Ajedrez y moviles

En los torneos de ajedrez está totalmente prohibido el uso de teléfonos móviles. Y es que gracias a ellos se podrían obtener numerosas ayudas desde el exterior para ganar una partida.
En los torneos de nivel medio no hay una vigilancia estricta. Simplemente si tu teléfono suena estás acabado. La sanción es muy dura en la mayoría de las normativas de federaciones: pierdes la partida. Y dependiendo de la posición del tablero, el árbitro dictamina la puntuación que obtiene el rival (normalmente ganar, pero en un caso de posición totalmente perdida en que uno se salve por la campana el árbitro podría asignarle quizás sólo medio punto).
La norma en cuestión establece:
Artículo 12: La conducta de los jugadores
12.2

2. Está absolutamente prohibido llevar teléfonos móviles u otro tipo de medios de comunicación electrónicos durante las partidas, el jugador que lo haga perderá la partida. La puntuación del rival será determinada por el árbitro.
Estas sanciones son muy frecuentes. Casi nadie se acuerda de apagar el teléfono hasta que ve de cerca los riesgos de esa actitud. Hasta yo que juego poquísimo he ganado una partida gracias al móvil de mi rival.
A alto nivel el caso más conocido es el del ucraniano ex-campeón del mundo Ruslan Ponomariov, un jugador del más alto nivel que perdió una partida así el día de su cumpleaños. Y es que era normal que ese día recibiera más llamadas de las habituales. Este tipo de errores suelen suceder al mismo comienzo de la ronda, lo cual no es tan grave porque no tienes todavía una posición ventajosa.
Hace un par de días sucedió un caso excepcional. Nigel Short, el mejor jugador inglés de los últimos años y un icono en su país, perdió la partida porque sonó su teléfono móvil.
En Chessbase explican detalladamente lo sucedido. No fue para nada una situación convencional: Short apagó ostensiblemente su teléfono antes de la partida. Es más, lo tenía junto al tablero (y encima de un libro ) según puede verse en esta fotografía:
telefono-short-perdida.jpg
El suyo es, dando crédito a su versión, un caso de total mala suerte:

  • El teléfono era totalmente nuevo, se lo habían regalado hacía pocos días.
  • Nunca lo había cargado, estaba todavía con su batería original.
  • El ruido que causó su derrota no fue una llamada entrante, o un mensaje de texto. Fue una alerta de batería baja o de fin de batería. Que por lo visto se produjo incluso con el teléfono apagado.

Es este un caso curioso, ¿Debía Short conocer esa feature de su teléfono móvil o realmente una persona puede confiar en que cuando su teléfono móvil esté apagado no emita ningún sonido? Lo único que tengo claro es que las ventas de teléfonos Nokia (el causante de este singular acontecimiento) entre jugadores de ajedrez van a caer vertiginosamente.
En general la norma habla de que ni siquiera habría que llevar el teléfono encima, pero eso es algo que no cumple nadie, salvo en las eliminatorias al campeonato del mundo y pocos torneos más.
La opinión de Nigel Short tampoco es del todo confiable. Suena a excusa barata de desconocedor de la tecnología, como el que dice «no recibí tu email» o «a veces se me cuelgan las llamadas solas».
Fuente: The Nokia Gambit.

Ajedrez, chusma y punto com

Muy conocidos son los mal llamados troles que inundan los blogs con comentarios ofensivos, la chusma que escribe con abundantes faltas de ortografía, los que usan el lenguaje de los móviles. Un mundo no tan conocido pero no menos infame es el de los portales para jugar al ajedrez On-line.

Ajedrez en blanco y negro

Todo comenzó en la prehistoria de Internet. Un grupo de aficionados se las ingenió para diseñar un sistema para jugar al ajedrez a través de la red. El interfaz gráfico era ASCII y se podían hacer jugadas ilegales. Gracias a la contribución desinteresada de mucha gente aquel grupo, denominado ICS (Internet Chess Server) fue desarrollando un producto cada vez más interesante.
Llegó el listo de turno – Daniel Sleator – que tomó la dirección del proyecto, para poco después patentarlo a su nombre. Y pocos años después, hizo que el servicio fuera de pago. A su nuevo portal lo llamó ICC (Internet Chess Club) y poseía el prestigioso dominio www.icc.com, dejando a algún ex-banco irlandés (el ICC) con la necesidad de comprar un dominio de Geocities. Todo mucho antes de que subastaran el dominio al mejor postor. Hoy en día la pagina es la de Chessclub.com.
Los voluntarios, como chusma tumultuosa y no exentos de razón, se enfadaron porque otros se aprovecharan de su trabajo, algo que es normal cuando trabajas gratis y das plenos derechos a todo el mundo. Hicieron lo que pudieron por boicotear el proyecto de ICC, y formaron un portal paralelo, el FICS (Free Internet Chess Server) donde se pudiera jugar gratis.
Pero por mucho que disguste, a veces es mejor pagar por un servicio equivalente. Hoy el FICS sobrevive con los accesos de despistadas amas de casa y el ICC es el portal para jugar al ajedrez por excelencia. Hay una gran diferencia entre el servicio de Answers de Yahoo y la opción refinada de Metafilter, que exige ser socio de pago para poder dejar un mensaje.
En el servidor gratuito, cualquier pregunta recibe cientos de respuestas, cuando no miles; La inmensa mayoría son pura basura. En el otro suelen ser unas pocas decenas cuanto más y están redactadas en perfecto inglés, muy razonadas y con links a páginas de referencia.
Los servidores gratuitos se llenan de mala gente que hace uso de nicks que, tras conseguir una pésima reputación, se ven obligados a cambiar. En el servidor de pago sólo puedes tener un nick (por cada vez que pagues) lo que hace que la gente siga unos estándares de educación más elevados.

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La variante Goteborg

Desde que las azafatas de avión no necesariamente tienen bonitas piernas y la bebida hay que pagarla, viajar en avión sólo tiene la ventaja del ahorro de tiempo respecto de otros medios de transporte. A mediados del siglo pasado los desplazamientos aún se solían hacer en barco. Lo que puede parecer un medio romántico de viajar no deja de ser una enorme incomodidad. Los deportistas de élite que tenían que celebrar competiciones mundiales se veían obligados a pedir largos permisos en sus respectivos trabajos, que podían significar estar hasta tres meses fuera de casa.
En el verano de 1955 una expedición de cuatro jugadores argentinos había tomado rumbo a las lejanas tierras de Suecia. Allí participarían en Gotebörg en el Torneo Interzonal. Este tipo de torneos, que estuvieron vigentes hasta casi 1970, servían para elegir al candidato al título mundial. El vencedor del Interzonal tenía la oportunidad de jugar en un encuentro particular a varias partidas contra el vigente Campeón del Mundo. Tras seleccionar a unos ocho jugadores, tras rondas eliminatorias se decidía un aspirante al título que jugaría un match contra el Campeón del Mundo. El vencedor de ese encuentro sería el nuevo Campeón. Así, el Interzonal era el torneo más importante que se celebraba en tres años.
Los cuatro jugadores argentinos eran Miguel Najdorf, Carlos Gimard, Herman Pilnik y Oscar Panno. En el larguísimo viaje hacia Suecia, tuvieron oportunidad de jugar muchas partidas amistosas entre ellos. Pero también se ayudaron mutuamente, preparando variantes de aperturas en común. Se presume que en ese viaje fue donde nació la variante Goteborg.
Los jugadores arribaron al famoso puerto sueco y el 15 de Agosto comenzaron tan importante torneo. Debían ser 24 jugadores, pero los representantes de Canadá (Yanovsky) y dos de los Estados Unidos (Reshevsky y Evans) no se presentaron. De los 21 participantes restantes, había una clara supremacía de soviéticos, con seis jugadores, y argentinos, con cuatro.
Fueron sucediéndose las rondas, hasta llegar a la decimocuarta. En esta ocurrió una increíble coincidencia: los cuatro maestros argentinos tenían que enfrentarse a cuatro maestros rusos. Además, los cuatro jugadores argentinos debían jugar con las piezas negras.
Los encuentros fueron Keres-Najdorf, Spassky-Pilnik, Geller-Panno y Petrosian-Gimard.
Después de cinco jugadas, había surgido otra curiosa coincidencia. Mientras Petrosian había planteado un aburrido gambito de dama, sus compatriotas habían iniciado la partida con el peón de rey. Tres de los tableros ofrecían la misma posición.
goteborg1.jpg
Esta posición recibe hoy en día el nombre de variante Najdorf de la defensa siciliana. El nombre lo recibe de uno de estos jugadores argentinos y da muestra de que no eran estos unos corderitos en manos de los rusos. Los rusos fueron haciendo las mismas jugadas mientras que los argentinos hacían otro tanto. Sin darse cuenta, los rusos se encontraban frente a una de las preparaciones del viaje en barco. Con un avance de peón en el flanco de rey y una posterior retirada de caballo, las negras enfrentaban a sus rivales a una posición del todo desconocida.
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Claude Bloodgood

Todo el mundo tiene muy claro que el mejor jugador estadounidense de ajedrez ha sido Bobby Fischer. Aclamado por los fanáticos como el mejor jugador de la historia, consiguió acabar con el reinado indiscutible de los jugadores soviéticos, como perpetuos campeones mundiales.
El segundo mejor jugador de los Estados Unidos es, sin embargo, un título incierto. Desde la época de la Guerra Fría, Estados Unidos se ha ido nutriendo de jugadores formados en la Unión Soviética, que escapaban de su país y eran acogidos en la república de las barras y estrellas.
En las Olimpiadas de Ajedrez siempre ha resultado irónico ver el listado de nombres de los jugadores de Estados Unidos. Con jugadores como Boris Gulko, Alexander Shabalov, Roman Dzindzichashvili, Gregory Kaidanov o Alex Yermolinsky no era de extrañar que a la selección norteamericana se la suela llamar Rusia B.
De entre todos esos rusos, sólo Gata Kamsky apuntó posibilidades de alcanzar el título mundial. La historia de Gata Kamsky puede leerse aquí (en español). Les aseguro que no tiene desperdicio.
Anterior al propio Fischer, Samuel Reshevsky estuvo mucho más cerca de conseguir el título mundial, justo antes de que los jugadores rusos eclipsaran al resto del mundo. Reshevsky comparte con Kasmky el haber sido un niño prodigio y el haber dejado el ajedrez profesional en algún momento de su vida.
Si medimos la importancia de una persona por el tamaño de su página en la Wikipedia, el segundo jugador norteamericano más famoso no es ninguno de los hasta aquí citados. Tal vez fuera Claude Bloodgood.
Nacido en 1937 como Klaus Frizzel Bluttgutt III, su origen no es del todo claro. Hijo de emigrantes alemanes, no es seguro si nació en México o directamente en Alemania. Lo que se sabe de él comienza con su participación en la Federación de Virginia de ajedrez, a finales de los 50. En aquella época pudo conocer de primera mano el funcionamiento del sistema de rating del ajedrez, el ELO, que acababa de ser instaurado. Hoy en día, más de cuarenta años después, el sistema sigue usándose de forma más o menos idéntica a como Claude Bloodgood lo encontró. El primer rating que se adjudicó a este jugador fue el de 1656, propio de un aficionado.
Mientras se entretenía con el ajedrez, y a pesar de su buena sangre Bloodgood comenzó a tener problemas con la justicia. Uno detrás de otro, lo que le llevó a la cárcel allá por 1960. Recién salido de ella, en 1969, asesinó a su madre. Fue condenado a Pena de Muerte.

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Ajedrez y ordenadores

Hombres contra máquinas.

En 1994, quien tenía un ordenador, alardeaba gustosamente de ello. Cuando uno de mis compañeros de clase se enteró de que me gustaba jugar al ajedrez, me comentó que él tenía un juego de ajedrez en su ordenador, y que era muy bueno.
A mi amigo le sorprendió que le dijera, con una absoluta indiferencia, que yo era mucho mejor que su juego de ajedrez. En realidad, nunca había jugado contra un ordenador, pero eran conocidos los muchos defectos que tenían las máquinas jugando al ajedrez. En especial, se hablaba mucho del efecto horizonte.
Aún cuando el ordenador es capaz de calcular muchas más jugadas que una persona, en algún momento del proceso debe detener sus cálculos. Ahí, es donde el ordenador actúa mucho peor que una persona y pierde su ventaja.
El efecto horizonte puede entenderse con este ejemplo: supongamos un hombre y una máquina que se encuentran en la ventana de un rascacielos, digamos en el piso 46. Una persona, podría considerar el tirarse por dicha ventana. Sus cálculos serían muy simples: al principio caería a la altura del piso 45. Eso no sería grave. Pero a partir de ahí, dada la altura a la que se encuentra, y la presumible aceleración, el resultado apunta a que sería muy doloroso.
El ordenador iría más lejos en sus cálculos. Consideraría la situación de caída, a la altura del piso 45. No le parecería preocupante. Luego vería que se llegaría a la altura del piso 44. Y luego al 43. En principio, calcularía la velocidad creciente de caída, pero no detectaría ningún peligro. El ordenador podría continuar sus cálculos hasta llegar al piso 20, o al piso 10 y ahí detener sus cálculos. Su conclusión final sería: una sensación muy fresca, del viento en la cara. Y saltaría.
Así, en el juego de ajedrez ocurre lo mismo. El ordenador calcula muchas jugadas – pero matemáticamente es imposible calcular hasta el final. En algún momento detiene su cálculo y se pone a mirar. Y ahí, los ordenadores eran muy malos, a decir verdad, ridículos. Mi amigo no pareció entender eso y se ofendió ante mi actitud chulesca. Durante mucho tiempo me insistió con apostar a ver quién ganaba. Finalmente, fui un día a su casa a jugar esa partida.
Aunque mi historia sucedió en 1994, una apuesta similar, a nivel más académico, había tenido lugar en 1968, entre David Levy, un maestro de ajedrez, y John McCarthy, un eminente investigador en Inteligencia Artificial de la prestigiosa Universidad de Stanford. Fueron 3.000 dólares, que era bastante dinero en la época. En este caso, la apuesta se hizo a largo plazo. Levy afirmó que nadie en el mundo sería capaz de tener una máquina que pudiera ganarle en diez años. Para un investigador, parecía plazo suficiente.
No recuerdo muy bien como fue mi partida contra el ordenador. Jugó la apertura con mucha corrección, hasta el punto de preocuparme por primera vez. Sin embargo, en cuanto salimos de la teoría de aperturas, comenzó a jugar como un niño pequeño, y le gané con suma facilidad. Más que lo mal que jugó, me sorprendió lo sorprendido que estaba muy amigo. Al fin y al cabo no tendría más que un costosísimo 486, con una potencia de cálculo similar a la de mi lavadora.
Mayor decepción debió sentir John McCarthy cuando, diez años después, tuvo que presentarse a jugar contra Levy. Él sabía que el programa que habían desarrollado no era lo suficientemente bueno. Efectivamente, Levy ganó con suma facilidad y se embolsó los 3.000 dólares.
La actitud de Levy también había parecido chulesca. Tras su victoria, la revista científica Omni ofreció un premio de 5.000 dólares al primer programa que fuera capaz de ganar a Levy. Hicieron bien en no establecer otro plazo de diez años, porque fueron exactamente once los años necesarios para que Deep Thought, el primer programa de ajedrez potente, le venciera en 1989.
Mientras los programadores informáticos se afanaban en pulir sus algoritmos de juego al milímetro, bebían la triste decepción de que sus resultados sólo mejoraban conforme la industria del hardware iba sacando mejores productos.
Al fin y al cabo, la dificultad mayor para un ordenador es saber cuando hay que dejar de calcular.
Para un hombre, es relativamente sencillo, pero para uno ordenador es algo demasiado complejo. Pensemos en que tenemos 20 euros que gastar en las rebajas. Hay para comprar una prenda. El ordenador tendría tiempo físico de mirar todas las prendas de la tienda, cosa que las personas no podemos – algunas mujeres sí podrían. Sin embargo, el ordenador tendría problemas para saber cual le queda bien. Tendría que probárselas todas. Hacer combinaciones con diversos pantalones y camisas, mirar los zapatos. Al final, elegiría sin mucha seguridad, por falta de tiempo. Los humanos no compraríamos la prenda idónea pero nos calentaríamos la cabeza mucho menos y elegiríamos mejor que el ordenador.
El trabajo de los programadores era inculcarle un gusto al ordenador. Sin embargo, cuando el hardware se mejoraba, esto no hacía tanta falta. Antes el programador ahorraba tarea suponiendo que los zapatos eran negros. Con procesadores más potentes, se podía probar con todos los modelos de zapatos del mundo y combinarlos con calcetines en el mismo tiempo que antes con los zapatos negros. Realmente frustrante.

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El experimento Polgar

¿El genio nace o se hace?
Laszlo Polgar, un pedagogo húngaro, tenía muy clara su postura: se hace. Y en consecuencia, orientó toda su vida, y la de su familia, a demostrar que es así.
Este pedagogo escribió un libro, «¡Cría un genio!», en el que exponía su teoría: cualquier niño, con una adecuada educación podría llegar a ser un genio en lo que se le enseñara. Y dejó abierta una puerta a una mujer que estuviera dispuesta a tener hijos con él, para demostrarlo.
Así es como Laszlo Polgar acabó casándose con una ucraniana, que se mostró muy interesada en su método, a la que llevó de vuelta a su país, Hungría. El experimento acababa de comenzar.
Por razones de peso Laszlo decidió aplicar su teoría al juego de ajedrez. Por un lado, era un fuerte aficionado, así que podría hacer él sólo gran parte del trabajo. Por otro, es una de las ocupaciones más baratas que existen: basta con un tablero, unas piezas, algún que otro libro, y tiempo para pensar.
La primera hija que tuvieron, Susan, pronto se convirtió en una figura prominente del mundo del ajedrez. Los padres se centraron en su idea de forma obsesiva; la chica no fue al colegio, su educación se limitó casi exclusivamente al ajedrez y los idiomas, que iba a necesitar en su carrera itinerante por todo el mundo. Con una educación extraña, falta del contacto con otros niños, los Polgar nunca se ganaron las simpatías de la gente.
Sin embargo, los resultados estaban demostrando que el sistema funcionaba. Susan Polgar fue pronto la primera mujer del mundo, según la clasificación de ELO (equivalente a los puntos ATP). Y sólo tenía 15 años. En realidad era la única mujer que podía enfrentarse con los hombres de tú a tú. El historial de sus méritos es muy largo, aunque casi todos sus títulos van precedidos de «la primera». Por ejemplo, fue la primera mujer en conseguir el título de Gran Maestro de ajedrez por méritos propios. Las anteriores mujeres, aún cuando hubieran podido conseguir el título con su juego, lo consiguieron por haber sido campeonas del mundo.

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Apertura india

Una de las aperturas más populares en el ajedrez son las denominadas «aperturas indias». Son aperturas cerradas, o sea, en la que las blancas comienzan el juego con el peón de dama. El artículo de Wikipedia sobre ellas es bastante orientativo.
El término «apertura india» comenzó a emplearse a partir de 1920. Sin embargo, es sorprendente que una expresión tan reciente y bien documentada haya borrado su pista etimológica tan eficazmente.

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Karol Wojtyla jugador de ajedrez

Un curioso aspecto de la vida del Papa es su faceta como jugador de ajedrez. Se le atribuyen numerosas partidas que aparecen en los libros técnicos del juego. Sin embargo, tiene que sufrir el oprobio de tantas otras personalidades a las que se le han atribuido partidas que, en realidad, jamás jugaron.
Una de ellas fue investigada por un periodista polaco, y narra sus pesquisas en esta interesante página(en inglés o polaco). Hago un resumen de su historia.
Encontró la citada partida en un artículo de un periódico, escrita por el Gran Maestro norteamericano Larry Evans. De salida le chocó el estrambótico nombre de su atribuido rival, Wanda Zartobliwy, y es que en polaco, Zartobliwy vendría a significar algo así como jocoso o de broma. Por otro lado, la fecha de la partida – 1946, época en que Karol debía estar en el seminario y era un total desconocido – y el hecho de que la rival fuese embajadora despertaron sus sospechas.
La falta de cosas mejores que hacer le llevó a investigar si era o no verdad que Karol Wojtyla había jugado dicha partida. Tenía la ventaja de ser polaco y periodista. Pudo preguntar a mucha gente que conoció al Papa en sus tiempos de estudiante. En principio, nadie pudo confirmar la falsedad de la citada partida.

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