Con el tiempo se ha ido simplificando la explicación de la crisis y por qué sucedió hasta niveles de Pocoyó. ‘La crisis fue culpa de los bancos y la corrupción de los políticos’ es la opinión de una inmensa mayoría de la población española.

Es cierto que gran parte de la responsabilidad de la crisis la tienen bancos y políticos. Pero reducir los culpables a estos dos simples grupos, o apurando aún más, al Partido Popular como representante de los políticos y a Bankia – o hasta tan solo Rodrigo Rato – es un ejercicio de infantilismo.

Allá en la época dorada de los blogs, había unos cuantos contando los riesgos a los que se enfrentaba España, inmensa en una enorme burbuja inmobiliaria. Mientras sonaba la orquesta, nadie hacía nada al respecto. Todo el mundo era próspero y se decía aquello de “la cosa va p’arriba”, que era una forma de entender que se soñaba con un mundo de perpetua prosperidad.

Muchos acabarían viendo como el sueño se convirtió en pesadilla. Familias enteras arruinadas, que pasaban de la bonanza y la vida acomodada a un mundo de precariedad y vergüenza. Ahora bien, todas esas personas ya han olvidado a todos los culpables de su situación. No es de extrañar que dentro de unos años, cuando la situación se repita, vuelvan a tropezar con las mismas piedras. Ellos o sus hijos, asesorados por sus consejos.

No voy a decir aquí “quienes son los verdaderos culpables”. Hay muchos. Los políticos y su intervención en los bancos, tienen el puesto de honor. Pero me parece muy injusto cómo tantos otros actores se han marchado de la fiesta sin pagar las consumiciones.

Quizás el mayor responsable de la crisis que ha salido de rositas ha sido el mundo de los medios de comunicación. Eran ellos los que jamás publicaban una noticia negativa de un banco o de un directivo importante. Dependientes de la publicidad que estos pagaban, durante los años previos a la crisis siempre hubo una total falta de periodismo crítico.

Era responsabilidad de los medios de comunicación el alertar sobre los riesgos de lo que estaba a punto de suceder. Si lo hubieran hecho adecuadamente, muchas personas no habrían pedido ese crédito justo en la cima de la burbuja, o no se hubiera inflado un 10% más el precio de la vivienda o no se hubiera comprado ese tentador Porsche Cayenne. Del mismo modo, los políticos y los banqueros se hubieran cortado un poco en su forma de actuar, tan a cara descubierta. El Cuarto Poder también miró para otro lado durante la crisis.

Resultaba patético ver cómo había que informarse en medios alternativos, como preparacionistas o conspiracionistas. Nunca una noticia alertando de riesgos, peligros. Para colmo de males, luego los medios de comunicación han hecho caja con programas y personajes que explicaban la crisis de forma sencilla, a toro pasado. Al Rojo Vivo, de la Sexta, ha sido un referente, trayendo la economía al Prime Time de las televisiones. Aunque este programa ha hecho cosas muy buenas, ¿Por qué no surgió cuando se le necesitaba de verdad, cuando todo iba bien? Luego también es penoso ver cómo han ganado mucho dinero durante la crisis economistas y personajes que no tenían ni idea de lo que estaba a punto de ocurrir, pero se mostraron muy expertos en contar la realidad y sus causas con meses de retraso. Los periodistas económicos, de notables culpables, a figuras ensalzadas y libres de toda culpa.

Los políticos son muy responsables de lo que ocurrió. Y resulta triste ver como ninguno ha sufrido consecuencias por ello, salvo aquellos que han robado descaradamente y se les ha descubierto con multitud de pruebas. Cuando se empezaba a hablar de nueva política, con los partidos de Podemos y Ciudadanos, se mostró una gran verdad: todos los políticos que estaban antes de la crisis, siguieron en sus cargos durante y después de la crisis. Un puesto de gran responsabilidad que, sin embargo, no tiene ninguna. Pase lo que pase, ellos seguirán como el dinosaurio de Monterroso.

Ahora bien, ¿Por qué seguían esos políticos ahí? Porque la gente los votaba. Recuerdo como si fuera ayer la campaña electoral de las Elecciones Generales del 2008, ganadas por el Partido Socialista. Tras haber gobernado los cuatro años anteriores – de bonanza económica – se centraron en negar la existencia de síntomas de declive económico. En medio de una situación insostenible, en que cada indicador era peor que el anterior, se atrevieron a negarlos y lo mejor de todo fue…que la gente les votó.

Mentir salía gratis y dar malas noticias, como hizo el Partido Popular en la campaña del 2008, restaba votos. Del mismo modo, en regiones con futuros escándalos de corrupción, como Andalucía o Valencia, todo iba bien. Se renovaban mayorías una tras otra. A la gente le gustaba la campechanía de los dirigentes públicos, que vivían en una perpetua euforia del 3%. Nadie votaba a los políticos de la oposición, con aspecto de aguafiestas y amargados.

Puede decirse que la gente les votaba porque aún no sabían que eran corruptos. Lo cual es cierto solo en parte. Cierto es que los periodistas no se atrevían a decir nada sobre ellos hasta que estuviera reconfirmado cien veces. Todo el mundo sospechaba la existencia de tejemanejes. Pero como hemos podido ver en las Elecciones de 2016, la corrupción es uno de los mayores problemas para los españoles pero no es uno de los factores más decisivos a la hora de elegir el voto.

Así, nos guste o no, hemos votado de forma irresponsable una y otra vez. Y lo seguiremos haciendo.

Luego basta con mirar a cualquier colectivo damnificado por la crisis para encontrar su parte de culpabilidad. Los afectados por el escándalo de las preferentes de Bankia por ejemplo. Se ha incidido en el caso de personas mayores que no sabían escribir, gente que no podía ni tan siquiera ver, que habían perdido ‘los ahorros de toda una vida’.

Sin embargo, en España nadie ahorraba. Una gran parte de esas personas mayores tenían ese dinero como parte de una venta de vivienda. Muchas de estas inocentes personas, estafadas por los bancos, habían sido los que se habían lucrado enormemente durante la bonanza de la burbuja inmobiliaria. El paradigma de compraventa era una pareja joven, sin hijos pero con planes de tenerlos, que compraba sobre plano. Y luego, ya a un nivel más modesto, que compraba un piso o local comercial a reformar a una persona mayor.

Uno de los aspectos más dramáticos previos a la crisis era ver cómo se producía una transferencia de riqueza de la gente joven – en muchos casos riqueza futura o riqueza que jamás alcanzarían – hacia las personas mayores. Durante los años posteriores hemos podido ver cómo se revertía este proceso. El abuelo con una modesta pensión acogiendo a sus hijos desahuciados o ayudándoles a llegar a fin de mes.

Con una población cada vez más envejecida, los mayores y sus pensiones son intocables, mientras los jóvenes tienen que elegir la forma en que se evaden de la realidad donde no tienen cabida: pagar con impuestos las pensiones de varios jubilados, o ser tratados como escoria una y otra vez (puteros, ni-nis, obsesionados con los videojuegos). Antes de la crisis había un problema generacional muy grande. Sigue habiéndolo y se sigue mirando para otro lado. Esta es una especie de burbuja que nos arrasará lentamente. Habrá una generación que prácticamente sólo pague impuestos para pagar las pensiones de sus mayores, mientras que cuando les llegue su jubilación, no percibirán casi nada.

Pero no fue la crisis una cuestión de jóvenes o mayores. Todos estábamos inmersos en una locura colectiva, la sociedad entera estaba enferma y no se empezaron a ver valores humanos hasta que estalló la crisis. La solidaridad entre familias, ayudando al que se quedó sin techo era antes un continuo duelo de cuñados a ver quién se había comprado el piso más adosado, a ver quién había metido más extras en la hipoteca, quién tenía la deuda más grande.

Unas forma de ocio más grotescas que ponerse a cazar Pokemons. Más viajes a Punta Cana que a Torremolinos. Turismo burdo de capitales europeas sin dejar jamás una propina. Todos los fines de semana de turismo rural a alguna parte, para no morirse de vergüenza en el trabajo por no tener nada que contar. Ocio tan a crédito como la vivienda. Restaurantes fuera de las estrellas Michelin con listas de espera de años. Comprar marcas blancas era de pobre. Toda la ropa, de marca. Menos mal que los smartphones no empezaron a aparecer hasta después de la crisis o no sé qué cosas habríamos visto. Todo el mundo tenía Audis porque los Seats eran para los muertos de hambre. Un mercado de segunda mano prácticamente inexistente.

Con la crisis llegarían medidas razonables: veranear en el piso de la playa de tu cuñado. Comer fuera pero en sitios baratos, convirtiendo a Ikea en uno de los principales proveedores de comida rápida del país. Pasar tiempo en casa, pasear. Visitar a los familiares, alargar la vida útil de coches que siguen funcionando perfectamente.

Uno de los mayores responsables de la crisis era una sociedad enferma, egoísta, sólo preocupada de aparentar. La riqueza – ficticia – y el dinero en el centro de todo lo que se hacía. Operaciones de estética sin parangón en toda Europa. Era normal incluir una operación de aumento de pecho a los gastos de la hipoteca. Las parejas se divorciaban no por falta de amor – que nunca hubo mucho – sino por falta de ambición de sus cónyuges. Antes de la crisis se vivía un egoísmo generalizado y era casi imposible escapar a él.

Blogs como Sanchiguarro, los colonos del Páramo, en tono humorístico, mostraban la irracionalidad de la sociedad en medio de la verdadera crisis : la de valores. Una cita que lo resume todo:

El problema no es que los pisos sean caros: es que nos hemos convertido en unos animales de bellota.

Inmersos como estábamos en una sociedad enferma, la crisis era en cierto modo una consecuencia inevitable.

Finalmente, antes de la crisis había un mercado de trabajo totalmente disfuncional. Todo el mundo vivía, directa o indirectamente, de negocios bancarios, inmobiliarios o una mezcla de ambos. Mucha gente cobraba una parte de su sueldo en negro, o vivía directamente de comisiones de venta que parecía nunca acabarían. La gente sin estudios ganaba mucho más dinero y tenía mejores condiciones laborales. Pero claro está, con decenas de miles de personas que estudiaban carreras profesionalmente inútiles por aquello de que uno tiene que estudiar aquello que realmente le gusta. Luego basta con desearlo mucho para que surja una trabajo soñado de Filosofía y Letras, o de Historia del Arte. Estudiar Empresariales sin vocación nunca será la solución.

El mercado laboral era una auténtica locura: empleados con intocable antigüedad que no sabían – ni querían – tocar un ordenador, mientras los jóvenes llegaban con contratos precarios debajo del brazo y palmaditas en el hombro. El aluvión de la crisis no ha arreglado nada de esto pero al menos ha servido para mostrar el inquietante aspecto de la realidad que nos podemos permitir, mientras no tengamos ningún tipo de industria.

En resumen, la crisis tuvo muchos culpables. Unos más que otros, pero me parece muy triste, e infantil, que muchas personas duerman con una total sensación de inocencia. Sobre todo porque la vida es una rueda que da continuos giros. Y si dentro de 15 años se repite algo parecido a todo esto, por lo menos que sepamos darnos cuenta y tomar las medidas que estén en nuestra mano.

El mitin

Todo el mundo ha visto cientos de mítines por televisión. Por las imágenes siempre se percibe un ambiente ficticio: jóvenes y milfs que aparecen detrás del candidato para dar una aire de prosperidad y triunfo. Euforia y aplausos ante cualquier frase, por predecible que sea. Banderitas y un público inquietantemente uniforme.

Así, por las pasadas elecciones, decidí que asistiría a algún mitin. Mi preferencia natural era el Partido Popular. Siempre me parecieron sus campañas políticas las más impostadas, con un aire de figurantes entre las personas que asisten de público. Izquierda Unida era el partido que menos interesante me resultaba, no tanto por afinidad política, sino porque siempre ha sido un partido pobre, que no llena estadios, con gente muy heterogénea. Me interesaba vivir la experiencia, y en este caso el Partido Popular era garantía de carnaza de primera calidad.

Mi primera sorpresa fue ver la inexistente publicidad que existe de los actos. No hay apenas carteles anunciando que el Presidente del Gobierno o alguno de los candidatos van a ir a tu ciudad. Y sin embargo, luego los ves en las noticias, en Prime Time. Tras haber decidido que iría a algún mitin, el que fuera, pude ver cómo se desvanecían mis opciones con el Partido Socialista o el Partido Popular simplemente porque no lo anunciaron en ninguna parte.

Tuve suerte de oír un anuncio en la radio – ¿Quién oye la radio si no está conduciendo? – mencionando que ese mismo día Ciudadanos daría un mitin en mi ciudad. Me cuadraba con el horario de trabajo así que me apunté a dicho plan sin darle muchas vueltas. Era el partido al que pensaba votar, lo cual en cierto modo justificaba la asistencia.

El mitin se celebraría en el Salón de Actos del Palacio de Congresos. Una sala enorme. Mi primera impresión era que no llenarían. Aún así, llegué 15 minutos antes del comienzo. Para mi sorpresa había una larga fila de personas esperando.

Las personas que tenía tanto delante como detrás venían en grupos relativamente numerosos. Por lo que hablaban los de delante, supe que eran miembros del partido, de la delegación de algún pueblo. Pronto me daría cuenta de que la inmensa mayoría de los asistentes al evento eran políticos de segunda o tercera fila. Se rumoreaba que en el mitin que se había celebrado el mismo día, en otra ciudad, no se había llegado ni a media entrada. La gente se movilizaba para evitar que el líder se sintiera casi solo en la provincia.

Cuando entraba en el Salón de Actos pude ver que se iba a llenar con total seguridad. Los asientos de las primeras filas, los que salen en las fotos, estaban todos reservados, con papeles pegados al respaldo de las sillas. Según había oído en la espera, se trataba de los gerifaltes de la política provincial. Luego la gente se sentaba tan cerca como podía. Al haber muchos grupos enormes, veías filas enteras reservadas. Tuve relativa suerte de encontrar un asiento por el centro, algo detrás de la fila que ocupaba la prensa. En apenas diez minutos la sala se llenó y hubo gente que tuvo que quedarse fuera.

El público me dio la impresión de ser de mi misma clase social. El vagón de cola de la clase alta, que se cree clase media porque es muy mala en matemáticas. Pocos Iphones y muchos Samsung. Pero nada de tatuajes, chanclas, gente comiendo pipas, gritones, vestidos con chándal o repartidoras de romero. Estudiantes universitarios, gente con trabajos no manuales, de todas las edades pero más bien treintañeros. No muy bien vestidos, pero no descuidados. Una audiencia que me hacía pasar desapercibido.

Luego comenzó el mitin en sí mismo. Empezaban hablando los políticos locales, los que se presentaban a las elecciones. Luego el cabeza de lista regional, para terminar con el famoso candidato nacional.

La parte en que hablan los locales no sale nunca en los telediarios y es, quizás, la más interesante. Se trata de gente a la que el evento le viene grande. El único acto al que tendrán que asistir, mientras que el líder nacional puede repetir el discurso, que se sabe de memoria, en cada provincia. En este caso la candidata estaba muy nerviosa y tenía poca capacidad oratoria. Hablaba de sus propuestas para mejorar la ciudad, pero a grandes rasgos y sin apenas entrar en datos sólidos. La anécdota y el chascarrillo por delante de la propuesta concreta.

Esperaba una puesta en escena convincente, que rematara las dudas de los asistentes. Pero estaba equivocado. A un mitin solo va la gente que está absolutamente convencida. El 100% de la gente que asistía al mitin acabaría votando al partido, aunque se prometieran barbaridades. En realidad el mitin se convertía en una especie de complejo meta ejercicio de propaganda política: no se hablaba apenas de programa, de propuestas. No es algo para convencer, sino para obtener un buen resumen en televisión. Proyectando al mismo tiempo la imagen de éxito y verosimilitud propia del que habla y es aclamado y recibe fervorosos aplausos.

La euforia del público me resultaba incomodísima. Emocionarse con un equipo de fútbol o con un personaje famoso es algo que, hasta cierto punto, se entiende. Por muy irracional que sea la pasión por un cantante famoso, por un deportista, es alguien a quien se admira. Pero un político, por muy bueno que sea, jamás se merece eso. Se trata de una persona experta en lenguaje tendencioso, dobles sentidos premeditados, respuestas evasivas. Propuestas que ni por un momento piensa cumplir. Todos hemos sentido decepción por los políticos una y otra vez. Incluso aunque sea el partido al que pensaba votar, jamás aplaudiría a su candidato.

Con el trascurso del mitin, mi desapasionamiento comenzaba a resultar llamativo. La única persona en la sala que no aplaudía nunca, que no se levantaba como un hooligan político. La progresión en el discurso político, creando tensión hasta que por fin aparecía el gran líder, sirvió para despertar un estado de pseudo euforia entre la audiencia, una vez este pisó el escenario. Era una pasión imposible de creer, aunque temporalmente real, de gente que aplaudía mucho pero que, al terminar el mitin, se marchaba a casa con pulsaciones en números negativos.

Al final del acto todo fueron aplausos, ovaciones y buen rollismo. La gente se mataba por el selfie junto al candidato. Salí como pude, contento por la experiencia, tan interesante como innecesaria. Supongo que si hubiera sido el Partido Popular, habría sido una experiencia mítica. Pero creo que mi carrera política termina aquí.

Inmigrantes

Durante las últimas semanas se ha incrementado masivamente el número de inmigrantes ilegales que entran en Europa. Gran parte de ellos provienen de Siria, un país destrozado por complicados conflictos internos y externos que van más allá de una guerra civil.

En muchos países europeos se ha planteado el debate de si debe acogerse a toda esa población y, en caso de que sí, cómo debe hacerse. Se han discutido cuotas y se ha hablado de países solidarios e insolidarios.

El debate que se ha puesto sobre la mesa me parece absolutamente fuera de toda sentido común. Se ha producido una crisis humanitaria sin precedentes y los periodistas se han encontrado con mucho interés por parte de la opinión pública. El mismo interés que pueden ocasionar asesinatos de niños, casos de maltrato o escándalos financieros. Los periodistas detectan que a la gente le interesa y hablan más sobre el tema, la gente, bombardeada por la información, adopta una postura más firme en torno a este problema y se produce un círculo virtuoso o vicioso, según se mire.

La postura inicial de España en este problema ha sido la de siempre: no queremos inmigrantes ni en pintura. Poner todo tipo de trabas para que puedan quedarse legalmente, facilitar todo tipo de mapas donde se indique claramente dónde está Francia y en qué dirección se va hacia Alemania.

El gobierno no adopta esta estrategia porque sí. Ni exclusivamente porque sea un gobierno de derechas. Simplemente hace lo que cree que la gente, o al menos sus potenciales votantes, quiere. Es por ello que se han encontrado con una necesidad de cambiar de rumbo bastante paradójica. Ahora la gente quiere otra cosa.

¿De verdad quiere la mayoría que se acojan a todos los sirios que sea posible? En mi opinión es un caso más de borreguismo provocado por los medios de comunicación. Este tipo de espejismos se provocan por la continua polarización de todos los temas que se tratan en la televisión. O blanco o negro. O Cataluña o España. O derechas o izquierdas. A favor de los toros o en contra. Solidario o insolidario.

La mayoría de la población española es solidaria – ojo, sólo en este mediático asunto – por ceguera económica. A diferencia de otros países, en España los gastos indirectos nunca nos han preocupado demasiado, porque la gente está acostumbrada a ignorar que todo gasto del país está siendo sufragado por sus bolsillos. Si sube el IVA del pan un céntimo, se puede desatar una nueva Guerra Civil, pero si se grava con un impuesto ecológico de 5 céntimos por kilo de trigo a los productores, a la gente le dará absolutamente igual.

Así, la solidaridad que se espera con los refugiados sirios es – salvo los casos de personas que realmente se han implicado a nivel personal, a veces hasta ofreciendo espacio en sus propias casas – una solidaridad que se espera que ejerza el gobierno sin preocuparse de los gastos o problemas que pueda acarrear.

Recuerda la postura de un niño pequeño que ve un perro en la calle y quiere adoptarlo. Son los padres los que ven los problemas, los gastos y sobre todo la certidumbre de que ese niño, cuando pase un tiempo, se olvidará del perro.

La superficialidad del debate sobre los refugiados sirios lleva al punto de que todo lo que escriba aquí será reducido a ‘un artículo donde se compara a los sirios con perros’.

Uno de los aspectos más miserables de la crisis humanitaria Siria es la omisión del resto de crisis simplemente ‘porque los niños sirios se parecen a nuestros niños’. Del África subsahariana han estado llegando miles de personas todos los años y la opinión pública mayoritaria siempre ha sido el rechazo. Vidas miserables de venta infructuosa en el top-manta, alejados de la realidad social. Siempre solos o con otros compañeros de sus países de origen, las opciones de integración para los subsaharianos han sido, en gran parte, inexistentes. No hay mayor miseria que el aislamiento social al que se les somete y las vidas perpendiculares al mundo de riqueza donde se encuentran. Muchos pasan de un mundo sin oportunidades para nadie a un mundo sin oportunidades…para ellos.

También se habla de que los emigrantes sirios son clases medias, muchos con estudios universitarios, muchos saben idiomas. Se supone que por ello será fácil integrarlos. La realidad es que España es un país que estaba lleno de jóvenes de clases medias con estudios universitarios e idiomas que se tuvieron que marchar del país. Se va a producir la delirante situación de acoger a algunas decenas de miles de sirios tras haber tenido que dejar marchar a cientos de miles de españoles.

¿Cuántas profesiones de refugiados sirios son compatibles? Desde luego que los médicos y enfermeros pueden trabajar inmediatamente en nuestro país. Pero, ¿De qué nos sirven policías, funcionarios, traductores, comerciales, profesores o fruteros? El verdadero drama de España es que no hay trabajo para casi nadie, si entra más gente, que además tiene el hándicap del idioma, la cultura y la falta de contactos, ¿Cómo se van a poder integrar?

A mi no me preocupa tanto si España debe o no acoger refugiados sirios como el hecho de pensar que no estamos en condiciones de acoger a nadie. Y la misma gente que se queja de la falta de perspectivas profesionales para sus hijos, pide que se acojan a más personas sin siquiera considerar que son más bocas que alimentar, que tendrán que buscar trabajo, alquilar pisos y, si se hace como parece que la gente pide, eso se tendrá que pagar de nuestros impuestos, al menos al principio.

Un problema real que han vivido muchos países de Europa – y no España – es el haber acogido muchos inmigrantes de países musulmanes sin control. Luego se han encontrado con guetos que han crecido hasta dimensiones preocupantes. Hay barrios enteros de Berlín donde sólo viven turcos. 1.500 franceses se han ido a combatir apoyando al Estado Islámico. Un cuarto de la población de Bruselas es musulmana. Normalmente se habla en términos multiculturales de forma positiva. Pero aquí estamos hablando de casos de no integración, de mundos aislados dentro de un país. Que una mujer no pueda caminar tranquila por ciertas calles de Bruselas si no lleva pañuelo no es preocupante, sino lo siguiente.

¿Es la población Siria fácil de integrar? Según con quiénes se los compare. De nuevo se ha entrado en la descalificación a cualquier argumento negativo, diciendo que hablar de que entre los refugiados tiene que haber posibles integristas es de una total xenofobia. Pero sí, claro que los habrá y por supuesto que no hay que pasarse de guays, dando palmaditas en el hombro.

Lo que no se puede hacer es denegar sistemáticamente el acceso a argentinos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, que se integrarían en España en un abrir y cerrar de ojos y luego aceptar sin pestañear a todos los sirios simplemente porque salgan en televisión.

No tengo una postura definida en este conflicto, a pesar de las críticas. Me parece demasiado complicado. Lo que me indigna verdaderamente es la superficialidad rozando la infantilidad con que se juzgan todos los problemas. Porque este es el país donde se supone que, tras tantos años viviendo en él, debería estar integrado.

Vida Eterna

Las pirámides de Egipto o el Ejército de Terracota de Xian son dos muestras de construcciones funerarias en las que un Emperador trata de fortalecer su presencia en la vida después de la muerte. Sus desmesurados esfuerzos pueden parecer vanos, pero qué duda cabe que en al menos estos dos ejemplos lograron con creces su objetivo.

La única forma de persistencia en el tiempo que de momento conocemos: la fama. Para que Qin Shi Huang pasase a la historia, aún siendo el primer Emperador de la China unificada, tenía que construir algo que perdurara más que sus imperios. Arte de primerísima categoría, con una dimensión colosal para que ni el deterioro del tiempo o las ambiciones de otros pudieran destruir su legado.

Aunque la hipótesis de una construcción deliberada, en la busca del recuerdo de las generaciones venideras, es completamente absurda, tiene sus puntos de justificación. Tendemos a pensar en las generaciones históricas como seres cándidos y crédulos. Pero su visión del tiempo, mucho más allá del espacio definido por la longitud de sus vidas, era mucho más avanzada que la que solemos tener hoy en día.

La destrucción del templo de Artemisa en Éfeso fue deliberada, por un simple pastor que pretendía, de ese modo, pasar a la Historia. Esto ocurrió antes de que naciera el padre de Qin Shi Huang. Si un pastor fue capaz de reconocer una forma tan brusca de aparecer en los libros de Historia, un emperador bien podría tratar de perdurar en el imaginario de la Humanidad, con la construcción de un ejército de terracota, réplica del que el emperador tuvo bajo su reinado. Aunque sea una insensatez pensar que el trabajo de Qin Shi Huang trataba de construir una ruina tan grande y elaborada que ninguna civilización fuera capaz de destruir parte de su memoria, no lo es menos pensar que este monarca estaba totalmente convencido de que en el más allá dispondría de este ejército con solo incluir una réplica en piedra junto a su tumba.

Igualmente las tumbas egipcias pueden entenderse como acumulaciones de riquezas, tantas como fuera posible, y tan ocultas a los ladrones como el ingenio permitiera, con el simple objetivo de que aparecieran muchos siglos más tarde, permitiendo la Vida Eterna de verdad, la de los libros y enciclopedias colaborativas.

Tal vez fueran inocentes, pero muchos consiguieron su objetivo.

Ve al medico no a Internet

Uno de los tópicos, quizás el principal, de la desinformación en internet, es el del paciente que se informa en la red sobre su hipotética enfermedad.

La medicina es la ciencia que conocen los médicos. Uno que consulte en la red, sin saber lo que hace, corre enormes riesgos.

Si esto mismo lo dijéramos de cualquier otra disciplina científica que no fuera la medicina, muchos responderían violentamente. No es así. Todo el conocimiento está en la red. Puedes aprender más sobre cualquier tema usando exclusivamente Internet, y eligiendo bien, que asistiendo al mejor master del mundo (y sin poder usar Internet). Y la medicina no es, ni mucho menos, una excepción.

Claro está que si tengo un tumor, no voy a aprender a extirparlo consultando páginas web. O aunque lo hiciera, lo suyo sería que un médico se dedicara a tan peliaguda tarea. Tampoco voy a elegir la medicación contra el SIDA basándome en lo que lea de la Wikipedia. Mejor consultar a un médico.

Pero hay muchos casos en los que el conocimiento real está en Internet, no en el médico. Y no estoy hablando de excepciones raras, sino en la medicina de andar por casa, la que nos afecta a diario.

Pensemos en el siguiente caso. Todos sabemos de los peligros del sol. Sus rayos pueden castigar nuestra piel y causarnos daños graves, no sólo estéticos, sino de salud a corto, medio y largo plazo. Todos sabemos que hay que usar crema protectora contra el sol.

Así que vamos a la farmacia o al supermercado. Compramos la crema y nos la aplicamos, y sobre todo a nuestros hijos que son siempre los más vulnerables. Hemos actuado responsablemente y sin embargo surge un imprevisto: nuestro hijo tiene una alergia, presumiblemente a la crema solar.

El padre modélico, de libro, acudiría a su médico de cabecera, que tal vez le daría cita para el dermatólogo. Y lo que el dermatólogo le sugeriría es que probara con otra crema.

– ¿Qué crema?
– Otra, hasta que encuentres una que no de alergia.

El sistema es rudimentario, caro, pero funciona. Uno va probando con distintas cremas solares, hasta encontrar la adecuada, la que no da alergia y permite a nuestro hijo jugar con tranquilidad en la playa.

Ahora bien. El padre moderno e irresponsable que hubiera consultado en Internet, se habría encontrado con muchos otros casos como el suyo. La crema X causa alergia a mi hijo. Foros enteros dedicados a la alergia a la crema solar.

La solución final habría resultado la misma. Comprar otra crema, ver el resultado y si no es satisfactorio, ir por la siguiente.

Hay una enorme diferencia entre el tratamiento del médico y el de Internet. En el primer caso, uno actuaría a ciegas. Con Internet, uno podría saber fácilmente qué cremas resultan más alérgicas y cuáles han funcionado en otros casos.

La solución de Internet es la más barata, y por lo tanto la menos traumática. Siempre que se hubiera usado con un poco de cabeza, se habría encontrado una crema adecuada en menos tiempo.

¿El problema verdadero sabéis donde está? Pues en que ese médico probablemente tenga otro caso de alergia a la crema solar en todo el año. Y le dará la misma solución. Al ser una enfermedad rara y tener las mismas preocupaciones que una persona cualquiera, el médico daría la solución, que es correcta, y pasaría al siguiente paciente.

Cuando vas al médico a contarle que le diste la crema X a tu hijo y le dio alergia, y luego la crema Y y también, el médico no apunta X e Y en ninguna parte, ni siquiera en su memoria. Así, si dentro de un año le llega un paciente que ha sufrido alergia con la crema X, el médico sería capaz de sugerirle la crema Y.

Pero peor aún. Imagina que llevas a tu hijo al dermatólogo dentro de un año. Por un problema totalmente diferente. En este caso, si falla la memoria, no falla el historial. No es sólo cuestión de que los médicos tengan a muchos pacientes o que dispongan de pocos recursos. En una consulta privada ocurriría lo mismo. El médico nunca te preguntará que crema solar fue la que acabó funcionando con tu hijo.

Es decir, que después de la mala experiencia con el sol, tú sabes más sobre cremas solares y alergias que el médico. Y lo que es lo mismo, si alguien en un foro pregunta por una alergia a la crema, tu respuesta será más válida y más interesante que la de tu médico.

Por todo ello, es una temeridad y una exageración decir que Internet no es un sitio donde acudir a por información médica. El que tenga pocas luces será engañado, estafado y maltratado. Pero quien sepa distinguir el polvo de la paja, puede y debe acudir a este medio a informarse.

Otra limitación de la medicina está en los tratamientos. Contra la gastroenteritis, en España, hay un tratamiento sota-caballo-rey. 24 horas sin comer, beber mucha agua, dieta blanda y vuelta a la normalidad. Cualquier médico de España te dirá siempre lo mismo.

En este caso, es un problema sencillo. Pero en otros, la receta mágica puede no funcionar. O que no nos venga bien porque nos da asco el arroz y la patata cocida. Una consulta en Internet y uno se topa con la receta que emplea otro país europeo: hartarse de coca-cola. De nuevo Internet nos está resolviendo una papeleta.

Notas:

La idea del médico que no aprende de sus pacientes, es de Seth Roberts, el creador de la dieta Shangri-La. En su caso, perdió una enorme cantidad de kilos y el médico, al que se supone que debes acudir cuando tengas sobrepeso, cuando se lo encontró tan mejorado, ni siquiera le preguntó, por curiosidad, cómo había perdido todo ese peso.

Los médicos, en general, sólo aceptan la ciencia que llega de la publicación científica. Han olvidado que el método científico nace de la observación. Como ese dermatólogo del ejemplo no pensaba escribir ningún artículo sobre la alergia a la crema solar, descartó cualquier posibilidad de aprendizaje del mundo real. Algo que no está bien, por cuanto la ciencia está dándonos respuestas parciales e inexactas. Constantemente se retiran del mercado medicamentos que estaban más que probados y con una eficacia científicamente demostrada.

En este foro hablan sobre la alergia a la crema solar. Es la antítesis a lo que te diría un médico o farmacéutico (estos sí que están más acostumbrados a aprender de los pacientes). Por un lado, recomiendan las cremas más “ratoneras”. Nivea, que es una de las más baratas, entre las que mejores resultados da a aquellos que sufrían alergia con marcas más estilosas.

Por otro lado, hablan de un producto ¡Que venden en Ebay! que es la panacea contra los casos más recalcitrantes. Lo último que esperarías oír de tu doctor.

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Viagra falsa.

Colchón usado

El n-ésimo mandamiento del consumismo dice evitarás los objetos usados. En contadas ocasiones se admiten excepciones. Por ejemplo, la gente no tiene ningún miedo a los coches de segunda mano. Con otras objetos se plantean ciertos reparos, como con los libros y discos usados.
Los muebles, sin embargo, producen un rechazo total. Sabemos que han pertenecido a otros, pero el no saber a quién, qué habrá hecho esa familia, se nos antoja terrible.
Aún así, mucha gente amuebla su casa con cosas encontradas en la basura. Sobre todo estudiantes y quienes preparan un piso para ser alquilado. Y es que los muebles de un piso de alquiler son los menos exigentes del mundo, tan sólo se les exige que existan.
En uno de los primeros sitios en que viví, de alquiler, el sofá era terrible. El casero no sólo se negaba a cambiarlo, sino que no atendía a nuestras súplicas de que simplemente se lo llevara y dejara ese espacio vital libre. Muchas veces sentía el impulso de coger un sofá de la basura, que casi siempre estaba en mucho mejor situación.
Creo que si hay un objeto que despierte el terrible miedo a lo usado es el colchón. Ni la persona más miserable del mundo se atreve a coger uno de la basura, aunque a veces se vean algunos en perfecto estado. A menudo he visto anuncios de gente que se mudaba con urgencia y liquidaba su antigua cama a precio de saldo sin encontrar compradores. Nos da miedo el colchón ajeno.
En alguna conversación he mencionado el asunto y siempre me dicen eso de “a saber qué han hecho ahí”. Pues a las malas, mucho sexo. Alguna incontinencia nocturna, que en el caso de una borrachera puede ser más grave. Pero no hay mal que cien años dure y que un par de buenos lavados no quite. No me vale la excusa cuando para el sofá es mucho más fácil poner todos esos peros y nadie muestra sin embargo tantos reparos.
Luego me ha tocado dormir invitado a casa de amigos, conocidos y otros que no lo eran tanto. Y nunca he tenido reparo en averiguar la problemática del colchón. Ni yo ni nadie. Que el colchón haya pasado por la calle tampoco lo convierte en algo infecto.
Supongo que bajo este pánico se esconde el trasfondo animal del asunto. Pasamos tantas horas en la cama que es el sitio donde más firmemente hemos marcado nuestro territorio. Nos da pánico pensar que estamos tomando un objeto tan marcado por otras personas. Nos resulta insoportablemente agresivo.
Puede que al final no sea más que una cuestión olfativa. El colchón, objeto que nunca se mueve, que absorbe todo tipo de olores corporales, expuesto a los humores de sus ocupantes. Mal ventilado. Lo mismo sucede con la ropa prestada por otras personas, no importa la confianza que tengamos con ellas, lo primero que pensamos es en lavarla. Eliminación de olores.
Nos comportamos como simples perros, que todo lo huelen, pero hemos subjetivizado el puro instinto animal hasta transformarlo en “me da cosa”, “me da asco”.
[Este post fue escrito por primera vez en 7 de Noviembre de 2004, siendo reescrito hoy.]
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Tuertos por convencimiento

Como tantos otros despojos humanos, tras vaguear durante todo el año, me he apuntado a un curso de francés intensivo. Lo que no he hecho en todo el año, ahora pretendo hacerlo en un mes. Qué moral. Un curso de idiomas para gente sin conocimientos. Para empezar de cero. Lo más sorprendente es que en la clase había un chico que sí que sabía bastante.
La pregunta de la profesora no tardó en llegar. ¿Por qué te has apuntado al curso?
En cualquier disciplina de aprendizaje existen niveles. La gente va escalando progresivamente dichos niveles, hasta alcanzar la maestría. O al menos, eso es lo que creía.
Sin embargo, uniendo la experiencia del día de hoy a otras anteriores, haciendo la retrospectiva, me he encontrado a un tipo humano del que desconocía su existencia. Es el tuerto por convencimiento. Aquel que voluntariamente emigra al país de los ciegos para ser más que los demás.
Soy hijo de la generación competitiva, de los cursos de inglés por las tardes, de las clases en el conservatorio, del equipo de fútbol. Todas esas cosas que echas de menos cuando te entrevistan para tu primer puesto de trabajo. Aunque no haya pasado por nada de eso, sé que el objetivo de toda clase es pasar de curso, de forma natural.
Mi primer encuentro consciente con los tuertos fue en el curso de natación de la piscina. Establecen un nivel 0 para la gente que no sabe nadar. Siempre pensé que no saber nadar es que te suelten a 10 metros de la orilla y tengas chances de morir ahogado. Sin embargo, cuando me apunté a dichos cursos, me di cuenta de que estaba equivocado. Para muchos no saber nadar era cansarse mucho haciéndolo. O sólo saber hacerlo en un estilo. O simplemente, no ser un medallista olímpico. Tras empezar las clases lo vi claro: toda la gente que había en el nivel 0 sabía nadar.
Con el paso de los días el curso fue avanzando. Mejoré lo suficiente como para que ahora fueran necesarios más de 25 metros para que perdiera la esperanza de salvación. Llegó el día de las calificaciones. Todos podían pasar de curso, salvo tres pobres desgraciados entre los que me incluía. Lo sorprendente es que a la gente no te tembló el pulso lo más mínimo. Dijeron que el mes siguiente seguirían en el mismo nivel, que eso era lo que les gustaba.

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