Un hombre un voto

Cuando llega el tiempo de elecciones siempre toca oír comentarios parecidos. Que si el votar no sirve para nada, que si los políticos son todos iguales, que si no nos gusta ningún partido, que si es una democracia ficticia.
Estas quejas suelen servir para dar la justificación: yo no voto.
En mi opinión el argumento es muy endeble. Normalmente no hay que esperar mucho para poder votar y los colegios electorales están cerca de casa y pillan de camino de cualquier parte. Votar es un gesto tan molesto como puede resultar tirar las botellas en el contenedor de vidrio más próximo. En realidad es un acto similar. Tienes que desplazarte unos metros más de lo normal para realizar un acto que crees no servirá de mucho. Mientras reciclas un quinto de cerveza en cualquier parte del mundo hay dos docenas de retrasados tirando un plástico de six-pack al mar.
Lo que verdaderamente aleja al votante de las urnas es el miedo a equivocarse. Y este miedo tiene diversas caras.
Por un lado, el miedo a votar al que pierda. Como si no se pudiera apostar por un caballo perdedor. A mucha gente le molestaría que ganara las elecciones alguien distinto al que ellos han votado. Y les hace pensar que su voto ha sido inútil.
Y por otro, el miedo a votar al que gane. Porque a buen seguro que será un político mediocre, que suba al burro del poder a todos los amigos que le encumbraron en el puesto. Nos aterroriza pensar que el que gane lo haya hecho con nuestros votos.
Hay otros que parece como si hubiera que estudiarse los programas de los políticos para votar y consideran que mejor no votan, por cuanto no están capacitados para tomar una decisión.
Creo que hay que asumir los errores, en la vida hay que tomar decisiones constantemente. Y la mayoría de las veces son más importantes que estas. La decisión de no votar no siempre es una decisión en sí, sino el optar por no tomar ninguna decisión.
El voto nulo, como el voto en blanco, es una solución para los que teman equivocarse. Más interesante desde luego el primero que el segundo. La forma más común de voto nulo es introducir dos papeletas dentro del sobre. Pero hay muchas más. Desde aquí hago una llamada a ideas creativas para realizar votos nulos. Algunas que se me ocurren son:

  • El voto múltiple. En un sobre se mete media docena de papeletas, de distintos partidos políticos.
  • El voto retro. Se usa una lista de elecciones anteriores. Exige disciplina por cuanto hay que almacenar las papeletas por lo menos cuatro años.
  • El voto secreto. Se introduce una papeleta y se cierra el sobre con grapas, de tal forma que sea imposible abrir el sobre sin romper la papeleta. Es una especie de voto no-nulo-autorreferente que haría las delicias de los lógicos.
  • El voto 2.0. Se rellena el sobre con una tarjeta que tenga un link a una página de Internet. Hay una probabilidad entre cien de que algún miembro de la mesa visite esa página y de hacerlo, si tenemos publicidad en nuestra página, hay otra probabilidad entre cien de que clickee en algún anuncio.
  • El voto collage. Se recortan diversas papeletas y se pegan formando una sola. Si eres bueno con las artes plásticas podrías llegar a formar una que diera el pego. Si eres un cutre, por lo menos conseguirás que los miembros de la mesa se pringuen las manos de pegamento.
  • El voto útil. Incluimos en el sobre una lista de teléfonos prácticos, como cerrajeros 24 horas.
  • El voto ruso. Se incluyen dentro del sobre sucesivos sobres más pequeños, hasta que en el último se encuentra una papeleta en miniatura con las iniciales del candidatos votado: M.R. ó Z.P. u otros.
  • El voto Ebay. En lugar de un voto se incluye un billete de cinco euros en el que habremos escrito un texto cualquiera, a ser posible reivindicativo. Por ejemplo «Voto por un mundo mejor» o «Un conservador es un hombre demasiado cobarde para luchar y demasiado gordo para huir».
  • Con un poco de suerte el billete sale en las noticias y adquiere notoriedad. Políticos de todo el mundo muestran su interés por él, como símbolo de la democracia. Y entonces, es subastado en Ebay. En ese momento, con un detalle de genios aprovechamos para sacar réplicas exactas de ese mismo billete, que no serían copias sino originales al ser hechos por nosotros mismos. Inundamos Ebay con billetes de 5 euros autografiados, devaluando la moneda hasta el punto de que los billetes de 5 euros pasen a costar 4 euros o incluso menos.

  • El voto a la enmienda. Se vota por cualquier partido político, pero con tachaduras en la lista, por ejemplo, no tiene por qué gustarnos el candidato nº6 de Izquierda Unida en Cuenca. Pues lo tachamos.
  • El voto inmobiliario. Escribimos por detrás de nuestra papeleta un anuncio de venta de inmueble. Aumentamos el target de posibles clientes.
  • El voto infantil. Escribimos de puño y letra la papeleta en una hoja de papel. Los artistas, que lo hagan imitando el original. Los manazas, que dejen a sus hijos hacerlo.
  • El voto noble. Perdemos unas horas de escaneo y ordenador e imprimimos el voto exactamente igual que uno original, solo que con papel de máxima calidad.
  • Un hombre un voto. Otro montaje, solo que esta vez cambiamos todos los nombres de la lista por el nuestro repetido tantas veces como sea necesario. Mejor si usamos el nombre de un vecino, de esos cabronazos que no tiran el vidrio al contenedor adecuado.

Hay tantas posibilidades como votantes.

Henry Ireland. El metafalsificador

William Henry Ireland (1775-1835) era el hijo de un anticuario y editor, Samuel Ireland. Desde pequeño la absoluta falta de cualidades intelectuales del pequeño hizo que su padre no esperase gran cosa de él. Consiguió un empleo como ayudante de un abogado especializado en hipotecas, a Dios gracias.
En aquella época comenzó el boom de Shakespeare. Cierto es que el insigne escritor inglés disfrutó del éxito de sus obras teatrales en vida, pero hacia el final del siglo XVIII había una verdadera locura en torno a sus trabajos. Con el problema añadido de que apenas existían objetos de culto del genial escritor. No se conservaba ni uno solo de los manuscritos originales de sus obras teatrales. No existía ni una sola carta suya, ya fuera a un editor, productor o amigo suyo. Era tiempo de que los fraudes llenaran ese vacío.
William Ireland se inicio en la falsificación desde su profesión de ayudante de abogado. En ella tuvo acceso a documentos muy antiguos, además de mucho tiempo libre. Comenzó con curiosidad con un libro viejo que compró en una librería. El libro no tenía valor alguno porque aunque era antiguo no había forma alguna de demostrar su origen. Sin embargo se le ocurrió que si falsificaba una dedicatoria a la reina Elisabeth, aquello ganaría muchos puntos de credibilidad.

De la mejor forma que pudo, consiguió realizar la dedicatoria. Luego fue a un anticuario conocido suyo y de su padre y le presentó el documento para que le dijera si era auténtico y en tal caso el valor justo para el libro. Tras examinarlo detalladamente llegó a demostrar que no sólo era una falsificación sino una muy burda. Le mostró a William Ireland una forma más refinada de hacer parecer que la tinta era antigua, usando una tinta especial y exponiendo después el papel al calor. William observó el método y en lugar de vender un libro, acabó comprando un bote de tinta.
De nuevo en la quietud de su despacho, preparó una nueva dedicatoria a la reina. El resultado de la nueva falsificación superaba con creces a la anterior. Esta vez marchó con el libro a casa de su padre, mostrándole la ganga que había encontrado en un anticuario.
Su padre observó con cuidado la dedicatoria, dándola por auténtica. Y felicitó a su hijo por haber tenido tanto ojo descubriendo un libro así. Entonces le dijo que siguiera mirando, a ver si era capaz de encontrar un libro autografiado por Shakespeare. «Daría la mitad de mis libros por conseguir algo así».

¿Qué no es capaz de hacer un hijo por conseguir el reconocimiento de su padre? A partir de ese momento la travesura de una tarde se convertiría en una profesión de años.

El primero fue del todo inocente. Un acuerdo legal entre Shakespeare y John Heminges, editor y manager teatral. Firmado personalmente por el famoso escritor inglés.
Con él llegó a su padre que no dudó ni un instante en la veracidad del documento. Maravillado, pidió a su hijo que tomara lo que deseara de su colección, a cambio del falso contrato. William Ireland era un hombre feliz.
Poco a poco fue sirviendo a su padre un reguero de documentos, todos relacionados con Shakespeare. Todos de un valor documental extraordinario. Todos completamente falsos. Como coartada le contó que un misterioso Señor H. que quería permanecer en el absoluto anonimato le había proporcionado esos documentos que podrían ser de Shakespeare.

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Carta supuestamente escrita por Shakespeare.

Los documentos tenían una clara tendencia hacia lo que se deseaba encontrar. «Ojalá tuviera un documento firmado por Shakespeare». Aparece un documento firmado. En aquella época se dudaba sobre la religión que profesaba el poeta. Eran malos tiempos para el catolicismo pero una referencia en Hamlet al Purgatorio hacía pensar lo peor: que la mayor pluma inglesa profesó esa religión.

Fácil para William Ireland fue descubrir una Profesión de Fe en que se desvelaba que para descanso de todos Shakespeare repudiaba el catolicismo.
El número de falsificaciones fue en continua progresión. Hasta aparecer los manuscritos originales de obras de teatro, como Hamlet, algo que hoy en día tendría un valor incalculable. En lugar de confiarse, William Ireland había ido perfeccionando sus métodos hasta la absoluta perfección.
Pero para su desesperación, el padre no se conformaba con poseer la mejor colección de documentos originales relacionados con Shakespeare. Tenía que contarlo y no dudó en mostrar sus joyas a expertos en la materia. William Ireland no dudó que el entretenimiento para agradar a su padre acabaría descubriendo su mentira. Pero para su sorpresa, los peritos dieron los documentos por auténticos.
Con el beneplácito de los expertos, las falsificaciones derivaron en una orgía creativa. William Ireland descubrió un manuscrito de El rey Lear, pero en lugar de transcribir el original decidió modificar algunos apartados, eliminando algunas bromas originales que le parecían de mal gusto. Luego apareció un Hamlet, que resultó llamarse originalmente Hamblette. La pérdida de papeles iba en aumento.
Porque aunque no había tenido oportunidad hasta entonces, William Ireland tenía inquietudes literarias propias. Maravillado con la aceptación de sus Shakespeares decidió ir un paso más lejos: ¿Por qué no escribir una obra de teatro? Dicho y hecho, William Ireland descubrió en 1795 una nueva obra del más grande escritor en lengua inglesa, una obra de teatro desconocida hasta el momento: Vortigern.
La obra había sido escrita de principio a fin por William Ireland. Desde luego no tenía la calidad de las obras mayores de Shakespeare, pero bien podría tratarse de una de sus primeras creaciones.

Hacia el final de ese año nacería un libro recopilatorio con todos los escritos acumulados hasta la fecha. Este libro fue compilado por el padre de William y recibió el título de Miscellaneous Papers and Legal Instruments under the Hand and Seal of William Shakespeare y fue publicado al comienzo de 1796.

Este libro hizo que lo que hasta el momento era una curiosidad conocida por un pequeño círculo, se divulgase por toda Inglaterra. Muchos expertos pudieron observar de primera mano los textos descubiertos del autor. Y fue entonces cuando comenzaron a surgir las primeras sospechas.
Al mismo tiempo se planteaba el reestreno triunfal de la nueva obra teatral, Vortigern, de la que William y Samuel Ireland cobrarían un suculento porcentaje de los ingresos. Sin embargo cuando se acercaba la fecha del estreno las voces que indicaban que aquello no podía ser Shakespare aumentaban. William Ireland pensaba que lo peor ya había pasado. Y presentó una nueva obra: Henry the Second, también atribuida a Shakespeare.
Cuatro días antes del estreno se publicaba un libro de más de cuatrocientas páginas, escrito por Edmond Malone, uno de los mayores expertos en la obra de Shakespare, titulado An Inquiry into the Authenticity of Certain Miscellaneous Papers and Legal Instruments. En él demostraba con cuidadoso detalle que cada uno de los documentos presentados eran falsos.
El estreno de Vortigern fue un desastre, en gran parte debido al esfuerzo de Edmond Malone por dinamitar la obra. Muchos de sus conocidos fueron allí sólo para armar bronca. Al final consiguieron su objetivo y no hubo más representaciones.

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A partir de ese momento comenzó la desgracia para los Ireland. Todo el mundo acusaba al padre de ser el autor de las falsificaciones, entendiendo que el hijo sería incapaz de conseguir algo tan logrado. El padre le pedía al hijo que le pusiera en contacto con el misterioso señor H. para desvelar la originalidad de los documentos. Y William Ireland sólo pedía que le tragase la Tierra.
Samuel Ireland moriría en 1800 arruinado y sin saber que los documentos que tanta felicidad y sufrimiento le habían causado eran falsos. En 1805 William Ireland publicaría su libro An Authentic Account of the Shakesperian Manuscript en el que detallaba cómo había falsificado la obra de Shakespeare. A pesar de todo nadie le creyó, todo el mundo lo consideraba incapaz de algo tan refinado. Pensaban que había escrito el libro no para limpiar su conciencia sino en un desesperado intento de limpiar el nombre de su padre.
A pesar de que era ampliamente conocido el alcance de las falsificaciones de los Ireland, la subasta de los bienes del padre, Samuel Ireland, en 1801 atrajo mucho interés por parte de los bibliófilos. Gran parte de las falsificaciones fue adquirida por Edmond Malone, el hombre que con su escrito había derribado la autenticidad de su obra. Y es que es posible que a pesar de atacar tan fieramente a los Ireland pensara que había algo de cierto en los documentos.

Con el paso del tiempo la falsa obra de Shakespeare creada por William Ireland fue creciendo en interés por parte del público. William Ireland tuvo que comprar una copia de pésima calidad del trabajo de su padre Miscellaneous Papers and Legal Instruments under the Hand and Seal of William Shakespeare a un precio elevadísimo.

De repente alguien le preguntó por los documentos. ¿Conservaba alguno de los originales? ¿Tal vez el original de la falsa obra de teatro Vortigern?
La respuesta correcta era que no, pero desde luego William Ireland vio una excelente oportunidad. Y fue entonces cuando ingresó con honores en la Historia Universal del Engaño al falsificar sus propias falsificaciones. A partir de ese momento su principal medio de vida sería crear falsificaciones de sus anteriores falsificaciones. Y era tan bueno en esta metafalsificación que hoy en día se conservan siete copias «originales» de Vortigern y es imposible saber cual de las siete era la «auténtica».

Teóricamente un autor no puede hacer falsificaciones de su obra. Goya realizó varios de sus cuadros dos veces y ambos son considerados originales. Sin embargo el caso de William Ireland es bien diferente. Por cuanto sus nuevas creaciones fueron realmente falsas, tratando de engañar a los clientes y obtener algún beneficio. Y son obras diferentes porque las primeras eran falsos Shakespeares pero las nuevas eran falsos Irelands.
William Ireland murió en 1835. Observando fríamente su obra se puede decir que aparte de un extraordinario falsificador fue un buen escritor. Su obra Henry the Second, que no fue jamás representada, aunque falsamente atribuida a Shakespeare no dejaba de ser una excelente obra teatral, hasta el punto de que si la hubiera presentado en lugar de Vortigern habría alcanzado un gran y merecido éxito. Una obra que a gusto habría firmado como suya Shakespeare.

El tiempo dio una nueva vuelta de tuerca a la obra de William Ireland. El libro que publicara su padre recopilando la obra falsa de Shakespeare es una obra cotizadísima entre los libreros de antiguo. Y los «originales» de las falsificaciones son tan valiosos que se han comenzado a falsificar en la actualidad. Así, es posible que quien posea uno de los manuscritos originales de Vortigern no tenga más que una falsificación actual de una falsificación hecha por William Henry falsificando su original de 1795 de una supuesta obra teatral que Shakespeare no escribió jamás.

Esta historia y doce más figuran en el libro «Banvard’s Folly», de Paul Collins. Uno de los libros más interesantes que he leído en mi vida. Trata sobre trece personas que en su tiempo fueron enormemente conocidas, de las más famosas de su época, pero que el tiempo y las desgracias han hecho caer en el mayor de los olvidos. A ese libro llegué recomendado por Amazon. Es la primera vez que un robot me recomienda un libro maravilloso. Ese libro merecería ser mucho más famoso de lo que ha llegado a ser. Está traducido al español como «Gloriosos fracasos«. Y no soy de halago fácil.

Otros mundos

De pequeño no tenía muchos libros en casa y la única colección decente que tenía a mano era la de «Otros Mundos» de Plaza y Janés. Esta colección de libros trataba sobre lo paranormal, lo sobrenatural, las ciencias ocultas y los OVNIS.
En contra de lo que pudiera pensar cualquier autoproclamado escéptico muchos de esos libros eran bastante buenos. El mayor fracaso para la ciencia es la falta de buenos escritores de divulgación. Pocos científicos tienen grandes conocimientos y facilidad de palabra para expresar en términos comprensibles pero sobre todo interesantes estos conocimientos.
Sin embargo, entre los escritores de «ciencias» ocultas hay muchos muy buenos. El mismo denostado J.J. Benítez es uno de ellos. En lugar de tratar de purgar sus errores, los cientifistas se esmeran en batallar contra el rival, sin limpiar en casa los trapos sucios.
Aunque muy famoso y superventas, Una historia del tiempo de Hawking es un libro bastante mejorable. Muchos lo han comprado y no lo han terminado. Y es impensable: Tienes toda la física del Universo a tu alcance, una ciencia que ha llegado increíblemente lejos en sus avances, y no puedes evitar hacer un tostón en algunos capítulos.
Por otro lado sin embargo, J.J. Benítez era capaz de hacer que te interesaras por unas piedras que habían aparecido en Suramérica, de posible origen extraterrestre. Y no porque dijera que eran de otro planeta, porque ni con catorce años me lo creía, sino porque era capaz de hacerlo entretenido, como una historia. Sin hechos científicos, sin apenas argumentos creíbles. Con unas pocas fotos, J.J. Benítez es capaz de escribir un libro mejor que los de divulgación científica.
Hay libros científicos de éxito en casi todas las ramas pero la mayoría son como el Internet actual, apenas si son capaces de enumerar una serie de curiosidades ingeniosísimas y sorprendentes de la muerte. Pero sin ilación, sin coherencia. Casi siempre hay un punto en que se olvidan del lector y tiran palante dejándolo a mitad de camino sin preocuparse por él.
En mi opinión se puede escribir ciencia sin aburrir y sin la retahíla de curiosidades. Uno de los libros más bien escritos que recuerdo haber leído es el apartado de Química de Isaac Asimov de su famoso Introducción a la Ciencia. Pero la parte de la física era intragable y otras eran relativamente flojas.
En general los libros de divulgación científica son para gente a la que ya le gusta la ciencia, no son para convertir a personas en amantes de la ciencia.
De los libros de ciencias ocultas aprendí muchísimo. En general son libros sobre ciencias sociales. Muchos dan por hecho mamarrachadas, pero aportan información verdadera. Por ejemplo, hay uno sobre «El enigma de Saint-Germain». Es un tipo que supuestamente era inmortal y tratan de mostrar evidencias de su paso a lo largo de la historia. Aquello no se tiene en pie por ningún lado, pero el esfuerzo narrativo es bueno y al final uno aprende un montón de datos sobre la Historia. Me imagino que la gente más corta de luces acabará creyéndoselo todo. Pero esa misma gente es la que leerá La falsa medida del hombre de Jay-Gould y no sacará nada en limpio, si es que es capaz de terminarlo.
Sólo se escriben libros de ciencia para niños y luego se da un salto tremendo en el nivel. Gran parte de la culpa de la poca popularidad de las ciencias se le debe a la ausencia de verdaderos libros de divulgación.

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Manual del aventurero

El gusano es la base de la cadena alimentaria.

La cita proviene del libro Manual del aventurero, de Rüdiger Nehberg. Uno de mis libros favoritos y de lectura recomendada para todo el mundo. No os estoy hablando de un libro para dárselas de culto o para intentar ligar por encima del 130 C.I.. Es uno de esos libros de poca monta, uno de los pocos que trataría de leer alguien que nunca ha leído un libro. Y que sin embargo, es brillante y posiblemente el libro que más ha excedido jamás mis expectativas iniciales.

La idea del libro es contar métodos empleados por el autor para sobrevivir en las condiciones más adversas de la naturaleza. Algunos capítulos, por lo absurdo de las situaciones que presenta, resultan hilarantes: «reeducación forzada y lavado de cerebro», «La convención de Ginebra». Otros presentan escenarios que resultan del todo improbables: «sobrevivir en el desierto», «curarse de picaduras de serpiente». Pero muchos otros nos ponen ante situaciones que realmente pueden ocurrir y que, voluntariamente, tratamos de pensar que sólo ocurrirán en caso de muy mala suerte: Cómo afrontar una violación, cómo orientarse por el sol, el viento y las estrellas, cómo comportarse en la cárcel. Curaciones de emergencia.

Rüdiger Nehberg es todo un pionero en el área que presenta. Hoy en día los deportes de aventura son tan comunes que ni llaman la atención, pero en su época, puede decirse que él es uno de los inventores de la idea de buscar la aventura por el placer de la misma. En aquel tiempo, el libro era más propio de un pirado. Sin embargo es un grandísimo libro que ha vendido millones de ejemplares y se ha traducido a varios idiomas. Aunque a veces proponga situaciones que te hacen decir «este tipo está loco», el libro destila sentido común en cada una de sus páginas y hace reflexionar sobre tantas cosas que, aunque no se recordara ni una palabra de sus enseñanzas, la tarea de habernos despertado del mundo en que vivimos bien que habrá merecido la pena.

Rüdiger Nehberg era – el libro es de 1981 – un panadero alemán que, de vez en cuando, planeaba unos viajes de varios meses a regiones realmente inexploradas. Hoy en día vuelca sus esfuerzos en defender a los Yanomani del Amazonas. En su época, los viajes que emprendía eran de verdadero riesgo, algunas veces a lugares peligrosos donde nunca había ido el hombre blanco. Él mismo cuenta que el sentido común es fundamental a la hora de tratar a gentes de otras culturas. Este consejo que da pensando en peligrosos indígenas de África puede servirnos sin embargo si alguna vez tenemos invitados rusos o japoneses.
La parte que más divertida me parece es la de la comida. El autor la entiende como una forma de tomar nutrientes para mantener el cuerpo con vida y se olvida de cualquier tipo de arraigo cultural. Así, propone un plan para acostumbrarse a la naturaleza donde, a veces, no tendremos platos, cubiertos o incluso alimentos que comer. Me encanta su pragmatismo:

Existen tres reglas fundamentales para comer: No comer nada que no apetezca o que de asco. No comer hasta saciarse, sino pararse antes. Masticar todo durante el mayor tiempo posible.

Hasta aquí todo suena estupendo y aplicable a cuando nos inviten a comer a casa de nuestra suegra. Mucho más adelante en el libro nos plantea la realidad de estar sólo en medio de la nada sin tener qué llevarse a la boca.

Lo que el artista de la supervivencia debe aprender a superar es todo tipo de ascos infundados. Con eso me refiero, por ejemplo, al causado por los insectos, pero no a la repugnancia que provoca la carne en estado de descomposición.

Al principio la superación del asco es algo psíquico. Si sentimos asco de una araña, eso significa que no tenemos suficiente hambre. A quien practica el arte de la supervivencia no debe importarle comer gusanos, pulgas de agua, ratas, serpientes, orugas, mosquitos, hormigas, ranas o moscardas gordas y verdes, ni siquiera con el estómago lleno. Durante el entrenamiento hay que ser capaz de limpiar y comerse a un perro atropellado por un coche.

Es preferible no tocar las orugas de colores, pues por lo general son venenosas. Si tienen pelos hay que quitárselos.

Así, a lo largo del libro el autor va narrando sus experiencias en diferentes lugares inhóspitos. Forzado a comer todo tipo de alimentos difíciles, el gusano se le antoja como el manjar del aventurero: tiene muchos nutrientes, no sabe mal, no hay riesgo en comerlo sin cocinar y abunda en la naturaleza.

De todas formas, el autor puede pasarse mucho tiempo sin comer, de hecho lo practicó como forma de entrenamiento hasta ver a dónde podía llegar. Por ello, en determinadas situaciones aconseja que es mejor ayunar. Cuando vas por el desierto «lo normal es que el viaje no dure más que dos o tres días, así que no hay que preocuparse más que por la bebida». Si atraviesas la selva «el aire es muy húmedo y abunda el oxígeno, no merece la pena perder tiempo en buscar comida».

Al finalizar el libro me quedaron dos cosas muy claras: la primera que vivimos alejados de nuestra verdadera realidad animal, en un mundo en el que no podríamos sobrevivir en caso de catástrofe. La otra, más positiva, es que es es bastante sencillo sobrevivir. Necesitamos realmente poco para salir adelante y si alguna vez acabamos viviendo en la calle, o en medio del campo, podríamos tener una vida perfectamente sana con los pocos medios que la naturaleza nos brinda.

El autor nos habla de la necesidad de enfrentarnos, con anticipación, a lo inesperado. Dar lo mejor de nosotros mismos antes de que ocurran los problemas y, si estos ocurren, afrontarlos con serenidad. Actos comunes de supervivencia como no viajar en el vagón de cola de un tren o no cerrar los pestillos del coche por dentro cuando viajamos pueden hacer que nos contemos entre los supervivientes a un accidente de tráfico o de tren. Por supuesto estos sucesos son muy infrecuentes, pero no por ello debemos dejarlos de lado y pensar que nunca nos puede tocar a nosotros.

El libro está lleno de trucos que también pueden aplicarse a viajes civilizados con aerolíneas de bajo coste y hoteluchos. Como por ejemplo el capítulo en que nos habla sobre la elección de compañeros de viaje. También cómo deben comportarse las mujeres en los países árabes. O cómo preparar el equipaje antes de partir.

En fin, un compendio de conocimientos útiles, inútiles, originales y siempre instructivos. Un libro que merece tener una segunda vida y este es mi tributo a Rüdiger Nehberg, que tanto me aportó.

Aquí tenéis un video suyo en que explica cómo hacer fuego.
Aquí tenéis a gente que vende el libro en castellano.
Nota: A diferencia de otras páginas en que se recomiendan películas o libros que hayan gustado (o no), hasta la fecha sólo estoy dando recomendaciones sobre la crème de la crème, libros que remarcaría entre los cientos de libros muy buenos que he leído.

El libro de los avaros

Se acerca la Navidad, tiempo de exprimirse el bolsillo pero también de devanarse los sesos buscando regalos medio decentes. El equipo de Pons Asinorum os ofrece una serie de ideas interesantes para regalar a vuestras personas queridas. Esta recomendación en particular va para esos amigos y familiares indeseables que no se conforman con leer lindezas como El Señor de los Anillos o El código Da Vinci. Esos a los que se acaba comprando una biografía de Savonarola y resulta que ya la habían leído.
Mientras España estaba sometida bajo el yugo de los infieles y el más culto de nuestros compatriotas tenía menos educación que un borrico en el rabo, en el mundo islámico florecía una de las culturas más prósperas que quepa imaginar. Allá por los lejanos Iraq e Irán, antes agrupados bajo un mismo reino escribiría Al-Yahiz su desconocido Libro de los avaros.
Estamos hablando de un libro de la mitad del siglo IX, en pleno tiempo fantasma. Aunque para la literatura árabe es tan importante como el Lazarillo de Tormes para la castellana, para los comunes mortales se trata de un obra desconocida. Es un libro del género adab:

Consiste en una prosa miscelánea, sin principio ni fin, cuyo objetivo es instruir y agradar al lector proporcionándole conocimientos y entreteniéndole.

Así contado, parece un buen blog. Es imposible hablar de este libro sin citar a su traductor al cristiano. Sólo existe una edición en castellano, de Serafín Fanjul. Un flipado del árabe, una de esas personas capaces de llevar a cabo una tarea tan titánica como traducir un libro asín aún sabiendo que el número de lectores interesados en él será de un par de miles, tirando muy por alto. Me quito el sombrero ante él.
El libro consta de una muy interesante y extensa introducción, pero en la que han elegido el absurdo de usar la cursiva de principio a fin. Tras leer diez páginas en cursiva, necesitas matar a alguien. En dicha introducción el autor hace una descripición de una sociedad y una época del todo desconocidas para los occidentales. El Islam de antes de Harun-al-Raschid y el Islam de fuera de la piel de toro.
Después viene el propio libro, que no es más que libro, por cuanto el género adab no admite otra categoría. Intercaladas con historias hilarantes se encuentran algunas descripciones soporíferas de recetas inverosímiles de comidas de la época, disertaciones sin pies ni cabeza justificando de forma burda lo injustificable. Si eres una de esas personas enfermas que acaba teniendo el libro entre sus manos, te recomiendo que te las saltes pues no merecen la pena.
La descripción que se da de la época nos acerca a un mundo árabe envidiable. Un respeto por Dios dentro de lo razonable y hasta de lo deseable. Unas gentes amigas de sus amigos – odio esta expresión – educadas, dispuestas a disfrutar de la vida y sin prejuicios ni pájaros en la cabeza. Algo parecido a lo que se respiraba en la antigua Grecia, con sus esclavos, sus mujeres oprimidas pero cierto aire de libertad de la que ya no existe.
Y bueno, unas historias desternillantes, aún para ser de cuando son. Voy a seleccionar un par de ellas, espero que el señor Serafín Fanjul y editores tengan la suficiente visión de mercado para entender que con esto no pretendo quitarle las habichuelas, antes bien, fomentar la compra masiva de una obra tan interesante.
Según el autor, no hay gente más miserable en el mundo que los de la región del Jurasán y en particular los de Merv.

Otros amigos me informaron de que un grupo de jurasaníes compartían una casa y se arreglaron sin alumbrado tanto como fue posible, hasta que hubieron de pagar a escote para el aceite, pero uno se negó a participar entrando en el pago. Así pues, cuando encendían el candil le vendaban los ojos con un pañuelo y de esa guisa quedaba hasta que para dormir apagaban la candela y – una vez hecho esto – le destapaban los ojos.

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Yomango

Algunas perlas de esa joya de Internet que es Yomango.net.
1.

Necesito regalar un reloj de cuco y me gustaría yomangarlo en una cadena como el Corte Inglés, por ejemplo. ¿Alguien me puede echar un cablecillo y decirme si lo puedo conseguir en alguno y cómo sacármelo?

2.

¿Las tiras pequeñas magnéticas se desactivan con el aluminio? Una red de tiendas de mi comunidad (Canarias) las tienen dentro de las cajas de los dvds y quiero yomangar alguna de dibujos para mi sobrino (todo por la sonrisa de un niño).

3.

Mi último y mejor yo mango ha sido increíble, la verdad es que me arriesgué, pero valió la pena, resulta que hace algún tiempo yomangué una cámara digital, una HP M307 con la mala suerte que al poco tiempo se me estropeó, como lógicamente no tenía garantía y en el centro donde la mangué habían cambiado el sistema con el que las vendían, ahora las tienen con las alarmas tipo araña, anduve algún tiempo dándole vueltas al coco hasta que se me ocurrió, como vendían otra cámara que la carcasa era exactamente igual, aunque bastante mejor y más cara cogí acetona y borré el modelo de la mía, donde ponía M317 puse M517 con tinta china un plumón y mucha paciencia, donde ponía 3mp puse 5mp,después fui, pagué religiosamente una M517, salí en mi el coche cambié la una por la otra y a la hora volví a devolverla porque no funcionaba. El de la sección de informática solo le echó un somero vistazo, aunque creo que hubiera dado el pego si hubiese mirado más detenidamente, porque me quedó bastante bien. Me volví con mi dinero y con mi cámara a casa y con una sonrisa de oreja a oreja.