Power for Youth

Me envía ING un enlace a una página que han creado para Unicef, «Lo que de verdad pensamos«. Se trata de un vídeo donde se le pregunta a gente de todo el mundo, ¿Qué piensan de los adolescentes?. Tras recoger sus opiniones negativas al respecto – que los adolescentes son egoístas, inconstantes, insolidarios, incapaces de completar nada, hedonistas – se muestran casos concretos donde jóvenes brillan en ciencia, deporte, arte o solidaridad.

Tras ver dichos casos que contradicen las opiniones expresadas por esas personas anónimas, se les vuelve a pedir que opinen, esta vez dándose cuenta de cuán equivocados estaban.

Se trata del típico vídeo buen rollero que te saca una sonrisa. Pero que es una enorme tomadura de pelo a poco que uno deje de lado la parte emocional.

Cuando se nos pregunta por los adolescentes, los jóvenes, las mujeres, los negros, los rusos, los minusválidos, cualquier colectivo, se espera que demos una opinión general sobre un individuo promedio. Y así hacen las personas que salen al comienzo del vídeo. Y su definición, no es del todo desacertada. Sin embargo, mostrando los casos extremos y excepcionales se trata de desmontar un razonamiento mediante emociones.

El mismo caso hubiera sido si, en lugar de mostrar jóvenes prodigios, hubieran recurrido a jóvenes violadores, asesinos múltiples, locos peligrosos – que los hay entre los adolescentes. En este caso, nos hubiéramos sospechado que estamos ante una preocupante pieza de propaganda radical. El joven promedio no es tan terrible como tratan de mostrarnos.

Personalmente me preocupa un poco la deriva creciente hacia contenidos sin ninguna lógica pero con mensaje positivista. Una tergiversación positivista no deja de ser una manipulación. Peligrosa por cuanto nos aleja de la realidad, mostrándonos un mundo ideal que, simplemente, no es así.

Un aspecto interesante de los adolescentes presentados en dicha promoción es que aunque todos son indudablemente grandes ejemplos, no se tratan de los mejores en su categoría, sino de aquellos que tienen más repercusión mediática en redes sociales.

Me centraré en Luke Harmon-Vellotti, que tiene página web para fans y patrocinadores, uno de los chicos mencionados en la promoción. Es un «ajedrecista, tres veces campeón nacional de Estados Unidos». Lo de los campeones nacionales siempre me ha puesto de los nervios. ¿Sabías que el Villareal ganó la liga de fútbol 2014/2015? No, no fue el Barcelona. Eso sí, estoy hablando de la categoría juvenil. ¿Qué mérito extraordinario tiene que un adolescente gane el Campeonato Nacional para adolescentes? ¡Sólo un adolescente puede ganarlo!

El problema es que hay docenas de ejemplos de jugadores jóvenes con carreras más espectaculares. Irán tiene a un chico de 12 años que ya es más fuerte que Vellotti. De China, mejor ni hablar.

Para más inri, ¡Vellotti es ya un jugador de ajedrez retirado!

vellotti

Otro caso del que seguramente se podría hablar mucho es el de Alyssa Carson que «aspira a ser el primer humano en llegar a Marte». Teniendo en cuenta que la NASA no tiene nada claro que esté dispuesta a enviar una misión a este planeta, y que aún así está muy por ver que no se le adelantara otro país. Pero al tratarse de una joven, no se tiene por qué destruir ilusiones. Según se lee entre líneas en las noticias que hablan de Alyssa, hay sospechas razonables de que ni siquiera pueda llegar a ser una astronauta. Es una más dentro de tantos aspirantes.

En resumen, las historias de buen rollo que cada vez nos invaden más, una y otra vez nos recuerdan aquella frase de «no dejes que la verdad te arruine una buena historia». Nunca antes la verdad había sido menos importante que en estos tiempos de superficialidad y «me gusta».

Ucrania

Érase una vez un país que se debatía, por su localización geográfica y su historia, entre sus vecinos del este y del oeste.

Los del este compartían un pasado a veces traumático, pero tenían mucho en común con ellos, cultural e históricamente. Hasta compartían el idioma.

Los vecinos del oeste sin embargo significaban lo nuevo, el futuro, que siempre se presume como mejor.

Cada vez que había unas elecciones, a diferencia de en otros países, la discusión entre derecha e izquierda era literal: unos defendían las relaciones con el este, otros con el oeste. Está claro que no importa quién ganara, el oponente siempre iba a tener un importante porcentaje.

En las últimas elecciones de este país ganó el este – digamos que por un 60% sobre un 40%. Se podría cuestionar si estas elecciones fueron justas o no, o si los oponentes tuvieron las mismas oportunidades – algo que casi nunca ni sucede ni importa. Pero fue el resultado electoral.

Las propuestas de colaboración que había sobre la mesa eran bastante diferentes. El este prometía mucho dinero en efectivo, sin condiciones. El oeste dejaba sobre la mesa una cantidad ridícula, pero prometía el infinito, siempre y cuando se fueran cumpliendo sus condiciones.

Llegaba el momento de decidir qué acuerdo tomar. El gobierno optó por la que parece una decisión inteligente – se pueden tomar decisiones acertadas incluso cobrando maletines – asociarse con el país que prometía más por menos. Pero a pie de calle se veía como una simple decisión entre un amor viejo y uno nuevo.

El pueblo ni entiende de cifras ni parece que le importen demasiado, hasta que estás acaban llegando a sus bolsillos.
– ¿Un acuerdo con Suecia o con Kenia?
– Prefiero con Suecia.
– ¿Has leído el acuerdo?
– ¿Había que mirarlo?

Y como no echaban mucho el televisión, los miembros de ese 40% que había perdido las elecciones, se echaron a la calle a protestar. Como siempre ocurre con cualquier tipo de protesta, no hay forma razonable de manejarla. Si eres blando, los manifestantes se crecen. Si eres duro, se enfadan. Al final la protesta se fue recrudeciendo.

La prensa del oeste, a la que le encanta la democracia popular y las buenas fotos, se volcó en difundir las manifestaciones en este dividido país. Hasta el punto de dejar en un segundo plano a Venezuela, histórico favorito para mostrar imágenes que hacen que parezca que está al borde de la guerra civil.

El mensaje de la prensa, siempre benévola en sus intenciones, era sin embargo que en este país el gobierno estaba tomando decisiones impopulares, sin tener en cuenta a la gente de la calle. También la prensa se ensañó en mostrar que el oeste estaba tendiendo la mano: queremos ayudaros, venid con nosotros.

Que murieran 100, 1.000, 100.000 personas en esas manifestaciones, no cambia ni una coma de que el gobierno – corrupción de por medio o no – había tomado una decisión económica probablemente muy acertada, e importante para un país que se encontraba en una delicada situación económica.

Llamativo era, sin embargo, que el oeste, famoso por su defensa de la democracia como el mejor de los gobiernos posibles, estuviese tan contento con que un gobierno democráticamente elegido tuviese serios problemas para sobrevivir merced a revueltas civiles. Está claro que los gobiernos pueden tener agendas secretas, pueden tratar de usar mano izquierda para conseguir que ese país tan problemático firmara el acuerdo que ellos querían. Pero, ¿Y la prensa? ¿Por qué tenía que ofrecer un apoyo tan trapero, con una lectura de discurso tan simplista? En el oeste todo el mundo tenía claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. En el este sin embargo, un relativo silencio imperaba.

Como no podía ser de otra forma, las cosas se fueron de madre y acabó dimitiendo casi todo el gobierno de ese país. El presidente tuvo que abandonar la capital. Un gobierno interino, formado por la oposición a los que ganaron las elecciones, tomó el control del país.

Este gobierno se encontró con un país bastante peor a como estaba antes de que comenzaran las revueltas. Mientras la gente protestaba en la calle, los recibos de la luz y el gas seguían llegando religiosamente. Los intereses de la deuda habían aumentado, una deuda que de por sí ya era bastante molesta.

En el oeste la prensa se jactaba del triunfo de la democracia. Realmente costaba creerlo, con solo usar un poco de imparcialidad. Nos interesaba esta democracia porque es la que se quería aliar con nosotros. Pero no es el tipo de democracia de la que hablan los libros de texto, en que los votos de retrasados mentales, personas que no saben leer y de jubilados deciden quien gobierna un país.

Al final el oeste se había salido con la suya: tenía un nuevo gobierno y el acuerdo sobre la mesa, dispuesto a ser firmado. Pero tras ser pisoteados e ignorados durante varias semanas, el 60% que había perdido la manifestación empezó a hacerse notar. Al parecer, también querían formar parte de las decisiones de su país.

Y fue entonces cuando se produjo un extraño giro de los acontecimientos: una parte de ese país, donde los simpatizantes con el este eran la inmensa mayoría, decidió realizar una revuelta. En este caso la revuelta no fue sangrienta, ni hubo represión policial o militar. Casi toda la población estaba de acuerdo. Aunque a ojos del oeste, se trataba de una revuelta ilegal. Que extraña doble moral: manifestarse con cócteles molotov sí era democracia.

Y esta región de este problemático país tiró de democracia de libro: votaron en su parlamento que querían irse con el vecino del este. Pero por si acaso, convocaron también un referéndum, que se votó y ganó por una mayoría que no se consigue ni con las elecciones manipuladas de algunos países de África. ¿Si la gente vota, no es democracia directa?

Pero no, al parecer la base de la democracia tiene más que ver con que las fronteras de un país no cambien jamás, aunque luego la historia nos recuerde que están en continuo movimiento.

Desconcertado, el país del oeste decidió cargar contra el del este: era culpa suya. Pero por si acaso lo hizo de forma velada, amenazando con amenazar. Porque al final, ese país del este tenía la clave a gran parte de la distribución de energía que necesitaba el vecino más democrático.

¿Pero por qué un país tan moderno e inteligente se mostraba tan frágil en un aspecto tan estratégico? En gran medida porque la energía siempre ha sido una cuestión impopular. La gente quiere pagar lo menos posible, y no le importa el acuerdo que se firme para ello. Si un gobierno democrático quiere quedarse en el poder, tiene que poner sobre la mesa un recibo de la luz asequible. Nadie está dispuesto a pagar más por tener más libertad en el futuro. Las alternativas reales – energía nuclear y renovables – hacen perder elecciones.

La única forma de mantener la democracia en el oeste era firmando un acuerdo energético con el este. Pero ese país dividido entre el este y el oeste tendría que haber firmado el acuerdo con nosotros.

Las actitudes directas del este pueden resultar chocantes, demasiado bruscas para la actitud velada, pasivo-agresiva, femenina, de los gobiernos más democráticos. Si piensas en los dirigentes del este y el oeste, como si fueran dos padres que vienen a defender a sus hijos tras una disputa en el colegio, está claro que todo el mundo querría que su padre fuera el tipo duro del este. Pero como nos ha tocado el otro, tenemos que racionalizar, nuestro padre y sus formas veladas, son el camino.

No soy una ONG

La gestión de los burdeles se realiza a través de sociedades como Camagran Proyectos e Inversiones S. L. (cuyo fin social es el «servicio de cafés y bares»), o Dance & Music of the World S. L. (dedicada a las «empresas de espectáculos»). Miguel Arufe es administrador de ambas, que acumulan numerosas sanciones administrativas impagadas y expedientes municipales sin resolver. Arufe, aparentemente, quiso darle a su labor un barniz filantrópico. La fachada del burdel de la calle del Gasómetro lució hasta el pasado verano la placa de una ONG: Andando sin Fronteras. Nunca llegó a registrarse como asociación por defectos de forma, pero una portavoz de la Generalitat confirma que se intentó inscribir como tal. La ONG pretendía dedicarse, entre otras cosas, a «impulsar las relaciones internacionales entre miembros y asociaciones afines«. Una nómina falsa de Andando sin Fronteras sirvió de aval a Arufe para alquilar el piso que funciona como prostíbulo en la calle Gobernador González.

Impagable lo de «impulsar las relaciones internacionales».

Pascal Dangin

Pascal Dangin comenzó su carrera [con catorce años] como ayudante de peluquería en un desconocido salón del XVe arrondissement en Paris. «Pasaba mucho tiempo con chicas, lo cual siempre es bueno cuando eres un adolescente.» Me contó una vez en su despacho. «Pero lo que era realmente fascinante era que tenía que aprender todo sobre la vida de una persona en un instante. Como unos quince segundos para averiguar: ¿Dónde va a comer? ¿Que le gusta vestir? ¿Está casada? Imaginarse toda sobre la vida de la gente y luego definir un estilo para esa persona.»

Tenía un amigo que tenía un Mac Quadra. Hicimos un trato: por las noches yo podría usar su ordenador. Solía ir a su estudio a las siete y media de la tarde. Desenchufaba el ordenador, lo metía en una cesta, andaba seis manzanas hasta llegar a mi apartamento. Me pasaba toda la noche trabajando, aprendiendo a programar y luego a las siete de la mañana tenía que parar para que cuando él se despertara, el ordenador estuviera en su sitio.

Del número de marzo de la revista Vogue, 144 fotografías habían sido retocadas por Dangin: 107 anuncios (Estée Lauder, Gucci, Dior, etc.), 36 fotografías de moda y la portada, una fotografía de Drew Barrymore.

Pascal Dangin: el rey del retoque fotográfico.: Interesante artículo del New Yorker.

Cambia el modelo

En las marquesinas de la ciudad de Madrid apareció una campaña de publicidad en la que los modelos eran chicos o chicas con Síndrome de Down, en un plano medio, mirando de frente. La campaña llevaba por título “Cambia el modelo”. Me llamó la atención al frescura y naturalidad de los jóvenes, y comenté con algunas personas lo buena que me había parecido la idea dada la necesidad que esta sociedad tiene de dignificar la imagen de estas personas.

Las personas con SD (Síndrome de Down) tienen mucho que ofrecer. Todo el que ha coincidido en algún trabajo con alguna persona con SD da testimonio de que esto es así. Ahora se trataba de crear una campaña publicitaria en carteles para marquesinas para que se enterara mucha más gente. Y nosotros apostamos por decirlo con valentía, sin ningún tipo de complejo. La propuesta creativa fue la siguiente: utilizar los clichés publicitarios más reconocibles, hacer falsos anuncios de productos en los que los modelos fueran personas con SD. Que ellos fueran los profesionales que nos ofrecen cosas, los modelos que nos motivan a comprar. En este caso, comprar toda la humanidad y las cualidades que tiene un colectivo deseoso de integrarse plenamente en la sociedad laboral. De ahí nuestro lema: “Cambia el modelo”. Una llamada al cambio de chip que la sociedad debe terminar de hacer.

Me sorprende sin embargo la campaña. Usan a personas con Síndrome de Down como falsos modelos publicitarios, llamándome a que los vea como cualquier otra persona. Sin embargo, en lo que no reparan es que usan de ejemplo a personas con rasgos poco pronunciados de Síndrome de Down.

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The economist

Lo primero que sorprende de la revista británica «The Economist» (oficialmente es un periódico) es lo pequeña que es comparada con tantas otras revistas. Apenas tiene 100 páginas y es bastante más compacta que el suplemento dominical de «El País». Y cuesta 5,20 euros del ala.
Fundada el 5 de Agosto de 1843, hace más de 150 años, la revista siempre ha tratado de destacarse por un pensamiento progresista y liberal en los mejores sentidos de ambos términos. Su lema es:

Tomar parte en una dura lucha entre la inteligencia, que nos hace avanzar, y la inútil, tímida ignorancia que nos impide ese progreso.

Lejos de lo que pudiera pensarse, no es exactamente una árida revista sobre economía. También trata sobre política internacional, ciencia, literatura. Cierto es que los asuntos económicos son mayoría, pero siempre desde un punto de vista divulgativo. A pesar de que la revista busca un público de élite intelectual, no maltrata a sus lectores con términos que sólo conozcan unos pocos. Como indica la Wikipedia, da por hecho que el lector conoce lo que es la inflación, pero puede dar una explicación breve de lo que significa un término algo más avanzado. Incluso al referirse a empresas o políticos de fama mundial indica de quienes se tratan («La empresa de telefonía móvil Vodafone»).
«The Economist» es una revista para la élite. No sorprendería encontrarla en los aseos del Palacio de la Moncloa. Los artículos se expresan con bastante imparcialidad – aunque no siempre la haya – siguiendo la línea editorial de liberalidad y cuando atacan a un determinado colectivo (ya sea una empresa o la política de un país) las respuestas en forma de cartas al director que publica el periódico no son de jubilados polémicos o de complacientes lectores, sino de altos cargos de la política, representantes de organismos internacionales y presidentes de grandes compañías.
Cuenta la Wikipedia sobre un artículo que provocó tantas iras que recibió cartas de el presidente de BP (una de las mayores petroleras del mundo), de un ex-director de Shell (otra) y de representantes de organizaciones muy conocidas. En el número que tengo en mis manos se mezclan cartas con ingeniosas respuestas de personas desconocidas, cartas de profesores universitarios, una del Embajador del Reino Unido en Colombia y otra de una mujer que incluso tiene una entrada en la Wikipedia.

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