PIN

Los delitos de guante blanco son cada vez más fáciles gracias a las nuevas tecnologías. O más bien diría que, gracias a los avances tecnológicos, resulta mucho más fácil conseguir los mismos botines que en el pasado, sin tener que realizar ninguna acción violenta.

Un delito de guante blanco no tiene una condena más leve o causa menos daños que uno violento. Psicológicamente nos suelen causar un rechazo menor, aunque también desagrada la aparente cobardía del criminal que no entra en un cara a cara con la víctima.

Hace unos días detuvieron a Kawser Ali, un ladrón especializados en gimnasios. Y más que en gimnasios, en los de una cadena en concreto: Virgin Active(que también tiene presencia en España).

Más que un ladrón profesional, Kawser Ali se dio cuenta de algo bastante evidente. Los sistemas de seguridad por combinación numérica son ridículos. Y en esos gimnasios se congregaban dos puntos decisivos: las taquillas tienen seguridad por combinación y los clientes suelen tener bastante dinero.

El modus operandi del delincuente es bastante trivial, al alcance de cualquiera. Simplemente asistía al gimnasio como un socio más y en el rato que pasaba en los vestuarios podía ver fácilmente la combinación que los clientes introducían.

Es un riesgo con el que hoy en día todos estamos en peligro. Cuando introducimos el PIN para realizar una compra, algo que se ha convertido en rutinario por ser un requisito en todas las transacciones, no prestamos la menor atención al entorno que nos rodea y casi cualquiera puede ver nuestro número. Había costado conseguir que la gente tuviera cuidado en los cajeros automáticos, pero con los nuevos chips de seguridad, se ha perdido por completo una medida de seguridad básica.

En los gimnasios uno tiene la guardia aún más baja. Se dejan todas las pertenencias: móvil, llaves de casa y el coche, cartera, pendientes de un número de cuatro cifras que cualquiera te ha podido ver introducir.

Así, Kawser Ali robaba con una facilidad trivial. Y lo mejor de todo viene luego. La ubicuidad de los mismos sistemas de seguridad provoca que, al conocer el código de acceso a la taquilla, en muchos otros casos se sepan ya el código PIN de la tarjeta de crédito y el código PIN del teléfono móvil. Y si se tiene una casa de fantasía, también se puede saber el código de acceso o de la alarma.

De esta forma, este criminal más ingenioso que inteligente, conseguía botines cuantiosos. Aparte de los relojes de lujo, móviles, coches y carteras de sus clientes, en más de una ocasión pudo extraer efectivo de los cajeros al saber el PIN de la tarjeta de crédito.

Detenido sin ningún glamour policial, al seguir la policía la pista de las llamadas realizadas con uno de los móviles robados, llama la atención la sentencia judicial, que le condena a dos años de prisión. En ella, la jueza resalta que se aprovechó de la debilidad de la naturaleza humana que lleva a usar el mismo pin para diversos sistemas. Según se extrae de la sentencia, el aprovecharse de esta miseria en que todos caemos, es un agravante importante.

El crimen perfecto en el siglo XXI

La imagen casi romántica del crimen perfecto ha ido cambiando mucho a lo largo de la historia. El concepto de crimen perfecto tiene implícita la idea de que es casi imposible realizar un delito sin dejar algún tipo de rastro, de pista que delate al delincuente.

Desde los tiempos ficticios de Sherlock Holmes, el uso de la ciencia en los métodos de detección policiales ha servido para que las posibilidades de salir de un lugar del crimen sin dejar nada atrás sean mínimas.

Muchas de las pruebas suelen ser biológicas: ADN, huellas dactilares, restos de sangre, semen, cabellos o pólvora. Pero a los criminales de hoy en día parece que se les olvida por completo las tecnológicas, que normalmente tienen un peso específico muy superior.

Esto se debe, en mi opinión, a que en gran parte están inspirados por la literatura y el cine. Pero no son conscientes de que estos medios, como ya he indicado en alguna ocasión, se sienten incómodos tratando los tiempos actuales. Algo de bueno tiene que no se sepa escribir sobre la verdadera tecnología que permite detener a más delincuentes.

El caso del asesinato presuntamente perpetrado por María Ángeles Molina Fernández, que pronto será juzgado, es uno de los ejemplos más claros que existe.

La periodista realizó un excelente trabajo narrativo y afirmó que el suyo fue «uno de los asesinatos más meticulosamente planificados jamás». Sin embargo, no deja de ser una narración al estilo antiguo, de novela más en blanco y negro que negra. Las semejanzas de su historia nos remiten incluso a Borges y a su relato Emma Zunz.

Si quieres entender el resto del texto tendrás que leer previamente la narración de cómo fue el asesinato y la posterior investigación. No voy a copiar ni a resumir un texto tan logrado.

María Ángeles hizo un trabajo extraordinario en el ámbito de lo biológico. Ni una huella dactilar, coartada, la genialidad del semen de dos extraños. Todo muy bien hecho…para el siglo XX.

De salida se puso en el punto de mira con las llamadas por teléfono. Si matan a una persona un determinado día, cualquiera que le hubiera llamado en los días previos se convierte en un importante sospechoso. Se le rastrean las llamadas previas y los lugares desde donde se realizaron (algo que muchos no parecen darse cuenta que se registra también, mostrado constantemente como prueba en los juicios que nos ofrecen los medios de comunicación). Sólo con haber realizado una llamada telefónica a la víctima ya se corren grandes riesgos. En eso María Ángeles fue una pardilla.

Errores con las llamadas telefónicas también sirvieron para inculpar a los asesinos del director del Centro de Convenciones Internacional de Barcelona, Félix Martínez Touriño, en este caso fue un empleado suyo que sabía que pronto sería despedido.

Otro error de bulto es el de las cámaras de vídeo. Son omnipresentes y se nos olvida que esas imágenes pueden servir para todo tipo de detecciones y posteriormente como pruebas inculpatorias. Tras la llamada, María Ángeles se convirtió en sujeto de investigación. Con las imágenes en vídeo, en la principal sospechosa.

No son estos los únicos métodos que sirven para, con trivialidad, descubrir crímenes. Búsquedas en Google o simple tráfico por determinadas páginas en las vísperas de un delito. Las cámaras de televisión que están constantemente monitorizando matrículas, lo que permite ubicar cualquier coche con una determinada ruta. No es sólo cuestión de huellas dactilares.

Me imagino que estos errores tecnológicos serán tan frecuentes, que pueden servir incluso como coartada. Si desde tu móvil se realizó una llamada en el momento del crimen, y esta llamada te sitúa a muchos kilómetros de distancia del lugar de los hechos, serás inmediatamente exculpado y liberado de cualquier sospecha.

Una forma muy ingeniosa de inculpar a otro sería la de cambiarle el teléfono a este cabeza de turco por otro del mismo modelo pero que parezca averiado. Mientras trata de solucionar el problema con la compañía telefónica, el delincuente puede realizar llamadas inculpatorias y si luego fuera capaz de devolver ese teléfono, la jugada resultaría perfecta.

Qué duda cabe que esto resulta mucho menos romántico que los anticuados crímenes perfectos. Pero es como está el mundo ahora. Así que si quieres escribir sobre estos delitos, pon primero a la electrónica y después a la biología. Y que lo más parecido a un crimen perfecto ha de situar al delincuente incluso fuera del círculo de los sospechosos.

La metacarta nigeriana

Esta mañana me había llegado al correo un mensaje de alerta de una tal Elena. La pobre por lo visto lo había perdido todo estando en Londres y necesitaba que le enviara dinero urgentemente.

Había varias cosas que no concordaban. Por un lado que no la recordaba de nada. Tuve que buscar en mi lista de correos para ver que era una persona que me escribió una vez hace cuatro años. Es raro que ante un problema así recurriera a mí, una persona tan poco próxima.

Otro aspecto extraño es que tanto ella como yo somos españoles, por lo que me sorprendía su presencia en Londres y que me escribiera el correo electrónico en inglés.

También era raro que no tuviera dinero para hablar por teléfono pero que no tuviera problemas para hacerlo por Internet.

Lo que más raro me parecía de todo es que había visto en Internet una historia similar ocurrida a otra persona. Le habían robado su contraseña de correo y se habían hecho pasar por él. Toman toda la lista de contactos y le mandan un correo a todos pidiendo dinero en nombre de la persona afectada.

Me imagino que cuando la persona sea de habla inglesa hay alguna probabilidad de éxito. Es una pena que ante algo así no tengas más remedio que renunciar a la cuenta de correo. Muchos gigas y megas y chorradas para gente que usa Iphone pero no parece que haya competencia por ofrecer cuentas de correo más o menos seguras. No tengo conocimiento de una compañía que ofrezca opciones de recuperación de correo ante un problema así. Y llegar a una tarjeta de coordenadas, como hacen los bancos con algo de seguridad, suena a ciencia ficción.

Le seguí un rato la cuerda al estafador al otro lado. Primero me aseguré de mostrarle mi solvencia e interés en ayudarle. Desde el primer momento la rebauticé con otro nombre (Esther en vez de Elena), para que quedara claro que aquello era un sinsentido. Yo escribiendo «Hola Esther» y él firmando «Un saludo, Elena».

Luego le dije que le enviaría el dinero, pero que me tendría que pagar posteriormente y no sería con dinero. Ante todo aceptaba esperando mi transferencia de MoneyGram. Luego le dije que si con 10€ tendría suficiente y ya me comentó que para eso no le compensaba pasar a recogerlo. En eso se quedó la conversación.

Buscando información para continuar con la absurda correspondencia, encontré un timo realmente original que por lo visto están empleando los autores de cartas nigerianas.

El timo es en sí mismo un metatimo. Una vez le han sacado los cuartos a una persona de forma exagerada, hasta que ésta se ha dado cuenta de que ha sido estafada y engañada, retoman la correspondencia pero con otra identidad.

En este caso se hacen pasar por policías que están investigando fraudes de cartas nigerianas. Afirman haber detenido al estafador anterior y que ahora necesitan de testigos y pruebas para denunciarlos. Pues bien, con este sistema son capaces de desarrollar nuevas armas para volver a lo mismo: ir a esa pobre persona y volverle a sacar dinero con lo mismo pero argumentando que es para el proceso de la detención de los estafadores.

Les cuentan ahora el cuento de que según el proceso judicial puede recuperar parte del dinero estafado. Y partiendo de ahí las dos partes vuelven a estar en el mismo punto: el uno contando una historia fantasiosa y el otro creyendo que hay personas en Nigeria muy interesadas en devolver el dinero a extranjeros. Al fin y al cabo ahora van sobre seguro porque tienen a una persona crédula que ya pasó por eso mismo. Esta vez vuelve a engañarse como si nada.

No me sorprende que como dicen en esta fuente a veces llevan a sus víctimas al suicidio.

Si quieres bajarte plantillas falsas de envío de dinero con MoneyGram, esta es tu página.

Raymond Schindler

Caruso

El diecisiete de abril de 1906 llegó a la ciudad de San Francisco Enrico Caruso, el eminente tenor italiano, a dar una serie de representaciones de la ópera Carmen en el Tivoli Opera House.

La extraordinaria y sin par voz de Caruso llenaría por primera vez la ópera de la ciudad de San Francisco. En su papel de Don José, lo habitual es que brillara y dejase un registro musical extraordinario. Sin embargo, como circunstancia curiosa, al día siguiente ninguno de los periódicos hablaría sobre su histórica representación.

A las 5:13 del dieciocho de abril de 1906 se produjo un fortísimo terremoto en la ciudad de San Francisco, de aproximadamente 8 grados en la escala de Richter. La primera sacudida duró unos 20 segundos. Luego llegaron otros tantos segundos de calma. Y un segundo temblor de más de cuarenta segundos, que destruyeron prácticamente todos los edificios de la ciudad y en los subsiguientes desastres acabaría provocando la muerte a más de 3.000 personas.

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Era un escenario apocalíptico: Las personas medio dormidas y mal vestidas trataban de salir de sus casas, buscaban refugio a cielo abierto. Entre ellos estaba Enrico Caruso, que abandonó su hotel con el escueto equipaje de una enmarcada fotografía autografiada por el presidente Theodore Roosevelt, valioso tesoro para el cantante.

Con todo el aire saturado de polvo, Caruso temió que su portentosa voz de tenor habría resultado dañada. Y para probarla, de entre los gritos de los ciudadanos de San Francisco emergería su estentórea y extraordinariamente única voz. Quizás nunca cantó Caruso con tanta devoción, comprobando que no sufrió daños en su don vocal, y creando al mismo tiempo una imagen terrorífica pero de extraordinaria belleza.

Schindler

Caruso abandonaría San Francisco, no sin antes prometer – y posteriormente cumplir – que jamás volvería a poner un pie en la ciudad. Al mismo tiempo, justo el día después del terremoto, llegaría Raymond Schindler. Schindler había abandonado la costa este americana y encaminado sus pasos hacia California – con la modesta intención de buscar una vida mejor, al calor de la fiebre del oro. Había llegado sin nada y con esperanzas de un nuevo comienzo, se encontró que, en su primer día en la ciudad, las cosas no estaban ni mucho menos propicias para esperar grandes progresos.

Pero los caminos del Señor son inescrutables. El de Raymond Schindler hacia la que sería la profesión, en que no sólo se haría famoso sino que brillaría, comenzó a recorrerse ese mismo día. Si bien el terremoto causó daños terribles, eso no fue nada comparado con los posteriores incendios, que devastaron lo poco que quedó en pie. Durante tres días la ciudad ardió en cincuenta y tres focos diferentes, algunos de ellos incontrolables. Fallaban las comunicaciones y no había suministro de agua corriente. El jefe de bomberos había muerto en el terremoto y la ciudad, inmersa en el caos, tardó mucho en recuperar algo parecido a la normalidad.

Obviamente a los pocos días del suceso, había trabajo abundante para los albañiles, carpinteros y constructores. En apenas tres años se construirían 20.000 nuevos edificios.

Pero otro gremio que tendría que trabajar incesantemente sería el de los agentes de seguros. No hay seguro que cubra los daños por terremotos, pero sí ante incendios. Y el volumen de personas afectadas era extraordinario, sobre todo si tenemos en cuenta que en muchos casos, damnificados por el terremoto trataban de enmascarar las perdidas sufridas mediante fuegos provocados a sus propiedades. Distinguir los afectados de los que trataban de obtener algo de todo lo que habían perdido, mediante un fraude, fue el trabajo durante de meses de los agentes de seguros. Entre ellos encontraría Raymond Schindler un puesto de trabajo.

La atención a los detalles, el tesón, la capacidad de observación, hicieron que en poco tiempo Raymond consiguiera un puesto importante entre los peritos de la aseguradora.

Su habilidad investigadora llamaba la atención y pronto trabajó en una comisión encargada de investigar prácticas corruptas en el gobierno de San Francisco. La investigación llegó a buen puerto y poco después Schidler recibiría una oferta para capitanear la delegación en Nueva York de una agencia de detectives. A los dos años, Schindler fundaba su propia agencia de detectives.

Sus mayores atributos como detective eran su enorme creatividad y su maniática meticulosidad en el trabajo. No pasó a la historia como el mayor detective de la historia – seguramente hoy sea la primera vez que sabes de él. Pero su labor en la investigación del asesinato de la niña de diez años Mary Smith es probablemente el trabajo detectivesco más extraordinario jamás realizado, al margen de los casos de ficción.

Smith

Un día de 1911 la pequeña Mary Smith, de diez años de edad, fue como cada mañana a su escuela en Asbury Park, New Jersey. Pero jamás volvería a casa. Su cuerpo apareció a los pocos días. Había sido golpeada en la cabeza con un objeto pesado. La habían violado y la asfixiaron con sus propias medias. En la escena del crimen no se encontraron huellas dactilares, ni pistas, ni el arma del crimen. Nada.

Los vecinos pronto encontraron en Thomas Williams a un sospechoso sólido: era negro, un borracho y una persona problemática. Carecía de más coartada que su descripción del día:

me bebí una botella de whisky y sólo recuerdo que me quedé dormido.

Thomas Williams tuvo suerte de ser arrestado, porque la multitud clamaba justicia popular y estuvo a punto de tomársela por su mano.

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Sin embargo el sheriff Clarence Hatrick no lo veía nada claro y decidió contratar los servicios del ya entonces famoso detective Raymond Schindler.

Schindler investigó meticulosamente a cada uno de los vecinos de la familia Smith, sin descartar a ningún posible sospechoso. Tras obtener abundante información, sólo encontró un posible candidato: Frank Heidemann.

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Una criada también fue investigada como sospechosa policial, pero sin apenas fundamento.

Heidemann sólo tenía un margen de sospecha: era alemán y apenas si llevaba dos años en Estados Unidos. Con esa información, en su habitual meticulosidad, Schindler pidió informes al gobierno alemán y pronto supo que había sido arrestado – aunque posteriormente liberado – por abusos a menores. En cuanto fue liberado, hizo la maleta y se marchó a los Estados Unidos.

El sospechoso del público, el borracho Thomas Williams, no escapó a las investigaciones del detective, que optó por enviar a uno de sus colaboradores a la cárcel, para que le acompañara en la celda, como otro criminal más. Durante el tiempo en que este detective estuvo en prisión, vigilando de cerca a Williams y hablando con él, llegó a la conclusión de que debía ser inocente.

Sin más que el alemán Frank Heidemann como sospechoso, y con el único dato tangible de sus antecedentes en Alemania, Raymond Schindler cercaría al presunto asesino de una manera propia del más maniático de los psicópatas.

Neumeister

Heidemann vivía en una edificio alquilado, y su casero tenía un perro bastante grande. Schindler quería sacar al criminal que había dentro de Heidemann, que no ofrecía ninguna pista sobre su vinculación con el asesinato. Una noche tras otra, los detectives de Schindler se encargarían de tirarle piedras al perro, para que se pasase la noche ladrando sin parar. Schindler había tenido la inspiración de la novela de Sherlock Holmes El sabueso de los Baskerville, aunque obviamente lo que hizo no tiene nada que ver con lo tratado en la narración. Esperaba ver al delincuente roto por la falta de descanso, y que quizás cometiera algún otro crimen, aunque solo fuera matar al perro.

Pero Heidemann era un hombre paciente, que prefirió mudarse y marcharse a Nueva York, antes que aguantar o hacer algún daño al animal. A pesar de la muestra de entereza, Schindler no se amilanó y lanzó a sus colaboradores en su búsqueda. Una vez localizado, usó a uno de ellos: Carl R. Neumeister, de origen alemán.

Neumeister se dedicó a frecuentar los mismos lugares que Heidemann, pero sin acercarse a él, siempre distante. Hasta que un día el sospechoso vio que Neumeister tenía un periódico en alemán y surgió una conversación entre ambos. Neumeister se hizo pasar por una persona adinerada, que tenía dinero heredado y que no necesitaba trabajar para vivir. El objetivo, un tanto arriesgado, era que se hicieran amigos y que con el tiempo Heidemann confesase algo que pudiera servir de prueba condenatoria, o que se sintiera tentado de asesinar a su nuevo amigo para robarle.

A sugerencia de Heidemann, los dos alemanes se hicieron amigos íntimos, pero Neumeister nunca oyó ninguna confesión por parte de su compatriota.

Tratando de provocarle por métodos psicológicos un tanto burdos, Schindler buscó la película (muda) más terrorífica que pudo encontrar: una cinta francesa en que una niña es perseguida por un pervertido sexual y tiene que luchar por salvar su vida. Schindler consiguió que un teatro aceptara emitir la cinta en una sesión especial, a la que casualmente accederían los dos amigos alemanes, Heidemann y Neumeister, tras cenar juntos y pasar casualmente por el teatro.

En mitad de la película Heidemann dijo que no soportaba la película, y se marchó a su habitación, pero no dijo nada al respecto. Desde luego, no era la forma de obtener una confesión instantánea.

Pero Schindler era incansable y no tuvo suficiente con eso. Consiguió que un editor amigo suyo publicara en un periódico alemán una crónica sobre el asesinato de Asbury Park, mencionando de pasada el nombre de Heidemann. Esto facilitó que Neumeister pudiera sacar el tema a conversación, señalando la curiosa coincidencia del apellido. Aunque Heidemann reconoció que se trataba de él, y que había abandonado la ciudad porque le resultaba horrible lo que había sucedido allí. Y de nuevo, Schindler se encontró en el punto de partida, sin nada sólido contra Heidemann.

El último intento fue el más elaborado de todos e incluyó a un nuevo actor. Neumeister propuso a su amigo dar un paseo en coche, y así lo hicieron. Cuando estaban en mitad del campo, Neumeister indicó que parecía que se le había pinchado una rueda al coche. Bajaron a echar un vistazo y entonces llegó un tipo malencarado que pidió que le llevaran en el coche.

Neumeister se negó y entonces el individuo sacó una navaja. Asustado, Neumeister – el infiltrado de Schindler – disparó un tiro al delincuente, dejándolo muerto en el suelo. Los dos amigos alemanes escaparon de la escena del crimen impostado a toda velocidad.

Al día siguiente, la ficción en torno a la figura de Heidemann continuó. Los periódicos reflejaron el asesinato en una nota redactada por Schindler y sus secuaces. Neumeister se mostró muy nervioso y asustado, temeroso de ser descubierto en su ficticio asesinato por la policía. Heidemann mostró su fidelidad afirmando rotundamente que él le ayudaría en lo que fuera necesario para que no le descubrieran, y que él nunca diría nada.

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Una de las detalladas notas de Neumeister a Schindler

Al final el suceso clave fue un falso billete de barco hacia Alemania, colocado al descuido en un bolsillo de Neumeister, esperando que fuera descubierto por Heidemann. Este se enfadó al saber que el hasta entonces su mejor amigo trataba de marcharse del país sin decirle nada y, sobre todo, dejándolo atrás. Neumeister se defendió indicando que Heidemann conocía algo inconfesable de él y que siempre temería que pudiera denunciarlo en Alemania. Heidemann insistió en que jamás haría algo así, ante lo que Neumeister no se mostró conforme.

Finalmente, Heidemann cometió un error. Tras meses de paciente investigación, le sugirió a su amigo que, tal vez si él tuviera algo tan importante que ocultar como Neumeister, estaría seguro de que jamás le traicionaría. Neumeister, el detective infiltrado, se mostró dubitativo, esperando que Heidemann hablase. Hasta que finalmente reconoció que él también había cometido un asesinato: el de la niña Mary Smith.

Con la confesión obtenida, el resto fue fácil: Neumeister dejó un aviso a Schindler que se apostó junto a una nutrida delegación de policía de Asbury Park, en la habitación contigua a la de los dos amigos alemanes. Y entonces, Neumeister pidió a su compañero que se explayara en detalles sobre su asesinato, mientras que los policías y el encantado Schindler podían oír escondidos en la otra habitación.

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Con tan nutrido grupo de testigos, Heidemann fue finalmente detenido y acusado de asesinato. El juez no tuvo piedad de él y lo mandó a la silla eléctrica, donde acabaría sus días.

Fuente: People’s Almanac Presents the Twentieth Century (libro). La narración de este suceso es de Gary Kinder y la he seguido casi de principio a fin. Es la mejor y más interesante descripción al respecto.

No hay mucha información sobre el tema en Internet:
Un totalmente desconocido documental del 2001
Una página que trata de vender el relato detallado del asesinato y posterior investigación.
Aquí han copiado la narración íntegra de Gary Kinder, la fuente de la historia.
Las capturas de periódicos son del New York Times y enlazan a la página de cada una de ellas, donde se puede observar el resto de la noticia.

El robo de obras de arte

El robo de arte se cuenta según Interpol entre los delitos más lucrativos, junto con el narcotráfico y el tráfico de personas.

De los delitos contra obras de arte se sabe más bien poco, si acaso la manida frase que he citado más arriba. Por eso me decidí a leer un libro sobre el tema, y ahora voy a destrozarlo por completo, resumiendo todo lo que tiene de interesante para quitaros las pocas ganas de leerlo que pudierais tener.
Para vuestra tranquilidad no está traducido al español y probablemente nunca lo estará, por cuanto no ha sido un gran éxito de ventas: Stolen Masterpiece Tracker, escrito por Thomas McShane y Dary Matera.
Os recomiendo su lectura. Si no, seguid leyendo esto.

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Pena de muerte

Hoy 10 de Octubre es el Día Mundial contra la pena de muerte. Me parece muy bien que haya un día así, pero lo que quería contar es que estoy totalmente a favor de la pena de muerte.

Mi argumento es que para una persona es mucho más importante su humanidad que la propia vida y por lo tanto el estar confinado en una prisión de por vida, o hasta perder totalmente el contacto con la sociedad es un castigo aún más severo.

Sin extenderme más sobre el tema, no es necesario que tratéis de convencerme. Hay un movimiento absurdo que va más allá y que defiende la eliminación de las cárceles.

Todo este tipo de ideas suelen provenir de mentes ociosas que ni se imaginan lo costoso que resulta mantener un preso. Cierto es que la cárcel es un mal invento pero ellos no se atreven a dar un plan alternativo. Sólo dan directrices generales que no van a ninguna parte.

Se dice que el mayor avance de la Historia de la Humanidad fue la esclavitud. Antes era fácil: en caso de conflicto acababas vencedor o muerto. No había término medio. Merced a la esclavitud se salvaron millones de vidas aunque también se encontró un incentivo para las guerras.

En algunos casos las vidas de los esclavos no eran inferiores a las de asalariados actuales. Los esclavos tenían derechos, sueldo y cierto estatus en la Antigua Roma. Podían recuperar su libertad y de hecho muchos la conseguían. Y otros preferían seguir en su puesto.

En muchos casos los esclavos ocupaban profesiones de privilegio, como los eunucos en los harenes. Y no me refiero a vivir rodeado de mujeres cuando como era algunas veces el caso se conservaba la potencia sexual, sino porque los eunucos eran considerados excelentes administradores y ocupaban puestos equivalentes a los actuales de Ministro o Director General.

Dice una nota del museo-castillo de Edinburgo:

En la Edad Media, la prisión no era considerada un castigo.[….] los castigos eran puramente físicos. Las cárceles tan sólo existían para albergar a los prisioneros el tiempo que se tardaba en asignarles una condena o hasta que pagaban una multa.

Y a lo que hemos llegado.

Respecto a la pena de muerte, esta nota de Suetonio elogiando a Julio César:

Era dulce por naturaleza, hasta en las venganzas. Cuando se apoderó de los piratas de los que fue prisionero, y a quienes en aquella situación juró crucificar, no los hizo clavar en este instrumento de suplicio sino después de estrangularlos. […] A Filemón, esclavo y secretario suyo, que había prometido a sus enemigos envenenarle, no se le impuso otro castigo que la muerte, cuando podía someterlo a espantosos tormentos.

Nos hemos vuelto demasiado blandos.