Votar

Desde siempre me ha fascinado la actitud de la gente hacia las votaciones. La mezcla de emociones y absoluta irracionalidad con la que la mayoría de la gente decide su voto.

Por un lado están esas personas que se niegan a decirte lo que han votado. Para ellos, el concepto de que el voto es secreto es un pilar que sostiene su imagen del mundo. El hecho de no decir lo que votan es, la más de las veces, simplemente porque sienten algo de ridículo en la opción elegida.

Eso nos lleva a otro grupo singular: los que no votan, porque son incapaces de elegir. Saben que todas las opciones son pésimas y que no importa quien elijas, siempre será una opción de la que sentirse avergonzado a corto o medio plazo.

En esta caso estamos ante una actitud chirriante: pensar que hay que votar a un buen partido. Se habla de la Democracia en grandes términos para la realidad es que no es más que un restaurante de kebab donde te dan la opción de elegir. No importa lo que escojas, todas las opciones son una basura. Veo que muchas de esas personas entran al restaurante con pretensiones de Adrià y se encuentran con un menú carcelario. La realidad es que, te guste o no, tienes que comer algo.

Lo triste es ver que ciertos gobiernos autoritarios funcionan mejor que algunas democracias. Como en los restaurantes de premio en que no hay carta, te sientas, te sirven lo que les de la gana, y aún así sales por la puerta borracho y extasiado.

Mi opinión es que no puedes creer que la Democracia es el mejor de los sistemas posibles, o el menos malo, y que luego haya unas elecciones y te comportes como una nenaza incapaz de elegir entre partidos de pacotilla.

Hay tres opciones de votar que me parecen totalmente respetables. En primer lugar, aquellos que siempre votan al mismo partido. Lo han hecho desde que se instauró la Democracia e insisten en él, hasta la muerte. Nada les importa los escándalos, los resultados de años anteriores, lo que prometan. Ellos van a seguir votándoles hasta el fin de sus días. Es una aproximación apasionada que roza el fanatismo deportivo. Afrontan la idea de que la Democracia es una elección con la actitud de que esa decisión solo se tiene que tomar una vez en la vida.

Luego están los que votan partidos que saben que son intrascendentes. Es una vía de escape lúdica, ante la incapacidad de elegir una opción que les repulsa, elijen alguna que les parece divertida. La papeleta en blanco, el voto nulo, el partido con nombre grotesco, los anti algo. La idea es expresar con un voto irrelevante que uno no se doblega a elegir entre blanco o negro.

Finalmente están los que tratan de realizar una decisión racional, sopesando programas, comentarios y el discurso de los políticos. Es de una inocencia infantil pero idealista. Son los que luego se sienten decepcionados cuando los políticos reculan, ignoran o tergiversan las opiniones inicialmente manifiestas. Pero hay gente que una y otra vez se deja llevar por un optimismo de que esta vez, tal vez, sí que hagan lo que dijeron. Una y otra vez. Escuchando mítines y debates.

Vaya por delante que considero que el gobierno en funciones y en minoría del Partido Popular en estos seis meses ha sido probablemente el mejor gobierno que ha tenido España en la Historia de la Democracia (repugnante locución repetida hasta la nausea). Un gobierno por inercia donde apenas se pueden tomar decisiones importantes y en que cualquier traspiés puede significar un futuro descalabro electoral.

En un giro kafkiano, el Partido Popular ha tenido que silenciar los logros obtenidos durante ese periodo, donde más ha bajado el desempleo en España: son mejores gobernantes en funciones que en la realidad.

Aunque soy de derechas, en estas elecciones votaré a Podemos. Con ello, por un lado, habré votado a todos los partidos no grotescos que han existido en España en los últimos años, al menos una vez.

El discurso de Podemos, sus propuestas económicas y sociales, muchos de sus políticos, me parecen una auténtica basura. ¿Por qué les voy a votar entonces?

En primer lugar porque creo que una persona tiene que votar siempre. Ser capaz de equivocarse, saber elegir entre opciones que no te gustan.

Por otro lado, hay que votar sabiendo que los políticos mienten en sus propuestas. En este caso voto a Podemos esperando que no cumplan casi nada de lo que prometen.

Como soy incapaz de votar al mismo partido siempre – me gusta estar equivocado, me gusta tener una opinión y poder replanteármela cada pocos años – y como pienso que votar a un partido que no va a salir es casi como no votar, no me queda más que hacer una elección estratégica.

Volviendo al ejemplo del restaurante de kebab, en el menú sólo hay tres opciones. Las otras dos opciones ya las probé en el pasado y al día siguiente tuve gastroenteritis. Prefiero un plato con una mala foto, pésimo nombre y sobreprecio antes que algo que ya me hizo enfermar.

Si luego el país empeora, la economía se va al sumidero, no será culpa mía. Otro aspecto pernicioso de la Democracia es pensar que porque hayas votado a un partido ya estás apoyando todas sus medidas. Votaré a ese partido que tan poco me gusta porque los otros han creado un país corrupto, en blanco y negro, de puertas giratorias y comisiones al 5%. Cualquier otro partido, ya prometa instaurar la pena de muerte, la prohibición del alcohol, volver al Comunismo o al Feudalismo, me vale.

Cómo hacer cosas nuevas

Con el paso de los años, con el mirar atrás, mirar adelante, me doy cuenta de que algo que le cuesta a mucha gente es el hacer cosas nuevas. A mi también me cuesta, pero las acabo realizando.

A la hora de intentar algo nuevo, tal vez lo más importante a tener en cuenta es el plantearse objetivos razonables. Vivimos un tiempo delirante en que se nos ha hecho pensar que disfrutamos de un estado de total libertad, donde cada potencialidad puede llegar a cumplirse. Que si tenemos noventa años y queremos estudiar Medicina, o nos falta una pierna y queremos ser jugador de fútbol, estamos en nuestro derecho y es más, nada debería impedirnos seguir adelante con nuestro proyecto. El cuento guay de libro de autoayuda que a muchos parece bastar. Que no hay que limitarse, hay que aspirar a lo máximo. Se encuentran dos casos excepcionales de superación que ilustran el libro y nada, a otra cosa.

Así, en mi opinión, el primer paso es razonar: ¿Lo que quiero hacer, lo podría llegar a hacer? Y aquí no hay que ser excesivamente optimista porque eso lleva a un callejón sin salida. Tampoco tenemos que machacarnos, hay que intentar encontrar el equilibrio justo. Marcar un objetivo racional, posible. Si por ejemplo tienes 20 kilos de sobrepeso, el típico objetivo sería quedarse delgado, es decir, perder más de 20 kilos. Y es el objetivo que no se conseguiría en la mayoría de los casos, aunque todos conocemos excepciones. Un objetivo pragmático se puede cumplir. Y un objetivo así, podría ser perder diez kilos, o tan sólo cinco.

Y es que soy de la opinión de que hay un riesgo muy importante y que no he visto escrito en ninguna parte, aunque seguro que se ha dicho cientos de veces antes. Cada cosa que hacemos condiciona nuestra forma de ser y cómo será nuestro futuro. Intentar cosas que acabamos no cumpliendo nos mella la autoestima, nuestra capacidad de superación y la confianza en nosotros mismos. Cuando uno ha intentado dejar de fumar diez veces, ni él mismo se cree que pueda conseguirlo en la undécima. Haberlo intentado mal diez veces fue un grave error que está dificultando el éxito de este penúltimo intento. Los traumas surgen a veces por situaciones que no se solucionaron a su debido tiempo, en la debida forma. Dejar cosas a medias, proyectos sin completar, nos causa un daño. No tanto por lo que ese proyecto en sí mismo pudiera significar, que normalmente no sería más que una fruslería para salir del aburrimiento. Como personas que somos, necesitamos tener una imagen personal positiva. Describirnos en formas ideales. Cuando uno trata de definirse y se encuentra con cursos de inglés a medias, kilos que no se van, cigarrillos que no se apagan, uno no se siente mejor. Fumar nunca me ha parecido algo malo; dejar de intentar dejar de fumar, sí.

Para los que llegan tarde, el primer punto es que nos fijemos objetivos asequibles. El segundo es que seamos conscientes de que no conseguir lo que nos propongamos va a suponer un daño, tal vez trivial pero no inexistente, a nuestra autoestima. Y ahora el tercero es entender que el fracaso es casi la norma.

Los gimnasios se alimentan de las cuotas de septiembre y enero. Los cursos de idiomas saben que pueden permitirse el overbooking a partir de las pocas semanas de comienzo. Dependiendo de la actividad, el índice de fracaso será más o menos mayor, pero el no terminar, no completar lo propuesto, es el resultado más habitual. Esto se usa en muchos casos como excusa salvadora, ante los demás pero sobre todo ante nosotros mismos. ¿Quién no conoce a alguien que ha empezado un curso de idioma raro? ¿Que ha dejado de ir al gimnasio a las dos o tres semanas? ¿Que ha empezado en la UNED una carrera de la que sólo ha comprado los libros? Le puede suceder a cualquiera, no es nada terrible.

Aquí lo que estoy tratando de plasmar es la importancia de ser honestos con nosotros mismos. No se gana nada dejándonos pasar todo, dándonos palmaditas en el hombro. ¿Quieres aprender a bailar sevillanas? Ten claro antes de empezar que si todo sucede como suele suceder, no lo conseguirás.

Y por ello, hay que acercarse a las actividades con enorme modestia. No hay que apuntarse al gimnasio por un año, aunque regalen otro y sea una oferta irresistible. Hay que ver si hay una cuota de sólo un día, una sola semana, un único mes. Casi nadie pasa del primer mes.

Si nuestro objetivo ha sido modesto y hemos sido conscientes desde el principio de que hay grandes posibilidades de que no lleguemos hasta el final, no está de más que tengamos una idea vaga de los grandes peligros que nos acechan.

Uno muy inocente es el de los horarios. ¿Por qué la gente se apunta a los gimnasios tras los grandes periodos vacacionales? Porque vienen de un tiempo de ocio, con muchas horas libres, tantas que uno se ha llegado a aburrir. Fruto de ese vacío surge la idea de empezar algo nuevo. Tiempo se tiene, sería bueno para nosotros mismos el conseguirlo. Se tiene el apoyo positivo de los amigos y la familia. Luego llega la rutina del día a día y cuesta, tras una dura jornada de trabajo, encajar en la media hora que queda ese curso de yoga. Un día no se puede ir, por el trabajo, otro porque hace mal tiempo, el tercero por falta de ganas y se acaba dejando. Por eso creo que los propósitos deben llevarse a cabo desde el mismo meollo de la rutina. Ni septiembre ni enero: marzo y noviembre. No tenemos que engañarnos con eso, el llegar de un tiempo de ocio es nuestro enemigo.

Otro aspecto a tener en cuenta es el encanto de lo material. Empezar a estudiar idiomas significa, entre otras cosas, tener que comprar un cuaderno, bolígrafos, libros de clase y ejercicios. Y luego la lista, se puede estirar tanto como se quiera. Hay algo psicológico que engancha en las actividades de ocio, nos encanta revestirlas, darles parafernalia. Los ciclistas o corredores se pasan el tiempo comprando gadgets electrónicos, vestuario, complementos, para optimizar el rendimiento. Se disfruta mucho más comprando un GPS para correr, que corriendo.

Si nos lanzamos a una nueva actividad, nos va a fascinar la idea de tener que comprar cosas y es interesante pararse a pensar ¿No me estaré apuntando a inglés para saciar las ganas locas que tengo de comprar un cuaderno? ¿No quiero dejar de fumar porque en realidad quiero comprar chicles de diez sabores diferentes? Si tenemos un objetivo de consumo de fondo, no va a funcionar. No puede funcionar. Si empiezas comprándote las zapatillas Nike Free antes de ir a correr el primer día, no llegarás muy lejos.

Otro peligro es la fascinación por lo nuevo. Estudiar chino suena apasionante, más cuanto menos se conozca el idioma. Pero a las pocas semanas, esa fascinación se trocará en problemas concretos: no me sale no se qué sonido, no consigo recordar las diferencias entre ciertos verbos. El profesor es insoportable. Si estamos totalmente rendidos ante un plan inminente, como el que se va a vivir a otro país y está aprendiendo por necesidad, o porque siempre se quiso hacer algo pero nunca se dispuso del dinero, estas razones parecerán estúpidas. Pero lo más normal es que no se tenga tanta motivación para adentrarse en algo nuevo. Hay a quien le gustan un par de canciones francesas y ya quiere aprender el idioma. Luego se encuentra con la realidad de la tarea, que tiene mucho de aburrido aprendizaje, y las ganas desaparecen. Distinguir si una cosa nos atrae sólo porque es nueva o desconocida, es una forma de evitar el batacazo antes de que se produzca.

Un riesgo terrible es el instinto de autodestrucción. A unas personas más que a otras les sucede que se enfrentan a situaciones que no pueden salir bien bajo ningún concepto. Hay una atracción morbosa, a veces patológica, hacia lo que no podemos conseguir, buscando inconscientemente el fracaso. Una forma de hacerse daño a uno mismo tan mala como cualquier otra.

Finalmente decir que veo como hay gente que nunca cambia nada en su vida, otra gente que está en un perpetuo cambio. Los que poco a poco mejoran, los que lo intentan todo, los que no se atreven con nada. Detrás de cada actitud vital se esconde una visión y un comportamiento general ante la vida. Siento cierto miedo de las personas que solo tienen aficiones nuevas y recientes, viven en una marea regenerativa, de perpetua mutación, que me inspira mucha desconfianza. Si con cierta edad no se ha pisado ningún terreno sólido, tal vez sea porque no hay tierra firme en el interior.

Pero al margen de todo eso, al hilo de lo que estoy intentando expresar, creo que hay dos grupos definidos: los que lo intentan, los que lo consiguen. Pues bien, creo que para conseguir cosas es importante no intentar (en vano) muchas actividades. Y si venimos de un pasado atroz, pavimentado de buenas intenciones, nuestro objetivo debe ser fugaz, inmediato. No aprender inglés: hacer un curso intensivo de una semana. No empezar a correr: llegar a ser capaz de correr cinco kilómetros. Luego, si Dios quiere, más. Y empezar simultáneamente a correr e inglés: jamás en la vida.

Boda tradicional

No sé como fue, pero oí la estadística de que España, Reino Unido y Rumanía son los países donde más se aborta de Europa y venírseme a la cabeza la idea de que las bodas en España son un esperpento.

España ha avanzado mucho en muchas cosas en las últimas décadas. Nos parecemos mucho más a Reino Unido que a Rumanía, aunque hubo un tiempo en que estaríamos más cerca del tipo de sociedad rumana que de la británica (ojo, no estoy en modo alguno diciendo que una sea mejor que la otra).

Poco a poco se han ido racionalizando muchos comportamientos aberrantes de nuestro modo de vida. Otros no había ni que tocarlos porque eran mucho mejores que lo del resto de países de nuestro entorno. Ahora ves una obra en Alemania y otra en España y los niveles de seguridad y profesionalidad son equivalentes. Vas a un taller y la probabilidad de encontrarte con un trabajo bien hecho (con factura, te dan las cajas de los repuestos, te dan la pieza rota, los precios son coherentes) es la misma en un sitio que en otro. Nos cuesta pensar que muchas de estas cosas antes no eran asín.

Pero en toda esta marea de cambios, una de las que se ha quedado absurdamente atrás son las bodas que organizamos en España. Lo primero, básico ante el resto de lo que voy a observar, es que las bodas españolas no son tradicionales.

Hace cien años, una boda no tendría casi nada en común con una de ahora. Se salvan detalles ínfimos, como que la novia vista de blanco, el novio de chaqueta y que se presenten dos testigos. Pero muchas de las cosas que ahora damos por supuesto son de hace casi nada, y tienen muy pero que muy poco de tradicional y muy pero que muy mucho de aberración. Siempre tenemos que estar alertas ante «lo tradicional». Te puede gustar más o menos, como los toros. Pero en casos de «tradiciones» que son de hace casi nada (como la de tomarse las uvas) hay que andarse con pies de plomo.

¿Casarse en una iglesia es tradicional? No, es la única forma que antes existía de casarse, igual que matar a un cerdo en un matadero no es algo tradicional, sino un requisito para poder vender luego la carne. Ahora tratamos de salir con que es que hay que casarse por la iglesia por respeto a las tradiciones. No, se hace porque a uno le puede gustar más o menos, pero el verdadero motivo por el que la gente se casaba ahí es porque no había ningún otro lugar donde se pudiera uno casar.

El arroz, los anillos, las flores, son pequeñas piezas tradicionales, que no piden pan y que bien pueden perdurar por los siglos de los siglos. ¿Gastarse una obscena fortuna en un traje de novia, para un único uso? Es algo que siempre ha existido, pero entre las familias pudientes.

Ahora una familia puede gastarse ese dinero, porque dispone de él, pero no deja de ser algo a extinguir, en el momento en que se racionalice un poco el concepto de boda. Supongo que el origen, que a lo más tiene dos generaciones, se debe a que en su momento una mujer vestía un traje especialmente bonito el día de su boda. Hoy en día esto resulta complicado, ya que cualquiera puede vestir bien casi a diario. Y se ha optado por el extraño camino de conseguir algo especial entrando en precios extraordinarios.

Otra barbaridad es el invitar a cientos de personas. Esto no ocurre en otros países y con el tiempo también en España entraremos en razón. Pero nos está costando. El incomparable absurdo de invitar a cerca de doscientas personas, y en muchos casos a bastantes más, se sumerge en la repugnante tradición de la boda rentable.

El hecho de que los invitados tengan que hacer un regalo de coste mayor o igual al estimado precio de su menú en el banquete parte de otro error, similar al del vestido. Antaño a los novios, pareja joven y que no tenía donde caerse muerta, se les realizaba una colecta para darles al menos un poco de dinero con el que empezar una nueva vida. Aparte de la existencia de dotes. Hoy este concepto no tiene lógica, ya que para irse a vivir en pareja no hace falta demasiado. Además que las personas se casan después de encontrar un trabajo, con lo que no necesitan de ese empujón inicial. Sin embargo ha perdurado lo peor, la idea de que «de una boda se sale ganando».

El viaje de novios, otra tradición inexistente, bien puede permanecer entre nuestras costumbres. Se ha de ir a un destino «de viaje de novios», normalmente un sitio estereotipado como Nueva York o Las Vegas.

Pero los conceptos de:

  • Hay que casarse en la iglesia.
  • Vestido de boda de más de 1.000 euros (1.000 euros es lo que cuesta un vestido de novia «de lo peor»).
  • Invitar a cientos de personas.
  • La boda negocio.

Tendrán que erradicarse pues son un reducto de nuestro pasado autóctono y original, pero que a muchos europeos les resultan – en mi opinión con mucho motivo – absurdas.

Ve al medico no a Internet

Uno de los tópicos, quizás el principal, de la desinformación en internet, es el del paciente que se informa en la red sobre su hipotética enfermedad.

La medicina es la ciencia que conocen los médicos. Uno que consulte en la red, sin saber lo que hace, corre enormes riesgos.

Si esto mismo lo dijéramos de cualquier otra disciplina científica que no fuera la medicina, muchos responderían violentamente. No es así. Todo el conocimiento está en la red. Puedes aprender más sobre cualquier tema usando exclusivamente Internet, y eligiendo bien, que asistiendo al mejor master del mundo (y sin poder usar Internet). Y la medicina no es, ni mucho menos, una excepción.

Claro está que si tengo un tumor, no voy a aprender a extirparlo consultando páginas web. O aunque lo hiciera, lo suyo sería que un médico se dedicara a tan peliaguda tarea. Tampoco voy a elegir la medicación contra el SIDA basándome en lo que lea de la Wikipedia. Mejor consultar a un médico.

Pero hay muchos casos en los que el conocimiento real está en Internet, no en el médico. Y no estoy hablando de excepciones raras, sino en la medicina de andar por casa, la que nos afecta a diario.

Pensemos en el siguiente caso. Todos sabemos de los peligros del sol. Sus rayos pueden castigar nuestra piel y causarnos daños graves, no sólo estéticos, sino de salud a corto, medio y largo plazo. Todos sabemos que hay que usar crema protectora contra el sol.

Así que vamos a la farmacia o al supermercado. Compramos la crema y nos la aplicamos, y sobre todo a nuestros hijos que son siempre los más vulnerables. Hemos actuado responsablemente y sin embargo surge un imprevisto: nuestro hijo tiene una alergia, presumiblemente a la crema solar.

El padre modélico, de libro, acudiría a su médico de cabecera, que tal vez le daría cita para el dermatólogo. Y lo que el dermatólogo le sugeriría es que probara con otra crema.

– ¿Qué crema?
– Otra, hasta que encuentres una que no de alergia.

El sistema es rudimentario, caro, pero funciona. Uno va probando con distintas cremas solares, hasta encontrar la adecuada, la que no da alergia y permite a nuestro hijo jugar con tranquilidad en la playa.

Ahora bien. El padre moderno e irresponsable que hubiera consultado en Internet, se habría encontrado con muchos otros casos como el suyo. La crema X causa alergia a mi hijo. Foros enteros dedicados a la alergia a la crema solar.

La solución final habría resultado la misma. Comprar otra crema, ver el resultado y si no es satisfactorio, ir por la siguiente.

Hay una enorme diferencia entre el tratamiento del médico y el de Internet. En el primer caso, uno actuaría a ciegas. Con Internet, uno podría saber fácilmente qué cremas resultan más alérgicas y cuáles han funcionado en otros casos.

La solución de Internet es la más barata, y por lo tanto la menos traumática. Siempre que se hubiera usado con un poco de cabeza, se habría encontrado una crema adecuada en menos tiempo.

¿El problema verdadero sabéis donde está? Pues en que ese médico probablemente tenga otro caso de alergia a la crema solar en todo el año. Y le dará la misma solución. Al ser una enfermedad rara y tener las mismas preocupaciones que una persona cualquiera, el médico daría la solución, que es correcta, y pasaría al siguiente paciente.

Cuando vas al médico a contarle que le diste la crema X a tu hijo y le dio alergia, y luego la crema Y y también, el médico no apunta X e Y en ninguna parte, ni siquiera en su memoria. Así, si dentro de un año le llega un paciente que ha sufrido alergia con la crema X, el médico sería capaz de sugerirle la crema Y.

Pero peor aún. Imagina que llevas a tu hijo al dermatólogo dentro de un año. Por un problema totalmente diferente. En este caso, si falla la memoria, no falla el historial. No es sólo cuestión de que los médicos tengan a muchos pacientes o que dispongan de pocos recursos. En una consulta privada ocurriría lo mismo. El médico nunca te preguntará que crema solar fue la que acabó funcionando con tu hijo.

Es decir, que después de la mala experiencia con el sol, tú sabes más sobre cremas solares y alergias que el médico. Y lo que es lo mismo, si alguien en un foro pregunta por una alergia a la crema, tu respuesta será más válida y más interesante que la de tu médico.

Por todo ello, es una temeridad y una exageración decir que Internet no es un sitio donde acudir a por información médica. El que tenga pocas luces será engañado, estafado y maltratado. Pero quien sepa distinguir el polvo de la paja, puede y debe acudir a este medio a informarse.

Otra limitación de la medicina está en los tratamientos. Contra la gastroenteritis, en España, hay un tratamiento sota-caballo-rey. 24 horas sin comer, beber mucha agua, dieta blanda y vuelta a la normalidad. Cualquier médico de España te dirá siempre lo mismo.

En este caso, es un problema sencillo. Pero en otros, la receta mágica puede no funcionar. O que no nos venga bien porque nos da asco el arroz y la patata cocida. Una consulta en Internet y uno se topa con la receta que emplea otro país europeo: hartarse de coca-cola. De nuevo Internet nos está resolviendo una papeleta.

Notas:

La idea del médico que no aprende de sus pacientes, es de Seth Roberts, el creador de la dieta Shangri-La. En su caso, perdió una enorme cantidad de kilos y el médico, al que se supone que debes acudir cuando tengas sobrepeso, cuando se lo encontró tan mejorado, ni siquiera le preguntó, por curiosidad, cómo había perdido todo ese peso.

Los médicos, en general, sólo aceptan la ciencia que llega de la publicación científica. Han olvidado que el método científico nace de la observación. Como ese dermatólogo del ejemplo no pensaba escribir ningún artículo sobre la alergia a la crema solar, descartó cualquier posibilidad de aprendizaje del mundo real. Algo que no está bien, por cuanto la ciencia está dándonos respuestas parciales e inexactas. Constantemente se retiran del mercado medicamentos que estaban más que probados y con una eficacia científicamente demostrada.

En este foro hablan sobre la alergia a la crema solar. Es la antítesis a lo que te diría un médico o farmacéutico (estos sí que están más acostumbrados a aprender de los pacientes). Por un lado, recomiendan las cremas más «ratoneras». Nivea, que es una de las más baratas, entre las que mejores resultados da a aquellos que sufrían alergia con marcas más estilosas.

Por otro lado, hablan de un producto ¡Que venden en Ebay! que es la panacea contra los casos más recalcitrantes. Lo último que esperarías oír de tu doctor.

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Viagra falsa.

Banderas Azules

Siempre hay un día del año en que los noticieros nos sorprenden con el positivo dato de que España es el país con más banderas azules del mundo. Esto nos llena de orgullo y a muchos nos sirve para pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Y no es por tirar piedras en el tejado español, pero en cuanto uno oye aquello de que la playa más azul del mundo está en Galicia, lo menos que puede sentir es la duda de si será verdad. Porque poco turismo de sol y playa es el que acoge esta región. Muchos novios incluso tienen la temeridad de marchar a las playas de México. Tantos kilómetros cuando las mejores playas están en España.

Lo de las banderas azules es como la Guía Michelín. Es una empresa que se dedica a gestionar los premios. Pero el hecho de que ellos te concedan alguno no significa más que eso, que han votado a tu favor.

El caso de las banderas azules es aún más que eso. Una asociación radicada en Copenhague que se dedica a decidir quién consigue las banderas y quién no.

Y por eso no quiero decir que las concesiones sean fraudulentas o que sean arbitrarias. Es más, todo lo contrario. Son tan estrictamente reguladas, que escapan al sentido común.

¿O acaso crees que casi todas las mejores playas del mundo están en España? Lo primero es que muchos países no participan en el programa de las Banderas Azules, con lo que no pueden conseguir ni una sola. Y hay países con playas famosas, como México, Australia, Brasil o Estados Unidos, que no participan en el programa.

Lo siguiente es que los criterios para conseguir una bandera azul no son los mismos que los seres humanos tenemos para definir una playa «de puta madre». Según he podido leer, los lógicos son:

  • Que el agua esté limpia de bacterias.
  • El volumen de peces que haya en la costa.
  • Que no haya restos aceitosos en la superficie.

Pero luego vienen criterios que aunque están muy bien, en realidad no tienen nada que ver con la calidad de la playa. Como que haya servicios, que se pueda llegar a la playa en transporte público, que disponga de contenedores para el reciclaje o que esté habilitada para minusválidos. Con estos criterios quedan descartadas muchas playas desiertas de arenas infinitas de la costa gaditana. Mientras que estrambóticos pedregales rebosantes de apelotonados domingueros ondean orgullosos su bandera azul.

Los preadolescentes de Britten

Revisando todos los cambios tras el cambio de programa y diseño, pude ver que algunas personas pacientes estaban llegando a mi página tras la búsqueda en Google de la frase «fotos de niñas desnudas».

Digo pacientes porque desde luego no salía en las primeras posiciones. ¿Qué entrada atraía ese tipo de búsqueda? Pues la que habla sobre El Mito de Carroll.

Lo que me llama la atención es que algunos de los que defendían el nombre y el honor de Lewis Carroll – recordemos que aquí no estábamos hablando de ser mejor o menos importante escritor – seguramente sentirán repugnancia por estos buscadores de fotografías.

Es decir, nos causa más reparo una persona que buscaba ese tipo de fotos, que alguien que hacía las fotos él mismo y de niñas bien pequeñas. Porque no olvidemos que hay gente a la que le gusta – y no me incluyo – las mujeres que tienen pinta de niña pequeña pero que de sobra no lo son. El buscador de fotos de niñas no merece ese beneficio de la duda.

Leyendo sobre la historia de la música, me encontré con otro personaje de tanta grandeza como peligroso curriculum amoroso: el músico inglés Benjamin Britten.

Britten es el compositor inglés de música clásica más importante del siglo XX y uno de los principales dentro de su país. Esto es incuestionable.

Lo que también llama la atención es el cuidado con el que se limpia su nombre, una vez más recordando a cómo se hizo esto con el de Carroll.

A Britten no le gustaban las niñas, sino los niños. La forma de la expresarlo de la Wikipedia inglesa es casi romántica. Hablando de los sentimientos del compositor:

Infatuation with a series of pre-adolescent and adolescent boys.

Infatuation es una pasión tan alocada como efímera, como un sentimiento adolescente. El uso del eufemismo «pre-adolescente» en lugar de «niño» es de una candidez llamativa.

A diferencia de Carroll, Britten sí que tuvo algunos incidentes reconocidos con estos pre-adolescentes. Pero al igual que Carroll, recibe todo tipo de defensas que le quitan hierro al asunto:

De acuerdo al relato de Harry (que contaba con 13 años de edad), Britten entró en su habitación e hizo lo que parecía ser un «acercamiento de índole sexual». Según contó Harry, gritó y golpeó a Britten con una silla. Según sus palabras, Harry volvió a Londres la mañana siguiente al incidente. Lo extraño es que realmente Harry se quedó de vacaciones durante un par de semanas.

Aquí no estamos ante unas niñas que no decían ni pío, sino ante un niño que habló de un intento de acercamiento sexual no deseado. Pero vamos a defender al autor de la ópera Peter Grimes. Habla su biógrafo John Bridcut:

Más parece que Harry se sintiera intimidado o con una sensación de amenaza, antes de que realmente ocurriera un incidente. Puede que quizás Harry se sintiera molesto por las continuas discusiones que protagonizaba la familia de Britten y que buscase una forma de justificar su marcha, con una historia como esta.

Fuentes:
Los Niños de Britten.
The Rest Is Noise (libro).

El tiempo

Uno de los primeros días de clase en la Universidad, antes de comenzar la lección, la profesora nos mostró un recorte de periódico.
Era una noticia que trataba sobre los bancos que estaban contratando a matemáticos para sus departamentos de riesgo. El artículo contaba lo bien pagados que estaban estos especialistas y lo difícil que les estaba resultado encontrar suficientes ya que se los rifaban para esas y otras profesiones.
Con ello quería animarnos para que viéramos la realidad: las matemáticas son una carrera con mucho futuro. Pero esto era algo que se sabía desde hacía algún tiempo. Así, la demanda para la carrera era tan amplia que ese año habían tenido que incluir un turno más. Estaban literalmente desbordados, lo cual era lógico ante el futuro tan prometedor para los que consiguieran terminar la licenciatura.
Mientras, podía ver a gente como mi prima, que había recién terminado la carrera de Medicina y apenas si encontraba trabajo haciendo sustituciones en clínicas privadas.
Estudiar Medicina hubiera sido una locura. Además de ser una carrera muy difícil, y más larga, las perspectivas laborales al terminar eran mucho peores.
Sin embargo pasaron los años, unos cinco para ser más exacto, y al terminar la carrera la situación había cambiado radicalmente. En mi promoción terminaron unos 100 alumnos, pero es que en la anterior el número no había sido mucho menor. Eran tantos los licenciados en matemáticas, que aunque había buenas ofertas de empleo, la demanda era tan alta que resultaba difícil encontrar un buen trabajo. Y para colmo de males, explotó la burbuja puntocom y una de las principales puertas, el mercado de la informática, se le cerró a todos los matemáticos.
Curiosamente cuando terminé de estudiar había una demanda de médicos tan alta que no se podían cubrir todas las plazas. El Gobierno fue autorizando la convalidación de estudios de Medicina de un país tras otro. Si un chamán hubiera solicitado ejercer de médico tal vez le habrían dado algún trabajo.
Está claro que tuve mala suerte. ¿Al terminar la carrera? Desde entonces me he estado fijando en las promociones de distintos estudios, y veo que ese error ocurre una y otra vez. Porque no se trata de mala suerte. El error ocurre cinco años antes de que se produzca el problema, pero el problema ya está ahí.
La explicación es sencilla: oferta y demanda. Cuando hay mucha oferta, mucha gente que ha estudiado una carrera, muchos acaban en el paro o aceptando profesiones de baja categoría. Entonces los estudiantes que están en el último curso, antes de la Universidad, miran como está el patio:
«Muchos médicos en el paro».
«Informáticos cobrando 600 euros».
«Historiadores trabajando de teleoperadores».
Y entonces elige aquellas profesiones que están triunfando en ese momento.
Ingeniería genética.
Ciencias medioambientales.
Ingeniero en energías renovables.
Filología china.
Y claro, hace una de las que tienen futuro, no va a cometer el error de estudiar Historia.
Sin embargo esto no tiene ningún sentido.
Si fuera un viaje pues sí: todo el mundo sabe que aunque la India sea un país fascinante, no es el mejor momento para ir allí (por las tensiones con Pakistán). O que aunque Noruega es precioso, mejor sería ir en Julio que en pleno Enero. Si ahora te ofrecieran un billete de avión a donde quisieras, elegirías quizás un lugar en el hemisferio sur, donde es verano, y descartarías los países en conflictos bélicos.
Ahora bien, imagina que te dicen «te regalo unas vacaciones a donde quieras, a condición de que eliges ahora y las haces dentro de diez años».
Pues de aquí a diez años pueden pasar muchas cosas. Puede que Finlandia esté en guerra con Rusia o que Argentina tenga una moneda más fuerte que el euro, o que China sea más caro que Noruega. O que Kenia sea otra vez un destino seguro y barato. Diez años es mucho tiempo.
Hace unos cinco años hice una apuesta con un amigo: el premio era a diez años vista (me quedan cinco años para ganar). Se trataba de un fin de semana para dos personas en Islandia, con todos los gastos pagados.
En su momento era una apuesta tan grande que estuve pensando apartar una cantidad de dinero cada año por si me tocaba pagar (soy alguien de palabra). Hoy en día, con la que ha caído, es cuestión de meses que Islandia se convierta en un destino turístico razonable. Quizás dentro de otros cinco años sea hasta un mal destino turístico, por ser como un Benidorm del norte.
Lo que quiero decir es que no es lo mismo elegir una cosa «para ahora» que algo que tendrá consecuencias a largo plazo. Si ahora mismo tuviera que elegir una profesión, elegiría abogado laboralista especializado en despidos improcedentes. Pero si tengo que empezar a estudiar ahora y no terminaré hasta dentro de cinco años, es seguro que esa es una muy mala elección.
Por eso los rankings de profesiones con más futuro que salen en los periódicos para orientar a los futuros alumnos suelen causar un enorme mal en estos estudiantes. No sólo porque no recomiendan lo mejor, sino porque suelen recomendar algunas de las peores profesiones posibles, para cuando los estudiantes hayan terminado sus carreras.
En mi época el japonés era el lenguaje del futuro y ahora resulta que es un lenguaje del pasado. El lenguaje del futuro ahora es el chino, pero si España entra en una grave recesión y las empresas francesas se aburren de comprar empresas españolas, resultará que el lenguaje del futuro será el francés.
Porque muchas veces cuando se habla de «el algo del futuro» en realidad de lo que se está hablando es del presente. De cosas que de tenerlas ahora, tendrían mucho valor. Pero si necesitas muchos años para conseguirlas, cuando llegue ese momento, habrán perdido su valor.
Se habla de buenas y malas opciones sin pensar que los resultados de esas decisiones tienen que trasladarse en el tiempo.
Esto mismo que estoy diciendo para los estudios se puede aplicar a muchas otras cosas. Por ejemplo, los lenguajes y sistemas de programación. Ahora se dice mucho eso de que «el cloud computing es el futuro». Con eso lo que se quiere decir es que si sabes mucho de cloud computing, ahora vas a poder encontrar ofertas laborales muy interesantes. Pero si necesitas de un año para saber todo lo necesario sobre el cloud computing, cuando tú llegues llegarán también otra hornada de oportunistas y entonces tu esfuerzo no habrá compensado.
En esta línea, con los tiempos que corren, debe ser un grave error empezar a estudiar unas oposiciones: habrá más opositores, menos plazas que nunca. Más gente muy preparada tirará también por ese camino. También es una mala opción empezar a estudiar algo que todo el mundo tenga, como inglés o informática y que no se aprendan en dos tardes.
Me imagino que la única opción razonable para la crisis actual es el camino de en medio: aprender algo rápido y raro:
a) Cursos intensivos de idiomas «sencillos». Como italiano o portugués. Obtienes un nivel alto en poco tiempo, comparado con idiomas más raros.
b) Cursos de idiomas «exclusivos». Como sueco o noruego. Si una empresa noruega necesita a alguien en España, podría recurrir a ti. Si una empresa rumana necesita personal en España, jamás contrataría a un español.
c) Profesiones sencillas. Ser cerrajero o pintor de brocha gorda es algo que se aprende pronto y que sirve como profesión autónoma (la primera tiene sus ventajas si uno se lo quiere tomar en plan mucho más liberal).
d) Vendedor. Si sabes vender, nunca te faltará trabajo. También se aprende a vender. Fórmate como vendedor.

El asiento de autobus

1.
El autobús que tomo por las mañanas para ir al trabajo siempre se llena en la primera estación. Se ocupan todos los asientos y luego algunos pasajeros tienen que ir de pie.
Todos los asientos son dobles salvo dos parejas de asientos que tienen otros tantos enfrentados. Digamos que son para que cuatro personas puedan hablar.
Hay veces que soy de los primeros en subirme al autobús. Y un error muy común que creo sólo puede asociarse con la poca previsión es el sentarse en los asientos cuádruples. Ves el autobús entero a tu disposición, puedes sentarte donde quieras, y eliges el asiento cuádruple. En principio no está mal, porque las otras tres plazas están vacías, pero toda la gente que va en ese autobús sabe que se llenará antes de arrancar. Es decir, aunque no hay personas físicas sentadas sobre los asientos, es como si estuvieran ocupados. Y puestos a elegir, mejor tener algo de espacio para las piernas (en los asientos cuádruples hay que hacer dribbling de rodillas) y mejor no tener a alguien sentado enfrente, por guapa o guapo que sea.
Si el autobús estuviera lleno y sólo quedaran dos sitios libres, uno en los asientos cuádruples (digamos en la parte noble, no los pobres que además van de espaldas a la marcha) y cualquier otro asiento normal, el 100% de la gente se sentaría en ese asiento normal. Pero si está vacío, la gente se sienta en el cuádruple – no siempre pero sí en un porcentaje que desafía a la lógica humana.
Incluso aunque esos asientos se quedaran vacíos (en un arranque de optimismo por parte de los sentados, que pensaran que eso puede ocurrir), estas plazas no tienen ninguna ventaja sobre las otras. Ni una sola, salvo que se quieran dejar pertenencias personales en dichos asientos vacíos.
2.
Otra menos clara: la mayoría de los que vamos en el autobús al trabajo lo hacemos solos. Ante una amplia perspectiva se puede elegir ventanilla o pasillo. En este caso es complejo porque si bien el pasillo es muy molesto, al rozarte con todo el que lo cruza mientras se llena el autobús, la ventanilla también te restringe en el espacio y luego la salida se dificulta un poco. Digamos que en un autobús que sabes que estará lleno tanto ventanilla como pasillo tienen sus ventajas.
Pero hay un punto diferente: cuando te sientas en ventanilla es porque eres el primero en ocupar uno de esos asientos dobles. Si lo haces en pasillo es porque ya hay otra persona en la ventanilla. Mención aparte merece la gente que se sienta en el pasillo dejando vacío el de ventanilla: merecen la muerte.
Una cosa en la que a veces no pensamos es que si nos sentamos en la ventanilla nuestro compañero de asiento puede ser cualquiera. Es cuestión de azar la persona que se nos siente allí. Sin embargo si nos sentamos en pasillo, podemos elegir. Y ahí es donde quizás el pasillo tenga alguna ventaja, porque puedes elegir una persona que sea más o menos delgada, que no huela mal, que no vaya con muchos bártulos. Sentándote en ventanilla estás a expensas de la Ley de Murphy.
En fin, que aunque sea raro, y aunque yo no lo haga, si eres el segundo en subir al autobús, y la primera persona es una chica delgada y aparentemente aseada, la decisión óptima sería sentarse junto a ella, salvo que lo haga en uno de los infames asientos cuádruples.
Lo malo es que para la chica será una pesadilla: «todo el autobús para mi y se me ha tenido que sentar un pirado al lado, que tenía casi todo el autobús para elegir». Y entonces esa chica el próximo día elegirá, indudablemente, uno de esos asientos cuádruples.

Radioactividad

Ahora nos invade una mezcla de diversión y pena cuando vemos que a comienzos del siglo XX, poco después del descubrimiento de la radioactividad, existían todo tipo de productos «radioactivos» como si de una ventaja añadida se tratase. De estos productos, los mejores eran los fraudulentos, los que en realidad no eran radiactivos. Los otros sirvieron para disparar los casos de cáncer de forma alarmante.
Estos incautos que se dejaron embaucar por lo nuevo, fuese sano o no, nos parecen inocentes, cándidos, un poco estúpidos. Pero yo me pregunto qué pensarán de nosotros las generaciones futuras cuando vean nuestra actitud de comienzos del siglo XXI hacia la energía nuclear:
Tenían la tecnología necesaria, los métodos para evacuar los residuos radioactivos sin que produjeran ningún daño. Había uranio suficiente y no era demasiado caro. La seguridad suficiente para que un accidente fuera casi imposible. Sin embargo, un miedo patológico les invadía. No conocemos las causas exactas. Quizás fueran simplemente razones de índole religiosa, lo cierto es que preferían agotar hasta la última gota de petróleo. Sin importarles lo caro que fuese ese combustible o el perjuicio que causara en sus economías. La lucha contra la energía atómica figuraba en las campañas de los partidos políticos. Daba votos y nadie se atrevía a defenderla mínimamente, al menos antes de las elecciones.
Intentaron en vano desarrollar nuevas tecnologías basadas en energías que llamaban no contaminantes: eólica, solar. Mediante subsidios se fomentó su comercialización. Se llegó a hablar de llenar de paneles solares toda la superficie del desierto del Sahara. Cambiaron las cosechas para producir combustibles de tipo biológico. Era como si el hombre de las cavernas hubiera descubierto el fuego y lo rechazara: donde se ponga una buena piel que se quiten esas modernidades.

El pacifista

Haz el amor y no la guerra.
Ante semejante disyuntiva, parece que sólo un idiota estaría a favor de las guerras. Y así se entiende casi en cualquier contexto. Yo estoy a favor de la paz. De solucionar los conflictos por medio del diálogo. Estoy en contra de las invasiones ilegales de países.
Son opiniones de salón, de estar hablando de un país en guerra a miles de kilómetros, mientras uno piensa en qué cenará esta noche. No tienen ninguna validez.
La postura pacifista, la más lógica y deseable, se ha acabado convirtiendo en una opinión vacía de contenido. No expresa nada en sí misma. Si dices que estás a favor de la paz entre israelíes y árabes no estás diciendo nada concreto.
Es como decir que ojalá los perros no se murieran con veinte años, ojalá los coches no contaminaran, ojalá nunca perdiéramos la ilusión, ojalá nadie tuviera que trabajar para vivir. Son opiniones casi infantiles porque anhelan un deseo sin mencionar para nada los medios de conseguirlo.
Desear lo imposible es una enorme pérdida de tiempo y energía. Si todo el mundo pensara como tú desaparecería el mundo. Hay que ser realista, hay que pedir lo imposible. Todo está lleno de frases que suenan muy bien pero que no dicen nada.
II
La guerra es una medida extrema a la que se llega cuando muchos otros cauces (a veces no todos) se han agotado. A nadie le gusta entrar en una guerra. Los políticos tienen que ir a los entierros y hacer frente a las familias de las víctimas. Casi sólo se pueden dar malas noticias. Mueren los soldados y los mandos. El presupuesto de defensa destroza las cuentas del Estado. Y todo eso si tienes la suerte de que la guerra sucede fuera de tu territorio, porque de lo contrario, es una absoluta calamidad.
Pero aún asín las guerras siempre han existido y tal vez siempre existirán. ¿Es razonable creer en un futuro sin guerras? En mi opinión es una postura que no ayuda en nada, tal vez si acaso a dormir mejor por las noches. Pero es como comprar un décimo de lotería y creer que por qué no va a ser el nuestro el afortunado.

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